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Feliz cumpleaños, Snowden

Edward Snowden cumple hoy 33 años. Desde 2013 vive oculto por haber revelado las prácticas continuadas de vigilancia de EE.UU. sobre todo tipo de personas, instituciones y gobiernos, entre ellos sus propios ciudadanos, las empresas de su país y los gobernantes de países aliados. Una de las justificaciones del Gobierno Norteamericano fue la seguridad nacional, por el riesgo de atentados terroristas. Ante eso podríamos volver a preguntarnos dónde están los límites legítimos de la seguridad, hasta dónde se pueden incumplir las propias leyes para “proteger” el sistema (si es que se puede) y hasta si realmente estaba justificado espiar a la ciudadanía en general con la esperanza de detectar la palabra “Irán” en un mensaje y que realmente se refiera al país cuya capital es Teherán y, además, haya intenciones perversas en ello. También podríamos preguntarnos si realmente toda esa tecnología se estaba usando para proteger al país de la amenaza terrorista o estaban más entretenidos vigilando a la ciudadanía con la clara intención de ejercer control sobre ellos y manipular la opinión pública. Pero no eso de lo que queremos hablar hoy.

El miedo es un mal compañero de viaje. El miedo es una herramienta, un sistema de defensa que nos ayuda a protegernos de un peligro inminente, pero vivir con miedo, tenerlo siempre presente es muy mala cosa. Uno sólo quiere sentirse seguro, dejar de tener miedo y se acomoda a cualquier cobijo, a cualquier molde, a cualquier idea y a cualquier acto. Por miedo se produjeron las quemas de brujas, las explotaciones colonialistas, el esclavismo, el asesinato de Hipatia, Sócrates, Luther King o Gandhi; por miedo nos comportamos como una turba furiosa y linchamos al que alguien ha señalado como culpable, antes de preguntarnos si realmente lo era. Por eso es demasiado frecuente que el miedo se use para manipular y dominar a las poblaciones humanas, incluso por parte de los propios gobiernos.

Nos preguntamos cómo es posible que la gente cometa toda clase de barbaridades por miedo, pero también cómo permite que otro las cometa sin decir o hacer nada. ¿Qué clase de sociedad es capaz de generar ciudadanos asustados de las consecuencias de hacer lo correcto?, ¿que tengan miedo de las represalias por denunciar lo denunciable, o de defender lo que por razón y corazón se tiene que defender?

Es cierto que las leyes no son la Justicia. A veces las leyes logran ajustarse a lo justo, y otras muchas están para servir justo a lo contrario. Pero si un gobierno infringe sus propias leyes y también las leyes de lo que en rigor es justo, ¿cómo puede ser que se permita? Porque vale que alguien diera la orden pero, ¿y todos los que obedecieron?

Se cuenta que en el año 1209, durante la cruzada contra los cátaros (cuya forma de vida fuera de la ostentación eclesiástica era una ofensa para el papado) el infame Arnaldo Amalrico ordenó asesinar a cerca de 8.000 personas al tomar la ciudad de Béziers sin hacer distinciones entre cátaros y católicos. Suya es la famosa frase “¡Matadlos a todos, que dios reconocerá a los suyos!”. Los que ostentan el poder no han cambiado mucho en este sentido y sigue habiendo muchos Amalricos ordenando lanzar bombas que matan a 10 inocentes en el camino para acabar con un culpable, que inventan impuestos que se aplican a toda la ciudadanía para compensar las actividades ilícitas de unos pocos, o que establecen la vigilancia de todo un país para “prevenir” los delitos de algunos de ellos. Salvando las distancias, en esencia estamos hablando de lo mismo, de pagar justos por pecadores.

El experimento de Milgram, iniciado en 1961 tras la sentencia a Adolf Eichmann por crímenes contra la humanidad como oficial de las SS nazi, quería indagar precisamente en las consecuencias de la obediencia ciega. Durante el juicio que le condenó a muerte, Eichmann declaró que sólo obedecía órdenes. El oficial que preguntó a Amalrico qué hacer con los habitantes de Béziers también obedecía órdenes cuando pasó por la espada a casi 8.000 hombres, ancianos, mujeres y niños. El piloto del Enola Gay obedecía órdenes.

No queremos lanzar un alegato a favor de la desobediencia, sino del sentido común y la humanidad, porque por encima de las leyes tiene que estar siempre la justicia. Hay circunstancias en las que es necesario que alguien diga: “No, yo no voy a hacer esto, y yo no voy a permitirlo”, y eso es una más que buena razón para decir hoy ¡Feliz cumpleaños, Snowden!

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