ZOOM
GALERÍA
0 COMENTARIOS

El problema son los medios, no el adblocker

Los medios, algunos medios, han contribuido a la aparición de los adblocker, software capaz de bloquear la publicidad en Internet. El pacto tácito entre editor y lector que surgió en la red, en el que el primero permite el acceso gratuito e ilimitado a los contenidos que publica, a cambio de que el segundo acepte que habrá, aquí y allá, algo de publicidad que pague las nóminas de quienes se esfuerzan diariamente por informar de lo más relevante de la actualidad.

Sin embargo, una vez establecido el primer argumento, la gratuidad de los contenidos, los editores se encontraron con que los ingresos por publicidad online no eran suficientes para pagar las facturas. De ahí proceden males como las reducciones de plantilla de las grandes redacciones de los periódicos, la entrada de temas de dudoso valor informativo para cazar clicks en Google y Twitter y los formatos de publicidad intrusiva que dificultan e, incluso, impiden la lectura de los artículos que el usuario, antes conocido como lector, valora.

Sabemos de lo que estamos hablando: interstitial a página completa que interrumpen varias veces la navegación antes de llegar a la página deseada, vídeos que se reproducen solos y que ni siquiera respetan el hecho de que, para muchos usuarios, es un verdadero desperdicio de sus tarifas de datos. La lista de agresiones es larga y es en ese contexto en el que los adblockers cobran una popularidad que no deja de aumentar. El usuario no tapaba la publicidad con la mano mientras leía su periódico en papel. Al editor tampoco se le ocurría poner los anuncios encima de los contenidos.

Por supuesto, hay usuarios insolidarios que eliminan la publicidad usando un adblocker sólo porque pueden hacerlo, o que descargan gratis toda la música, películas y libros que consumen. No les importa la ética detrás de estas prácticas y el perjuicio para los creadores de los contenidos que consumen y para ellos mismos: sin una fuente de ingresos suficiente, la precariedad conduce inexorablemente al descenso de la calidad. La oscarizada Spotlight muestra un periodismo de otra época, en el que es posible disponer de equipos que persiguen una noticia durante meses, completamente ajenos a los usuarios únicos, páginas vistas y otras obsesiones del post-periodismo.

Esos usuarios son minoritarios, una vez que dejamos fuera a personas en condiciones de vida precarias que no podrían permitirse pagar por los contenidos. La mayoría de personas que descargan pagan también por escuchar música, grabada o en directo, por poner un ejemplo. El éxito de servicios como Spotify o Netflix en nuestro país demuestra el error de perseguir a quienes no están dispuestos a pagar por nada, en vez de ofrecer alternativas a quienes sí quieren hacerlo. En los medios no hay todavía una alternativa válida: los quioscos digitales aportan poco a las ediciones gratuitas online de los mismos periódicos. Sin embargo, Jot Down Smart aumenta el interés por la edición impresa de El País los domingo que se publica: hay un usuario dispuesto a pagar por la información que, probablemente, utiliza un adblocker en su ordenador. No es insolidaridad, es legítima defensa.

En esto de los adblockers pagan justos por pecadores. Los medios que cuidamos a aquellas personas que deciden dedicar unos minutos de su vida a leer un artículo en el que hemos puesto muchas horas de trabajo y mucho cariño procuramos que la publicidad esté visible, pero que no moleste o impida la lectura. Buscamos lectores que dediquen ese tiempo, no clicks y visitas de menos de diez segundos. De ese modo, para que la publicidad tenga alguna repercusión para el anunciante, no es necesario metérsela a nadie por los ojos. Los adblockers pueden ser desactivados para sitios concretos sin mucha dificultad, pero no todos los usuarios lo saben y, sobre todo, es imposible saber a priori si la web que estamos visitando se merece esa confianza o nos acribillará a publicidad incómoda en cuanto lo permitamos. En nuestro caso, te invitamos a que dediques menos de un minuto a activar la publicidad: cumpliremos nuestra parte del compromiso mostrándote publicidad visible, pero no intrusiva.

Por último, el de Internet es un juego de suma cero. Para que alguien gane, otro debe de perder dentro o fuera de la red. Con los adblocker pierden los editores y, en teoría, ganan los lectores y usuarios. Sin embargo, las empresas que publican esos adblockers de forma gratuita no pierden dinero con ello. Sus motivos no son altruistas: los datos de navegación de sus usuarios tienen un enorme valor económico, una vez que la base de usuarios es grande. Su uso también es una amenaza a la privacidad. En otros casos, han recibido críticas por ofrecerse a incluir en una lista blanca a algunos medios que muestran publicidad de forma no intrusiva a cambio de dinero.

Sin duda, no se pueden prohibir los adblocker ni técnica, ni éticamente. Es el momento de convencer: conviene que los usuarios de estas herramientas conozcan los riesgos. Llegará un día en que no los necesiten porque habrán terminado con el negocio de la publicidad en Internet. Y sin ese negocio sólo podrá publicar información quien disponga de los recursos económicos para hacerlo. Que ya lo hacen, pero de forma más subrepticia y sin impedir la posibilidad de que algunos medios conserven su independencia. Pongamos solución o disfrutemos de lo que queda del periodismo mientras dure.

No comments yet.

Deja un comentario