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Unas palabras para el difunto

Requiem por el videoclub

Debía de andar por los 13 años, y estaría cursando 6º de EGB, allá por el 84. Llevaban semanas anunciando “Superman” en la tele (TVE, claro). La habíamos visto en el cine, pero con sólo una cadena (con esa edad la 2 no es una cadena, es lo que ponen cuando quieren castigarte sin tele pero quieren tener ruido de fondo), que pusieran “Superman” un sábado por la noche era todo un acontecimiento. Ese sábado, cuando la peli llevaba 10 minutos, se fue la luz en todo el barrio, y tardó más de 15 minutos en volver. Poco después, cuando se popularizaron los videoclubs, fue la primera película que alquilamos en casa. Tener tarjeta de videoclub era equivalente en chulería entonces a tener una PlayStation hoy. El videoclub salvó a mi generación de morir sobrealimentados de Marisol y Joselito los domingos por la tarde. Por eso, cuando he sabido hoy la noticia del cierre definitivo de los últimos Blockbusters que quedaban en EE.UU., he sentido, inevitablemente, algo de nostalgia. Los videoclubs (físicos) fueron un fulgor, triunfaron durante un breve espacio de tiempo, y luego agonizaron poco a poco hasta desaparecer hoy.

La historia de la cadena Blockbuster es la historia de todos los videoclubs del mundo. Tras unos primeros años de explosión, a principios del recién estrenado siglo XXI vivieron su momento dorado, un pico de esplendor que comezó a apagarse unos pocos años después. Blockbuster pasa de tener 9.000 tiendas en todo el mundo en 2004 a declararse en bancarrota en 2010, después de quedar sólo unas 1.700 tiendas abiertas. La noticia de hoy anuncia el cierre de sus 300 últimos establecimientos de EE.UU. Mientras ellos caían, Netflix subía y sigue subiendo hoy en día. ¿No supieron o no pudieron reaccionar ante el cambio de tendencia? Aunque Blockbuster se lanzó al renting de cine vía streaming, otros peces más grandes ya nadan en ese mar.

Imagen de la página de inicio de la web de Blockbuster

Un verano mi hermano y yo, que a la sazón contaríamos con unos 15 o 16 años, nos vimos practivamente todas las existencias del videoclub del pueblo. Estábamos “condenados” a pasar aquellas vacaciones en casa de los padres de la, por entonces, novia de nuestro padre. Una situación rara, cuanto más que no parábamos de bromear entre nosotros sobre el nombre del pueblo y el gentilicio de los lugareños. Pues el nombre del pueblito era (y sigue siendo hasta la fecha) “Peligros”. Una compensación en forma de carte blanche en alquileres de videoclub y el dinero que hiciera falta para mantener un ritmo aproximado de entre 4 y 6 visionados al día, fue lo que nos mantuvo lejos de la locura. Así vimos Razas de noche, todas las de Pesadilla en Elm Street, Hellraiser, La cosa, El corazón de Ángel, El exorcista, Re-animator, Alien, Un hombre lobo americano en Londres, Los cazafantasmas, Los Goonies, Poltergeist, Tron, El final de la escalera y muchas, pero que muchas más.

Hemos convivido con el videoclub de barrio (como el que puso el niño de la Merche, la peluquera), la elección entre VHS y Beta, el Cinebank, los Blockbusters y las primeras pelis descargadas de Internet. Sesiones de cine los fines de semana a toda prisa para llegar antes de que se llevaran los estrenos y vistas también a toda prisa porque el lunes a primera hora había que devolverlos. Peleas para ponerse de acuerdo en la peli que se iba a ver. Paseos y más paseos frente a los lineales de películas, viendo las sinopsis de las carátulas. Las cintas enredadas en los cabezales del vídeo. Los cabreos con el mamón que no rebobinaba la cinta antes de devolverla. La llegada del DVD y, de pronto, un día, el olvido. Ahora mi videoclub es Wuaki, aunque reconozco que saber que está ahí, tan a mano, hace que me apetezca menos ver pelis. La forma ha cambiado, pero la idea sigue siendo la misma, mejorada por la tecnología, eso sí. Ver lo que quieras cuando quieras, sin esperas. Lo cual a veces está muy bien. Otras no lo es tanto. Las esperas a veces tenían algo de emocionante.

No se puede decir que la gente haya dejado de ver películas, como tampoco que la culpa sea de la piratería. Cuando la forma de consumir cine cambió, la aparición de los videoclubs revolucionó el mercado. ¿Dejó de ir la gente al cine? Tal vez empezamos a ser más selectivos con lo que veíamos en pantalla grande, pero no dejamos de ir al cine. Al igual que George Atkinson en los 80 vio futuro en el potencial de uso de una cinta de vídeo, así las compañías de vídeo y cine deberían haber reaccionado a tiempo para plantarle cara a Internet. ¿Es tarde para lamentaciones? Puede ser. Si el vídeo mató a la estrella de la radio, al vídeo lo ha matado el propio vídeo y la misma industria del cine. El último Blockbuster ha cerrado hoy. Descanse en paz.

 

Imagen de portada: Stock.XCHNG

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