" />
ZOOM
GALERÍA
0 COMENTARIOS

Así se trata la adicción a Internet en China

Desintoxicación china

La perversión de la mente humana da lugar a que, en muchas ocasiones, el castigo (muchas veces camuflado como cura o penitencia) sea no similar, sino muy superior, a aquello que se castiga y/o pretende corregir. Y no hay personas más peligrosas, que las que actúan pensando que lo hacen por “el bien”, ese concepto abstracto del que, sin embargo, muchos se creen en posesión. Una cita atribuida a San Agustín dice “Los perversos me han hablado de las cosas que les deleitan, pero nunca de tales como las que habla vuestra ley”. El caso es que nos hemos especializado, a lo largo de los siglos, en matar moscas a cañonazos. El último ejemplo, y que me ha dejado particularmente tocado, es un documental presentado en el Festival de Sundance de este año. Su título es Web Junkies, y en sus 79 minutos se explica cómo se trata la adicción a Internet a los adolescentes en China.

Sí, has leído bien, en China la adicción a Internet se considera no sólo una enfermedad, sino una de las principales amenazas para la juventud, por lo que se ha convertido en el primer país del mundo en incluir el tratamiento de dicha enfermedad en sus servicios médicos. Otros países, como Estados Unidos, también observan con atención los riesgos de la sobreexposición de los menores a Internet, pero hasta ahora los tratamientos para quienes padecen dichos problemas se limitan a tratamiento psicológico, apoyado en todo caso en psicofármacos. Algo que, por otra parte, tiene todo el sentido, ya que a diferencia del tabaco, el alcohol, la cafeína, etcétera, con las que el cuerpo sí que ingiere alguna sustancia adictiva, la adicción a Internet es como la ludopatía, la adicción a las compras u otros muchos trastornos de este tipo, de origen exclusivamente psicológico.

Web Junkies, y un adelanto de siete minutos del mismo, ofrecido por The New York Times, muestran que el planteamiento chino va mucho más allá: una vez que los padres llevan a sus hijos a un centro de tratamiento, como el situado en Daxing, un suburbio a las afueras de Beijing, estos se enfrentan a un periodo de reclusión forzosa de entre tres y cuatro meses, en los que se combina un régimen paramilitar y el apoyo psicológico necesario para superar su adicción. Así, los adolescentes se ven, súbitamente, apartados del ordenador (generalmente acceden a la red desde cibercafés) y con la obligación de ajustar su ritmo de vida a una disciplina militar en la que, desde luego, no todos encajan.

El principal problema que trasluce tras los siete minutos de avance ofrecidos por el diario estadounidense, es que más que un centro de tratamiento, un hospital, las imágenes muestran un centro de castigo, una cárcel donde los jóvenes que, en no pocos casos, no son conscientes de su problema, y se consideran traicionados por sus padres, que en muchos casos los llevaron a los centros con la excusa de ir simplemente a hacer una visita a un psicólogo. En las entrevistas a algunos ¿internados o reclusos? manifiestan que ellos no tienen ningún problema, que no son adictos a nada, para a continuación comentar que pueden pasar días enteros sin salir de casa (en el caso de quienes disponen de ordenador en su domicilio), o noches enteras en cibercafés conectados a Internet o enganchados a algún juego en red. Esto, claro, evidencia que el problema sí que existe, y que los hábitos asociados al mismo también son bastante nocivos (entre ellos destaca el ingente consumo de tabaco). Este punto, por lo tanto, no es discutible: existe un problema, el de la adicción a Internet en los jóvenes, que en casos mencionados en el documental, para no perder minutos frente al PC son capaces de emplear pañales (esto se da, principalmente, en juegos online).

Según los responsables del centro en el que se rodó el documental, la acción “curativa” no sólo se centra en los hijos: también se intenta involucrar a los padres para que acudan al centro, conozcan las condiciones en las que se encuentran sus hijos y, sobre todo, participen en charlas de orientación, en las que se intenta hacerles entender el trasfondo del problema. Y es que, ante la pregunta más importante, por qué pasan tanto tiempo frente al PC, la respuesta es tan sencilla como predecible y, sin embargo, difícilmente abordable: la soledad. Existen otros desencadenantes, como la frustración, problemas con las habilidades sociales y demás, pero sea en primero o en segundo plano, la soledad es un actor principal en esta adicción (igual que ocurre en muchas otras, en realidad).

Y ahí está la base del problema, la razón por la que “los programas de desintoxicación” pueden ser tan poco útiles como una caña de pescar para reducir a un tiburón. El miedo a volver a pasar por cuatro meses recluido en una especie de “mili”, puede evitar que los adolescentes retomen las interminables sesiones de Internet y de juegos online. Pero, ¿qué diferencia hay entre estos métodos, y los empleados, por ejemplo, a mitades del siglo pasado para tratar la homosexualidad mediante descargas eléctricas? Los psicofármacos son un tratamiento sintomático muy efectivo, pero no ataca a la raíz del problema, y lo mismo (y peor) ocurre asociando acción a castigo. Y es que, llamemos a las cosas por su nombre, esto no es un tratamiento, es un castigo con el que hacer que los jóvenes tengan miedo. Y el miedo no es una herramienta curativa ni educativa, pese a que se haya utilizado durante muchos siglos con ambos fines (la letra con sangre entra y planteamientos similares).

Es su 65ª Asamblea, la Organización Mundial de la Salud adoptó la resolución WHA65.4, en la que se refiere a la carga mundial de trastornos mentales (cuya incidencia en la sociedad no hace más que crecer) y plantea la necesidad de articular una respuesta integral y coordinada del sector de la salud y los sectores sociales en los países. En dicha resolución se insta a los Estados Miembros a asignar los recursos necesarios a la salud mental. Es un punto de partida fundamental, en una sociedad en la que, junto con la obesidad, las enfermedades y los trastornos mentales se están expandiendo a una velocidad realmente sorprendente y preocupante. Es necesario, sin duda, que se tomen medidas para ayudar a quienes sufren estos problemas, pero a estas alturas de la película ya deberíamos haber aprendido que las descargas eléctricas y los manguerazos de agua fría no sirven para curar nada. Sólo para asustar.

 

No comments yet.

Deja un comentario