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William Henry Moody
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No es lo mismo ser adicto que involucrarse

Ser un adicto al trabajo no te hace más productivo

Son las cinco de la tarde. Hace como una hora que has terminado tu trabajo. Podrías irte ya a casa a descansar un poco y estar con tu familia. O tal vez prefieras llevar un rato a tus hijos al parque, o quedar a tomar algo con esos amigos que hace tiempo que no ves. Quizá podrías aprovechar mejor la tarde poniendo lavadoras y cocinando para el día siguiente, y asistiendo a esa exposición que tanto te apetece ver. Pero no puedes. Ahí está Nacho con las pestañas pegadas al ordenador. La mayoría de los días se queda después de la hora mirando y remirando hojas de Excel, repasando listas de clientes y organizando archivos. Tienes la sensación de que debes haber dejado algo sin hacer. No es posible que él hasta las ocho no termine ningún día y no parezca que sea más tonto que tú, o más lento. Él no sale a tomar café, ni a tomarse un respiro en el pasillo. No puede ser que tú hayas terminado ya y él no. Algo falla.

Pues sí. Algo falla. Nacho falla.

En la era industrial, los dueños de las fábricas obligaban a sus empleados a trabajar jornadas de 14 y 16 horas seguidas, sin descansos, sin paradas para comer, sin charlas, teniendo que pedir permiso para ir al baño y cronometrando el tiempo que tardaban en ir y volver de hacer sus necesidades para descontarles los céntimos de improductividad, o de gasto extra de agua o luz. Si un obrero se accidentaba o moría, tomaban otro. No se puede decir que esta situación fuera agradable para los trabajadores. ¿Por qué, ahora que las circunstancias laborales han cambiado, habría alguien deseoso de someterse voluntariamente a ese ritmo de trabajo? La respuesta está en la psicología de la adicción. Gente que se engancha a la silla. Que sólo se siente bien cuando ve avanzar las agujas del reloj y él sigue ahí, como en una estática maratón. Posiblemente sea el compañero más odiado de la oficina y el más fiel suscriptor de su mesa, pero no el más productivo.

Igual que un drogadicto

Como una adicción al juego o a las drogas. Así define a los adictos al trabajo un estudio realizado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y la Universidad Erasmus de Róterdam (Países Bajos), sobre una muestra de 180 emprendedores españoles. Aunque algunos jefes estén encantados de ver a sus empleados con el culo pegado a la silla hasta altas horas de la noche, lo cierto es que eso no sólo no sirve de nada, sino que es, incluso, contraproducente. Y si el que pega su culo a la silla es el jefe, aún menos. Una empresa con un alto índice de personal “adicto”, acabará teniendo peores resultados que otra que no lo tenga.

Según detalla Juan Antonio Moriano, investigador del departamento de Psicología Social y de las Organizaciones de la UNED, y uno de los autores del trabajo, esta situación “puede producir conflicto en la relación familia-trabajo, problemas en las relaciones de pareja, empeorar la salud y el bienestar e incrementar los errores laborales”.

El estudio se centró en el grupo de los emprendedores, todos con negocio propio. El 84% de las personas encuestadas contaban, al menos, con un empleado. El 59,1% eran hombres, cerca de la mitad con título universitario, unos 42 años de edad media y más de 18 años de experiencia laboral. Los sectores a los que pertenecían eran el financiero, de consumo, el informático, el transporte y las comunicaciones.

Después de eso se diferenciaron claramente dos perfiles: el adicto y el involucrado. El adicto nunca está satisfecho con lo que hace, lo que le lleva a sentirse descontento, con miedo a las sanciones y a las repercusiones negativas de su trabajo, siempre obsesionado por el trabajo incluso cuando está en casa, de vacaciones, con la familia o con los amigos. Mientras, el involucrado es capaz de apasionarse por lo que hace, extrayendo experiencias y una sensación positiva de su actividad y, lo más importante, sabe desconectar cuando no está trabajando.

El profesor Moriano explica, en lo relativo a la insatisfacción del adicto, que estas emociones “afectan negativamente al crecimiento del negocio y al éxito del mismo”. Al final, el sacrificio de la vida personal por la empresa, acaba generando sentimiento de culpa, ansiedad y malestar. En un estado semejante, ¿quién podría realmente centrarse eficazmente en lo que está haciendo? El trabajo, aquí, es una losa pesada que oprime la vida del empresario, y eso se deja sentir en el rendimiento del negocio. Por el contrario, cuando la implicación sustituye a la obsesión, el trabajo es una actividad agradable que reporta buenas experiencias, y eso también se nota. Es la diferencia entre vivir como un esclavo voluntario y una sana y creativa competencia. “Esta es una lección que los emprendedores deberían aprender antes de desarrollar una adicción al trabajo, que puede tener consecuencias nefastas para ellos, sus negocios y también para sus familias”, señala Moriano, quien opina que la adicción al trabajo es equiparable, e igual de negativa, que la adicción a las drogas, al juego o a Internet.

Fuente: Agencia Sinc, sobre un estudio recientemente publicado en el Journal of Managerial Psychology.

Imagen: Wikimedia Commons. William Henry Moody en su despacho. De dominio público

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