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A todas las mujeres del mundo

Desde muy antiguo surgió la idea de que la enfermedad es producto del desequilibrio, de la falta de armonía. Una armonía que podía ir desde lo físico a lo psíquico y mental. Y en cierto modo es así. Cuando el delicado equilibrio orgánico se rompe por algún motivo, a pesar de los mecanismos de autorregulación del cuerpo, la enfermedad germina y puede acabar por manifestarse. De alguna manera podemos equiparar la armonía y el equilibrio al sentido profundo de la Justicia. Platón afirmaba que lo Justo es que cada uno haga lo que le es propio (habría que aclarar antes lo que Platón entendía por “lo que es propio” de los seres humanos), de manera que el conjunto de la sociedad alcance la Felicidad. Eso aporta un dato interesante, porque básicamente señala que cuando una sociedad no es feliz es porque no es justa, y si no es justa es que hay desequilibrio y falta de armonía, y si no es armónica, entonces, puede gestarse la enfermedad.

Los desequilibrios de la sociedad son muchos: la riqueza de unos implica la pobreza de otros, la creencia de que lo avanzado es ser occidental implica el desprecio por los que no lo son, sostener que un médico es más importante que una limpiadora implica la clasificación de los trabajos y las personas en dignos e indignos, y pagar más a un hombre que a una mujer por el mismo trabajo implica que vale más lo que hace uno que lo que hace el otro.  Son sólo algunos ejemplos, pero señalan claramente que nuestra sociedad no es feliz, no es justa y está enferma.

En un cuaderno del Instituto Vasco de Criminología de 1990 se dice que “No debemos olvidarnos que existe una solidaridad primaria, en la que juegan un papel determinante las mujeres. En este sentido, las mujeres constituyen un ejército numerosos de voluntarias durante las 24 horas del día, enclavado en redes primarias como la familia o en las de tipo comunitario y vecinal”. Más adelante, refiriéndose a las ONGs, el texto dice que se ratifica “la tendencia hacia el voluntariado social que manifiestan las mujeres”, así como la existencia de un “importante asociacionismo femenino que ha sido pionero en la detección de necesidades y que ha colaborado en la puesta en marcha de recursos y soluciones”.

Según una encuesta de 2015 realizada por Atresmedia y Cooperación Internacional ONG, el 64% de los voluntarios corporativos fueron mujeres. El pasado año fue noticia una marcha por la paz entre Israel y Palestina, lo destacable de esa noticia era que, mientras ambas comunidades se matan, diversos grupos de mujeres dentro de esas comunidades se unieron para marchar por la Paz y exigir que los dirigentes de Israelíes y Palestinos se sienten a negociar con intención real de poner punto final a un conflicto que se está cobrando la vida y la moral de ambos pueblos. En Irlanda del Norte, Guatemala y Colombia, por citar algunos, fueron las asociaciones de mujeres las que tuvieron un peso decisivo en la consecución de los procesos de paz en sus respectivos países. Ese fue también el caso de Liberia, aquí la unión de mujeres cristianas y musulmanas, lideradas por Leymah Gbowee,fue clave para luchar pacíficamente para detener los derramamientos de sangre, expulsar al entonces presidente Charles Taylor y comenzar las negociaciones para acabar con la guerra.

Mires donde mires, las mujeres están encabezando una revolución imparable para acabar con las desigualdades y las guerras. Hay mujeres que reciben disparos por querer ir a la escuela, son violadas al emigrar, prostituidas por buscar una vida mejor, torturadas por defenderse o denigradas sólo por ser mujeres. Pero más allá de la piel y el sexo, dentro del corazón, las mujeres cuentan con el poder moral del médico que sabe cómo sanar a un enfermo.

En este mundo que se consume a sí mismo en la arrogancia, el odio, el desprecio del otro, la opresión, la marginalidad, los excesos, el terror y las ambiciones, las mujeres tienen en sus manos la vacuna que acaba con el letal virus de la injusticia. ¿Cómo? Como Platón decía, para que la sociedad sea feliz, esté sana y sea justa, todos sus ciudadanos deben hacer lo que les es propio. Al final hombres y mujeres no somos tan diferentes, y sufrimos y nos alegramos por cosas similares, aunque reaccionemos de manera distinta.

Platón no se refería a las profesiones o a los roles sociales condicionados, sino a lo que nace de lo más profundo del alma de las personas que, al final, es lo que nos hace realmente felices. Hacer lo que nos es propio es lo que responde a nuestras naturalezas internas (el deseo de ayudar, de luchar, de curar, de aprender, de enseñar, de querer y ser queridos, de enfrentarnos a lo que nos da miedo, de explorar los límites de nuestra curiosidad, el deseo de ser valientes y fuertes ante la vida…). Son cosas que no tienen género, pero que el género enfoca para plasmarlo de una manera o de otra. Así, por poner un ejemplo (a muy grandes rasgos), los hombres suelen solventar los conflictos peleando y las mujeres hablando.

Por eso es tan, tan importante, que el equilibrio se restablezca en las sociedades, que hombres y mujeres formen un equipo paritario natural, que aporten sus puntos de vista y contribuyan juntos a que el mundo sean un lugar mejor, no peor. Que juntos tomen las decisiones y juntos construyan las soluciones. A partir de ahí será posible atacar el resto de injusticias que destruyen y socavan nuestra sociedad, las injusticias de clase, de color, de educación, de nacionalidad… A partir de que se restablezca el natural equilibrio del género, tendremos más posibilidades de sanar al mundo de todo lo demás.

 

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