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Más de 80.000 textos en los próximos 20 años

El Vaticano digitaliza su biblioteca para hacerla pública

Cuentan las crónicas que en el siglo VII, el Califa Omar del Imperio Islámico sentenció, refiriéndose a la Biblioteca de Alejandría, que “si no contiene más que lo que hay en el  Corán, es inútil, y es preciso quemarla. Si algo más contiene, es mala, y también es preciso quemarla“. Nacida para albergar todo el saber de la humanidad, la Biblioteca de Alejandría pudo llegar a tener más de 900.000 manuscritos, diversas salas dedicadas al estudio y la investigación. En su tiempo llegó a tener original o copia de todos los libros del mundo antiguo. Su valor económico era enorme, pero el humano era incalculable. Tras una historia llena de sucesivas destrucciones y reconstrucciones, en el siglo V, el infame Teófilo de Alejandría promovió con tanto odio como ignorancia la destrucción de los postreros vestigios de la gran Biblioteca. La quema definitiva tuvo lugar poco después, con la sentencia del Califa Omar. Casi mil años de conocimiento destruidos por fanáticos.

La historia de la Biblioteca Vaticana, una de las más grandes del mundo actual, se inicia a mediados del siglo XV, con un recorrido que dista mucho de haber sido un centro de conocimiento y estudio, sino más bien una cárcel del saber. En el siglo XVI, con la creación de la imprenta y la difusión de la Reforma por medio de libros y panfletos, la Iglesia trata de contener la expansión de las ideas luteranas y calvinistas controlando todas las publicaciones, impidiendo que se pudiera publicar nada sin el beneplácito de obispo. Ante la imposibilidad de contener el pensamiento, en esa misma época se crea el Index librorum prohibitorum. En él se incluyeron obras que merecían sin lugar a dudas estar ahí por cochinas y otras que, básicamente atacaban directamente los dogmas establecidos y se atrevían a cuestionar y proponer nuevas formas de pensamiento, o revelaban descubrimientos científicos “amenazantes” para el status quo: Hume, Erasmo, Zola, Balzac, Diderot, Giordano Bruno o Sartre son algunos de los autores (obra completa incluida) anatemizados. Luego había textos concretos como “Los libros filosóficos” de Descartes, “Sobre el movimiento de las esferas celestiales” de Copérnico, “El lazarillo de Tormes” o algunas de las obras de Alejandro Dumas (padre e hijo).

En cualquier caso, el conocimiento siempre ha representado poder. Y los dueños del poder han querido también poseer o controlar el conocimiento. Algo que constituye el Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, y lo único que puede salvar al hombre de los efectos devastadores de su propia ignorancia. Tal vez por eso los libros han sido buscados, copiados, quemados, escondidos, protegidos y atacados por igual. Las historias que viven los libros son siempre apasionantes, al igual que las de los hombres que los guardan.

Con estos antecedentes, la noticia de que el Vaticano ha puesto en marcha un plan para digitalizar sus fondos y ponerlos a disposición pública es una buena noticia. Y lo es porque durante siglos el acceso de los manuscritos y textos que allí se guardan había estado celosamente restringido. Ahí se guardan textos científicos confiscados a sus autores, antiguos textos sagrados cristianos y no cristianos, documentos raros, escritos históricos de gran antigüedad, versiones apócrifas de los evangelios y textos fundamentales de la historia de la humanidad.

Hace ya algún tiempo el Vaticano comenzó a poner a disposición pública 4.500 de sus volúmenes de forma digital, gracias al trabajo conjunto llevado a cabo con la compañía japonesa NTT DATA, pero el proyecto que se inicia ahora permitirá disponer de más de 15.000 manuscritos digitalizados de aquí a 2018, y más de 75.000 en los próximos 15 años. Un trabajo titánico para el que han pedido ayuda por medio de una especie de crowdsourcing (el coste se estima en unos 50 millones de euros), y que contará con un archivo digital creado por la NASA. Este archivo, en formato FITS, permite almacenar y visualizar archivos muy grandes, y tiene la ventaja de que es compatible con etiquetas de metadatos.

La idea es que, además de visualizar la imagen del manuscrito original, los textos pasen por un OCR especial y realmente preciso, ya que el estado de conservación de algunos documentos hace que la lectura de algunos caracteres no sea muy clara. Eso sin contar con que se trata de textos escritos a mano en diversos idiomas y con diversos alfabetos, algunos en lenguas que llevan miles de años muertas.

Como decíamos, es una hablamos de una buena noticia, porque aunque las instituciones sean las mismas, no podemos olvidar que están formadas por personas, y es a las personas a las que se puede achacar el ser dogmáticas, fanáticas y perversas, o bien abiertas, sensatas y generosas.

Fuente: PBS

Para saber más: La Biblioteca Nacional en tu bolsillo; La biblioteca marítima de Darwin está online; Digitalizados parte de los fondos sonoros de la Biblioteca Nacional

 

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