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Una variedad de shirlk ultrarresistente resulta totalmente biodegradable y reutilizable como abono

El desafío de obtener un bioplástico sostenible de verdad

Es innegable que la invención del plástico ha supuesto una enorme revolución en todos los ámbitos de nuestra vida. Sin embargo, una de sus mayores virtudes, es también uno de sus mayores defectos. La alta resistencia de los plásticos a la degradación ambiental y su bajo coste los convierte en materiales óptimos para soportar bien determinadas condiciones pero, por otro lado, su uso generalizado en productos de desecho ha dado lugar a un serio problema de contaminación. Incluso, dependiendo de su composición pueden llegar a liberar sustancias perjudiciales que se filtran a las aguas subterráneas, cuando no los vertidos de todo tipo de basuras plásticas al mar dañan o matan directamente a parte de la fauna marina o costera. Las políticas de recogida y reciclaje de estos materiales están viendo poco a poco interesantes resultados y, por otro lado, se está haciendo un enorme esfuerzo para crear nuevos materiales menos contaminantes y más biodegradables que perjudiquen menos el medio ambiente, aunque todavía ninguno de ellos se degrada en su totalidad, y los sistemas de reciclaje sólo contemplan los envases domésticos.

Una de estas iniciativas, nacida en el Instituto Wyss de Harvard, ha desarrollado un bioplástico a partir de quitosano, una forma de quitina que es, básicamente, cáscara de gamba. Esta quitina, conjugada con proteínas de seda, conforma lo que se conoce como shirlk, un material ultrarresistente y ligero que, además, es biocompatible, por lo que se usa en suturas o como andamiaje para la regeneración de tejidos. Este materia cuenta con diversas ventajas. Una de ellas es se trata del segundo compuesto orgánico más abundante del planeta, lo que lo convierte en económicamente competitivo, y su fabricación es sencilla. El método desarrollado por el Instituto Wyss para fabricar shirlk permite mantener las propiedades mecánicas del quitosano y usarse como material de impresión 3D por deposición fundida. Esto permite la fabricación en serie de piezas tecnológicas, como las que se usan en telefonía móvil, o para juguetes, logrando la misma resistencia que las fabricadas con otros materiales. El beneficio para el medio ambiente será comenzar a sustituir algunos de los plásticos industriales actuales por este shirlk, de manera que cuando los productos dejen de ser útiles, sus piezas plásticas no supongan un problema de contaminación.

Según datos de investigadores de la Universidad de Columbia, sólo en EE. UU. se generan unos 34 millones de toneladas de residuos plásticos al año, de los cuales, menos del 7% se recupera para el reciclado. Además, los plásticos enterrados en los vertederos tardarán 1.000 años en degradarse, mientras que los plásticos vertidos al mar, una cifra estimada en 100 millones de toneladas hasta el momento, se convierten en una verdadera amenaza para la vida marina.

Una vez que la pieza o producto fabricado con shirlk es desechado, puede usarse eficazmente como abono. De hecho, los investigadores del Instituto Wyss lo emplearon para enriquecer el suelo donde cultivaban una variedad de guisante, dando como resultado unas plantas más fuertes y desarrolladas en sólo tres semanas. Con este trabajo se aporta una alternativa realmente sostenible que puede ayudar a solucionar el problema de los desechos plásticos.

Fuente: Harvard Gazette

Imagen: Wikimedia Commons. Autor: epSos.de

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