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Es más fácil manipular hoy a los que saben leer

Hay una escena en “Los santos inocentes” donde el señorito exhibe ante un embajador extranjero cómo “esta gente” (el servicio) ha sido enseñada para escribir sus nombres en un papel, alardeando de que ya no hay analfabetos.

https://www.youtube.com/watch?v=WiXsD8jctao

Hace algunos siglos el control se establecía gracias a la gran masa de analfabetos que no podían acceder a los escasos libros que había. No había muchos pensadores, y librepensadores menos. Seguro que más de uno de esos analfabetos se cuestionaba más de una de las cosas que se establecían como dogma, y quizá no tenía más remedio que comulgar con ruedas de molino porque no tenían modo ni de leer lo que otros pensaban ni de escribir lo que pensaban ellos, ni tenían tiempo para ello, ni recursos… Ocupados sólo en la supervivencia y la sumisión, y sin posibilidad de conocer nada más, muchas ideas se agostaron en el corazón de la gente.

Por eso, cuando se alfabetizó a niños y adultos, y se impuso la educación obligatoria, con toda la propaganda posible alrededor de la idea de conocimiento y libertad, pensamos no sólo que ya teníamos conocimiento, sino también que ya éramos libres. Una peligrosa mentira. Una trampa muy bien urdida.

Ahora prácticamente todo el mundo sabe leer. Hay bibliotecas, colegios y universidades públicas. Kioskos de prensa, librerías, internet… y un acceso muy sencillo a todo ello. El conocimiento está ahí. Ese conocimiento que nos tiene que hacer libres está disponible para todo el mundo. El problema está en que conocer algo no es igual que tener el conocimiento de ese algo. Igual que leer un libro de medicina no nos convierte en médicos ni compartir frases de Gandhi en Facebook nos convierte en buenas personas.

Una persona que sabe leer hoy no se diferencia mucho de una que no supiera leer en la Edad Media. Lo que nos aleja de la libertad no es no saber descifrar unos caracteres trazados sobre un papel, lo que nos aleja de la libertad es no entender, no pensar. Y no hacer eso, señores, nos convierte a todos en fácilmente controlables.

De nada sirven las campañas de fomento de la lectura, los clubes del libro, los colegios (públicos y privados) o los millones de volúmenes disponibles en bibliotecas virtuales si no se hace lo fundamental, ya sea en las escuelas o en las casas: enseñar a pensar.

El exceso de información de hoy, disponible en todas partes, se está convirtiendo en el principal enemigo del conocimiento. Por cada búsqueda sobre un tema es fácil encontrar versiones divergentes, opiniones encontradas de todos los signos y colores, así como traducciones más o menos inclinadas hacia unas u otras interpretaciones. Ni siquiera la ciencia, que debería ser el exponente de la búsqueda de la verdad, escapa de ofrecer demostraciones contrarias sobre los mismos temas, y habrá pruebas a favor o en contra de una misma cosa según quien financie el estudio.

Hoy, los millones de datos, informes, estudios, textos, opiniones, documentos, investigaciones y artículos que hay a disposición de quien quiera resultan tan estériles para que conocimiento como no tener nada de eso… mientras no pongamos a funcionar la máquina de pensar.

Un ejemplo. Cuando seleccionamos a la gente que vamos a seguir en Twitter, cuando le damos a “Me gusta” en Facebook o cuando elegimos los medios que leemos y los que no, estamos creando y alimentando nuestro propio embudo para contemplar el mundo. No es de extrañar que la gente que se nutre documentalmente de esta manera no alcance a entender cómo existe gente con pensamientos diferentes a los de su pequeño ecosistema de creencias, sencillamente porque todo el mundo que conoce piensa como él, porque previamente ha seleccionado qué es lo que le gusta saber y lo que no le gusta saber, y eso es lo que le llega. Creamos nuestros propios sesgos, nuestros propios guetos mentales, y nos incapacitamos a nosotros mismos para entender otros puntos de vista u otras formas de pensar. No es de extrañar entonces que crezcan los fanatismos y las reacciones intolerantes.

Otro ejemplo. Cuando la diversidad de puntos de vista sobre un mismo tema es excesiva deja de ser enriquecedora. El enriquecimiento surge cuando sabemos escuchar, reflexionar e integrar lo válido, pero sin ese ejercicio previo, toda la información contraria que nos llega sólo genera una cosa: dudas. Cuando una persona sabe pensar usará las dudas para salir de los falsos conceptos, y alcanzar algunas conclusiones válidas para seguir avanzando. ¿O alguien cree que ya ha aprendido todo lo que puede aprender en la vida? Cuando no se sabe pensar las dudas son una cascada descendente que lleva de la duda a la incertidumbre y, de ahí, al miedo. Del miedo a la sinrazón y la violencia hay un paso. Si dudar no nos conduce a construir algo mejor que lo que teníamos, nos llevará irremediablemente a odiar o destruir lo que nos atemoriza.

No hay peor ciego que el que no quiere ver… o el que siendo ciego cree ver. Por eso creo que hoy manipular es más fácil. ¿Quién cree hoy que es un ignorante, cuando todo el mundo tiene opinión para todo? Sabemos leer, pero acomodamos nuestras lecturas al embudo que nos hemos creado nosotros mismos, y si nos salimos de ahí es para criticar y atacar, no para preguntarnos, aunque sea por un momento, si el otro puede tener algo de razón. Y eso sin hablar de los intereses que favorecen que haya grupos de pensamiento o “perfiles” como los llaman ahora, porque cuando tienes bien definido el perfil de pensamiento, también conoces y controlas el perfil de reacción.

Da igual que uno se considere progresista o conservador, de derechas o de izquierdas, creyente o ateo. Eso siguen siendo perfiles, casillas. Partiendo de la única verdad que conocemos con certeza que es que nadie, absolutamente nadie en este mundo está en posesión de la verdad, el que realmente desee conocerla debería empezar por ser un poco más humilde, a la manera de Sócrates, y reconocer que no sabemos nada.

Pensar no es adecuar el mundo a lo que nos gusta, y construirnos nuestro propia burbuja, sino tener el valor de cuestionarse las cosas con un objetivo constructivo. De nada sirve quejarse de lo que no hacen los colegios, el sistema educativo o las familias. Si todos tenemos cabeza todos podemos y debemos usarla.

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