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O por qué las demandas por discriminación a empresas con políticas de integración no suelen prosperar

Políticas de integración que enmascaran la discriminación

Hace más de 2.000 años el amigo Confucio se atrevió a manifestar públicamente su desconfianza en las leyes, afirmando que las leyes favorecen que las personas se volvieran más tramposas y sacaran lo peor de ellas (*). Hoy sigue teniendo razón. Los psicólogos de la Universidad de California Tessa Dover y Brenda Major se plantearon investigar cuál era la realidad de las empresas que cuentan con políticas establecidas para favorecer la integración de sus distintos empleados. En concreto sobre las medidas de trato justo que incorporan las compañías para asegurar se de que ninguna minoría étnica, o las mujeres, sufren trato discriminatorio en el trabajo y tienen las mismas oportunidades de progresar laboralmente que el resto.

En EE.UU. ese sorprendente país que ha sabido, como ninguno, sacar partido económico de cualquier cosa, ha creado todo un sistema de negocio alrededor de las políticas de igualdad. Existen empresas que facturan unos mil millones de dólares sólo por redactar las declaraciones de intenciones de igualdad y la programación de los planes de formación que ayuden a las empresas a mantener la armonía, la equidad y la igualdad de oportunidades entre sus multiétnicos trabajadores.

Los estudios demuestran que, en muchos más casos de los que debiera, no sólo no frenan la discriminación, sino que son el aval legal para evitar demandas por parte de los trabajadores cuando esta se produce. Y es que, cuando se interpone una demanda por discriminación laboral y la empresa cuenta con un programa de igualdad, el demandante tiene muchas menos probabilidades de ganar el proceso.

Es evidente que no se puede generalizar y que habrá honrosas excepciones en las que el establecimiento de principios de igualdad sirvan para evitar verdaderamente ningún tipo de trato de favor o de desfavor por cuestiones raciales. El problema, según detectaron los investigadores, está en la percepción por parte de los distintos grupos étnicos acerca de estos programas de integración. Básicamente cuando una minoría considera justo el establecimiento de políticas en pro de la igualdad, y ven que una empresa es reconocida públicamente con algún premio o mención sobre su labor integradora, serán más proclives a pensar automáticamente que un empleado miente si declara que ha sido discriminado dentro del entorno laboral por su raza.

Resumiendo, ¿dónde está el problema? En que el sólo hecho de haber escrito en un papel que van a favorecer la integración y haber recibido un premio o reconocimiento por ello, hace que pocos o ninguno se tomen la molestia de averiguar si una demanda por discriminación puede ser real o no. Estas políticas no sólo respaldan a la empresa ante los tribunales, también en la psique de las personas. No deja de ser peligroso que no exista intención de comprobar antes de juzgar. Es lo que se llama prejuicio. Justo lo que se trata de evitar. Y mejor no confiarse pensando que se trata de algo que pasa sólo en EE.UU., porque “la naturaleza humana es la misma en todas partes” (**).

(*) Introducción a las Analectas de Confucio traducidas por Simon Leys.

(**) Miss Marple dixit.

Fuente: Association for Psychological Science

Imagen: De dominio público

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