José Luis Verdegay
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José Luis Verdegay, catedr. de C. de la Computación de UGR

El dogmatismo se evita dando la educación posible a la población

Jódar es un pueblo de la Comarca de Sierra Mágina en Jaén con poco más de 12.000 habitantes. Allí nació Francisco Herrera, el autor de Tecnología más citado de España y catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial. En el mismo pueblo hay un informático, Enrique Herrera Viedma, de igual calibre que el Herrera anterior. Manuel Herrera Gómez, uno de los sociólogos más reconocidos de nuestro país, también debe su nacimiento al municipio de Jódar, así como Lorenzo Jesús del Río Fernández, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Aparte de su origen todos estos personajes tienen algo más en común; todos ellos coincidieron en un momento determinado con un magnífico grupo de profesores del Instituto de Jódar.

José Luis Verdegay, Delegado del Rector de la UGR para las TICs habla con entusiasmo de este pueblo jiennenese. Para él es un ejemplo de cómo los buenos docentes puede influir el devenir de una sociedad. Profesores que “hicieron que un grupo de chicos llenara su lámpara de aceite y al tiempo surgieran varias personas con fama internacional que ahora mueven el país“. De eso precisamente hablamos con él. ¿Cómo se estimula el amor por las ciencias? ¿De qué manera se podrá asegurar la continuidad de los proyectos científicos y tecnológicos de larga duración sin la generación de nuevos relevos? Se trata de un problema común en muchas áreas de la ciencia. Si pensamos en una misión como la de Rosetta, con más de 10 años de vida (sin contar los de diseño y fabricación de la sonda y sus dispositivos), o en la Voyager, lanzada en 1977, se hace imprescindible concluir que, en un periodo tan largo de tiempo, será necesario en algún momento reemplazar a alguien sin que la continuidad de la misión se vea afectada. Pero el número de estudiantes de ingeniería está en una curva descendente, las becas disminuyen, los equipamientos faltan y los investigadores tienen que irse fuera del país para poder trabajar. Las perspectivas no parecen muy buenas, quizá por eso los principales interesados en mantener viva la ciencia durante mucho tiempo están poniendo toda la carne en el asador para que así sea.

Despertar vocaciones

Preguntamos a Verdegay por el acercamiento de los jóvenes al mundo de las ciencias y la tecnología, y cómo se está abordando desde las instituciones académicas el despertar de esas vocaciones. Antes de contestar aclara que sólo puede hablar de lo que entra dentro de su área de experiencia, docencia, investigación y gestión, ya que “se trata de planteamientos que varían de ámbito a ámbito, de centro a centro e, incluso, de Universidad a Universidad, con diferentes metodologías para concebir la educación como un servicio público“. Una vez dicho esto se muestra mucho más contundente en resaltar la enorme trascendencia de trabajar con los jóvenes: “Desde mi punto de vista es algo importantísimo. No resulta tan importante decidir qué estudiar como quién. Si no tenemos quién, el qué da un poco igual. Hay que tener previsión de continuidad, de recambio generacional, y que nuestros hijos se incorporen a los proyectos sin saltos abruptos“.

La Universidad de Granada fue una de las primeras en involucrarse en la enseñanza “no traumática” de las Matemáticas y ya tiene una estrategia definida con la que están trabajando desde hace tiempo. La razón es la gran cantidad de jóvenes de ESO y Bachillerato que se atrancan en esta materia y acaban eligiendo carreras que eludan el trance de los números. Esa es la razón de que la estrategia de atracción de talentos en los estudiantes de secundaria, dirigido por el catedrático y profesor de álgebra Pascual Jara, se centre en salvar la barrera de las mates y “evitar perder a todos los jóvenes que demuestran habilidades para la ciencia“. El problema habitualmente no está en la asignatura en sí, sino en lograr que la enseñanza sea atractiva y cobre sentido en la cabeza de los chicos. Insiste Verdegay:

A veces se pierden verdaderos tesoros por un mal profesor, pero es indispensable cuidarlos y que tengan las puertas abiertas para la ciencia

Además del alumno que claramente va de cabeza a ciencias está el otro, “el indeciso con habilidades” como lo llama Verdegay, pero “que necesita que le demuestren que lo que quiere estudiar es bonito”. El problema aquí suele ser que no se le hayan enseñado bien las materias relacionadas o que no se les haya motivado, explica. Estos programas buscan facilitar el desembarco en la ciencia de todo este conjunto de gente, empezando por hacer de las mates algo más amigable.

Según explica Verdegay, bajo el liderazgo de la Facultad de Ciencias se pudo desarrollar, gracias a los buenos resultados del programa de Matemáticas, uno anual orientado a la difusión de los diferentes estudios que abarcan las carreras científicas en el que ha sido determinante el papel jugado por el Parque de las Ciencias de Granada. Su labor protagonista en la difusión científica “ha sido y es importantísima“. Sus cifras de visitantes del año pasado avalan este rol, con un 10% más de público que en 2013. ¿Por qué este éxito? “Había mucha gente que esperaba que alguien les mostrara que lo que querían hacer era atractivo. Por eso el Parque de las Ciencias ha funcionado como catalizador y con muy buenos resultados“, señala el profesor. De hecho hay titulaciones que antes no se promocionaban como la Geología, la Paleontología, la Antropología o la Acuicultura. Los programas de motivación se encaminaban siempre por el lado de las Matemáticas y otras materias más genéricas, “pero errábamos“, confiesa Verdegay. Planteamientos como el del Parque de las Ciencias permiten un acercamiento a muchas más disciplinas, con lo que “se mantiene a un buen número de la población en órbita y con interés por los temas científicos“.

acercarse a la ciencia es bueno para todos

Siguiendo la estela de estos programas, hace unos cuatro años que el Ministerio inició un Campus de verano para alumnos de Secundaria de todo el país, en el que también participa la UGR. En este Campus Verdegay imparte el programa de TICs:

El objetivo no es que se aprendan las cosas, sino mostrarles cómo funcionan las cosas para que le pierdan el miedo a la ingeniería de la tecnología

dice. Los chicos pueden ver de forma atractiva desde cómo se hace un videojuego a cómo se construye un drone. La misma UE ha lanzado iniciativas dentro del horizonte 2020 para diseñar proyectos de este tipo pero con movilidad europea. Así, “las instituciones interactúan, engranadas, para mantener el flujo fundamental hacia la ciencia“, explica.

La motivación es fundamental, pero no necesariamente esta tiene que acercar a lo científico. “Todos no tenemos la misma capacidad, pero conocer la ciencia es bueno para todos“, explica. Los chicos que van al campus descubren muchas cosas que desconocían, y eso es estupendo aunque luego el chaval se dedique a la abogacía. A veces, cuenta Verdegay, cuando les explicas cómo se hace un videojuego algunos comentan “por fin alguien me quita el velo y sé cómo se hace algo que me gusta“. Hay otros chicos que piensan que un videojuego se hace sólo a base de teclado, con lo que la experiencia es un choque con la realidad que no viene nada mal. Es algo que “permite adelantarse al fracaso escolar” de los que piensan que las cosas son de una manera y luego se encuentran con que son de otra.

En uno de los campus que se hicieron sólo para chicas, les preguntamos por qué no les atraían las TICs. La respuesta estaba en la imagen que proyectan los informáticos en el cine. Son los secundarios frikis, los gordos grasientos que comen pizza todo el rato y están rodeados de cosas imposibles. Mientras, el antropólogo o el biólogo es el guapo y listo. La imagen no es atractiva, así que es lo primero que hay que romper.

Los más interesantes para Verdegay son “los chicos del descubrimiento“, los que se involucran y descubren durante las exposiciones todo un mundo que les emociona y les hace sentir que ellos son capaces de hacerlo también. Ese es el perfil que más interesa

ahí se descubren excelentes estudiantes que de otra forma se perderían casi con total seguridad

insiste. “Los que viven ese filo de la navaja suelen irse a carreras que les den pocos problemas, y creo que hay un alto porcentaje de gente que habrían elegido otra cosa si alguien les hubiera mostrado lo que podían llegar a hacer… hay que rellenarles el aceite de la lámpara, no estrujarlos, si no, nunca podrán estar enamorados de lo que hacen. Si alguien les enseña la física recreativa puede que alguno descubra que puede ser incluso un chef extraordinario“.

El papel fundamental del profesor

Volvemos a la cuestión del profesorado. Es fundamental que sepan cómo llegar a los jóvenes. Verdegay explica que “desde la Academia se ha mantenido una posición de preponderancia, no soberbia, pero sí pensando que como ya tenían el puesto ganado no tenían que demostrar nada ni ganarse el cariño de los estudiantes. No nos hemos preocupado de hacer esa difusión que entiendo que es un ‘rendir cuentas’ que elimine el papel de la Universidad como torre de marfil en la que no damos cuentas a nadie, pero no es así, porque rendimos cuentas ante la sociedad, y cuando lo hacemos, los resultados son espectaculares. Sólo ganando un posible chico que íbamos a perder está todo justificado, pero afortunadamente son muchos más de uno“, destaca el profesor.

Platón explicaba en su República que las personas que se dedicaban a aquello para lo que estaban mejor capacitados no sólo eran más felices, sino que también eran más útiles para la sociedad y para sí mismos. Verdegay coincide en que el trabajo a veces se ve como una “maldición bíblica“. Defiende que para él los problemas que manifiesta un presidente del Gobierno no son menos importantes que los que tiene un presidente de comunidad. Para cada uno de ellos lo que hace tiene la máxima importancia: “Es un problema de escala, pero igualmente importantes y que requieren el máximo empeño para que salgan bien“.

No hay que denigrar ningún trabajo

No he trabajado en mi vida porque desde pequeño he hecho lo que quería hacer, y nunca he tenido conciencia de esa maldición bíblica de ganar el pan con el sudor de la frente“, dice Verdegay; “en mi caso no hay sudor, soy feliz, y sufro cuando veo a alguien que va amargado a trabajar porque no le gusta“. Para él todos los trabajos tienen el mismo nivel de trascendencia: “el presidente no llegaría ni a la puerta de su casa sin el que fabrica sus zapatos o sin el que barre las calles“, dice. Todos son importantes, por eso no hay que denigrar.

Si te gusta tu trabajo, si es lo que querías, en realidad tú no trabajas, y al contrario con los que odian su trabajo

De ahí la importancia de despertar la vocación, sea la que sea. Sólo un profesor vocacional va a poder enseñar bien. Verdegay habla de su propia experiencia como docente y como alumno: “A mi enseñar no me cuesta, me apasiona, igual que investigar para enseñar. Soy afortunado y por eso quiero que todo el mundo lo sea. Pero es algo que le debo a mi profesor de Bachillerato y a su forma de explicar las matemáticas. Hacía verdaderos malabares. Se llamaba Manuel Moya, y era funcionario del Ministerio de Hacienda que, como pluriempleado daba clases de Matemáticas en el Colegio San Isidoro de Granada. De no haberlo tenido como profesor posiblemente yo no habría llegado aquí. Y con el impulso de que lo que él me explicó y cómo me enseñó a aplicar las matemáticas llegué prácticamente hasta mitad de carrera“.

Cambiamos de tercio y preguntamos a Verdegay por el conflicto que parece enfrentar tradicionalmente a ciencias y religiones. “El problema está en los dogmatismos“, dice. Pero en ocasiones podemos encontrar que el dogmatismo aparece también dentro de la ciencia, como una sombra errónea. Nada más contrario a la ciencia que el dogmatismo, dice; “yo explico a mis alumnos que no deben fiarse de lo que les digo, que busque, que investiguen… La ciencia es investigación, y eso frente al dogma crea dos mundos opuestos“. El profesor señala que hay que llegar al mundo no dogmático desde el método científico. “Es difícil explicar los dogmas en ciencia; lo más aproximado que tenemos son los principios. En principio es algo que no se puede explicar, como el principio de Arquímedes. No se pueden demostrar, pero se comprueban. Así que aunque no hay un método científico que lo  diga, al menos se puede comprobar. Un dogma no puede comprobarse si demostrarse, por eso hay que saber que a veces podemos jugar con principios, pero nunca con dogmas“, aclara.

un chico de secundaria demostró científicamente que el infierno no existía

La única forma de evitar el dogma entonces es “con mucha educación de base, toda la que se pueda, a toda la población“, señala el profesor. A los dogmáticos nunca les va a interesar la educación, porque así garantizan la continuidad de su dogma. Verdegay cuenta el caso de un chico de Secundaria que hizo una demostración, usando el método científico, de que el infierno no existía. A grandes rasgos decía que si partimos de la base de que el infierno es un dogma, los infieles según una religión van a ir al infierno. Así, todos los que no son yo y los míos, los que estamos bajo el mismo dogma, van al infierno. Ahora bien, según el dogma de los infieles, yo y los míos iremos al infierno por infieles, porque no cumplimos su dogma. Y como el infierno es el elemento común a todos ellos, el resultado sería que todos iremos al infierno.

¿Se deben respetar los dogmas en ciencia sólo por ser ciencia? La respuesta de Verdegay es contundente: “No. Hay que explorar lo desconocido. Si alguien te dice que no explores, entonces hay que investigar. Los dogmas están hechos por los dogmáticos, y alguien sólo es dogmático en dos casos, según Verdegay: cuando se es extremadamente tonto o extremadamente listo. En este último caso usa su inteligencia para sojuzgar a otros según sus propios deseos, pero en cualquiera de los dos, se trata de gente peligrosa. En ciencia es necesario dejar a un lado creencias y fe, pero nunca los principios éticos, señala. “En España nunca entendimos la segregación cuando se vivía en EE.UU. porque nunca tuvimos gente de color. Pero ahora sobre el aborto o las células madre se habla en política de cosas que desconocen por completo“.

Pero para entender hay que conocer. Volvemos al motivo que nos trajo a hablar con Verdegay: ¿Cómo podemos localizar a esos profesores capaces de motivar e inspirar a los jóvenes? “Ojalá pudiésemos localizar a esos profesores y traerlos, pero es difícil -dice Verdegay- detectarlos en Secundaria. En la Universidad sí que hay un sistema de fichajes, pero no en los Institutos“. Sin embargo cuenta el caso de Celia Molina, profesora de Inglés del Instituto Generalife de Granada; una profesora muy comprometida con su labor que ha logrado elevar mucho la competencia lingüística del Instituto. A ella le gusta lo que hace y le hace feliz, dice. “La felicidad suprema sería que el Gobierno nos diera más dinero para investigar, para becas y para equipamientos, y que no se tengan que ir los alumnos fuera a estudiar“, concluye.

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