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Berkeley anuncia que recurrirá la decisión

EE.UU. y su fallo a favor de Zhang en la batalla por los derechos de las patentes genéticas

La innovación en biotecnología puede aportar grandes beneficios para la salud, la agricultura y la ganadería  pero, ante todo, es un gran y lucrativo negocio, que tiene su fuente de producción en los laboratorios de medio mundo y los ojos puestos en las oficinas de patentes. La edición genética permite desarrollar organismos casi a medida, nuevas creaciones que alteran en original de la naturaleza y, por tanto, el hombre establece la necesidad de otorgar derechos sobre la autoría y explotación de esas creaciones y, cuando los investigadores no se ponen de acuerdo sobre esto, toca a los organismos competentes decidir quién se llevará el pastel.

Es lo que pasó hace unos días en EE.UU. donde la Oficina de Patentes y Marcas del país falló, contra todo pronóstico, a favor del investigador americano de origen chino Feng Zhang (del Broad Institute, fruto de la colaboración entre la Universidad de Harvard y el MIT). En la otra esquina del cuadrilátero estaban las investigadoras franco-estadounidenses Emmanuelle Charpentier, directora de Instituto Max Planck de Biología de la Infección, y Jennifer Doudna, de la Universidad de California en Berkeley, que iniciaron el litigio contra Zhang a inicios de 2015.

Ambas investigadores descubrieron cómo usar la enzima Cas9 (CRISPR proteína asociada 9) para hacer que la edición genética fuese mucho más rápida y fácil. Básicamente la enzima funciona como un bisturí de precisión, capaz de cortar un área específica del ADN y, si se desea, reemplazarlo por un código distinto, con nuevas instrucciones. Toda una revolución que podría dar una solución a enfermedades genéticas que hoy día no tienen cura.

Por su parte, Zhang y su equipo han desarrollado el sistema CRISPR/Cas, que también permite una edición más barata, fácil y rápida. Son, precisamente, las instituciones que acogen a estos investigadores: MIT y Berkeley, las que abrieron el litigio que ahora se ha dirimido.

Cómo no, tras conocerse el fallo, las acciones de Editas Medicine, una startup vinculada al Broad Institute, se dispararon. Y las acciones de las empresas que esperaban que los derechos fuesen para Doudna y Charpentier, se fueron a pique.

Son muchos millones de dólares en forma de contratos y explotación los que están en juego, y Berkeley ya ha anunciado que va a apelar. Doudna y Charpentier ya han obtenido diversos e importantes reconocimientos por CRISPR-Cas9, entre ellos el Princesa de Asturias 2015, y se baraja la posibilidad de que sus nombres estén en breve entre los premiados con el Nobel.

El equipo franco-estadounidense solicitó la patente en mayo de 2012, describiendo la forma en la que usaron CRISPR gracias a un tipo simple de bacteria del tipo Streptococcus, el mismo año en que el artículo sobre la herramienta fue publicado en la revista Science, revolucionando a la comunidad científica. Zhang había aplicado CRISPR a células eucariotas (con núcleo), de manera que era potencialmente aplicable a seres humanos, publicando su trabajo meses después de Doudna y Charpentier. Sin embargo, también solicitó la patente, aunque por un procedimiento más rápido y también más caro, ganando la carrera por el uso de la tecnología, lo que causó un enorme revuelo por lo anómalo de la situación.

El pasado mes de diciembre se solicitó audiencia con la Patent Trial and Appeal Board de la USPTO, y el pasado miércoles esta determinó que la patente del Broad no interfiere con la de Berkeley, por lo que entiende que ambas patentes son lo suficientemente distintas como para que se puedan registrar por separado, aunque el uso de CRISPR-Cas9 incluye también células como las eucariotas.

Según explicó posteriormente Doudna en rueda de prensa, lo que Broad tiene ahora es la patente sobre el uso de la técnica en eucariotas, mientras que Berkeley la tiene sobre la aplicación en todas las células. Si a futuro alguien quiere usar CRISPR sobre células no eucariotas tendrá que pedir licencia a Berkeley, pero si quiere usarlo con células eucariotas tendrá que pedir licencia a Berkeley y a Broad.

Berkeley ha anunciado su intención de recurrir el fallo, por lo que el combate continúa, así como la preocupación por el las implicaciones económicas y éticas de CRISPR mientras haya que pasar por caja para usarlo. En la investigación genética no hay open source que valga, aunque en 2015, cuando acababa de iniciarse la batalla por la patente, Douda aseguró que quería ver que esa tecnología se usaba para ayudar a la gente; ahora podría usarse para ayudar, pero la grieta de Broad hace preocupante la explotación económica. Quiere decir que los posibles usos médicos, para curar algunas de las terribles enfermedades que hoy no tienen solución como la corea de Huntington, estarán a expensas del onmipresente dinero.

Fuente: Phys.org

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