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Qué son y en qué circunstancias deben o no emplearse

¿Realmente es necesario (y bueno) usar limpiadores antibacterianos?

Los eslóganes de la tele repiten incesantemente la necesidad de que todo quede “realmente limpio”, “profundamente limpio” y “limpiamente limpio”. Buena parte del desarrollo de la humanidad (y su capacidad de convivencia en distancias cortas) ha mejorado notablemente con la ducha diaria y el desodorante. Enfermedades que antes nos asolaban desaparecieron con el hábito de lavarse las manos con cierta frecuencia. La higiene, sin duda, es buena pero hay un punto en que puede dejar de serlo, y es que el exceso de limpieza puede acabar perjudicando tanto como su falta. ¿Por qué?

¿Qué hacen los antibacterianos?

Una buena parte de los geles y limpiadores que se exhiben en los lineales de los hipermercados anuncian, con grandes letras en su etiqueta, que son antibacterianos. Un producto antibacteriano es cualquiera que interfiere en el crecimiento y reproducción de las bacterias. Básicamente, lo que hace que las bacterias sean dañinas para un organismo no es tanto su acción, sino su acción más su cantidad. Al impedir que crezcan y se reproduzcan se evita en buena medida su acción patógena.

La diferencia de un gel antibacteriano y un gel normal está en que el antibacteriano actuará, como hemos dicho, inhibiendo su desarrollo, mientras que el jabón solo lo que hace es ayudar a que las bacterias que hay en una superficie se desprendan y acaben al final de una larga tubería. Eso no quiere decir que lavarse las manos con jabón normal sea peor que hacerlo con uno antibacteriano. La química del jabón ayuda a arrastrar la suciedad (incluidas las bacterias) y hacer que se vayan por el desagüe. Para que agua y jabón hagan bien su trabajo hay que frotar, y si uno no se ha metido en una cloaca eso será más que suficiente para higienizar la zona.

Hay que aclarar que antibacteriano no es lo mismo que antibiótico. Aunque los dos matan bacterias, la dosificación, indicación y forma de administración es importante. De poco te va a servir limpiar la encimera de la cocina con una pastilla de amoxicilina y, por supuesto, no es nada recomendable para tu salud que te bebas un chupito de limpiador para combatir la infección de garganta.

Lo que te mata te hace más fuerte

Hay dos categorías en las que podemos englobar los antibacterianos: sin residuo y con residuo.

Un antibacteriano sin residuo es, por ejemplo, el alcohol que usamos habitualmente para desinfectar heridas (aunque no es muy recomendable por su fuerza abrasiva) u objetos. También son antibacterianos sin residuos el cloro que echamos en verano a las piscinas y los peróxidos para tratamientos antiacné, por ejemplo.

Entre los productos con residuo están compuestos como el triclosan y el triclocarban. Cuando decimos que dejan residuo, lo que quiere decir es que permanecen todavía un tiempo en la superficie donde se usen, por lo que se supone que el efecto bacteriano se prolonga, protegiendo durante más tiempo. Sin embargo, las bondades de estas sustancias no están del todo claras, y la FDA (U.S. Food & Drugs Administration) prohibió el pasado mes de septiembre de 2016 la comercialización de jabones antisépticos de venta libre que contuvieran alguna de una lista de 19 sustancias, entre ellas el triclosan y el triclocarban, de los que se desconoce los efectos a largo plazo que puedan tener sobre la salud.

El argumento de la FDA estaba fundamentalmente en que no se podía demostrar que estos compuestos fuesen más eficaces que lavarse las manos con agua y jabón normales, y quizá también porque mantener un residuo sobre superficies que tocamos o que nos podemos llevar accidentalmente a la boca puede no ser una buena idea.

Qué duda cabe que el aumento de la resistencia en las bacterias también preocupa mucho a la comunidad científica y las autoridades sanitarias, y se sabe que hay algunos antibacterianos que ayudan a las bacterias a hacerse fuertes ante las sustancias que se usan en los hospitales estadounidenses para prevenir enfermedades. Precisamente, en los ambientes donde se usan habitualmente estos antibacterianos a modo de prevención, se ha visto que as bacterias se han hecho resistentes a los mismos, y preocupa mucho que esa resistencia se extienda también a los antibióticos.

En un estudio reciente reveló que, en presencia de triclosan, hay bacterias que sobreviven a niveles de antibióticos que, en otras circunstancias, serían letales para ellas. Un dato que revela el peligro que pueden correr personas que necesitan la administración de antibióticos para salvar la vida.

Sin embargo, el uso de antibacterianos sin residuos no supondría ningún riesgo, ya que su acción es tan inmediata que las bacterias no pueden tomarse su tiempo en desarrollar resistencia.

Entonces, ¿mejor no usarlos?

Los antibacterianos son necesarios Hay circunstancias en las que el agua y el jabón normales no son suficiente, o es conveniente tomar medidas extraordinarias de prevención. Un caso sería cuando en la cocina manipulamos huevos o pollo. En tal caso no está de más resguardarse de la salmonelosis limpiando los utensilios y superficies con un antibacteriano, aunque si se frota bien con jabones convencionales puede ser suficiente. También puede venir bien en el caso de enfermos con el sistema inmune debilitado, para higienizar bien los objetos con los que deba tener contacto. Pero fuera de los casos más excepcionales, los hábitos tradicionales de limpieza y mantener una frecuencia en la higiene de la casa y el cuerpo, suele ser más que suficiente para evitar muchas enfermedades.

Aunque hablar de bacterias suele asociarse inmediatamente con enfermedades, una de las cosas que los científicos tienen cada vez más claro es, en cierta medida, la suciedad es buena. Los niños que crecen con perro, o que intercambian microbios con otros niños en la guardería o en el parque, suelen desarrollar un mejor sistema inmune Y el caso es que no todas las bacterias son malas. Muchas de ellas, o no hacen nada o son absolutamente necesarias para nosotros, y contribuyen a que nuestra flora intestinal esté sana y, con ella, nuestras defensas. Como decíamos antes, el problema real está en que una bacteria mala encuentre un lugar adecuado donde proliferar. En la mayoría de los casos las técnicas habituales de limpieza son suficientes para mantener a raya el 90% de los patógenos.

Los antibacterianos sería bueno reservarlos, más que para la higiene diaria, para esos casos excepcionales en que el niño se ha quitado el pañal y ha dejado perdida de mierda la habitación, o cuando alguien en casa está enfermo y es necesario un extra de higiene para evitar que algún “bicho” se cuele en un sistema ya débil.

Tampoco es bueno volver al pasado y caer en la tentación de pensar que la ducha diaria con jabón no es tan necesaria. Se puede cuestionar el tipo de producto con el que nos lavamos, pero no la necesidad de hacerlo. De algo hay que morir, pero es preferible que no sea de peste (propia o ajena).

Fuente principal: New Scientist

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