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¿Dónde se aprende la ética?

Durante los últimos meses, en realidad diríamos años, algunos políticos, de esos que dicen representar a la población, han dejado que sus labios pronuncien, sin rubor alguno, frases como: “Lo que los españoles quieren es esto”, o “Los españoles lo que no quieren es aquello”. Tras esos “quieren” y “no quieren”, se deja entrever un pérfido pensamiento, el de “lo que yo creo que necesitan” y “lo que yo creo que no necesitan”. Más movido por intereses particulares que por conocimiento real.

La clase política está corrompida, está podrida desde sus cimientos. Las bases que la sostienen están hechas sólo para mantener el statu quo del origen. Son formas rígidas y pesadas que se resisten a moverse, y cualquier tentativa de derribarlas amenaza con que los pedazos caigan sobre nuestras cabezas, hiriendo y matando sin contemplaciones.

En la población hay quienes piensan que es mejor malo conocido. Algunos de ellos ya saben lo que es una guerra, lo que es un país dividido, una ciudad dividida, un pueblo dividido, una familia rota. Han conocido los odios y las violencias y prefieren cualquier cosa antes que volver a ver asomar aquel fantasma. Otros, que sólo han sabido de aquello por las historias de la familia o por los libros, no temen tanto y se arrojan sobre el bloque para desplazarlo, para construir otra cosa, para hacer algo nuevo, pero el cenagal donde se ubica hace que sea imposible entrar sin llenarse de lodo hasta las orejas.

Es triste, muy triste, ver gente buena (da igual del signo que sean), meterse en política movidos por el deseo de cambiar las cosas que están mal, de hacer algo bueno por su sociedad, y ver luego cómo no tardan en salir corriendo horrorizados por la podredumbre, o acaban salpicados por “méritos” propios o ajenos. Porque no hay nada que amenace más al que tiene las manos manchadas que ver acercarse a alguien que mantiene sus manos limpias. Es un contraste demasiado evidente, y eso no se puede permitir. La gente podría sospechar que las cosas no son así, tan “normales” como pretendían hacerles creer.

¿Por qué digo que la política (esta política que tenemos) está podrida? Por que se ha convertido en el principal enemigo de la ética. La política destruye a las buenas personas, exige el sacrificio de su integridad bajo la falsa promesa del cambio, de que es desde las instituciones desde donde se cambian las cosas, cuando eso es mentira. Nada se puede cambiar desde las instituciones, porque están pensadas para que nada cambie.

Cierto es que se promulgan nuevas leyes, se apoyan nuevas iniciativas y se pronuncian nuevos discursos, pero debajo de eso sigue existiendo, a la hora de la verdad, el mismo e insoportable toque de atención: la falta de ética. El problema es grave, porque no se puede solucionar con un Comité de Ética, ni con un Ministerio de Asuntos Éticos. Sólo se puede solucionar con gente ética, y gente ética es lo que no quiere la política tal y como está concebida.

La ética, curiosamente, es una de las cosas que tiene más fácil aprendizaje, pero más difícil enseñanza, porque necesita del ejemplo. Y no el ejemplo de teatrillo, el de la oratoria, las opacas leyes de transparencia y el “y tú más”, sino un ejemplo real, y eso sólo lo puede dar gente realmente íntegra y limpia. Por eso el “crimen” de la política es tan grave, porque se niegan a asumir que son ellos, y sólo ellos los responsables de la ética del resto, porque ellos deben ser el primer ejemplo y los primeros interesados en que el resto de la gente, todo el mundo sin excepción, reciba la mejor educación posible. Y no es así.

Quizá por eso, consciente o inconscientemente, la “educación” actual divide a las personas y les va negando paulatinamente lo único que realmente puede hacerles seres humanos libres, capaces de pensar por sí mismos: el sentido de la filosofía, y no me refiero a la historia de la filosofía, sino a la capacidad de hacerse preguntas, de indagar las respuestas y de sentirse responsable de hacer algo útil y bueno para la humanidad en la medida de sus posibilidades.

Ética no es un temario, es lo que haces, cómo lo haces y por qué lo haces. Es un deseo de ser un poco mejor cada día, y que eso, al mismo tiempo, nos haga más fuertes y alegres frente a los embates de la vida. La mejor educación posible parte de un cambio profundo de las personas, un cambio que no se da si las personas que tienen la responsabilidad de gobernar no lo promueven y ejemplifican. En cambio, lo que estamos viendo es un gobierno más centrado en la economía que en la ética, cuando ninguna crisis se hubiera producido en 2008, ni en ningún otro año, si hubiese estado más presente la ética que el dinero.

No seamos tan necios de pensar que los problemas son las guerras, la violencia, el déficit, el tráfico de armas o lo que dice Alemania o lo que dice China. Eso es cerrar los ojos mientras caminamos hacia un abismo. Las guerras las hacen personas, la violencia la generan personas, el tráfico de armas y personas lo promueven personas, y son personas las que desde Alemania, China o cualquier otro lugar toman decisiones y promulgan leyes. Son personas, y por lo tanto siempre, siempre, es un problema ético.

Nada, decía, se puede hacer desde las instituciones porque las instituciones no son nada. Son las personas las que las han creado como una fachada o una cabeza de turco, y son las personas las que les dan o quitan el poder. Y nada que se construya sin un profundo sentido de la ética, nada, será distinto a lo que ya hay. Por eso no deja de resultarme curioso que cuando a la política se acerca alguien con principios y rectitud, el primer impulso sea torcerlo, o que parezca torcido. Nada bueno puede crecer ahí. Por eso, si alguien de verdad quiere cambiar el mundo, que no se acerque a la política hasta que la política no sea ética. La única manera de cambiar el mundo, entonces, es siendo mejor uno mismo. Cada día un poco mejor que el anterior.

¿Qué hacer entonces cuando desde las clases políticas no existe el ejemplo, y se han eliminado de los colegios las herramientas que podían ayudarnos a reflexionar y darnos cuenta de la patraña? ¿Dónde podemos aprender la ética? No nos queda más remedio que recurrir al ejemplo de otros, a fijarnos más en las buenas lecciones que en las malas y nosotros, a su vez ir aprendiendo, poco a poco, a sentirnos responsables de lo que hacemos. De paso en paso, poco a poco, como quien pule una piedra. Como decía Confucio (que fue maestro de muchas cosas menos de la confusión): “Si camino con dos hombres, cada uno de ellos serán mis maestros. Elegiré los buenos puntos de uno y los imitaré, y los malos del otro y los corregiré en mi mismo“.

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