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Su actividad cerebral ante la ingesta de glucosa es mucho más alta que en niños de peso normal

El cerebro de los niños obesos es más sensible al azúcar

Niños y adolescentes son los mayores consumidores de azúcares añadidos en la dieta. Hace tiempo que los investigadores estudian el impacto que esto tiene en el desarrollo de obesidad y diabetes tipo 2 a futuro. La obesidad infantil es un problema que suele comenzar a edades tan tempranas como los seis años; momento en el que los adipocitos comienzan a ser más grandes que en los niños delgados. Este crecimiento tiene relación con un aumento de la inflamación y una alteración del metabolismo que puede conducir a generar resistencia a la insulina y a la subida de la tensión arterial, y parece ser que comienza con una mayor ingesta de azúcar. La glucosa es el alimento fundamental del cerebro, pero cuando se toma en exceso puede fomentar la creación de un circuito neuronal de motivación-recompensa que refuerza la aparente necesidad de consumir más y más azúcar.

Según se desprende de un estudio realizado por investigadores de la Universidad de California, el cerebro de los niños obesos muestra una actividad diferente que la de los niños de peso normal ante la ingesta de azúcar. De hecho son las zonas relacionadas con la recompensa las que reaccionan, fomentando el deseo de comer cada vez más de por vida, si no se ataja a tiempo. Los factores que influyen en la aparición de la obesidad a temprana edad son diversos, pero una vez que esta aparece, el mismo deseo reestructura el circuito neuronal, generando un círculo vicioso psicológico de más deseo, más ingesta, más obesidad, más deseo…

Los investigadores hallaron, por medio del estudio de las imágenes cerebrales por escáner, que los cerebros de los niños obesos responde más intensamente a la ingesta de azúcar. Las pruebas se realizaron con 23 niños de entre 8 y 12 años. De ellos, 10 eran obesos y 13 estaban en normopeso según el IMC. Para asegurarse de que no había otros factores asociados que pudieran modificar los resultados, seleccionaron niños diestros, sin trastornos psiquiátricos como ADHD o ansiedad, y a todos les gustaba el sabor de la sacarosa. Las imágenes que mostraron los cerebros de los niños obesos tenían una actividad aumentada en la corteza insular y la amígdala; áreas asociadas a cosas tales como la emoción, la percepción, la conciencia, el gusto, la motivación y la recompensa. Sin embargo, estos niños no mostraron ningún aumento de la actividad en el cuerpo estriado, también vinculado al circuito de recompensa; área que, sin embargo, sí se ve más activada en los obesos adultos. La razón parece estar en que no es hasta la edad adulta que el cuerpo estriado se desarrolla por completo.

A la luz de estos resultados los científicos opinan que están ante la creación y asentamiento temprano de los circuitos de recompensa que refuerzan los comportamientos y pensamientos que conducen a mantener la obesidad en la edad adulta. Para los profesionales que tratan a pacientes tan jóvenes estos datos apuntan a las razones por la que es tan difícil tratar la obesidad una vez que se ha instalado. La batalla fundamental debe centrarse entonces en la prevención desde épocas muy tempranas, antes de que asocien el comer con la recompensa de sentirse mejor. Prevenir desde pequeños es algo que en lo que es importante que se impliquen todos los actores que participan en la vida del niño: padres, familiares, profesores y sociedad en general. Algo vital, ya que entre el 80% y 90% de los niños obesos se acaba convirtiendo en adultos obesos y, de momento, no existe una pastilla mágica para tratar el factor psicológico de la obesidad.

Imagen: Norman “Chubby” Chaney, joven actor en “Our gangs” y cuya obesidad creciente obedecía a una enfermedad glandular de la que falleció con 21 años.

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