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El tiempo del presente y el tiempo del futuro

Todas las épocas han vivido sus crisis y sus momentos de cambio. Siempre han sido tiempos agitados, señalados por una necesidad de avanzar en una dirección, resistiendo la inercia inmovilista de los reticentes al cambio. Existe la idea de que el tiempo (y la evolución) es lineal, y también de que todo avance en el sentido de la ciencia y la tecnología es bueno. Pero no necesariamente es así.

El tiempo no es lineal. Einstein demostró que el espacio-tiempo es curvo, lo que lleva automáticamente a imaginar una forma circular. Curiosamente los antiguos se referían al tiempo como una espiral ascendente. Existe la evolución, porque vamos mejorando, pero no de forma rectilínea, sino a través de ciclos en los que pasamos, repetidamente, por los mismo puntos de conflicto y crecimiento, pero no de la misma manera, porque la experiencia acumulada nos hace enfrentarnos a situaciones similares con un espíritu diferente. Quizá esa sea la razón por la que, una y otra vez la historia se repite, las circunstancias vuelven y, de alguna manera, debajo de escenarios diferentes reconocemos guiones semejantes.

Cualquiera que bucee un poco en la historia se encontrará con las predicciones que los tiempos pasados hicieron sobre el futuro. Al despuntar la revolución industrial se imaginó un futuro en el que las máquinas hicieran los trabajos más pesados y liberaran al hombre de la carga de esas tareas. El hombre podría dedicarse a disfrutar de la vida plácidamente, mientras que los robots y los aparatos descargarían de penalidades la vida de los seres humanos. ¡Es tanto lo que se esperaba que las máquinas hicieran por nosotros! En esos mundos imaginarios las enfermedades desaparecían, la pobreza y la miseria eran extinguidas y todo el mundo alcanzaría, finalmente, el paraíso en la Tierra: todo el mundo sería feliz, sano y casi inmortal.

Es evidente que eso no pasó. Las máquinas trajeron mejoras en los procesos de trabajo, llegaron a los hogares y crearon nuevos productos y nuevas necesidades, pero no acabaron con la pobreza, no eliminaron los trabajos penosos y no trajeron la felicidad.

Hoy el discurso no es muy diferente. La tecnología y la ciencia han desarrollado nuevos medicamentos, nuevos avances, nuevos procesos, nuevos productos y nuevas necesidades Las expectativas nos vuelven a poner delante de un futuro mejor, en el que se erradiquen las enfermedades, el trabajo duro lo hagan los robots y una nueva generación de “obreros de la construcción” y “operarios de fábrica” se reconviertan en picadores de código, programadores al servicio de la nueva revolución tecnológica. No hay nada de malo en ello, salvo la creación de unas expectativas que nada tienen que ver con la realidad.

Cierto es que las mejoras en el cuidado y curación de enfermedades ayudarán a salvar miles de vidas, pero otros tantos miles seguirán muriendo por falta de acceso a medicamentos básicos, atención primaria o por no poder pagar, incluso en países desarrollados, el tratamiento o la operación que les permitiría curarse.

Cierto es que los trabajos tenderán a ser menos penosos, y que los trabajos físicos y rutinarios irán pasando a manos de metal, pero todavía el siglo XXI convivirá con situaciones de esclavitud sexual, explotación laboral y con la alienación de millones de personas en tareas que poco o nada aportan a su desarrollo personal.

Cierto será también que la tecnología nos permitirá conocer y acceder a conocimientos que antes eran impensables para nosotros, que la comunicación virtual en tiempo real eliminará las distancias y las fronteras, pero el exceso de preocupación de los gobiernos y empresas por usar las escuelas para formar trabajadores en lugar de personas pensantes, hace que de poco sirva el acceso a los conocimientos y las comunicaciones, salvo para embrutecer más y sesgar más aún, gracias a la mal llamada personalización de los contenidos y las búsquedas, la mente de quienes acceden a ella.

Como decíamos, no hay nada malo en la tecnología y la ciencia. Sería absurdo negar las ventajas de este tipo de progreso, pero no  más absurdo que otorgarle un poder que no tiene, porque la tecnología puede hacer muchas cosas, pero no puede cambiar el alma de las personas. Si se descubre un nuevo tratamiento, sencillo, barato y accesible, pero se especula con él. Si enseña robótica y programación a los niños, pero se elimina la filosofía y cualquier cosa que enseñe a pensar. Si la mecanización y la tecnificación lleva a miles de personas al paro pero no se les ayuda a aprovechar su conocimiento en otras tareas y se desprecia su experiencia y edad. Si todo eso pasa, no es culpa de la tecnología ni de la ciencia, sino de la ética (o falta de ella) de las personas que crean y establecen los sistemas.

Esto nos lleva irremediablemente a una conclusión que no nos cansaremos de repetir: nada cambiará en el futuro más que en apariencia, si todo el progreso de la técnica y la tecnología, si todo lo que augura el porvenir sobre la ciudades conectadas, el big data, la inteligencia artificial y la robótica no van acompañadas de un progreso, en igual medida, de la humanidad en el hombre.

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