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Claves para que la primera impresión sea buena

Tienes un segundo para caerme bien

No existe ninguna razón. Ninguna. Al menos no consciente. Pero somos capaces de juzgar a una persona nada más verla y decidir si es honesta o farsante, si le puedo confiar mi bolso mientras voy al baño o es un potencial asesino. Es más, nuestra “intuición” es tal, que podemos hacerlo incluso sin tener a la persona delante, sólo con que nos diga “Hola” por teléfono les hacemos una radiografía exhaustiva de sus capacidades presentes y futuras. Así somos. Por suerte, a pesar de nuestras excepcionales dotes de clarividencia, no competimos en los programas Late Night con Sandro Rey y la Bruja Lola.

Como decía, no hay ninguna razón (ya sea normal o paranormal) para esta extraordinaria capacidad de juicio con que la naturaleza nos ha dotado, pero la ciencia ha demostrado que es así. No que tengamos razón en nuestros juicios (eso debería quedar para un nuevo estudio, espero, aunque casi seguro que el nivel de aciertos de nuestras facultades para juzgar a la gente con la primera impresión no nos darían ni para la pedrea), sino que tardamos un segundo en crearnos una buena o mala opinión de las personas, y ni siquiera precisamos tenerlas delante para hacerlo.

Investigadores de las Universidades de Glasgow y Princeton realizaron recientemente un estudio online con 320 voluntarios. A todos ellos se les pidió que escuchasen grabaciones con la voz de 64 escoceses diciendo “Hola”, y que valoraran después sus impresiones. Para ello tenían que clasificar las grabaciones basándose en diez rasgos de la personalidad como la confianza, el atractivo o la honradez. Lo curioso del experimento es que la mayoría de las personas clasificaron las mismas voces de la misma manera. Vamos, que buena parte de ellos pensaban que, por ejemplo, la voz número 23 tenía que ser de una persona bastante guapa y honesta.

Esto no quiere decir que tengan razón en los juicios emitidos y esas personas sean, realmente, así, sino que existen unos mecanismos psicológicos por los que relacionamos diversas cualidades con cosas como el aspecto, el timbre, la entonación o la cadencia. Y valoramos fundamentalmente la honestidad y la dominación, según Phil McAleer, director del estudio, porque “estamos más en sintonía con el reconocimiento de estos signos, dos rasgos que han sido centrales para nuestra supervivencia”.

Según explica McAleer, tanto los hombres que elevan el tono de voz como las mujeres que lo alternan, son percibidos como personas dignas de confianza, y aquellos que reducen el tono se asocian a los dominantes. Los investigadores han llegado a la conclusión de que el descubrimiento será de gran utilidad para predecir las impresiones que tendrán las personas ante determinadas voces y (esta es la parte que no podía faltar), para los negocios, la publicidad y para hacer que las voces artificiales trasmitan las emociones que se quiera. Si esto último se puede llegar a hacer, será la demostración empírica de que esta habilidad evolutiva no vale una (con perdón) mierda, porque estaremos juzgando una máquina no sólo otorgándole virtudes humanas, sino virtudes que es imposible que tenga como tales.

Los manuales de psicología de ventas (uno que se solía usar bastante era “El lenguaje del cuerpo”, de Allan Pease) están llenos de descripciones de las características, predisposición, estado emocional y anímico de los posibles compradores sólo observando el lenguaje de sus gestos, además de consejos sobre cómo modificar las propias tendencias naturales a cruzar las piernas de una manera o a tocarnos las sienes de otra para que la persona que tenemos delante, y a la que queremos venderle un cacharro inmundo, confíe en nosotros. Una vez que el mecanismo se conoce, usar la conciencia para modificarlo de cara a otros y despertar en ellos las impresiones que queremos, le resta inmediatamente validez a este mecanismo como garante de la supervivencia. Más bien es el garante de las mayores tomaduras de pelo. Así que, señores, mejor juzgar después de conocer que antes.

No voy a ponerme a explicar lo que ya explicó muy bien Sergio Parra en un artículo de Xataca Ciencia sobre los prejuicios pero, sí diré que, aunque es parte de nuestra necesidad biológica de supervivencia, pertenece a la esfera de los instintos, más animal, no a la de la conciencia, teóricamente más propia del ser humano. Prejuzgar cuando tenemos poco tiempo para conocer mejor a la persona no es un problema, siempre y cuando no sigamos aplicando el primer filtro aún después de conocerla sólo porque “nunca nos equivocamos en nuestra primera impresión”. Los que piensan así suelen tener razón siempre y eso, como todo el mundo sabe, es imposible.

Fuente: Agencia Sinc.

Imagen: de dominio público en Wikimedia Commons

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