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El Terminator de la oficina de al lado

En muchas distopías apocalípticas de la ciencia-ficción, la amenaza robótica cobra la forma de una oposición directa a la humanidad, a la que pretenden reemplazar por la fuerza. Como someter a una especie con varios miles de ejemplares acostumbrados a milenios de guerras fratricidas es harto complicado, utilizan los viajes en el tiempo (Terminator) o el engaño (Matrix) para conseguirlo.

Otras ficciones más elaboradas plantean el dilema moral de la humanidad en sí misma. Los robots, diseñados para servir al ser humano, desarrollan sentimientos o su equivalente robótico y comienzan a conducirse por criterios como la autoconservación o la felicidad. Es el caso de Blade Runner, El hombre bicentenario que escribiera Asimov o la excelente (y cancelada en la primera temporada) serie Almost Human. Todos ellos superan la fría lógica con la que Data afrontaba los problemas en Star Trek y se adentran en el terreno de lo psicológico, al estilo de Marvin, el androide paranoide que Douglas Adams caricaturizó en La Guía del Autoestopista Galáctico y al que Radiohead dedicaron un tema inolvidable.

Sin embargo, la historia de los avances tecnológicos nos enseña que estos, por sorprendentes que nos parezcan, se aplican a los medios de producción. Olvidémonos por ahora de los robots de apariencia humanoide más o menos conseguida, ¿para qué imitar un modelo tan lleno de carencias en lo que a la producción se refiere?

Estudios y previsiones científicas recientes aseguran que sistemas robotizados nos sustituirán en el 50% de los trabajos en las décadas venideras. No sólo en aquellas tareas en las que esperamos que un ser metálico, con fuerza sobrehumana y precisión metronómica nos supera, como las industriales. La interconexión y el manejo de big data nos dará la opción de suplir seres de carbono por seres de titanio y silicio en otros campos. Un ejemplo que ya está aquí es el de los coches autónomos, robots rodantes que serán capaces de comunicarse entre sí y tomar decisiones en tiempo real para llevarnos a nuestro destino de forma segura y rápida.

Pero, ¿cuál será ese destino? Para algunos investigadores, el papel de la humanidad será el de disfrutar de la vida, del arte y del ocio. Y está por ver quién creará ese arte y quién elaborará las propuestas de ocio para nosotros. Las teorías más clásicas defienden que los empleos que se destruyen por medio de la tecnología dan lugar a otros, particularmente en la creación y mantenimiento de esa tecnología. Algo que no se cumple desde hace décadas, sino que la destrucción de empleo neta a causa de la tecnología impacta en las sociedades de forma muy directa.

La utopía de una civilización que viva a expensas del trabajo automatizado creado por las máquinas, incluso en campos como el de la investigación científica o la creación artística, no se corresponde con la realidad. Los avances tecnológicos no han permitido todavía que trabajemos jornadas de cuatro horas, sino que un reparto del trabajo desigual crea grandes bolsas de desempleo en algunos lugares y trabajos miserables en otros, a mayor gloria de la humanidad.

Sin embargo, la oportunidad existe. Un futuro en el que las máquinas trabajen para nosotros, o cooperen con nosotros, en caso de que se cumplan los augurios de máquinas inteligentes y emocionales, puede evitar los trabajos más pesados, los más peligrosos o incluso complementar el ingenio humano con la velocidad y eficacia del robótico. En la literatura clásica sobre el tema están reflejadas prácticamente todas las opciones. La obra previa a la Fundación de Asimov nos muestra un abanico de posibilidades: desde una Tierra con problemas de sobrepoblación hasta Solaria, el planeta menos poblado de los colonizados por el ser humano, el uso (o prohibición de los robots) soluciona unos problemas y crea otros.

En 2045, según Moshe Vardi, profesor de la Universidad Rice, la mitad de nuestros trabajos habrán sido reemplazados por máquinas y al resto le quedará poco para poder ser también sustituidos. En las próximas décadas veremos avances en esta tendencia, aunque sólo sean anécdotas al estilo de los hoteles atendidos por robots abiertos en Japón. Pero ya tenemos en nuestro día a día el Internet de las Cosas y el uso de big data, que son algunas de las piezas fundamentales que convertirán la ciencia robótica en una amenaza o en una oportunidad. En nuestras manos está regular las nuevas tecnologías para ponerlas al servicio de la humanidad en su conjunto, o dejarlas al albedrío de quienes no aspiran a cambiar la sociedad, sino a obtener beneficio de ella. Ellos también la cambiarán, pero no en el sentido que a todos nos gustaría.

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