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Los de ciencias y los de letras

Hoy se cumplen 64 desde que el gobierno de aquellos momentos tomara una decisión que hoy seguimos padeciendo: separar el bachillerato en “ciencias” y “letras”. De esta manera, ese pobre alumno que sudaba tinta con las mates o la química podía librarse del sufrimiento en bachillerato y dedicarse sólo a las cosas de letras. Total, estaba cantado desde hacia tiempo que lo suyo sería andar de plumilla o similar, y que lo más que contaría en su vida serían versos. También estaba ese con la gramática y el rosa rosae atravesados que vio la luz en el momento en que supo que con nunca más tendría que vérselas con los latinajos y el análisis sintáctico.

Como no podía ser de otra manera, desde el mismo momento en que se establece una separación es inevitable que se creen bandos. Y existe el bando de “los de ciencias” y el bando de “los de letras”. Es más, ser de uno u otro bando representa incluso una excusa, o más bien un eximente. Así que parece que uno de letras no tiene por qué saber cómo se hace una regla de tres, o uno de ciencias escribir con corrección. Ambos compiten y desprecian al otro, como si la literatura no aportada nada a la humanidad o la investigación científica no fuese más que la ocupación de mentes aburridas que nunca fueron capaces de entender la profundidad de “El guardián entre el centeno”.

¿La división ha ayudado a tener mejores especialistas? No sabemos, pero sí sabemos que no ha contribuido a tener mejores profesionales.

Una especialidad no deja de ser una “parcialidad”. No es posible abarcar todos los conocimientos humanos, menos aún cuando estos crecen y crecen cada año, casi cada día, pero debería ser forzoso entender a estas alturas, que cada una funciona de manera independiente. Ser el mejor especialista en algo está obviando que la naturaleza es global, y no se especializa. Crea patrones globales y, sobre esos patrones, que repite mientras son válidos, incorpora variaciones que, incluso, no llegan a ser nunca estáticas, sino totalmente dinámicas. La Naturaleza no se especializa en en hojas lanceoladas o en plumas monocromáticas, simplemente crea árboles y pájaros y los adapta continuamente a las variaciones de su medio. Podríamos entrar más en profundidad en las ventajas y desventajas de la especialización del investigador, porque impide ver las interelaciones. Quizá por eso son equipos multidisciplinares los que están avanzando más en el entendimiento del mundo que nos rodea. Pero no es ese el tema.

Letras y ciencias son dos hermanos mellizos separados traumáticamente. Quizá cada uno haya hecho su camino por separado, pero carece de lo que únicamente puede aportarle el otro. Esta temprana división, creemos, les ha perjudicado más que beneficiado.

Hace poco escuchábamos a una alumna de segundo de bachillerato en un colegio privado, quejarse amargamente del problema de las letras y las ciencias. En tercero de la ESO y en 2º de Bachillerato todos los alumnos deben pasar una serie de pruebas para ayudar a los orientadores a orientar sus futuras carreras. Básicamente les dicen: “tú encajarías mejor en letras, y tú en ciencias”. El problema en el caso de esta chica, que no es único dentro de la enseñanza, es que sus intereses son múltiples: le gustan las ciencias, pero también la literatura, la poesía y escribir de vez en cuando. Su perfil en los test es tan ambiguo que los orientadores no pueden orientarle con claridad a ninguna carrera concreta. Y ahí tenemos a un Echegaray, gran ingeniero donde los haya y Nobel de Literatura; a un García Olmedo, uno de los grandes en investigación bioalimentaria y escritor. No podemos caer en la tentación de dogmatizar sobre esto y asegurar que, en ambos casos fueron científicos con el hobby de escribir, porque volvemos a coger el bisturí para separar a una persona en partes.

Cuando separas de la unidad orgánica sus partes, y pones en un lado el corazón, en otro los riñones, en otro los huesos y en otro el cerebro, tendrás una gran claridad de esos pedazos, ahora inútiles y sin vida, porque es en conjunto, y no por separado, como funcionan y viven las cosas, nos guste o no.

Si aíslas el pensamiento científico, por poner un ejemplo, de las materias y carreras de letras, tienes a una parte de la población incapacitada para analizar los eventos de la naturaleza, ya sea del medio ambiente, del universo o de la propia. Gente que no dispondrá de herramientas para analizar el mundo que les rodea y no dejarse vencer y convencer por charlatanes y estúpidos. El pensamiento científico es una forma analítica que acercarse a las cosas que ocurren, es la prudencia ante lo que no sabemos y la barrera ante los prejuicios y las falsas creencias.

Y si separas las humanidades de la ciencia, ¿qué nos queda? Una ciencia fría, centrada en los hechos que pueden medir, e incapaz de acercarse a la comprensión intuitiva como forma válida de captar una idea. Se investigan las cosas que suceden, pero se plantean las cuestiones fundamentales que afectan a la humanidad en su conjunto y a la naturaleza. La ciencia busca respuestas pero, ¿sabe cómo formular adecuadamente las preguntas?

Las ideas tienen que poder expresarse, sean estas poéticas o matemáticas. La mente piensa, pero hasta que no somos capaces de trasladar esos pensamientos al mundo concreto con palabras, ni se pueden comunicar si se pueden materializar. ¿Cómo despreciar entonces la vital importancia que tiene el arte de saber usar las palabras adecuadas y de forma correcta? No es casualidad que el MIT esté exigiendo a sus alumnos que añadan a sus currículums algún tipo de formación en humanidades, ni tampoco que mientras que en la enseñanza pública se elimina la filosofía, los centros privados de élite la tengan como una de sus materias estrella.

Irónicamente la filosofía es la materia que más y mejor puede ayudar a la ciencia a avanzar, sencillamente porque es la madre de la ciencia, de donde han surgido las primeras preguntas que se hizo la humanidad y el pensamiento que las abordó y resolvió muchas de ellas, ha acabado formando parte del bando contrario. La filosofía (también una rarita en letras) se entretiene en elaborar complejos argumentos y análisis existenciales, y sólo acude como “invitada” ocasional a la casa de la ciencia, con nuevas especialidades como “filosofía de las matemáticas”, como una curiosidad. Pero filosofía es todo y está en todo, es lo que te hace cuestionarte las cosas, pensar por ti mismo y destruir los dogmas. Es el nexo que unifica todo, y la están amputando poco a poco también de las letras.

Indudablemente el que quiera estudiar ingeniería, medicina o filología necesitará de las asignaturas más afines para desarrollarse pero, ¿por qué poner límites académicos a lo que es relevante o no para una profesión? Geografía e Historia es de letras. Hace poco Arqueología, que era una especialidad de la anterior, se ha convertido en carrera propia en algunas universidades. Los alumnos que han llegado a ella desde letras están pasándolo realmente mal dentro de unos estudios que han incorporado cada vez más material y técnicas científicas para el análisis de muestras y la datación de los materiales. Y qué decir de los que llegan a carreras de las llamadas “ciencias puras”, en un mundo en el que cada vez más se exige a la ciencia que sea didáctica, accesible y comprensible, ¿cómo acercar las complejidades de la física cuántica a la población sin una adecuada “literatura”?

Lo cierto es que podríamos estar divagando sobre esto el resto del año, pero la cuestión seguirá siendo la misma: no existen (y si los hay deberían corregirse) perfiles humanos “sólo de ciencias” y “sólo de letras” porque, sencillamente, todo el mundo piensa, entiende, analiza, interioriza, aprende, expresa y comunica. Es necesario desterrar ya la idea, en lo académico y en la sociedad, de que son entes separados y antagónicos. No lo son.

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