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Política y ética

Nadie puede ser apolítico en estos tiempos. Se puede estar desencantando de la política, puede ser que ninguna de las opciones que se presentan ofrezcan confianza, o un proyecto que muestre más interés por la sociedad a la que dice querer servir que por el partido desde el que se postulan como candidatos a ostentar el poder. Pueden ser muchas cosas, pero nadie puede permanecer ajeno a lo que pasa en las altas esferas del gobierno de un país, y menos si ese país es el propio.

Cada decisión que se toma desde el gobierno afecta de una u otra manera a todos y cada uno de los ciudadanos. Como medio de comunicación nos afecta la tasa Google y el canon digital, pero también nos afecta como ciudadanos, igual que nos afecta el vengonzoso impuesto al Sol de Soria, las condiciones de los autónomos, la situación de la Administración Pública, los recortes en la Sanidad y los grandes esfuerzos de las últimas legislaturas por crear ciudadanos cada vez más borricos desde las más tempranas etapas del sistema educativo, que de eso último tiene bien poco.

Quizá nos hemos acostumbrado a ver el trapicheo y ya no nos damos cuenta de cómo funcionan realmente las cosas. Pero hay una ley que no ha dejado de cumplirse nunca: todos aprendemos por el ejemplo. Desde la más tierna infancia imitamos lo que vemos en nuestros mayores. También se da ese aprendizaje entre los animales. Ya hace tiempo que la ciencia ha comprendido que la genética no lo es todo. El componente medioambiental es a veces mucho más determinante que los genes, y en el desarrollo de muchas especies, sin la enseñanza de los padres, el aprendizaje de los animales no se completa. Si su madre no les enseña, los leones no aprenden a cazar.

Por mucho que nos sintamos al margen de lo que dicta la Naturaleza, y hasta por encima de ella en muchos aspectos, capaces de mejorar o subsanar los “errores” de esta, lo cierto es que sus leyes nos afectan igualmente, nos guste o no. Nosotros también funcionamos por el ejemplo. Hace algunos años escuchábamos de boca de nuestros políticos de turno comentarios acerca de los chanchullos para defraudar que cometían los ciudadanos de a pie. Se escandalizaban con la picaresca de los autónomos, de los cobros en negro para no declarar, de la firma de algún pariente para que no consten papeles a nombre del dueño de la empresa…

Decía Confucio, personaje a quien debería estudiarse más y mejor, que cuando alguien pone el dedo en la llaga, sólo los necios piensan que lo importante es el dedo. Y también decía, y tenía muy buenos motivos para decirlo, que sólo cuando el príncipe (o el gobernante) sea el primero en practicar las virtudes podrá exigir a los demás que sean virtuosos. Si el príncipe no posee ni practica las virtudes no podrá exigir que sus siervos la practiquen. Y que n un país bien gobernado, la pobreza es algo de lo que estar avergonzado, mientras que en un país mal gobernado, la riqueza es algo de lo que estar avergonzado.

El problema de la corrupción es que es un fluido venenoso que se filtra a través de todas las oquedades y recovecos que encuentra. Pero para que llegue abajo tiene que haberse colado desde arriba. ¿Cómo podemos asegurar categóricamente que cuando los hijos no están bien educados es responsabilidad de los padres y no ver la misma relación en la política? Quizá no hemos sido del todo conscientes, pero es imposible que las últimas capas de una sociedad se corrompan si la parte de arriba es incorruptible. Para que quede más claro: cuando abajo no hay ética es porque (consecuencia directa) no la hay arriba. Y arriba es donde hay que primero buscar y atajar las causas, no abajo.

Por eso no se puede ser apolítico, ni ser ajeno a lo que pasa en el Gobierno. Afortunadamente hay gente íntegra a la que las técnicas de lobotomización temprana en los niños no han dejado incapaz para pensar por sí misma y reflexionar y, sobre todo, para distinguir lo correcto de lo incorrecto, lo ético de lo amoral. A veces legalidad y moralidad coinciden, pero en otras hay prácticas que, aunque no ilegales, suponen una enorme muestra de falta de ética. La política debería estar supeditada principalmente a la ética, no sólo a la legalidad, y a corregir las fallas legales que puedan atentar contra lo correcto, contra lo mejor para todos, no sólo para unos pocos. Mientras eso no ocurra, no se puede esta al margen, pero tampoco perder de vista que un cargo de gobierno no es un chollo, ni un puesto de poder, sino un puesto de responsabilidad y servicio que no puede permitirse que ocupe gente irresponsable y servil.

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