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Un equipo de investigación del CSIC detecta como varias especies de aves se adaptan a la radiación de Chernobyl

Los pájaros que mutaron para sobrevivir

Anteayer se cumpliron 28 años del súbito incremento de potencia en el reactor 4, el consiguiente recalentamiento del mismo y la posterior explosión que dio comienzo a una de las mayores catástrofes económicas, sociales y ecológicas que ha experimentado el ser humano: el accidente de Chernobyl. Ucraina, por aquellos entonces miembro de la URSS, saltó a la primera plana del mundo y, especialmente, de Europa, donde los riesgos de contaminación por radiactividad fueron una amenaza muy real, de la que podría no haberse salvado ningún país del viejo continente. El gobierno soviético creó una zona exclusión de 30 kilometros alrededor de la central, y empleó un equipo de cerca de 600.000 personas (aproximadamente toda la población de la provincia de Cantabria), llamados “liquidadores” (ликвида́торы), que se dedicaron durante semanas a reducir al mínimo las consecuencias del accidente. El increíble trabajo de muchos de ellos (que, en contra de una creencia extendida, eran personas con formación y conocimientos suficientes como para saber de sobra los riesgos a los que se enfrentaban), evitó que las consecuencias fueran peores, y la construcción del sarcófago (una cobertura de hormigón que recubre toda la central nuclear) consiguió aislar gran parte de la radiación que, a día de hoy (y durante muchos, muchos años todavía), se mantiene en su interior. Sin embargo, pese a todos esos esfuerzos, la radiación emitida durante los meses que separan el accidente de la finalización de las obras del sarcófago, convirtió la región en una zona muerta, en la que las formas de vida no podían sobrevivir. O, en el caso de hacerlo, debido a la agresividad del entorno, experimentaban procesos degenerativos a gran velocidad, lo que los condenaba a una vida mucho más corta que la que, por su naturaleza, podrían llegar a vivir. Y así estaban las cosas hasta que un equipo de investigadores han comprobado que algunas especies de aves se han adaptado a la radiación de Chernobyl.

Ismael Galván, investigador español del CSIC y uno de los miembros del equipo que ha hecho el descubrimiento, cuenta que tras capturar a 152 ejemplares de 16 especies distintas, gracias a unas redes situadas dentro de la zona de exclusión (30 kilómetros a la redonda), procedieron a comprobar los efectos de la exposición continua a bajos niveles de radiación (entre 0,02 y 92.90 micro Sieverts por hora). El problema con la radiación, cuenta, es que dispara los procesos de oxidación del cuerpo. Por lo tanto, las pruebas iban orientadas a comprobar la incidencia de la huella dejada por el accidente en las especies de aves que pueblan la zona. Para tal fin, se tomaron muestras de sangre y se analizaron las plumas, en busca de indicadores del estado de los procesos de oxidación, así como del nivel en sangre de algunas defensas (principalmente Glutatión), y otros aspectos como el nivel de pigmentación de las plumas, que se produce por la melanina, y que disminuye si el cuerpo no tiene un nivel suficiente de antioxidantes con los que enfrentarse a los radicales libres que se desatan ante la oxidaciónY los resultados son concluyentes: indican que las aves sujetas a los efectos de una radiación constante han visto crecer su nivel de antioxidantes, así como descender su nivel de estrés oxidativo y de daños celulares. Es decir, que en menos de 30 años desde que se produjo el accidente se han adaptado a los cambios (Darwin, desde donde nos esté observando, está haciendo la ola).

Ya existen estudios previos, basados en experimentos, que indican que los seres vivos (incluidos los humanos), expuestos a bajas (muy bajas) dosis de radiación de manera continua, terminan por adaptarse a la misma. Y que, en ese punto, se puede producir un nuevo incremento en los niveles de radiación (también muy, muy tenue), que desata de nuevo el proceso de adaptación. Sin embargo, hasta ahora todos los datos se apoyaban exclusivamente en experimentos llevados a cabo por el ser humano, este es el primer estudio que no “produce” los efectos, sino que mide un caso real de adaptación en la naturaleza, fuera de las condiciones ideales del laboratorio.

 

Imagen: Tarsagurumi Crafts

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