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Ni bien ni mal, sino todo lo contrario

Desde este medio hemos defendido en más de una ocasión que el mundo no está tan mal como nos lo pintan. Pero antes de que nos acusen de fantasiosos, ilusos, afines al “buenismo” (casi peor visto que el “malismo”) o, lo que es peor, de ser idealistas, expondremos nuestra visión del tema.

El mundo no está bien

Cierto. Hasta el más necio es capaz de ver que hay muchas cosas que no están bien. Hay tanta suciedad que, a poco que te metas, es imposible no mancharse. A poco que veamos las noticias de un solo día veremos los múltiples frentes que hay abiertos en todo el planeta: conflictos armados, asesinatos, violaciones, maltrato de personas y animales, ataques a la naturaleza, la salud como negocio, fraudes, pobreza, hambre, fanatismos, corrupción… la lista es tan larga que es fácil pensar que nunca podremos luchar contra tanto. Es mal es un terrible monstruo de mil cabezas que se multiplican cada vez que intentas cortar una.

Los que trabajan en ONGs lo saben. Saben lo difícil que es luchar contra un problema sin rendirse, sin flaquear y, sobre todo, sin perder el alma por el camino. Odiar es fácil, y todavía persiste en el aire que respiramos, como un hediondo cadáver, la idea de que el fin justifica los medios. Las cabezas del monstruo crecen más rápido de lo que somos capaces de contener, y ante tanto horror muchos prefieren cerrar los ojos para no desfallecer, para no caer en el mortal desánimo. Luego, con los ojos cerrados repetimos el mantra “todo está mal”, “todo está mal”, y de alguna manera nos sentimos protegidos, porque vivimos en el único mundo posible, y mal de muchos…

¿No resulta curioso que hay tanta gente en el mundo que critique a los idealistas? Se los considera a veces peores que los peores de los corruptos y de los asesinos, porque viven ajenos a la realidad, porque creen que todo esto puede cambiar, y causan inquietud y desasosiego en aquellos que han asumido, con resignado realismo, que las cosas son como son, y que no por desearlo más van a cambiar las cosas.

El mundo no está bien. No. Pero una de las cosas que hacen que siga sin estar bien, que impide que mejoren, es la idea de que no pueden mejorar, de que no se puede hacer nada, de que luchar es inútil, de que imaginar un mundo mejor es de locos.

Pero no está tan mal como creemos

¿Nadie se ha preguntado por qué hay tantas malas noticias? ¿Realmente es tan excepcional que pase algo bueno? Tal y como se trata la selección de contenido en la prensa y la forma en la que se cubren, la impresión general es que es para acojonarse. Los crímenes violentos ocupan primeras planas, sin escatimar en sangre y crueldad, y si alguien protesta por la gratuidad de lo macabro se aprovecha para tocar el tema del derecho a la información, de la libertad de prensa, de la necesidad de mostrar la realidad para que la gente la sepa, y se vuelven a llenar más programas para debatir y sobreexplotar hasta la náusea el acto violento. Entonces, de pronto, un acto terrible que horroriza al mundo se muestra en todos los medios sin pudor, se difunde en las redes sociales y, de alguna manera, quieras o no, acabas metiéndote dentro de la barbarie, contagiándote del asco y el odio, escuchando a los que defienden la venganza. La hipocresía llega a tal punto que algunos, jugando a no participar, pixelan o emborronan levemente las imágenes para no quedar atrás, sin que parezca que no quieren quedar atrás.

Alguna vez hemos escuchado a directivos de grandes grupos mediáticos defender que ellos sólo dan al público lo que el público reclama, y que si la gente no quiere ver algo, no tiene más que cambiar de canal. Es tan falso como perverso. Un niño no quiere más que jugar y divertirse, eludir la hora de ir a dormir, no comer lo que no le gusta y que lo cojan en brazos cuando no quiere caminar más. Está justificado porque los niños no saben todavía que las cosas que quieren no son necesariamente las mejores para ellos. Lamentablemente el sistema educativo y la sociedad que hemos creado nos convierte en una especie de niños, que creen que la libertad consiste en hacer lo que nos gusta y no lo que nos conviene. Los mensajes gubernamentales sobre el estado del bienestar, la publicidad, el marketing, etc. se basan en el “derecho” de las personas de poder hacer lo que les gusta, de disfrutar, vivir y no complicarse. Lo ponen todo tan fácil que cualquier complicación nos angustia, y ni siquiera nos han dado las herramientas psicológicas para gestionar esa angustia.

¿A donde queremos ir a parar? A que el horror y la maldad son ciertos, están ahí, pero se ha creado una pesada capa de malas noticias que nos envuelve y aplasta, convirtiendo lo bondadoso, la generosidad, el sacrificio, el valor, el esfuerzo y el tesón en cosas excepcionales, que sólo unos pocos han logrado o son capaces de hacer. Ahí está el engaño, porque no se trata de las grandes gestas, no se trata de ponerse delante de un tanque, de arriesgar la vida para salvar niños del holocausto o de morir deteniendo a un terrorista suicida. Se trata más bien de ser lo más correctos posible en nuestro día a día y, a la hora de tomar decisiones, decantarnos por las que menos mal causen. Quizá con sólo eso fuese suficiente para que el mundo nos pareciera distinto de lo que es.

A diario hay gente que decide parar en mitad de una carretera para recoger a un perro herido y correr con los gastos del veterinario. Los hay que deciden denunciar acciones criminales aunque les cueste vivir ocultos el resto de su vida. Los hay que defienden a personas que son insultadas o atacadas. Hay quienes deciden no guardar silencio ante las injusticias. Hay quienes crean asociaciones para aunar voces. Hay quienes regalan su tiempo y su dinero para repoblar bosques, vacunar niños, leer historias a los ancianos o dar de comer a las personas que tienen hambre. Son muchos, muchos, muchos… pero sólo se los reconoce cuando mueren, cuando son atacados o les dan un premio. Sus nombres y acciones aparecen el tiempo justo para la mención, y sus acciones no dan tema a los medios para debatir si realmente hay que ser tan buenos o es mejor ser unos hijos de puta, o si era correcto difundir imágenes de la gente que ha salvado su vida gracias a ellos. Eso da poco tema; hay poco jugo que extraer… salvo que alguno cometa un desfalco o se le pille en un delito. Entonces sí que tendrá espacio en los medios, de sobra, y cualquier cosa buena que él o su asociación hicieran en el pasado será cuestionado, porque lo normal es ser un cabrón, y cuando haces algo por amor al arte es que escondes algo o tienes una intención oculta.

En resumen: el mundo nos parece malo porque lo que más se muestra es lo malo. Si se le diera igual (IGUAL) acento a las buenas noticias, a los buenos actos y a la generosidad de las personas, la cosa cambiaría bastante.

El monstruo de mil cabezas

Como hiciera Heracles con la hidra de Lerna, para acabar con el problema del mal hay que ir a la raíz. Si nos enfrentamos a cada una de las cabezas por separado nos vamos a ver rodeados, asfixiados e imposibilitados. Nos parecerá que cada uno es un problema en sí, que si hay cien conflictos hay que buscar cien soluciones, pero entonces es cuando, como a Heracles, las cabezas cortadas de la hidra se multiplicarán ante nuestros ojos, agotando nuestro impulso. Hay que ir a la raíz, ¿pero cuál es esa raíz? ¿El dinero negro? ¿La trata de blancas? ¿Los traficantes de armas, drogas y personas? ¿Las farmacéuticas? ¿El dinero? ¿La sociedad? ¿La política? ¿La religión?

¿Qué hay detrás de cada una de esas cosas? Detrás del dinero negro hay personas, y personas hay detrás de la trata de blancas. Los traficantes son personas, las farmacéuticas las dirigen personas, el dinero lo hacen y manejan personas, la sociedad está compuesta por personas, la política y la religión la hacen las personas. Pero no caigamos en la trampa de pensar entonces que la raíz del problema son las personas. No. Vayamos un poco más allá, porque si el problema son las personas, la solución, inevitablemente, también está en las personas.

En la raíz de todos los problemas que aquejan a la humanidad no están las personas, sino la ética, o más bien la falta de ética… la falta de educación y formación ética. Pitágoras lo resumió de una forma impecable cuando dijo: “Educad a los niños y no tendréis que castigar a los hombres”

Nuestra visión

Después de lo ya dicho seremos breves. Somos conscientes de que el mundo no está bien, pero no estamos dispuestos a contribuir a la histeria colectiva, mucho menos cuando eso pueda impedir que se vea la otra cara de la moneda, o que se crea que la otra cara de la moneda no existe. Preferimos caer en el “buenismo” o en el idealismo que formar parte de la otra corriente, básicamente porque para cambiar algo primero hay que querer, y después hay que hacer. Esperamos no tener que ponernos nunca delante de un tanque, pero sí que podemos, desde donde podemos y sabemos, ayudar a que se conozca lo bueno que tenemos, que no es, ni mucho menos, poco.

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