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De memes y memos

Hace unos años alguien preguntó a Forges si en este país era necesario ser humorista para decir las verdades. La respuesta fue un categórico “Sí”.

El poder y el humor siempre han mantenido una tensa relación, pero sólo en los regímenes dictatoriales o absolutistas se atacan y persiguen con saña las chanzas o risas de la población por las cuestiones políticas o de Estado.

A los dogmáticos, incapaces y cerrados de mente no les agradan las burlas. En las bromas siempre hay algo de verdad, algo que los demás ven y que se escapa al ojo del criticado. El humor es el arma con el que luchan los que no tienen armas. El humor hace resaltar los defectos de los oscuros y las virtudes de los claros, y señala con su filo las almas turbias, que se enfangan y revuelven cuando se sienten atacados por la risa.

El sentido del humor es la mejor vara para medir la altura de las personas. El que no se sabe reír de sí mismo se humilla y rebaja. A los enanos mentales, a los memos, no les agrada que les vean como son. Ellos se tienen por altos, y ahí está la gracia.

El humor y la broma deben tener unos límites, pero la línea es fina cuando hablamos de personajes públicos vinculados a la crítica social. En un país donde teóricamente existe libertad de expresión, y desde los mismos partidos se usan las palabras para decir y desdecir, alardear y mentir, acusar y desacreditar, golpear y eludir, es peligroso pretender callar las voces críticas, las opciones para que la población se defienda de los abusos o limitar las expresiones del humor.

2015 fue el año de la “ley mordaza”. Semi ocultas entre alusiones al terrorismo, la seguridad ciudadana y el consumo de drogas se promulgaron una serie de normas, pensadas para limitar las protestas de la ciudadanía cuando la indignación rebalsase los límites de lo humanamente aceptable, así como para amparar la acción policial, confundiendo así la defensa de la justicia y los ciudadanos con la de los que dictan las leyes y pagan las nóminas. Platón lo expresó muy bien cuando diferenciaba entre justicia y leyes, entre buenos gobernantes y tiranos.

2016 puede ir más allá. El recién estrenado gobierno ha entrado dispuesto a ajustar aún más las posibilidades de manifestación de las voces críticas, y presentó hace unos días una propuesta en el Congreso con la que se podrían prohibir cosas como los memes que circulan por Internet alegando, entre otras cosas, que atentan contra el honor de las personas.

Cabría preguntarse entonces qué pasa con las personas que no tienen honor. Si el honor es la “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo“, no puede sentir vulnerado su honor el que lo ha perdido falseando, abusando, mintiendo y beneficiándose a costa de otros.

La gente se ríe de los corruptos, falsarios, ridículos e ignorantes, pero en lugar de acabar con la corrupción, la falsedad, la ridiculez y la ignorancia, se echa una manta sobre las manos que señalan. No quieren que les vean pero, sobre todo, no quieren verse reflejados en la ironía de sus conciudadanos.

Hace unos años Forges creía que el humorista, como el bufón en la Edad Media, era el único con licencia para poner el dedo en la llaga. Desde la caricatura y la risa se puede prender una luz, con la que incluso los más relegados de la sociedad, los que menos acceso tienen a comprender los intríngulis, retruécanos y sofismos de la política, comprendan lo triste de las injusticias, el cinismo de los que se creen poderosos y la hipocresía de los que se piensan poseedores de la verdad. Pero no, Forges, cada vez queda menos espacio para el dedo y más para la llaga. En el gobierno de los memos no hay sitio para los memes.

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