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Un estudio anticipa los efectos que tendrá en los vinos elaborados con uva tempranillo

El cambio climático y el vino

Afortunadamente, cada vez son menos las voces negacionistas con el cambio climático producido por el ser humano. Puede (y debe haber) diferentes interpretaciones de los datos, e incluso análisis crítico de los mismos, pero negar la evidencia es ridículo, infantil (con todo mi respecto a los niños) y contraproducente. Esconder la cabeza para no ver la amenaza (como falsamente se atribuye al avestruz) sólo sirve para que, cuando llegue el golpe, sea más fuerte. Así que, aunque no es agradable pensar que nos estamos cargando el planeta, es necesario conocer las consecuencias de nuestros actos, tanto para valorar la reacción a nuestras acciones, como para ponerles remedio si fuera necesario. Y, al hacerlo, resulta que afecta a muchos más aspectos de nuestra vida de los que podríamos imaginar. ¿Por ejemplo? Pues un estudio que determina que el cambio climático reducirá la calidad del vino elaborado con uva tempranillo.

Sí, esos números e indicadores sobre CO2, humedad relativa y demás, algunos de lo cuales son casi incomprensibles para el común de los mortales, afectan a todas las formas de vida que pueblan el planeta. Así, una leve modificación en los mismos, repercute en ellas y, claro, en mayor medida, en las que no disponen de medios / capacidad de adaptarse rápidamente a las circunstancias. Y es el caso de la uva tempranillo,  según las conclusiones de una investigación del Instituto Vasco de Investigación y Desarrollo Agrario, NEIKER-Tecnalia, en colaboración con la Universidad de Navarra y la Estación Experimental de Aula Dei (EEAD) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En dichas pruebas, se ha comprobado el comportamiento de las vides en un entorno de mayor temperatura, más CO2 y un ambiente más seco, adecuándolas a las que se estima que alcanzaremos en el futuro. Y la principal conclusión que han extraído es que la uva, sometida a esas nuevas condiciones ambientales, produce un mosto con un menor nivel de antocianos, lo que se traduce en vinos con colores más pálidos, menos intensos. Y, aunque sus efectos todavía están por ser completamente valorados, dichas condiciones también provocaron un aumento del pH del mosto. Y a este respecto hay que tener en cuenta que a mayor nivel del mismo en el vino, peor se conserva éste. A su vez, se comprobó que en un escenario al que, además de mayor concentración de CO2 y aumento de la temperatura, se suma una reducción de agua, ésta supuso un mayor incremento del pH, retrasó el crecimiento de la viña, y redujo su nivel de polifenoles, que son responsables en parte del aroma y color de los vinos.

Todo esto, en un escenario más que plausible, y al que parece que nos dirigimos sin remedio. Lo ideal, claro, sería que se adoptaran medidas de verdad para atajar el problema, pero la falta de compromiso de algunos de los países más contaminantes del mundo no invita al optimismo. Así que, visto lo visto, o la industria se adapta a las nuevas circunstancias, o se adaptan nuestros paladares a los (peores) vinos que están por venir. Claro, que eso no es una solución, es sólo un parche para tapar el problema.

Por cierto, si al principio del artículo te has quedado con curiosidad sobre lo que he mencionado de el avestruz debes saber que el mito de que esconde su cabeza bajo tierra cuando se siente bajo una amenaza es falso. En realidad lo que hace cuando hay depredadores cerca, es bajar la cabeza a ras de suelo, con la intención de resultar menos visible a sus cazadores naturales. Y actúa de igual modo cuando está empollando a sus crias. En resumen, que se trata de una actitud defensiva, no negacionista.

 

Fuentes: Basque Research (investigación uva y cambio climático) / SaberCurioso (avestruces)

Imagen: María Jesús Tomé

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