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Breve historia de los nueve (o más) planetas que giran alrededor de nuestro Sol

Un Sistema Solar con planetas de quita y pon

El 20 de enero de 2016 podría recordarse en los anales de la Historia como el día que se descubrió el noveno planeta del Sistema Solar. Claro que ocuparía ese puesto (ordinal) sólo porque en agosto de 2006 la comunidad científica, o al menos una parte de ella, degradaba a Plutón como simple planetoide, y dejaba nuestra enéada sideral reducida a ocho. Hasta ayer, que volvíamos a ser nueve. Un dato para tener en cuenta: Michel Brown, uno de los responsables de la “muerte” planetaria de Plutón, es el mismo que ahora anuncia el descubrimiento de este nuevo cuerpo.

De todas maneras el anuncio de ayer podría resultar prematuro, y como todos los descubrimientos susceptibles de tener que reimprimir libros, se muestra prudente en sus aseveraciones. De momento sólo se dice que se ha observado un cuerpo, que parece reunir las características para considerarse un planeta de nuestro Sistema Solar. No deja de ser curioso que se hayan descubierto hasta la fecha más de 1.000 exoplanetas y hasta ayer no hayamos descubierto uno de los que teníamos en casa.

En 2006, como comentábamos antes, la comunidad científica se reunió para tratar de alcanzar un acuerdo en la definición de “planeta”. Cuando finalmente llegaron a un consenso (más o menos), quedó lo siguiente como criterio para definir lo que era y lo que no era un planeta:

  • Planeta: Es un cuerpo celeste que tiene suficiente masa (5 × 1020 kg; diámetro > 800 km) para que su propia gravedad supere las fuerzas de cuerpo rígido de manera que adquiera una forma en equilibrio hidrostático (prácticamente esférica), y está en órbita alrededor de una estrella, sin ser una estrella, ni el satélite de un planeta.

¿Qué pasó entonces? Que Plutón no coincidía con el acuerdo y se quedó fuera de la lista, de los gráficos y de las representaciones del Sistema Solar. Había otras propuestas sobre la mesa. Una de ellas hubiera dejado el mapa celeste igual que lo conocemos, pero diferenciando entre planeta y planeta enano. En esta última clasificación estaría Plutón. La propuesta no obtuvo los votos suficientes y Plutón salió de nuestra vista. De nada ha servido que la sonda New Horizons, a su paso por el planeta helado, descubriera que no era tan pequeño como se pensaba. De momento, porque todavía Plutón tiene sus defensores como planeta que están peleando con uñas y dientes para que vuelva a ocupar su lugar en el panteón de nuestro cielo al grito de “el tamaño no importa”.

¿Por qué el nuevo planeta sí sería un planeta? Los descubridores, del Instituto Tecnológico de California, señalan que se trataría de un cuerpo muy distante, de gran tamaño y que orbita alrededor del Sol. El tamaño sería semejante al de Neptuno pero estaría 200 veces más lejos, con 10 veces más masa y 60 veces más volumen que la Tierra. Tardaría unos 15.000 años en completar la órbita alrededor del Sol.

El descubrimiento se ha hecho estudiando una serie de anomalías que se producían en unos planetas enanos que orbitan más allá de Neptuno. Anomalías que sólo podrían explicarse con la presencia de un cuerpo de las características descritas, que estaría influyendo en el recorrido de esos planetas enanos. Lo interesante es que los investigadores consideran que aún quedan planetas por descubrir dentro de nuestro Sistema Solar, y más interesante aún recordar que de los nueve (si consideramos nuevamente a Plutón) planetas que formaban tradicionalmente el Sistema Solar, excepto Urano, Neptuno y Plutón todos los demás se conocían desde la más remota antigüedad.

Aunque nosotros estudiamos en los libros de historia a Kepler, Copérnico y Galileo, con su pugna intelectual y científica contra la cerrazón religiosa, lo cierto es que antes de que la Edad Media nos volviese ignorantes, desde tiempos remotos ya se suponía que la Tierra era redonda, que giraba alrededor del Sol y que el Sol estaba en el centro. En el siglo III a.C Aristarco de Samos ya propuso que nuestro planeta azul giraba alrededor del astro rey. Tres siglos antes de Aristarco, Tales de Mileto ya decía que el brillo de la Luna se lo daba el Sol, que la Tierra era redonda y predijo con éxito un eclipse de Sol en el 584 a.C., poniendo fin de paso a una guerra entre medos y lidios. Por la misma época Pitágoras hablaba en su escuela de la rotación de la Tierra en torno a su eje y de la traslación alrededor del Sol, así como de los movimientos de Mercurio y Venus en relación al Sol.

También conviene recordar, aunque sea más reciente, que antes de que la Inquisición decidiera quemar a Giordano Bruno en Campo di Fiori, en Roma, este había proclamado con menos pelos en la lengua que Galileo y negándose a retractarse de nada, que el Universo era infinito, y que en él había infinitos soles e infinitos planetas girando alrededor de ellos. No es que lo quemaran por decir eso. Bruno se caracterizó en vida por tener sus propias ideas sobre la divinidad y la religión, y no esconderse para proclamarlas. Bruno murió considerado “Hereje impenitente, tenaz y obstinado” dedicándole al despreciable Belarmino y su séquito inquisitorial palabras como estas:

¡Ah!…Prefiero mil veces mi muerte a vuestra suerte;
Morir como yo muero no es una muerte ¡no!
Morir así es la vida; vuestro vivir, la muerte
Por eso habrá quien triunfe, y no es Roma, ¡soy yo!
Decid a vuestro Papa, vuestro señor y dueño,
Decidle que a la muerte me entrego como a un sueño,
porque es la muerte un sueño, que nos conduce a Dios.
Más no a ese Dios siniestro, con vicios y pasiones
que al hombre da la vida y al par su maldición,
Sino a ese Dios-Idea, que en mil evoluciones
da a la materia forma y vida a la creación.
No al Dios de las batallas, sí al Dios del pensamiento,
al Dios de la conciencia, al Dios que vive en mí,
Al Dios que anima el fuego, la luz, la Tierra, el viento,
Al Dios de las bondades, no al Dios de ira sin fin.
Decidle que diez años, con fiebre, con delirio,
Con hambre, no pudieron mi voluntad quebrar,
Que niegue Pedro al Maestro Jesús, que a mí ante el martirio,
de la verdad que sepa, no me haréis apostatar.
¡Mas basta! ¡Yo os aguardo! Dad fin a vuestra obra,
¡Cobardes! ¿Qué os detiene? ¿Teméis al porvenir?
¡Ah!…tembláis. Es porque os falta la fe que a mí me sobra.
Miradme, yo no tiemblo, ¡y soy quien va a morir!

Hecha esta derivación, que nos pedía el cuerpo y la justicia histórica, nos gustaría, finalmente, hablar un poco (muy poco) de la historia de cada uno de los planetas de nuestro Sistema Solar.

Mercurio: La verdad es que no se sabe cuándo se descubrió este planeta. Desde la antigüedad ya se cita y se conoce al más pequeño del grupo en Egipto, Sumeria y Babilonia, donde lo llamaron Nebu. Simbólicamente fue vinculado en la mitología con el dios griego Hermes y de ahí pasó a los romanos con el nombre de Mercurio. De hecho en Grecia denominaban al planeta “Apolo” cuando era visible por la mañana y “Hermes” cuando se veía al anochecer, pensando que eran dos cuerpos diferentes, hasta que Pitágoras se dio cuenta de que eran el mismo.

Venus: También conocido desde antiguo en Sumeria, Babilonia, China, entre los mayas, y por todos fue considerado como uno de los planetas más importantes, y vinculados simbólicamente con diosas del amor o la generación. Como con Mercurio, los griegos le otorgaban dos denominaciones según lo vieran como estrella matutina (Phosphorus) o verpertina (Hesperus). En 1610 Galileo observó que Venus presentaba fases igual que la Luna.

Marte: Es otro de los cuerpos conocidos desde la antigüedad y distinguible por su llamativo color rojo. Está consagrado al dios romano de la guerra, y una de las curiosidades de este planeta en la abundante literatura que hay desde tiempos remotos. Parece ser que fue el científico y diplomático holandés Christian Huygens el origen (no sabemos sin consciente o inconsciente) de la creencia de que podía haber vida en Marte, después de observar al telescopio manchas con curiosas formas. A partir de ahí la imaginación de los observadores no tuvo límites y… bueno, ya conocen la historia de los hombrecillos verdes y la Guerra de los Mundos.

Júpiter: Tampoco se sabe desde cuándo se conoce la existencia de este planeta. Dedicado al padre de todos los dioses, Júpiter es el más grande y brillante de todos. En 1600 se observó por primera vez en su superficie una característica y gran mancha roja.

Saturno: Reconocido inmediatamente por sus anillos, Saturno es otro de los planetas que pueden verse en el cielo a simple vista, sin ayuda de telescopio. Igualmente era conocido desde antiguo por prácticamente todas las culturas, y asignado simbólicamente con un venerable juez divino o con el rector del tiempo. Huygens fue el primero en definir con claridad los anillos de Saturno gracias a su telescopio, construido con mejores lentes que las de Galileo que él mismo, con la paciente e inestimable ayuda de su amigo Spinoza, pulía.

Urano: Aquí ya entramos en terreno conocido. Este planeta fue descubierto el 13 de marzo de 1781 por William Herschel. Para hacer justicia lo cierto es que los astrónomos de la antigüedad ya lo conocían, porque su tamaño lo hace observable sin telescopio, pero dado su poco brillo y lentitud no lo consideraron como un planeta. Tuvo que llegar Herschel y el telescopio para que se colocara a Urano como uno más dentro del Sistema Solar. Su nombre hace referencia a uno de los dioses primordiales de la mitología griega, hijo y esposo de Gea.

Neptuno: Fue descubierto el 23 de septiembre de 1846 y su “paternidad” es triple. Galileo lo había observado ya en 1612, pero no lo identificó con un planeta, sino con una estrella próxima a Júpiter. Posteriormente, tras la publicación por parte de Alexis Bouvard de las tablas astronómicas de las órbitas de Urano, varios científicos se dieron cuenta de algunas perturbaciones que sólo pudieron resolverse con la existencia de un planeta en una órbita cercana. Cada uno por su lado pero paralelamente, tanto John Couch Adams como Urbain Le Verrier y Johan Galle comenzaron la búsqueda del planeta y lo localizaron. Su nombre se debe al dios que reina sobre los mares en la mitología greco-romana, hermano además de Júpiter.

Plutón: Somos unos nostálgicos, lo reconocemos, y como todavía puede ser que nuestro enano helado vuelva a ocupar su antiguo puesto. Además, sin él el panteón mitológico no estaría completo, nos faltaría el otro hermano de Júpiter-Zeus, el soberano del inframundo. Fue descubierto el 18 de febrero de 1930 por Clyde William Tombaugh (que tardó casi un año en encontrarlo) y asesinado el 24 de agosto de 2006 por la Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional.

X: Como decíamos al inicio, el 20 de enero de 2016 los científicos de Caltech Michel Brown y Konstantin Batygin, descubrieron un posible nuevo planeta que, de momento, no ha sido bautizado.

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