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El misterio de los equipos de trabajo exitosos

Quizá el hecho de ser una de esas nuevas y grandes empresas, ha hecho que Google incluya entre sus muchos intereses conocer mejor el secreto que se esconde tras los equipos de trabajo exitosos. La compañía ha roto con muchas prácticas empresariales tradicionales: los descansos no están mal vistos, ni pasar un rato jugando para despejar la mente, se intenta que el ambiente de trabajo sea agradable y distendido, café y donuts gratis. El valor fundamental de esta empresa (y otras similares) está en la creatividad, que rara vez se obtiene bajo presión, por eso no es de extrañar que hace unos años decidieran poner en marcha el Project Aristotle, con el objetivo de conocer qué es lo que hace falta para que los grupos humanos paran buenas ideas y sepan cómo llevarlas a la práctica juntos.

Hace tiempo se pensaba que la clave estaba en el coeficente de inteligencia, pero ya se ha visto que no. Google ha conseguido llegar a dos conclusiones interesantes sobre los equipos que funcionan: que todos los componentes del mismo participen en igual proporción a la hora de hablar y dar su opinión, y que todos los miembros sean capaces de intuir cómo se sienten sus compañeros, vamos, que sean empáticos. Y eso que para el estudio se quebraron mucho la cabeza implicando a psicólogos organizacionales, sociólogos, investigadores, ingenieros… y trataron de sacar patrones después de estudiar cómo funcionaban los equipos de trabajo de la compañía. Pero les costó, porque al final el objeto de estudio, que es el ser humano, tiene cientos de variable, que se convierten de miles cuando entra en contacto con otras personas. La interacción humana es un poderoso catalizador capaz de sacar lo mejor de las personas, pero también lo peor.

Creo que el caso de los equipos de trabajo se puede extrapolar a las asociaciones laborales, a las familias o incluso a las ONGs. El universo startup o el emprendedor necesita en muchas ocasiones establecer relaciones con otras personas que aporten la cuota de valor, experiencia o capital que uno no tiene por sí mismo. Entonces volvemos a encontrarnos con los problemas que surgen en toda convivencia humana, pero con un matrimonio laboral que tiene forzosamente que convivir cierto tiempo, y avenirse adecuadamente para que el proyecto salga adelante. Estoy segura de que muchas empresas fracasan o no logran alcanzar sus objetivos a causa del factor humano. Aunque se le da mucha importancia a las estructuras y a saber gestionar las distintas capas de la empresa, lo cierto es que una buena estructura puede venirse abajo por la actitud de una sola persona, y al revés, una estructura mediocre puede dar grandes resultados si cuenta al frente con la persona adecuada.

La convivencia humana es un gran reto. Es el gran reto. Pero sin meterme (por ahora) en cuestiones mucho más amplias y humanitarias, la convivencia en los equipos de trabajo es fundamental. Hay mucha literatura al respecto. Que si líderes por aquí, que si grupos de trabajo por allá, que si cómo ser un emprendedor… la cuestión al final habrá alguien que tendrá gente a su cargo o que estará a cargo de alguien. Y si es una sociedad, eso mismo pasará en el reparto de las funciones, y puede darse el caso de que siendo socios equitativos (especialmente en grupos pequeños) uno gestione un área en la que el resto tenga que atenerse a sus decisiones, y luego sea un «mandao» más en el área que gestiona otro de sus compañeros. Sin una cierta madurez personal y responsabilidad de todos los componentes, una situación así puede acabar minando desde abajo los cimientos de la buena convivencia y, por ende, del futuro de la empresa.

Como comenta Fernando Trías de Bes en su «Libro negro del emprendedor», publicaciones y consejos para alcanzar el éxito hay muchas, demasiadas quizá, y creo que dan una falsa impresión acerca de lo fácil o poco difícil que es hacer que una empresa despunte. Sin embargo no se habla con tanta frecuencia de los peligros, los riesgos y errores que habitualmente se cometen a la hora de embarcarse en un proyecto laboral, ya sea unipersonal o en equipo.

Hay equipos que funcionan muy bien sin nadie que les dirija, pero eso requiere una capacidad de comunicación entre todos los componentes que rara vez se alcanza. Hace falta hablar las cosas con claridad y sin dobleces, saber escuchar, saber criticar y saber encajar las críticas. Y es imprescindible que la responsabilidad de todos en el proyecto sea equitativa, y la propia responsabilidad y madurez impida que nadie deje que un compañero asuma más de lo necesario sin echarle una mano, o de no cumplir en la medida de lo posible con lo que se pacta en equipo, o de despreocuparse de las circunstancias que pueda estar viviendo alguno de ellos. Mucha comunicación y mucha organización, pero sobre todo tener claro el papel de cada uno y cumplirlo como si le fuera la vida en ello (porque realmente va su vida y la de sus compañeros). Con eso se evitan muchos roces que acaban, sí o sí, perjudicando el ambiente laboral y todo lo que eso conlleva.

Luego están los grupos que se decantan por un sistema liderado. Alguien se hace responsable del conjunto y organiza las responsabilidades parciales del equipo. También aquí es necesaria una buena dosis de madurez y claridad, tanto del que asume el papel de jefe como de los que se subordinan en ese momento a sus decisiones. En sistemas así el que dirige tiene que tener una visión global que incluya todos los departamentos y a todos los integrantes de esos departamentos. Siempre hay que conocer a las personas para saber qué son capaces de hacer y llevarlas un poco más allá, ser capaz de resolver los posibles conflictos y algo que suele olvidarse generalmente: dar ejemplo. Pero los subordinados, deben entender que si todos van en un barco y el capitán dice «a babor», no puede ser que uno decida mover el timón a estribor, o no moverlo, o cuestionar continuamente el rumbo sin aportar nada más. El que lidera asume una responsabilidad, pero el que no lo hace asume otra no menos importante: no boicotear el barco en el que todos navegan juntos.

Las organizaciones laborales no funcionan de manera diferentes a una familia o a un gobierno. Lo que mueve a la gente, lo que la motiva es el ejemplo. Si es un ejemplo falso tarde o temprano todo el chiringuito caerá como un castillo de naipes. Pero los valores personales para liderar un equipo de gente no pueden limitarse sólo a las pajas mentales de los coaches sobre el liderazgo. Si quieres que tu gente se implique más en la empresa no sólo tienes que ser el más implicado, también tienes que darles un sentido para hacerlo y, si es necesario, neutralizar a los que lastran la navegación del barco.

Hay algo que no suele aparecer en los textos sobre liderazgo y empresas, pero cuando la gente siente que está participando de algo bueno, es más fácil que se implique. Soy consciente de que hay empresas que ganan miles de millones al año, a las que se considera «de éxito», y que sus prácticas han sido muy poco éticas tanto dentro como fuera de la compañía. Podría parecer que no es tan importante ni que los trabajadores estén bien y contentos ni que la empresa se dedique a aportar cosas buenas al mundo. Si ganar dinero es el éxito, a la vista está que empresas que han sido responsables de la muerte de cientos de personas hoy siguen ganando dinero como si nada. Pero dentro de una manzana podrida sólo hay gusanos; en el interior la guerra por el poder a costa de todo y por encima de todos estará por fuerza a la orden del día. Sea bueno o malo, el ejemplo es lo que marca cómo será esa empresa. Si no hay ética en la cabeza no es de esperar que la haya en el resto del cuerpo. Si el éxito se mide por el dinero… eso es lo que hay

En este mundo todavía el factor económico es la regla de medir, pero me alegra ver cómo va surgiendo, poco a poco, otra mentalidad dentro de las nuevas empresas que nacen ahora, a veces al amparo de una idea que quiere ser útil a la sociedad, o a algún colectivo que necesite de ese recurso. Quizá no hagan tanto dinero como las grandes pero serán, como decía el Principito al hombre de negocios que creía poseer estrellas, «tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas…» A la larga creo que eso es lo que cambiará el rumbo del futuro, y acabará con la agonía social y humana del deshumanizado liberalismo a ultranza. Esa será, creo, la clave real para el éxito de cualquier empresa humana.

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