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Asegura demostrar que los hombres son idiotas, pero sólo se basan en los premios Darwin

Un estudio demuestra que se publican demasiados estudios

Palmarla a lo tonto es degradante: se ríe hasta el juez que levanta el cadáver. No lo digo yo, te lo dicen Def Con Dos. Y también los creadores de los premios Darwin, otorgados a esos mártires de la humanidad que en un acto de estupidez y altruismo supinos a partes iguales fallecen (o pierden sus habilidades reproductoras) en algún accidente fruto de la estulticia.

Parece que ahora una revista científica, British Medical Journal, ha decidido elaborar un estudio sobre estos premios. Vamos, como si alguien hace un estudio sobre el estado de los medios y se basa en El Jueves y en The Onion. La conclusión a la que han llegado es que los hombres somos más propensos a terminar haciendo una estupidez de consecuencias catastróficas. Casi un 90% de los ganadores de un premio Darwin a la evolución de la especie son hombres y esto, para los autores, es una muestra más que significativa de nuestra propensión a confundir el revólver cargado que tenemos en la mesita de noche con el despertador y descerrajarnos un tiro en la oreja de manera completamente casual y fortuita (Ken Barger, Carolina del Norte, premiado en 1992).

Los autores también aseguran que puede haber cierto sesgo debido a que las mujeres son más propensas a inscribir y a votar a candidatos masculinos (¿hay algún estudio que pruebe esto?) y a las diferencias estadísticas entre el consumo de alcohol en uno y otro género, motivo de muchas de las situaciones que han dado lugar a un fallecimiento en condiciones dramáticas para los allegados y, reconozcámoslo, hilarantes para el resto de la sociedad.

Lo cierto es que la mayoría de los galardonados con estos premios de humor bastante negro no son ejemplos a seguir. Dos de los nominados este año perdieron la vida al hacerse un selfie con un elefante. Si la idea de acercarse a hacer la gracia con un bicharraco de cuatro metros de alto y seis toneladas de peso no nos parece lo bastante idiota, vamos a pegarnos lo suficiente como para tocarle las narices (literalmente, se pusieron a jugar con la trompa para la foto). El enfadado paquidermo les pateó hasta integrarlos con la superficie de la sabana.

Sin embargo, nos encontramos otros casos como el del despistado fotógrafo y paracaidista que, emocionado con la idea de grabar en vídeo, olvidó ponerse el paracaídas y se estampó contra el suelo. Al parecer, olvidó que la mochila en la que llevaba el equipo no era el adecuado para saltar. Un despiste comparable a algo tan inocuo como salir de casa con un calcetín de cada color o a dejarse el gas abierto, algo que también puede mandarte al otro barrio, pero que no da tanta risa porque le puede pasar a cualquiera.

Por otro lado, en el país del pequeño Nicolás, la estupidez no implica siempre que las cosas te salgan mal. A la AEDE se le da muy bien sacar adelante propuestas aberrantes, que sólo buscan meter el cazo en los ingresos ajenos, y que se convierten en leyes a su favor. Y eso no evita que sus planteamientos sean tan absurdos como los del redneck más garrulo que haya obtenido nunca un premio Darwin. En otros casos, el beneficio sale de la idiotez ajena, como demuestran las tres temporadas, varias películas e incluso un videojuego de Jackass, el reality de gente haciendo el idiota creado por MTV. Ryan Dunn, uno de los actores, salió razonablemente bien parado de los accidentes que sufrió durante los rodajes, para terminar muriendo (descanse en paz) por su afición a conducir a toda leche coches de gran cilindrada bajo los efectos del alcohol. Pero, ¡pssst! Sale en la tele, no se pueden hacer chistes.

Benditos idiotas

Muchas de estas muertes ridículas son en realidad, fruto de la aventura, de hacer cosas al límite. El cocinero Darío Barrio falleció por un error que le impidió abrir el paracaídas a tiempo. Le gustaban los deportes de riesgo, las emociones fuertes, la adrenalina… y fue uno de los mejores en su especialidad. Quizá el British Medical Journal nos sorprenda un día de estos con un estudio, esta vez en serio, sobre la relación entre la genialidad y esta adicción al riesgo. Qué efectos a medio plazo tiene ese chute de neurotransmisores en el resto de actividades de esas personas sería algo interesante. Compararlo con el uso de drogas recreativas o incluso con otras personas que se ponen en peligro de manera menos creativa y deportiva.

Otro gran personaje, Chuck Yeager, cumplió hace unos meses 91 años. Después de probar todo tipo de aviones experimentales, de entrenar astronautas y, sobre todo, de ser el primer humano en superar la barrera del sonido a bordo de un reactor de pruebas, decidió dejarlo a tiempo tras un accidente que le dejó quemaduras de tercer grado en la piel. Un mal movimiento, un acto estúpido o mal calculado en un momento así, le hubiese hecho acreedor de uno de estos premios. Sin embargo, es un héroe. Así de delgada es la línea que separa la heroicidad de la supuesta estupidez. Un golpe de viento pudo hacer de la aventura de Colón un ejemplo más de que a los españoles todo nos salía al revés sin un Simeone que nos guiase bajo la doctrina de «conquista a conquista». Una simple decisión de Julio César hubiese apaciguado al Senado romano y convertido a Casio y Bruto en dos de los mayores «pringaos» de la historia clásica. Y, por volver a la tecnología, ¿en qué medida tuvo que ver con el fallecimiento de Jobs su rechazo a la medicina científica para tratar su cáncer? La genialidad y la locura, dicen van de la mano.

Y ni siquiera salvar la vida te salva del cachondeo. El piloto de Formula 1 Niki Lauda sufrió quemaduras en una competición y la burla de Los Petersellers en esta peterversión de un clásico de Roberto Carlos (¡glups!). Así que aprovecho este estudio, que en realidad es un alivio cómico de una revista científica (sí, los científicos también tienen sentido del humor, y con frecuencia bastante desarrollado) para romper una lanza por muchas muertes ridículas que, en realidad, son heroicas. Y ahora, pinchen en los links que hay más arriba y escuchen un poco de música divertida y ríanse, ¡que es viernes, caramba!

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