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Miente cuanto quieras, porque te creerán

Hay un dicho que proclama que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Es posible. Tarde o temprano la verdad se acaba sabiendo. El problema no es que la verdad no se revele antes o después, sino que cuando la cómoda mentira se instala en el igualmente cómodo cerebro de la gente, ninguna verdad puede sacarla ya de ahí.

Creemos lo que queremos creer, lo que nos gusta creer, incluso las cosas malas. A veces por una extraña perversión del ser humano, hay cosas terribles que asumimos como ciertas sin mayor cuestionamiento porque permiten justificar un odio o un comportamiento. ¡Qué bien que gente de esa religión o de ese país haya matado a tantas personas, porque así se entiende que yo los odie!

Trump no es santo de nuestra devoción, pero hace unas semanas nos sorprendió escuchar en la radio como se le llamaba abiertamente mentiroso por acusar a la NSA de espiarle. El locutor no escatimó verbalizaciones despectivas hacia el actual presidente de los EE.UU. por su paranoia y sus acusaciones gratuitas hacia la Agencia de Seguridad Nacional. ¿Nadie recuerda ya el caso Snowden? Quizá Trump exagere, quizá mienta conscientemente pero, ¿no le cabía al locutor la más mínima duda sobre la imposibilidad de que la NSA hubiese vuelto a hacer lo que se sabe que ha estado haciendo durante años, con presidentes extranjeros, empresarios del país, políticos y demás?

Los estudios más recientes han venido a demostrar una verdad evidente: nos creemos las cosas según quién nos las diga. Esto tiene un gran peligro, porque dejamos de analizar por nosotros mismos las cosas para dejar que alguien, en quien hemos depositado nuestra confianza, a veces sin más criterio que la afinidad emocional, sea la avanzadilla de nuestro pensamiento. Así, si esa persona dice que los gatos son buenos, los gatos serán buenos para nosotros, y si dice que los perros son malos, no habrá bicho más malo en el mundo para nosotros.

No pensamos si esa persona se puede equivocar. Elegimos un bando, ya sea el de los taurinos o el de los antitaurinos, el de los escépticos o el de los que usan homeopatía, el de los católicos y o el de los ateos. Y dentro de ese bando, a alguien afín a la causa que nos muestre el camino. Así, si me gustan los toros y mi torero favorito sale diciendo que va a votar al partido de los pollos sin cabeza, yo votaré al partido de los pollos sin cabeza. Y si el grupo de los escépticos dice que la homeopatía es una estafa, pues es una estafa y punto. La cuestión aquí no es si tienen o no razón, sino que no lo hemos pensado nosotros, no es nuestra conclusión, no lo hemos analizado, sólo hemos cacareado dentro de un coro de gallinas. Nada más.

Cuando afirmamos en esta revista que el gran problema (y la gran solución) al que nos enfrentamos es el de la falta de educación, muchos se considerarán a salvo porque tienen un título, leen libros en inglés o la red los ha convertido en personajes de renombre, con una corte de seguidores que aplauden sus ocurrencias. Mientras no nos tomemos la molestia de valora cada una de nuestras creencias, de analizar por qué y cómo hemos llegado hasta ellas y seamos conscientes de nuestras filias y fobias, no podremos decir que nuestro pensamiento es libre. ¿Creemos en dios porque nos han educado así o porque hemos llegado a la conclusión de que debe haber algo por ahí que no podemos explicar? ¿Nuestro ateísmo viene de la reflexión o del desencanto y la incredulidad de lo que dicen los sistemas religiosos? ¿Votamos a tal partido porque creemos que es el que mejor puede hacerlo para el conjunto del país o porque es el que promete hacer lo que nos conviene más a nosotros?

Es un error creerse a salvo de la ignorancia. Es un error creer que sabemos, porque no es cierto. No sabemos, y esa es la única verdad que podemos gritar en alto seguros de que es absoluta y ciertamente verdad. No sabemos. Creemos saber, que es distinto. El método científico enseña que hay que probar, analizar y medir antes de poder afirmar tal o cual cosa, pero hay que hacerlo limpiamente, libre de prejuicios, porque corremos el riesgo de encontrar sólo lo que queremos encontrar. Aún con los mismos datos, las conclusiones pueden ir por derroteros muy diversos. Ser científicos implica ser valiente y tener una mente abierta a experimentar y concluir sobre cosas que, quizá, no son las que uno querría. No podemos olvidar que dentro de la ciencia también hay dogmáticos, si no que se lo digan a Daniel Shechtman, y la historia enseña que cada dogmatismo que se ha levantado ha sido derribado tarde o temprano con un gran coste de dolor. ¿Somos tan ingenuos de creer que eso ya no pasa? ¿Que no nos puede pasar a nosotros?

Un interesante artículo publicado recientemente en El Confidencial habla precisamente de los bulos y mentiras que circulan por Internet, de cómo se crean y de los medios que las usan para atraer lectores o, directamente, para alimentar el odio. Las mentiras están a la orden del día. Es natural que exista incredulidad ante tal exceso de falacias; lo que no es natural es que nuestro criterio para creer algo es que lo diga el medio que nos cae bien, y que si lo dice el medio que nos cae mal, ya no nos lo creamos. La educación es lo que nos da la capacidad de pensar por nosotros mismos, de buscar la verdad donde esté, no donde queremos que esté. Quizá por eso mucha gente prefiere creer mentiras.

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