" />
ZOOM
GALERÍA
0 COMENTARIOS

Equipos multidisciplinares "de letras" trabajan junto con los "de ciencias" en el desarrollo de los asistentes virtuales

Se buscan poetas para trabajar en empresa tecnológica de Silicon Valley

Quién lo hubiera dicho. Hasta hace unos años los padres evitaban decir a sus amistades que sus hijos habían decidido estudiar filología: «¡Pero si con las notas que tenía podía haber elegido lo que quisiera!» Y qué decir de cómo te miran las amigas cuando dices que tu novio es escritor…¡o poeta! Por sus mentes está pasando a la vez el mismo pensamiento: «Qué pringada, va a mantener a un vago». Pero eso está a punto de cambiar.

Desde que hubo que enseñar a las máquinas a hablar con cierta inteligencia, el oficio del filólogo se vio de pronto revalorizado al nivel de un ingeniero aeroespacial, y muchos de ellos trabajan codo con codo con algunos de los más prestigiosos especialistas en Inteligencia Artificial. Siri, Alexa y Cortana tienen filólogos entre sus progenitores. Las próximas generaciones de asistentes virtuales contarán con poetas y escritores entre su parentela. Así es.

Según publica The Washington Post, el equipo de trabajo de Cortana, en las oficinas de Microsoft, incluye un novelista, un dramaturgo, un ex-guionista de televisión y un poeta. Todos juntos emplean su talento creativo para ayudar a desarrollar la personalidad de Cortana, pero no es la única con poesía en el «alma».

Otros asistentes virtuales, pensados para la asistencia de pacientes en hospitales o centros médicos, también echan mano de los profesionales de las letras para interactuar con los enfermos. Así es que los estudios de humanidades finalmente están encontrando su lugar en el omniabarcante universo tecnológico: dotar de humanidad (o al menos de su apariencia) a las máquinas. No se trata sólo de inventar respuestas, ni siquiera de hacer totalmente creíble la «humanidad» de las máquinas. Realmente no se busca eso, por eso cuando se le pregunta a Cortana si es humana, su respuesta es que no, pero que respeta profundamente a los humanos por inventar el cálculo y la tortilla de patatas. Su pretensión (más bien la de sus creadores) no es que sea humana, sino que haga cómodo a los humanos la interacción con ella, y que ella pueda resolver adecuadamente, dentro de una conversación natural, las cuestiones que se le planteen.

El proyecto de las grandes corporaciones del sector es ambicioso. Se espera que los robots y los asistentes virtuales puedan interactuar con las personas de forma cada vez más natural, de manera que los humanos se sientan cómodos hablando con ellos. Sólo el año pasado se invirtieron 35 millones de dólares en asistentes virtuales (sin contar los que se han gastado en ello Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft). Y es que para que los robots aprendan necesitan que las personas les hablen, les pregunten y los usen, pero las personas no lo hacen porque hay una barrera que, en cierto modo rechaza hablarle a un robot, igual que no le hablamos a la cafetera, aunque es cierto (y conocemos el caso) de gente que insulta a su ordenador o a la impresora.

Para eso están los equipos de gente de letras. Los escritores se encargan de inventarse una vida para sus robots, no son recuerdos, sino historias sobre sí mismos; también les dotan de personalidad, deciden que no sean demasiado secos o más efusivos de la cuenta, ni demasiado formales ni demasiado informales, ni un fan de los monosílabos ni un loco de las exclamaciones. La previsión es que e 2025 se creen, sólo en EE.UU. 12,7 millones de nuevos puestos de trabajo en la fabricación de robots y software de automatización. En el caso de Cortana, el equipo pone los límites, deciden sobre que sus tendencias políticas (que no tenga), si puede contar chistes verdes (sólo si aparecen lechugas), que no se disculpe demasiadas veces o haga comentarios autodespectivos (para evitar estereotipos asociados a que su voz sea femenina), etc. Esos límites es como educar a los hijos: «lavaos las manos», «poneos derechos», «no se come con la boca abierta». Cuando no se ponen límites tanto los niños como los robots se echan a perder… Sin ir más lejos, el robot Tay acabó amenazando de muerte a la humanidad por lo mismo que lo hacen las personas: por no tener personalidad propia y dar oídos a los comentarios que hace la gente en Internet si pararse a pensar dos veces.

Fuente: The Washington Post

No comments yet.

Deja un comentario