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La actividad física tiene un efecto protector ante las principales causas de mortalidad en el mundo

El ejercicio reduce los efectos de la tríada tóxica del cáncer

Es posible que nunca se insista demasiado en la importancia de la actividad física, y es que si hay algo tan venenoso para el cuerpo como el azúcar, eso es el sedentarismo. Tanto es así que el estilo de vida sedentario está vinculado por numerosos estudios a la obesidad y, al mismo tiempo, obesidad, baja función cardiorrespiratoria e inactividad, conforman lo que se llama la tríada tóxica del cáncer: tres elementos que no sólo aumentan el riesgo de padecer cáncer, sino que empeoran el pronóstico en caso de padecerlo.

Javier Salvador Morales-Rojas, Alejandro Lucía y Helios Pareja-Galeano son los tres investigadores de la Universidad Europea de Madrid que han revelado hasta qué punto mantener una cierta actividad física puede ser vital para reducir el riesgo de enfermedades asociadas al cáncer, y mejorar el pronóstico y la esperanza de vida en caso de padecer cáncer.

Según el estudio “el ejercicio físico regular, dirigido a mantener el peso corporal dentro de unos límites saludables y a mejorar la frecuencia cardiorrespiratoria, reduce el riesgo de cáncer de una persona y, una vez diagnosticado, mejora también su pronóstico, reduciendo su mortalidad y el riesgo de recurrencias de la enfermedad a través de mecanismos similares“. Desde esta perspectiva, es posible usar la actividad física como un factor de ayuda que, además de sus beneficios inherentes, aporta unos efectos secundarios positivos frente a la tríada tóxica del cáncer.

Efectos colaterales

Del cáncer sabemos que es una enfermedad causada por el crecimiento incontrolado de células, invadiendo todo lo que queda a su alcance y consumiendo exageradamente los recursos energéticos de las células, tejidos y órganos sanos. Existe un mecanismo molecular común a todos los tipos de cáncer, y es que el ADN de las células tumorales muta.

Como explica el estudio, los cánceres más frecuentes en los hombres son los de próstata, pulmón y colon, en ese orden, mientras que en el caso de las mujeres son los de mama, pulmón y colorrectal. Según datos de la Sociedad Americana del Cáncer, desde 191 hasta 2004 la tasa de mortalidad por cáncer disminuyó en un 23%, lo que significa que se evitaron 1.700 millones de muertes en ese tiempo. Pero a pesar de todas las terapias y mejoras en los métodos de detección, dicha sociedad prevé que a finales de este año habrá, sólo en EE.UU. 1.685.210 nuevos casos de cáncer y 595.690 fallecidos.

El gran problema de esta enfermedad es que bajo el mismo nombre se cobijan muchos tipos diferentes de tumores, con sus características, síntomas específicos, riesgos de metástasis y tratamientos. A lo que hay que sumarle que el cáncer en sí provoca, a su vez, nuevos problemas de salud en los pacientes, debido fundamentalmente a la cardiotoxicidad de las antraciclinas que se usan en los tratamientos. Básicamente pueden ser responsables también de enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, reducción de la capacidad cardiorrespitaroria, atrofia muscular y fatiga, entre otras cosas.

No hay un único factor responsable del cáncer, y si bien existen factores genéticos de riesgo, también los hay externos com el tabaco, la alimentación o la inactividad física, por citar algunos. Algunas teorías han señalado la posibilidad de que la mayor parte de los tipos de cáncer se deban a mutaciones aleatorias, una especie de “mala suerte” que hacer que la ruleta apunte a una persona y no a otra, pero esta explicación deja en el aire todos los factores de riesgo extrínsecos que nada tienen que ver con la genética.

En este último caso está el ejercicio físico, capaz de ejercer un papel modulador en el riesgo de desarrollar algunos tipos de cáncer, en su progresión o en su pronóstico, gracias a que contribuye a reducir otros factores de riesgo como la obesidad.

Cuestión de masa

Un estudio de 2007 reveló que el aumento del Índice de Masa Corporal (IMC) estaba asociado a un mayor riesgo de 10 de los 17 tipos de cáncer analizados en 1.200.000 mujeres durante un periodo de más de 5 años. Gracias a este y otros estudios se vio que la obesidad no sólo es un factor de riesgo de cáncer, sino que también es un indicador del progreso de la enfermedad. En el caso de mujeres con cáncer de mama se relacionaron los altos niveles de adiposidad con efectos como el linfedema, peor calidad de vida, mayor riesgo de recaída y, finalmente, mortalidad asociada al cáncer.

En el caso de mujeres obesas en el momento del diagnóstico de cáncer de mama, tienen un 33% más riesgo de recaída y mortalidad que las pacientes con normopeso. Lo curioso es que más de la mitad de las mujeres obesas en el momento en que les diagnostican de cáncer de mama, tuvieron un 41% más de riesgo de mortalidad por cualquier otra causa, y un 35% más de riesgo de mortalidad a causa del cáncer que las mujeres con un peso normal.

Igualmente, si la obesidad permanecía en los 12 primeros meses o más tras el diagnóstico, el riesgo de mortalidad para estas mujeres aumentaba al 68%. La causa se encuentra en el metabolismo. Cuando las personas tienen mucha adiposidad abdominal, aumenta el metabolismo de la grasa visceral, lo que produce alteraciones hormonales e inflamatorias que perjudican todo el proceso.

Oxígeno y actividad

Otro de los elementos de la tríada tóxica es la disminución de la capacidad cardiorrespiratoria (CRF). Se describe la CRF como la “capacidad para llevar a cabo tareas diarias con vigor y en estado de alerta, sin fatiga excesiva y con energía suficiente para disfrutar de actividades y para hacer frente a emergencias imprevistas“. Esta capacidad es un indicador de la función cardiovascular, de la función respiratoria, de la eficiencia del transporte de oxígeno y el uso del músculo esquelético y otros órganos.

La CRF se considera un indicador muy importante para la salud, y tiene un alto impacto sobre la supervivencia en general de la población, y no sólo en casos de cáncer como por ejemplo en el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, que son la principal causa de muerte entre las mujeres mayores de 66 años diagnosticadas de cáncer de mama en un momento temprano de la enfermedad.

De nuevo los mismos tratamientos contra el cáncer son causantes de una reducción importante de la CRF. En estudios realizados entre supervivientes de cáncer infantil se vio que el tratamiento de radio y quimioterapia no sólo generaban cardiotoxicidad a corto plazo, sino también a largo plazo. En pacientes de cáncer de mama se observaron reducciones de hasta el 17% del VO2 máx. (cantidad máxima de oxígeno que el organismo puede absorber, transportar y consumir en un tiempo determinado). Una vez terminado el tratamiento, la reducción permanecía, y podía ser hasta un 25% más baja que en sus pares sanos y sedentarios, incluso.

Tras un estudio realizado en 2009 se considera que la enfermedad cardiovascular es la principal causa de morbilidad y mortalidad en supervivientes de cáncer a largo plazo. También se va detectado una evidencia epidemiológica que afirma que una buena CRF ejerce de protectora contra el cáncer de colon, colorrectal y las muertes vinculadas al cáncer de hígado en hombres de entre 20 y 88 años. Básicamente, un bajo nivel de CRF (por debajo de 8 MET – Metabolic Equivalent of Task) ocasiona 3 veces más riesgo de muerte por cáncer de intestino que con un MET ≥ 11

Actividad física

Este es el último componente de la tríada tóxica. Según la OMS, una persona adulta debería hacer algo más de 150 minutos a la semana de actividad física entre moderada y vigorosa; se considera sedentarismo cualquier comportamiento en vigilia con un gasto energético por debajo o igual a 1,5 MET.

Se considera que la inactividad física es un factor de riesgo de mortalidad en todo el mundo, y causante del 6% de todas las muertes, según datos de 2010 de la OMS. Igualmente se ha detectado que esta inactividad aumenta el riesgo de padecer determinados tipos de cáncer como el de colon, mama y endometrio. Estudios recientes vuelven a vincular fuertemente la inactividad física como factor de riesgo independiente que causa acumulación de grasa abdominal, lo que a su vez ocasiona la infiltración de macrófagos y, a continuación, la activación de procesos inflamatorios que promueven la neurodegeneración, la resistencia a la insulina, la aterosclerosis y el crecimiento de algunos tumores.

Las evidencias científicas cosechadas a través de numerosos trabajos apuntan, sin lugar a dudas, al papel protector de la actividad física frente a las principales causas de mortalidad como las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión arterial, el accidente cerebrovascular, el síndrome metabólico, la diabetes tipo 2, algunos tipos de cáncer, la depresión e, incluso, las caídas. Su papel es tan importante que en sí produce mayores beneficios en la prevención de enfermedades cardiovasculares que la llamada “polipíldora” (atorvastatina o simvastatina) y, como afirman coherentemente los investigadores, a más ejercicio, más beneficios para la salud.

Fuente: Eurjhm.com

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