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Quieren que los pasajeros no puedan utilizar dispositivos durante despegues y aterrizajes

Asistentes de vuelo quieren la prohibición de vuelta

Durante los últimos años hemos vivido, algunos de manera especialmente interesada, los distintos pasos en la relación entre aviación y dispositivos electrónicos. En sus primeros tiempos, claro, no existía regulación alguna, pero a medida que fueron proliferando los temores por el modo en que podían inferir con el instrumental de las aeronaves forzó una rápida y rotunda prohibición de su uso. Y, desde entonces, hemos ido viendo como poco a poco se iban relajando, hasta que recientemente se levantó una de las más criticadas por muchos usuarios, la del uso de dispositivos desde el embarque hasta el desembarque. Así poco a poco algunas compañías, amparadas por los reguladores de sus países de origen, han eliminado la prohibición de usar gadgets, si bien en el caso de los teléfonos móviles y otros dispositivos con conectividad, sigue siendo obligatorio emplear el Modo Avión. No obstante, esta noticia no ha alegrado a todo el mundo e, incluso, hay quienes se oponen a dicho cambio. Un ejemplo de ello son los tripulantes de cabina de pasajeros de Estados Unidos, que han pedido a la FAA la vuelta a la prohibición de su uso durante despegues y aterrizajes.

Las razones esgrimidas por el principal sindicato de tripulantes a la FAA (Federal Aviation Administration, el principal regulador aéreo de Estados Unidos), que representa a más de 60.000 trabajadores son dos. La primera es que, con un elemento de distracción adicional a los ya existentes, los pasajeros dejarán de prestar atención a las indicaciones de seguridad. Y, por otra parte, también argumentan que durante despegues y aterrizajes, el riesgo de que los objetos salgan despedidos aumenta de manera exponencial. Además, argumentan un defecto de forma en el modo en que se ha tramitado el cambio en la normativa, un fallo que les habría impedido oponerse a dichos cambios antes de que estos se produjeran. Y, en función de ello, reinvindican que vuelva la prohibición de uso de dispositivos durante despegues y aterrizajes.

En un primer lugar, y más siendo yo un aerotrastornado confeso, así como persona que viaja de manera habitual en avión (por motivos de trabajo y en clase turista, nada de cargo en tarjetas black y esas cosas que se han puesto de moda ahora) cabe pensar que esta noticia me debería indignar, que debería enfadarme bastante y reivindicar mi derecho a seguir escuchando música, leyendo un ebook y escuchando música (todo al mismo tiempo, claro) durante el despegue. Sin embargo, lo cierto es que hay un aspecto importante de la reivindicación de los tripulantes que, guste o no, tiene mucho sentido. Me refiero, claro, al riesgo que plantean un montón de pequeños objetos, cables y demás en dos fases del vuelo tan sensibles como son el despegue y el aterrizaje. Y ni siquiera es necesario que se produzca una situación de riesgo como tal, basta que una persona con poca o nula costumbre de volar esté sujetando su tablet de diez pulgadas cuando, apenas segundos después de que el avión haya empezado a separarse del suelo, experimente algún tipo de sacudida (un cambio de rumbo un tanto brusco combinado con el efecto propio de un golpe de viento). ¿Probabilidades de que, ante el susto, la tablet se despegue de sus manos y acabe en la cabeza de la persona que se encuentra tras él? Altas, bastante altas. Tiene todo el sentido que se limite el tamaño máximo de los objetos que se pueden tener en la manos durante ambos momentos. Aunque, claro, esto no debería afectar sólo a dispositivos electrónicos. ¿O es más peligroso el golpe de un iPhone que el de una edición de lujo de Los Pilares de la Tierra?

Por otra parte, y aunque escuchar música es una manera de hacer los vuelos más cortos y entretenidos, llevar unos auriculares puede impedir que escuchemos las indicaciones del personal de cabina ante una hipotética emergencia. Y vuelvo a lo de antes: ¿qué fases del vuelo son las de más riesgo? Efectivamente, despegue y aterrizaje. Las personas que me conocen saben que tengo el mal hábito de escuchar música a un volumen excesivo. Y sigo haciéndolo pese a que en alguna ocasión dicho aislamiento con respecto a lo que ocurre «fuera» se ha traducido en algún riesgo cuando camino por la calle. Existe, claro, el recurso de bajar el volumen, pero entonces el sonido de «fuera» se cuela y… al final terminas subiéndolo de nuevo. Y, dado que la principal función de los tripulantes (aunque algunas aerolíneas se empeñen en convertirlos en vendedores aéreos) es velar por la seguridad de los pasajeros, es comprensible que se opongan a este cambio.

El problema es que, como casi siempre, se regula (y contra-regula) hacia los extremos, en una suerte de guerra constante en la que es (o parece) imposible llegar a cualquier tipo de acuerdo. Así, por ejemplo, tiene sentido que se impida el uso de objetos (sí, no sólo de dispositivos electrónicos) de un tamaño y/o peso superior a equis. No lo tiene, sin embargo, que sea obligatorio apagarlos (igual que no tienes que quitar el marcapáginas de un libro, tampoco hay razón para apagar los dispositivos). Tiene sentido, sí, que no se permita el uso de auriculares ni durante las indicaciones de seguridad ni durante el despegue y el aterrizaje. Es un poco más excesivo, sin embargo, que también se prohiban durante rodaduras y esperas que, en ocasiones, pueden llegar a hacerse eternas. En esto, como en casi todo, hay un punto medio, al que se suele llegar siguiendo las indicaciones del sentido común.

 

Imagen: Chalmers Butterfield

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