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Investigadores de la Universidad de Yale responden a la pregunta de qué es éticamente mejor

¿Vencer la tentación o no tener tentaciones?

Hoy, en occidente, la idea de “tentación” nos remite casi al momento a anuncios publicitarios de helados o chocolate, invitando, por supuesto, a caer de lleno en ella. Hace algunos siglos la cosa no se tomaba tan banalmente, sino de qué San Antonio iba a inspirar al Bosco, Cézanne, Rivera, Dalí, Piero de la Francesca, Flaubert y otros muchos para ilustrar la fuerte y pesarosa resistencia del eremita contra las tentaciones de la carne. ¿Es el temor a no resistir la tentación la que tapa de pies a cabeza a las mujeres en algunas culturas o es la excusa para atacarlas si desobedecen?

Aunque en nuestra sociedad el tema de las tentaciones se haya trivializado y hasta se aliente “caer” en ella desde la tele, sigue siendo la esencia misma del conflicto moral, y aunque no nos guste el chocolate, toca de lleno nuestra vida en una u otra medida.

Una tentación es un impulso, un deseo de algo que sabemos que no está bien o que no debemos hacerlo. Así que tener el impulso de hacer una buena obra técnicamente no se considera tentación, ni tampoco se circunscribe exclusivamente al entorno de la religión. Cuando nos ponemos a dieta tenemos la tentación de comernos un bocata de bacon con huevo frito, cuando tenemos que estudiar nos tienta salir de farra con los amigos y cuando ganamos dinero nos tienta la idea de abrir una empresa offshore en Panamá para evadir impuestos.

Pero independientemente de que caer en una tentación más o menos deleznable sea tachado de poco ético, existe una valoración moral acerca de la tentación en sí: ¿Quién es mejor persona, la que se resiste a la tentación o la que no tiene tentaciones? Sobre esto ha dado respuesta un equipo de investigadores de la Universidad de Yale.

Como en San Antonio, la tentación es una lucha permanente con uno mismo, es estar continuamente agitado por la presencia de múltiples deseos, tratando de sacar fuerzas de flaqueza para hacer, finalmente, lo correcto. Pero no todo el mundo considera que la persona que lucha contra las tentaciones sea un ejemplo ético. Hay quien considera que el verdaderamente “bueno” es aquel que no sufre el conflicto, el que sabe lo que hay que hacer y lo hace sin padecer esa aciaga lucha interna. ¿Dónde está entonces lo correcto?

Para los investigadores la conclusión de su estudio les llevó a decretar que “depende”. Depende de la edad de la persona que hace la valoración, porque para un niño, el hecho de no tener conflictos es lo que otorga el verdadero valor moral a las personas. Así, el sólo hecho de pensar mal o de desear hacer algo mal o, sencillamente mentir, ya resta valor aunque luego la persona haga lo correcto. Sin embargo, para los adultos es más valiosa moralmente una persona que, a pesar de los impulsos y deseos de ir por el camino siniestro de las malas decisiones, logra sobreponerse y hacer aquello que está conforme a la ética.

Así es que, básicamente, nuestros juicios morales cambian con el tiempo, y no se puede asegurar que ninguna de las dos posturas sea la adecuada. Sin duda, lo ideal sería no sufrir el conflicto, pero dada nuestra humanidad y la variedad de las cosas a las que tenemos que enfrentarnos a diario, ser capaces de sobreponernos a las “tentaciones” y hacer lo mejor en cada circunstancia es, por supuesto, un valor a tener muy en cuenta.

Fuente: APS


Para ilustrar el tema no me resisto a incluir un cuento de Mario Roso de Luna titulado “El primer impulso”, que viene aquí pintiparado.

Era Turiri un acaudalado vecino de Bagdad, muy renombrado por sus virtudes. No sólo socorría a los pobres, hasta el punto de reducir su lujo para multiplicar sus limosnas, sino que daba pruebas de extraordinaria paciencia al escuchar las quejas de los necesitados y fortalecerles con palabras de consuelo. Turiri sufría con resignación todos los contratiempos que constituyen la trama casi completa de la vida humana.

Era en extremo tolerante y no se molestaba cuando alguien no era de su misma opinión, virtud rara y difícil porque el deseo secreto de todo hombre consiste en que todos los demás seres le sean a la vez inferiores y semejantes. Casado con una mujer de muy mal carácter, le era fiel, le perdonaba sus intemperancias y no la menospreciaba, porque distase mucho de ser joven y hermosa.

Además, siendo como era muy aficionado a componer versos y escribir fábulas dialogadas para el teatro, complacíanle los buenos éxitos de sus rivales, a los que felicitaba por sus triunfos.

En una palabra, toda su vida no era más que caridad, dulzura, lealtad, desinterés y en fin, por tantas perfecciones tenía fama de santo. Sin embargo, no poseía la serenidad que generalmente resplandece en el rostro de los santos. Parecía, por el contrario, que era víctima de violentas pasiones o de ocultas angustias. Y con frecuencia se le veía bajar un momento la vista ya para reconcentrar el pensamiento, ya para evitar que alguien pudiese leer en sus ojos.

Pero nadie se fijaba en estos detalles. No lejos de Bagdad vivía un asceta llamado Maitreya, que hacía muchos milagros y al cual solían visitar en peregrinación los devotos. Ajeno a las condiciones comunes de la vida humana, tenía tal inmovilidad que las golondrinas anidaban sobre sus hombros. La barba le llegaba hasta el vientre y su cuerpo se asemejaba al tronco de un árbol añoso. Y así vivía hacia 90 años, porque tal era su voluntad.

Un día le dijo un peregrino:

—Turiri parece, por su bondad, una encarnación de Ormuz. Indudablemente no habría sufrimientos en la tierra si ese hombre pudiese realizar todos sus deseos.

La inmovilidad de Maitreya se acentuó aun más, toda vez que el asceta se puso en comunicación con Ormuz.

A los pocos instantes dijo Maitreya al peregrino:

—No puedo obtener de Ormuz que Turiri tenga poder para realizar todos sus deseos porque entonces sería el mismo Dios. Pero Ormuz permite que “el primer deseo” concebido por ese hombre en varias circunstancias de su vida sea inmediatamente realizado.

—Para el caso es lo mismo— contestó el peregrino—. El primer deseo de Turiri será igual a sus otros deseos, y nuestro santo será como siempre, caritativo y generoso. Acabáis, venerable Maitreya, de anunciar la felicidad de todo un pueblo, y os doy las gracias por ello.

Si la barba de Maitreya no hubiese sido tan impenetrable, el peregrino habría podido sorprender un amago de sonrisa en el asceta. El peregrino regresó a la población, pensando en las maravillas que iba a realizar Turiri. Al amanecer del día siguiente, el santo varón miró a su esposa, que dormía a su lado, y la mujer, movida por una fuerza misteriosa, se levantó bruscamente, se arrojó por una ventana y se estrelló el cráneo contra las baldosas del patio.

Al salir Turiri de su casa le rodearon infinidad de mendigos. No les dijo palabra dura y, como de costumbre, abrió la bolsa para socorrerlos; pero, de pronto, todos los mendigos cayeron muertos en presencia de su bienhechor.

A los pocos momentos fue detenido el santo por varios carruajes, y comenzaba ya a impacientarse cuando de repente todos los cocheros, cuyo desfile le cerraba el paso, cayeron de sus pescantes, y los corbejones de los caballos fueron cortados por una hoz invisible.

Turiri se dirigió después al teatro y allí tuvo una discusión con el escritor Carbilaka con motivo de un verso que este atribuía a Nisani y que el santo creía que era de Saadi, el poeta de las rosas. De pronto, el escritor cayó a tierra y tuvo un vómito de sangre. La comedia que aquella tarde se presentaba tuvo un gran éxito y fue acogida con frenéticos aplausos. Pero antes de que Turiri se decidiese a aplaudir, el autor de la obra cayó muerto repentinamente.

Turiri regresó a su casa lleno de terror en vista de aquella matanza, y desesperado al cerciorarse de que no podía comprender la causa de tanto desastre, se mató dándose una puñalada en el corazón.

El asceta Maitreya murió también aquella noche.

Los dos santos comparecieron ante Ormuz.

El asceta pensaba:

“No sentiré que traten como se merece a este hombre cuya falsa virtud fue admirada durante mucho tiempo, casi tanto como la mía; pero que al mostrarse tal como era, cometió en un mismo día innumerables crímenes y pecados”.

Pero Ormuz, sonriendo a Turiri, le dijo:

—Virtuoso Turiri, hombre verdaderamente bueno y humilde servidor mío, entra en mi Paraíso.

—¡La broma es algo pesada!— Exclamó el asceta.

—En mi vida he hablado con tanta serenidad —dijo Ormuz— Has deseado, Turiri, la muerte de tu mujer porque no era ni buena ni hermosa; la de los mendigos porque te importunaban con su desagradable aspecto; la de los cocheros y sus caballos porque te cerraban el paso; la de Carbilaka, porque no era de tu parecer, y la del autor de la obra porque obtenía un éxito más ruidoso que los tuyos.

“Todos estos deseos eran muy naturales. Los crímenes que Maitreya te echa en cara fueron, a pesar tuyo, efecto de ese primer impulso, de ese deseo tan difícil de dominar”.

Se odian fatalmente lo que molesta y fatalmente se desea el aniquilamiento de todo cuanto desagrada. La naturaleza es egoísta y el egoísmo es sinónimo de destrucción. El hombre más virtuoso empieza por ser un malvado en el fondo de su corazón, y el poder concedido a un mortal de realizar en toda ocasión su primer deseo involuntario, despoblaría en muy poco tiempo el mundo. Eso es, Turiri, lo que he querido demostrar por medio de tu ejemplo. Yo juzgo a los hombres con arreglo a su segundo deseo, que es el único que de ellos depende. Sin el don misterioso que te hizo cometer tantos crímenes habrías seguido haciendo una vida ejemplar. No debo, pues, apreciar en ti la naturaleza, sino tu voluntad, que fue buena, y que se consagró siempre a corregir tu naturaleza y a perfeccionar mi obra. Y por eso, mi querido colaborador, te abro hoy las puertas de mi Paraíso.

—Pues, en ese caso —dijo Maitreya— ¿qué recompensa me darás a mí?

—La misma —contestó Ormuz—, aunque no la merezcas por completo. Fuiste un santo; pero no fuiste un hombre. Lograste sofocar en ti el primer impulso; pero si todos los hombres viviesen como tú, la Humanidad se aniquilaría antes que si los hombres tuviesen el maravilloso y funesto poder que un día otorgue a mi servidor Turiri.”

Para terminar, te diré que acojo a Turiri en mi seno, porque soy justo, y que te admiro a ti, Maitreya, porque soy bueno.

—Pero…— exclamó Maitreya.

—¡He concluido!

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