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Cuando lo tradicional es una aberración

La tradición dicta que, llegadas a cierta edad, las niñas de algunos países africanos deben pasar por el ritual de la ablación. Entre varias mujeres de la tribu sujetarán a la niña mientras otra secciona con una cuchilla sucia el clítoris de la pequeña.

En China, la tradición hasta hace muy poco decía que los pies pequeños eran más bellos que los grandes, y durante siglos los pies de las niñas fueron dolorosamente vendados y deformados para ofrecer esa apariencia de hermosura.

En la India, una tradición ancestral decía que las viudas debía arrojarse a la pira funeraria de sus esposos para morir con ellos. Fue abolida totalmente en 1920.

En Birmania, la tradición kayan hace que se coloquen aros de metal a las mujeres desde jóvenes para alargarles el cuello. Si alguna de ellas es infiel el collar se retira, obligando a esas mujeres a vivir para siempre sujetándose su propia cabeza.

En Occidente y en Oriente, durante mucho tiempo fue tradición castrar a algunos niños antes de llegar a la pubertad para mantener sus voces infantiles en los coros.

En la India se cree que tirar a los recién nacidos desde una altura de 15 metros (para que alguien los coja al vuelo antes de impactar contra el suelo), trae buena suerte. Es una tradición.

También decía el conocimiento tradicional que la Tierra era plana, que el Sol giraba a nuestro alrededor, que nada más pesado que el aire podía volar, que las mujeres y los negros no tenían alma, que los judíos habían asesinado a Cristo, que los homosexuales violaban niños y que los sacerdotes eran hombres santos porque sí.

La culpabilidad por los crímenes se heredaba en los genes según algunas tradiciones y las razas no blancas eran inferiores, y por lo tanto estaba justificado que el hombre occidental las “tutelara”, “educara” y administrara las riquezas de sus países.

Durante una gran parte de nuestra europea historia, la decencia y la tradición hablaban de la importancia de limitar la desnudez del cuerpo para evitar la tentación y el pecado. La gente apenas de cambiaba de ropa, y de lavarse ni hablemos.

Algunas tradiciones defienden que hay que matar a las mujeres que han sido violadas. Si estaban casadas por adúlteras, y si no lo estaban por algún otro motivo igual de razonable. Incluso cuando sólo sean unas niñas.

La creencia popular decía que dios protegía a los inocentes, por eso fue tradición durante siglos practicar el “juicio de dios”. Entre otras ideas felices, se arrojaba a los acusados de algún crimen al río dentro de un saco, porque sólo si eran culpables se ahogarían.

La tradición también otorgaba al señor feudal el derecho de pernada, permitiendo legalmente que este tuviera relaciones sexuales forzosas con la novia que se iba a casar, o bien con la recién casada.

Las castas y estamentos sociales impidieron el desarrollo personal y social de millones de personas, las condenaron a la miseria o la sumisión desde el nacimiento y mantuvieron en el poder a muchos infames. Era, y sigue siendo en muchos lugares, una tradición.

Durante mucho, mucho tiempo, la tradición permitió la compra-venta de personas como posesiones, así como su maltrato, abuso y muerte.

Hoy, la tradición “cultural” permite y justifica el maltrato, tortura y muerte de miles de animales, y no hay que irse a países ajenos para verlo. Se hace aquí, en España, todavía, y con el consentimiento, apoyo y aplauso de mucha, mucha gente, en contra los llamamientos de mucha, mucha, mucha, mucha más gente, que clama por detener esas tradiciones aberrantes para siempre.

Lo cierto es que podemos extender esta lista hasta el infinito, pormenorizando las atrocidades que se han consentido en nombre de la tradición, y que parecen olvidar que todas las tradiciones tuvieron nacimiento alguna vez, y que igual que nacen pueden morir. Aquello a lo que llamamos tradición surge de antiguas costumbres que señalan, simplemente, que en un momento determinado de la historia un conjunto humano se acostumbró a hacer las cosas de determinada manera, justificadamente o no, y por razones que sólo se podían entender dentro del contexto de la época de origen (y a veces ni eso). La gente de acostumbró a que aquello “era así” y dejó de cuestionarse por qué era así, y si todavía debía seguir haciéndose así. Lo que habitualmente suele llamarse “no pensar por uno mismo”.

De alguna forma, el ritual, la repetición y la costumbre aportan al ser humano cierto grado de seguridad. Viene a ser un reflejo del deseo de perpetuar las cosas que, indefectiblemente, están condenadas por el tiempo a cambiar y desaparecer. Que algo sea tradicional no quiere decir que deba seguir siéndolo, porque hubo un momento en el pasado en que la tradición no existía. Hubo un momento en que se implantó y otro en el que el tiempo dejó que la costumbre arraigara en la mente y el ánimo de las personas. Cuando la tradición no existía, el mundo seguía girando, y cada vez que una tradición ha desaparecido, el mundo no ha dejado de girar.

El problema de las tradiciones es que se instalan tan cómodamente en el inconsciente de las personas que estas dejan de plantearse si es correcta o no, si tiene sentido o si es una verdadera barbaridad. Sorprende, además, ver cómo la justificación principal para defender la tradición es, precisamente, que es una tradición. Quizá esos “convincentes” argumentos deban dejarse oír en India para que las viudas vuelvan de nuevo a saltar a las llamas, mientras el cuerpo de su fallecido esposo se consume, porque era una tradición. O se deje de luchar contra la ablación femenina, porque es una tradición. También debería volver a enseñarse en los colegios médicos la antigua tradición de los humores, las sangrías y la astrología, para que cuando algún amante de las tradiciones enferme, pueda ser tratado conforme a aquello que tanto defiende.

Sin embargo, los que ahora babean y gritan por el toro de la vega, la tauromaquia, los toros de fuego y los de san Juan, los que arrancan la cabeza de un ganso vivo o participan en el apedreamiento de Judas matando ardillas y gatos, se llenan la boca con las palabras “tradición” y “cultura”, pero sin comprender que si la tradición fuese una justificación válida para mantener las cosas, el ser humano no habría avanzado ni un ápice desde la época de las cavernas. Como tampoco entienden que no se puede llamar cultura a algo que denigra, humilla, maltrata, asesina y daña a otros seres.

Parece que olvidamos que “cultura” es todo aquello que nos hace cultos, que nos “cultiva”, y nos hace pensar por nosotros mismos y crecer como personas y seres humanos, en lugar de comportarnos como algo que ni siquiera se puede calificar de “peor que los animales”, porque los animales no lo hacen, no maltratan por gusto a otros animales.

Hay incluso quien afirma, y pretende excusarse en la ciencia para sostener su perverso argumento: que los animales no sienten como nosotros, ni piensan, ni padecen. Incluso hay personas (y hasta reyes) con una anormal percepción de la vida, que les lleva a creer que el ser humano tiene derechos sobre toda la creación y, por tanto, la potestad de hacer lo que le salga de sus santos y perturbados cojones.

No somos los únicos que sufren, padecen o aman, pero la mentalidad ombliguista de algunos seres humanos les hace seguir creyendo que son la medida de todas las cosas, y si los perros o los toros no sienten como los humanos, es que no sienten. No se les ocurre pensar que los humanos son los que sienten como humanos, y que los perros, los gatos, los toros o los pájaros no pueden sentir como humanos porque no lo son, pero sí como perros, gatos, toros y pájaros. Sienten a su manera y sufren a su manera, y perciben el dolor, como todos, al igual que el mal, la crueldad y el ensañamiento, pero no como ellos. Habría que preguntarse hasta qué punto como humanos podemos comprender el sufrimiento de otros, cuando somos capaces de infligirlo arropados por aplausos y vítores, sin pensar, sin pensar, sin pensar.

Con todo esto sobre el tapete tenemos que decir, alto y claro, que es hora de acabar con las tradiciones aberrantes. Sin concesiones, sin aplazamientos, sin excusas. Porque hay tradiciones que, sencillamente, son la señal más clara de una absoluta falta de cultura.

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