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Hay que educar a los lectores… y a los medios

Algo huele a podrido en la prensa. Hace unos días saltaba (discretamente, por cierto) la noticia de que el grupo Anonymous había hackeado la lista de patrocinios de El Corte Inglés, donde había nombres de diversos periodistas y medios, así como asociaciones, fundaciones y otras actividades en las que la cadena de distribución ha aportado su granito de arena mediante sus presupuestos de marketing.

Mientras unos pocos medios hablaban de la noticia en sus cabeceras y ofrecían la información, otros presentaban a sus lectores una oportuna campaña de publicidad de la marca. Y nada más. A pesar de que la mayoría de esos patrocinios son y están a la orden del día y se refieren a acciones de marketing o incluso solidarias, algunos pagos, especialmente aquellos que van directos al periodista, resultan sospechosos. El hecho de que la información se vea diluida en un silencio que parece pactado (y pagado) no contribuye a despejar las dudas. La pregunta “¿estamos en una sociedad cuyos medios de información están a las órdenes de las grandes empresas?” es casi candorosa, por más que nuestras leyes garanticen la libertad de prensa y la pluralidad de opiniones.

Por supuesto, nada impide que un periodista cobre de una gran empresa en concepto de asesoría. Ni hay por qué buscar tres pies al gato y dudar de que, efectivamente, la asesoría sea tal y no el pago por otros servicios menos confesables. Simplemente, hay un conflicto de intereses que surge el día que el periodista debe informar sobre quién le paga por prestar esos servicios. Y, tratándose el pagador de una de las principales empresas de nuestro país, esa necesidad surge más pronto que tarde.

Quizá no seamos del todo conscientes, pero el problema es realmente muy serio. En cierta ocasión, durante un encuentro de responsables de medios, Maurizzio Carlotti, Vicepresidente de Atresmedia, afirmaba que no hay que educar al espectador, “el espectador ya se educa solito”. Ante un medio gratuito y con una oferta variada como la televisión, el espectador elige lo que quiere, y lo hace libremente, decía Carlotti, con el mando de la tele convertido en el instrumento de la más pura democracia. Pero eso no es cierto. Hay que educar al espectador, pero también hay que educar a los medios porque, de alguna manera, cuando los medios se prostituyen bajo la acción proxeneta de las empresas, los espectadores se convierten en los consumidores de esa prostitución intelectual.

Buscando en los orígenes del periodismo encontramos a personas honradas que se dejaban la piel por contar lo que sucedía. El buen periodista siempre ha sido una piedra incómoda en el zapato del poder. Orwell afirmaba que el periodismo sólo consiste en decir lo que alguien no quiere que cuentes. No es, por tanto, una carrera, un conocimiento teórico que se adquiere y se retiene, garantizando que se dispone del conocimiento necesario para ejercer la profesión con garantías. El periodismo, sobre todo, es una actitud, un deseo de poner al descubierto la verdad, de no permitir que la falsedad se instale en la opinión pública. Por eso puede haber periodistas de carrera que no sean periodistas de verdad, y periodistas de verdad que no sean periodistas de carrera.

El modelo de negocio del periodismo hace que se tenga que mantener de los anunciantes, incluso en aquellos medios (tanto online como impresos) que se financian parcialmente de sus lectores, la capacidad de presión que pueden ejercer los grandes anunciantes es elevada. Los medios más pequeños, que necesitan despegar, se sienten felices si les entra una campaña publicitaria y temen perderla por decir algo inconveniente.

Además, la profesión se ha ido degradando. Pueden culpar a los “informadores amateurs” y es cierto que hoy cualquiera puede subir una foto, un vídeo o un artículo a un blog y lograr llegue a todos los rincones del mundo. Incluso un tweet enviado desde el lugar preciso en el momento clave tiene un valor informativo incalculable. Entonces, se preguntan muchos, ¿para qué necesitas un periodista, si encima el periodista de verdad es incómodo?

Algunos medios tradicionales, en lugar de responder a esa pregunta han asumido que no tenía respuesta. Que el periodista era un fósil cuaternario y que, por tanto, adaptarse a los nuevos tiempos equivalía a hacer lo mismo que hace un usuario de Twitter, pero en turnos de ocho horas. El resultado son redacciones diezmadas, sin capacidad muchas veces para perseguir la noticia hasta sus últimas consecuencias. Las excepciones son escasas, aunque notables y dignas de admiración.

No cabe duda de que esta situación es beneficiosa para algunos: las empresas y los gobiernos viven más tranquilos si los medios son mediocres, y por ello los fabrican de muchas maneras. Una de ellas es precarizando la profesión. Si esta se devalúa hasta la nausea, ¿qué valor tiene reconocer económicamente el valor del buen periodista? Miguel Ángel Aguilar, presidente del diario Ahora Semanal dio en la clave cuando comparó la sobreabundancia de noticias, posts, fotos y vídeos con una inundación. Para Aguilar la misión del periodista, en medio de la inundación, es proporcionar agua potable.

El papel del espectador o del lector en este ecosistema mediático es el de exigir que los medios estén limpios y que los periodistas hagan su trabajo. Por eso no vale ponerles en bandeja toda una oferta de programas y noticias y decir luego que lo han elegido libremente. Elegir libremente implica tener delante todas las opciones y tener la capacidad de discernir lo correcto de lo incorrecto. También implica, por cierto, pagar por la información de calidad. Los medios generalistas de nueva generación como El Diario, La Marea o El Español permiten asociarse por un módico precio y obtener con ello pequeñas ventajas y una grande: contribuir a que la información sea libre. O mejor, dicho, que sirva a su interés que es el de estar informado. El que paga, manda.

Ahí está la responsabilidad de los medios en la educación de la audiencia: su principal misión es informar, pero no pueden desatender la de formar. Cuando alimentas a alguien con comida basura y se acostumbra, no va a querer por propia voluntad la comida sana. La basura siempre es más sabrosa y apetecible, pero si no has contribuido a una formación adecuada, luego no esperes que levanten la voz cuando una gran empresa compra opiniones, voces y noticias. Es una cuestión que nos afecta a todos y a todo porque, citando a Zabludovsky, un pueblo bien informado es un pueblo bien gobernado.

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