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Buenas madres, malas madres

Llevo un tiempo siguiendo la polémica que se ha desatado a raíz de un libro en el que Samanta Villar habla de su experiencia con la maternidad. Villar levantó muchas ampollas por afirmar, entre otras cosas, que “tener un hijo es lo peor que te puede pasar”, también dijo que “en algunos aspectos es lo mejor”, pero como los medios tienen que elegir entre vender o no vender, la cosa se quedó como se quedó. A estas alturas casi todo el mundo ha opinado ya sobre el tema, hasta una conocida marca de comida infantil, que luego ha tenido que disculparse por un tuit “desafortunado”. Así que para no ser menos, dado que mi trabajo es contar historias y que tengo experiencia en este tema, daré ahora mi opinión, si es que vale de algo.

Tengo 45 años y soy madre de dos hijas, de 19 y (casi) 18 años, así que tengo una panorámica que muchas madres recientes aún no tienen. La mayoría de las madres que conozco de más o menos mi edad tienen hijos bastante más jóvenes que yo. Básicamente tuvieron sus hijos después de terminar sus estudios, ponerse a trabajar y disfrutar (o no) de la vida en pareja y con los amigos. Yo tuve a mi primera hija con 24 años, no terminé la carrera (no la he terminado todavía) y, cuando unos años después me separé, me tocó buscar trabajo, intentar estudiar y cuidar de mis hijas, sin tener mucho tiempo para pensar en nada más que no fuera llegar al día siguiente, y después al siguiente.

He oído muchas veces hablar de que las mujeres ahora tienen menos “instinto” maternal, que no están dispuestas a tantos sacrificios como las de antes, que como ahora viven la vida y trabajan, no quieren tener hijos porque les quita libertad, y que son muy egoístas porque prefieren el trabajo a los niños, y que luego los tienen y no saben cuidarlos, o que se los cuida la chacha mientras ellas medran laboralmente, y que cómo van a salir bien esos niños si la madre (algunos ya mencionan también al padre, pero menos) no está ahí para cuidarlos y bla, bla, bla.

Una de mis abuelas se quedó viuda con 27 años y dos niños pequeños. Nunca volvió a casarse, decía que los hombres te quitan la libertad, y una vez que lloró la pérdida pasó su vida trabajando para sacar a delante a sus dos hijos. Salía de casa por la mañana y volvía por la noche. Los niños quedaban al cuidado de una vecina cuando regresaban del colegio, porque los llevó al colegio a los dos, un chico (mi padre) y una chica. Los días que libraba cogía a sus hijos y se los llevaba al río con unos bocadillos y muchas ganas de juego, o al cine (el portero le cobraba sólo dos entradas si tenía al niño más pequeño sobre las piernas). Mi padre y mi tía siempre dicen que aquellos fueron sus años más felices, a pesar de que veían a su madre tan poco, que no tenían dinero y que ella se pasaba el día trabajando. Quizá porque había un tiempo sagrado que dedicaban a estar juntos y disfrutarlo intensamente.

Mi otra abuela tuvo nueve hijos. Uno de ellos murió a los pocos meses de nacer porque las incubadoras no eran para los pobres. Mi abuela me contaba que prácticamente se quedaba embarazada en las cuarentenas, encadenando así  un niño tras otro hasta que le dijo a mi abuelo “basta”. Para un hombre que defendía a ultranza la vida católica, el condón no era una opción, así que básicamente mi abuela le cortó el grifo. A veces los embarazos cuajaban y otras veces no. Recordaba estar lavando la ropa en la pila, sentir una punzada y la sangre caer por sus piernas; en el suelo, una forma pequeña con esbozos de manos y piernas que acababa de abortar. Le echaba un poco de tierra con el pie y seguía lavando, amamantando y cuidando de los hijos que sí cuajaron. Mi abuelo ni se enteraba. Ya de mayor, rodeada de nietos y bisnietos me sorprendió con un comentario. Ella, que siempre pasaba discreta haciendo, cuidando y atendiendo a ocho hijos y un marido, me dijo que si en sus tiempos hubiera podido, se habría ligado las trompas.

Entiendo a las madres que se llevan las manos a la cabeza con afirmaciones como las de Villar, pero también entiendo a Villar, porque de alguna manera la maternidad es algo tan mitificado y tan vinculado a la mujer, que casi se asume que lo natural en la mujer es ser y desear ser madre, y las que no lo son o no lo desean, son “antinaturales”. Eso son afirmaciones muy ligeras, hechas sin pensar y sin valorar, porque la sociedad sigue dando por sentado que la mujer está para parir, y que una mujer que no es madre es una mujer a medias sólo. No lo veo así.

Reconozco, porque lo he vivido, que la fuerza del instinto maternal, quizá algo tan atávico que empuja a la procreación de la especie anulando toda capacidad de razonamiento hasta que no ha cumplido su misión, es realmente fuerte, pero es fuerte cuando te da. Conozco mujeres que nunca lo han tenido, nunca han sentido el deseo de ser madres. Han tenido a sus hijos y los han querido, pero no sintieron ese vacío, ese hueco en el alma que produce la sola idea de no llegar a ser madre nunca, cuando ves que intentas quedarte embarazada un mes tras otro y no lo consigues.

También está esa otra idea sobre el amor infinito e incondicional de las madres, que quieren a sus hijos desde antes de nacer, que darían la vida por ellos, que los aman aunque estos sean unos ladrones o unos asesinos, que los protegen y, sobre todo, que los verán siempre como sus pequeños aunque tengan 50 años. Asociar ese amor infinito con el instinto maternal y, luego, atarlo en el inconsciente de la sociedad con la creencia de que lo natural en la mujer es la maternidad, ha hecho mucho daño a las mujeres y más aún a la sociedad. Mi abuelo (el de los ocho hijos) me dijo una vez que una madre es sagrada, y que si la madre te pega o te mata (sic) hay que perdonarla y estar con ella, porque nadie te va a querer como una madre.

Conozco a mujeres que están tan afectadas por la idealización de la maternidad, que tienen severas crisis internas porque lo que sienten en realidad no tiene nada que ver con lo que la sociedad dice que tendrías que sentir. Entonces llega el miedo a ser una mala madre, a no querer al niño, a verse como un monstruo sin corazón y a repudiar a la criatura que llevas dentro, porque de alguna forma ese bebé hace te sientas como un ser aberrante. ¿Parece exagerado? Lamentablemente no lo es. Tengo casos demasiado cercanos en mi familia como para caer en la cómoda postura de ignorarlo.

La maternidad es todo eso, todo lo que dice el cuento, para algunas mujeres. Las hay que sí que lo viven y sienten así, y para las que la maternidad lo es todo, y es lo que las realiza como personas, lo que les da sentido. Pero hay otras mujeres que no son así, no lo ven así y no lo sienten así, y no puede ser que se tengan que sentir culpables por ello, porque eso no quiere decir, ni mucho menos, que si deciden tener hijos vayan a ser malas madres. ni malas personas si deciden no tenerlos. Serán otro tipo de madre. E igual que hay mujeres que nacen para ser madres, las hay que habría que esterilizarlas (también a algunos hombres) para impedir que lo fueran. ¿Es muy salvaje lo que digo? Más salvaje es que alguien prostituya a sus hijos, abuse de ellos, los torture o los sojuzgue hasta la locura.

Personalmente he dicho muchas veces en público, y a mis propias hijas también, que si volviera a nacer sabiendo lo que sé ahora de la maternidad, no tendría hijos. Las quiero con locura, pero no tendría hijos de nuevo, y si por algún milagro me hacen caso, espero que ellas tampoco los tengan. Que los tengan si sienten que son de ese tipo de mujer que necesita la maternidad, pero si no es así, que no lo hagan.

Villar tiene razón, ser madre te cambia la vida, y tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Los hijos te condicionan, y si estabas hecha a tener una vida independiente (cosa que no tuvieron ni nuestras abuelas ni nuestras madres en su mayoría) perder de pronto esa independencia y tener que cuidar a un ser absolutamente indefenso y dependiente de ti, es un shock. Lo es. Y cada día que tienes que ir al trabajo es una batalla con tu conciencia, porque por un lado está ese modelo ideal de las madres abnegadas que lo dejan todo por los hijos, y por el otro está tu trabajo, las cosas que quieres hacer en la vida, el aprendizaje, las salidas con los amigos, los viajes o el quedarse en casa tranquilo un fin de semana. Todo eso se acaba. Se acaba, y asumirlo se lleva su tiempo (si es que llega), porque en su interior sigue estando esa voz que dice “deberías desear estar con tu hijo en lugar de ir a esa reunión”, y eso no puede ser.

Sacrificarse a uno mismo por los hijos hasta ese punto es un error. Un error terrible que acaban pagando los hijos. Y es, además, un sacrificio inútil. Quizá las personas que actúan así necesitan demasiado sentirse amadas, no lo sé, pero sí creo que el egoísmo no está sólo en no tener hijos, a veces también está en tenerlos.

No volvería a tener hijos, pero por una razón que ha ido madurando en mi con los años y la experiencia. Los hijos no son un deseo, ni una aspiración, ni una culminación. Los hijos son, ante todo, una responsabilidad. Quizá la mayor de las responsabilidades. Cuando tienes un hijo tu responsabilidad es la de cuidarle, pero también la de educarle. Educarle no es mandarle al colegio, ni siquiera mandarle a los mejores colegios. Educar es asegurarte de que ese niño sea un buen adulto, responsable a su vez, que no haga daño a otras personas ni al entorno en el que vive, que tenga principios y valores, y que si tiene que morir por algo, sienta que debe morir por defenderlos. Educar es garantizar que, por la parte que nos toca, no echamos al mundo a alguien que lo va a dejar peor, sino mejor.

Conforme mis hijas iban creciendo la mayor angustia que iba sintiendo era la de no hacerlo bien, no enseñarlas bien a pensar por ellas mismas, a ser independientes, seguras y buenas, pero también fuertes para enfrentarse y resolver los problemas que se les iban a presentar en la vida, con entereza y coherencia. A los hijos hay que prepararlos para volar, por eso no hay que sacrificar la propia vida, el trabajo o los estudios por estar con ellos, porque algún día volarán del nido y en las casas quedarán personas vacías, sin propósito, que enseñarán a los que vengan después que vale más marchitarse por otro que mostrar con el ejemplo cómo se vive. Aunque no puedo criticar a las personas que lo hacen por haber sido educadas así.

El gran “problema” de la educación es que sólo funciona realmente si se hace mediante el ejemplo, y no cualquier ejemplo. No puedes enseñar a no mentir a tus hijos y hacerlo tú, o a ser respetuosos con la gente si no lo eres tú. Y cuando digo ser, me refiero a SER de verdad. Hay una fuerza misteriosa en las acciones auténticas. Si finges delante de ellos o haces las cosas sólo para que te vean, pero cuando no te ven haces lo contrario, estás pervirtiendo su educación. No se puede recurrir a eso de “haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga”, o “yo soy mayor y puedo hacerlo”. No. Sería como que un presidente de Gobierno pretendiera apretar el cinturón a los ciudadanos pero no a sus ministros, sería impensable, ¿no? La persona que educa debe pasar, muchas veces, un duro proceso de transformación. Hay que ser mejores para enseñarles a ser buenas personas.

Por eso digo que no tendría hijos de nuevo. Personalmente (y subrayo y pongo en negritas lo de “personalmente”) pasé mi crisis de agobio por esa pérdida de libertad, por los meses de no dormir, por no tener más vida que limpiar pañales, vómitos y biberones. La tuve, por supuesto, porque nadie te prepara por tener a alguien pegado a ti las 24 horas, reclamando comida o mimos. Y no olvidemos que, por mucho hijo tuyo que sea, acabas de conocerlo. Hasta ese momento no sabes lo que es no tener tiempo para meterte en la ducha, ir al baño con la puerta abierta y el capazo del niño dentro del aseo. No sabes lo que es tirar de un carro doble por la ciudad, ni empujarlo bajo una lluvia intensa, calándote hasta los huesos porque no tienes manos para sujetar un paraguas y tirar del carrito al mismo tiempo. No sabes lo que es desvelarte porque están enfermas, salir corriendo al hospital a que les den puntos o tener un ataque de ansiedad la primera vez que te dicen que salen con un chico o que tienen novio. Se pasa mal, se llega a pasar muy mal, y conforme crecen es peor, lo que no quita que haya también momentos increíblemente llenos de vida, que sólo han sucedido porque veías las cosas a través de sus ojos como la primera vez que ven la playa o la nieve, las cosas que van descubriendo y las que aprenden. Y ese desconcertante momento en el que te das cuenta de que han aprendido cosas que no les has enseñado tú.

En fin, sí, entiendo a Samanta. Ella se ha dado cuenta, como otras muchas mujeres, de que la maternidad no es lo que nos han vendido, y lo ha dicho. Conforme su hijo sea más grande descubrirá otras muchas cosas, como dice, buenas y malas. Es así. Hay quien piensa que las mujeres disfrutan no durmiendo ni comiendo por cuidar de los hijos, y no es así, no se disfruta, se pasa mal, lo haces porque los quieres, porque eres responsable y quieres que esté bien, pero no se disfruta de eso, nadie normal lo hace, no nos engañemos. Quizá si nos dejamos de mitos fantasiosos y asumimos los hijos como son, una tarea de dos y, sobre todo, una enorme responsabilidad sobre la personas que será en el mañana, habría menos superpoblación en el planeta y más personas íntegras.

Y eso es todo lo que tenía que decir.

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