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La familiaridad es más importante que la filogenia para reconocer las emociones animales por su voz

A la musaraña del árbol no hay quien la entienda

Por muy apartados que estemos de la vida natural, lo cierto es que existen vínculos entre humanos y animales más imbricados en nuestro ser de lo que pensamos. Una prueba de ello constituye el estudio que un equipo de investigadores, de la Universidad de medicina veterinaria de Hannover, acaba de publicar en la revista Plos One. Los científicos se preguntaron si la empatía humana sería capaz de reconocer los estados emocionales de los animales sólo por la voz. Y la respuesta ha sido que sí, pero según con qué especies.

El estudio, a cargo de Marina Scheumann, Anna S. Hasting, Sonja A. Kotz y Elke Zimmermann, trataba de distinguir si la familiaridad de los taxones (grupos de organismos que comparten parentesco) tenía alguna influencia en la percepción de los estados de ánimo animales por su voz. Es posible que para los humanos fuese más fácil reconocer la tristeza en un chimpancé que en una musaraña debido a que compartimos no sólo buena parte de nuestro código genético, sino cierta historia común. Por esta razón el estudio se enfocó tanto en la percepción humana de los sonidos animales (qué pensamos que quieren expresar) como en el reconocimiento correcto de cada voz (qué estaba expresando en animal). De ahí la conclusión de que efectivamente existe, dentro de los seres humanos, la capacidad de entender emocionalmente las expresiones sonoras de los animales, pero no de todos los animales por igual.

Para este trabajo se contó con la participación de 28 hombres a los que se les dio a escuchar 192 vocalizaciones de cuatro especies diferentes: un bebé humano, perros, chimpancés y musaraña del árbol. Luego, tuvieron que clasificar las grabaciones según percibiesen emociones negativas (agonístico) o positivas (afiliativas) en ellas. La clasificación de estas emociones se hizo empleando la versión de 5 puntos de la técnica del Maniquí de autoevaluación SAM (unos test no verbales que miden emociones como el placer, la excitación y el dominio; constan de tres filas de iconos que se puntúan sobre cinco rangos diferentes para cada emoción). Ninguno de los participantes tuvo problema en reconocer la carga emocional de la voz humana. En cuanto a las voces animales, los resultados, según señala el estudio, “fueron mixtos”.

La clasificación correcta de las voces animales dependió más de la familiaridad del oyente con la especie (por ejemplo, si tiene perro reconocerá mejor las emociones de los perros) y el contexto de la grabación, mientras que la filogenia y los estados emocionales inducidos tuvieron menor relevancia a la hora de acertar con el sentido correcto de las voces. De esta manera se demuestra que, en el ser humano, los mecanismos cognitivos que dependen de la experiencia tienen más peso a la hora de reconocer las emociones animales, que la posible influencia de los taxones en nuestros mecanismos de procesamiento acústico. Lo dicho. Aunque seamos parientes genéticos de los chimpancés, a menos que hayas vivido con uno, no sabrás si te ama o te odia, pero si eres un fan de las musarañas de árbol y tienes una en casa, es probable que sus reclamos por comida estén grabados en lo más hondo de tu corazón.

No hablo tu idioma, pero te entiendo

En el caso del lenguaje humano y de las vocalizaciones no lingüísticas (cosas somo agggg, uy, puag, ay, ehhhh, etc.) se transmiten en señales prosódicas (acento, intensidad y demás rasgos que el hablante imprime al lenguaje verbal para transmitir emociones o sentimientos) gracias a las cuales podemos (otra cosa es que lo hagamos) reconocer el estado de ánimo de otras personas. Algo que se denomina “reconocimiento emocional inducido por voz”. A pesar de pertenecer a diferentes culturas y a grupos étnicos con diversos orígenes lingüísticos, el ser humano se expresa, tanto en la voz como en la música, de un modo casi universal y reconocible por todos, lo que sugiere a los investigadores que estos componentes prosódicos se organizan por mecanismos innatos que podrían derivar de un origen pre-humano.

Según señala el estudio, ya hace más de 130 años Darwin afirmó en su obra “La expresión de las emociones en el hombre y los animales” que las expresiones emocionales han estado en continua evolución desde los animales hasta llegar a los humanos. Diversos estudios han ido acercándose a un mayor conocimiento de estos procesos. La cuestión era averiguar si la percepción de las emociones del remitente (fuese animal o humano) se basaba en emociones auto-inducidas en el oyente como, por ejemplo, según explica el estudio, si siente miedo al oír el sonido, pensará que aquel que lo produce tenía miedo. O también si había asociaciones aprendidas entre el sonido y el contexto (como que si sabemos que el sonido se ha emitido en un contexto negativo o agonístico, creeremos que el emisor tenía miedo).

Con este trabajo lo que se ha constatado es el efecto de la familiaridad y la filogenia en el reconocimiento de las emociones por medio de la voz. Por medio de las voces agonísticas y de filiación de los bebés humanos se estableció el patrón de control de la especie y, luego, se incluyeron tres especies animales con diverso grado de familiaridad y filogenia. Así, el perro es muy familiar pero filogenéticamente distante del ser humano. Los chimpancés son muy cercanos filogenéticamente, pero distantes en cuanto a familiaridad y, por último, las musarañas de árbol son distantes en ambos aspectos.

En una primera etapa, los participantes en el experimento debían clasificar los sonidos espontáneamente. Luego se trabajó en el reconocimiento emocional de las voces propiamente dichas, con los parámetros “agonístico” y “filiativo” tanto para los bebés humanos como para perros, chimpancés y musarañas de árbol. El 70% de los estímulos se asignaron a la especie correcta. Luego, tanto en los sonidos de bebés como en los de perro, el 91,93% de los sonidos se asignaron a la emoción correcta, mientras que ninguno de los participantes supo reconocer adecuadamente “los gozos y las sombras” de las musarañas de árbol, de hecho algunos participantes los confundieron bien con un ave bien con el chirrido de un coche de caballos, máquinas, los ruidos de la calle, un loro o un pollo, entre otras cosas. En cuanto a las voces de los chimpancés, mientras que sólo el 7,44% de los participantes reconoció la voz como perteneciente al chimpancé, el 75,89% identificaron estas voces como agonísticas, y el porcentaje de identificaciones afiliativas acertadas provino de un único participante, sin el cual el nivel de aciertos se reducía al 4,01%.

Otra conclusión derivada de todo esto es que la pobre musaraña del árbol, esa desconocida y poco valorada musaraña del árbol, podría servir para doblar buena parte de los sonidos de una película. A nuestro oído todo le sonaría igual.

Imagen: Wikimedia Commons. Autor: MyName (Bantosh) 

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