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Tenemos un problema

En Tek’n’Life estamos más que convencidos (y por eso forma parte de nuestros principios como medio) de que la tecnología y la ciencia deben estar al servicio de las personas, ser útiles a la sociedad y aportar soluciones reales para problemas reales. Uno de esos problemas es ese del que nadie quiere oír hablar, porque cuando se menciona se piensa inmediatamente en ecologistas incordiantes clamando por el regreso a las cavernas para vivir en armonía con la Madre Naturaleza. Hablar del cambio climático es hablar de cambios en nuestra forma de vivir, esa forma de vida que se ha dado en llamar «estado del bienestar» que tanto nos ha costado conquistar a fuerza de ingenio, trabajo y sudor. Para ser realistas habría que llamarlo «estado de la comodidad», porque bien no estamos, pero cómodos sí, y mucho.

La pasada cumbre de París planteó ante los países asistentes la necesidad de reducir las emisiones de dióxido de carbono asociadas a la combustión del carbón, que actualmente es la principal causante de gases de efecto invernadero. Hace tiempo se puso sobre la mesa una posible solución a la emisión de CO2 que evitaba renunciar al uso de hidrocarburos y el carbón. Se trataba de separar el CO2 de las emisiones antes de que saliesen a la atmósfera, almacenarlo y enterrarlo a grandes profundidades, una técnica denominada Captura y Almacenamiento de Carbono o CAC. La idea pintaba muy bien, podíamos tenerlo todo, el combustible de siempre y un aire más limpio. Pero de nuevo parece que son los intereses particulares los que se sobreponen a los intereses generales del planeta.

Según publica la revista Investigación y Ciencia (edición española de Scientific American) en su número de marzo de 2016, el abaratamiento del precio del petróleo está poniendo en peligro esta técnica que, de pronto, ha dejado de ser rentable. Según David Biello, autor del artículo, la inversión que requiere esta técnica es alta, por lo que de momento son pocos los países que la han implementado. Sin embargo, EE.UU. encontró una fórmula que hacía rentable el proceso, consistente en vincular la CAC a la extracción de crudo. ¿Cómo?

En un ecosistema perfecto, la extracción mejorada de petróleo usa el CO2 que le compra a las plantas de carbón, para hacer que el petróleo salga más fácilmente. El gas se inyecta en el subsuelo, y este facilita el juego de presiones que hace que el petróleo. Pero el gas ya no vuelve a salir, queda atrapado bajo tierra para siempre. Las plantas de carbón sacan rentabilidad de la venta de sus desechos tóxicos vendiéndolos a las petroleras, que ven aumentar su producción gracias al gas.

El problema está en que se sigue buscando la rentabilidad ante todo y sobre todo. Al bajar el precio del barril, el proceso que permite atrapar el CO2 bajo tierra deja de ser rentable. Y hasta aquí llegó la responsabilidad social corporativa. Biello habla en su artículo de la ironía de querer salvar el planeta con medidas dependientes de la extracción de petróleo, «al fin y al cabo, al quemar el combustible adicional obtenido gracias a la inyección de CO2 se emite más carbono, el cual acaba en la atmósfera y aviva el calentamiento«, dice.

Nuestro problema no es sólo el CO2, sino la resistencia al cambio, especialmente cuando esa resistencia supone nuestra propia perdición. Afortunadamente, como decíamos al inicio, la tecnología y la ciencia deben estar al servicio de la sociedad, no de las corporaciones, aunque sean ellas las que paguen las más de las veces. Eso no quita que los investigadores se apliquen en emplear sus esfuerzos en resolver problemas como el de la acumulación en la atmósfera de CO2. No hace mucho publicábamos dos nuevos procedimientos que eran capaces de capturar el CO2 y reconvertirlo en productos útiles para la industria y en combustible. Creemos que son pasos importantes en la eliminación paulatina de este gas del aire que respiramos. Es importante también que tengan su parte de aprovechamiento económico, que se rentabilice la captura de CO2 en la creación de otros elementos útiles, pero hay un riesgo en eso. Hay que entenderlo como una industria temporal, cuyo objetivo no sea económico, sino medioambiental. De lo contrario, el gas que intentamos eliminar se seguirá produciendo para alimentar, ahora, otro tipo de negocios.

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