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Lo de Cataluña es muy grave

En las últimos días hemos visto cosas que nunca creímos que veríamos. Los de mi generación crecimos con las historias de la Guerra Civil. Nuestros abuelos tuvieron que ver cómo amigos y familiares quedaban divididos por los bandos en contienda. Daba igual la ideología que tuvieras, nadie te invitaba amablemente a “convertirte” o marcharte. Si te pillaba en el lugar equivocado más valía que cerraras la boca, y más valía que no tuvieras rencillas en el pueblo, porque los viejos rencores a veces sólo esperan la oportunidad de tener una justificación para caer como un perro rabioso sobre el otro.

Estamos asistiendo en directo, gracias a los medios digitales, a la descomposición de un país. Y no, no he dicho ruptura, he dicho descomposición. Cuando algo se rompe todavía hay opciones para arreglarlo, pero lo nuestro se rompió y murió hace mucho tiempo, y ahora sólo queda el olor putrefacto de un cuerpo en descomposición al que acuden los carroñeros peleando por llevarse su correspondiente tajada de carne podrida.

No conozco mucho la historia de Cataluña, así que no hablaré de lo que no sé. Nací en Andalucía, y en el colegio me enseñaron que el catalán, el gallego y el vasco eran dialectos del castellano, como si al estar tan lejos de “nosotros”, aquellas gentes hubieran acabado pervirtiendo nuestra lengua con nuevas expresiones, tantas que al final no se les podía entender. Lo de los vascos desde luego era para nota, pero si el profesor lo decía, lo creíamos y punto. Cuando en el examen nos preguntaran los dialectos ya sabíamos qué poner.

Con 14 años fui a vivir a Mallorca. Lo recuerdo como una experiencia traumática. Venía de sacar notables y sobresalientes en el colegio y llegué a un instituto donde nos daban todas las clases en catalán menos la de catalán, que era en castellano. Ahí aprendí que el catalán no era un dialecto, sino una lengua, pero también que lo era el mallorquín, y que el mallorquín y el catalán no eran la misma lengua. En clase la profesora hacía lo posible por resaltar las palabras que se diferenciaban en ambos idiomas: “¿Veis como son lenguas distintas?, en catalán se dice “gat” y en mallorquín decimos “moix”. En clase se notaba cierta frustración por no poder usar libros de mallorquín y tener que tragar con los de catalán, y en muchos comentarios de la gente local se veía que el protagonismo catalán sentaba realmente mal en las islas. Duré tres meses en el instituto y no fue hasta dos años después, cuando regresé a Granada, que terminé el bachillerato.

He contado la anécdota de los dialectos y los idiomas porque aquella experiencia, aunque simple, me enseñó algo que he intentado no olvidar: estamos rodeados de manipulación, y no podemos, simplemente, creernos todo lo que nos cuentan, ni siquiera cuando lo vemos con nuestros propios ojos. La política se sirve de los libros de texto para adoctrinar a los futuros ciudadanos desde pequeños; las empresas se sirven de los medios; los anunciantes usan la publicidad y los padres sueltan el famoso “porque yo lo digo”. Así que hacerle demasiado caso a lo que aprendimos de pequeños, a lo que vimos en la tele, a lo que nos enseñaron en el colegio o a lo que nos contaron nuestros padres, es propio de gente que deja que otros piensen por ellos. Y eso es muy, pero que muy peligroso.

La mayoría de las personas adultas pasamos la vida comportándonos y pensando según unos patrones de comportamiento y pensamiento que no hemos elegido. ¿Nunca os habéis preguntado por qué pensamos lo que pensamos y por qué creemos lo que creemos? Cuando desde pequeño te hacen sentir especial diciéndote que tu idioma es “el bueno”, que tu historia es “la buena” y que tus tradiciones son “las mejores” están creando automáticamente un tablero bicolor donde ellos, los blancos, son los buenos y se enfrentan a los otros, los negros, que son los malos, y tienes derecho a ganar porque tienes la razón, y ellos deben perder porque están equivocados.

Pero eso no es algo que haya pasado ahora. Esto no nació el 1-O; ese día sólo vimos los gusanos que llevan años devorando el cadáver de lo que llamamos, desde hace sólo unos pocos siglos, España. Desconozco cómo hemos llegado a este punto, pero es de idiotas echarle la culpa al otro. Quizá fue fulanito el que empezó, pero si perenganito respondió es tan responsable como el primero. Y, sinceramente, ahora ya importa un pimiento quién empezó o qué hizo. Lo verdaderamente importante, que era haber creado un proyecto de Estado que nos hiciera a todos sentirnos orgullosos de nuestro país, de sus gentes y de toda su riqueza, no se hizo nunca. NUNCA.

La única razón por la que Andalucía no ha sido independentista es porque no tenía una lengua propia, porque por lo demás, también nos han enseñado que nuestras fiestas, historia y cosas en general son las mejores. Pondré un ejemplo que me dio pena y rabia a la vez. A mi me enseñaron en el colegio que el Mulhacén (en Granada) era el pico más alto de la Península Ibérica, y el Teide (en las islas Canarias) era el más alto de España. Una diferencia importante entre lo geográfico y lo político. Hace unos años, ayudando a mis hijas con los deberes vi algo que me dejó de piedra, porque el texto decía muy claramente que el Mulhacén era el pico más alto de España. Nadie les aclaró la diferencia.

A esas alturas tampoco me sorprendía ya de muchas cosas. Cada vez que cogía uno de sus libros acababa maldiciendo y gritando como una furia: había cursos en los que sólo les enseñaban literatura andaluza, historia andaluza, geografía andaluza, flora y fauna andaluza y canciones andaluzas. Como digo, Andalucía no es independentista porque no tiene otro idioma, porque la semilla de la diferencia estaba sembrada y bien sembrada, y es de suponer que en el resto de las CC.AA. pasaba tres cuartos de lo mismo. Y mientras las autonomías lo hacían, el Gobierno central miraba a otro lado. ¿A qué viene ahora señalarse?

¿Por qué digo que lo de Cataluña es muy grave? Porque lo es. Acaba de hacerse viral un monólogo de Berto Romero sobre las “peleas de niños”. No sé hasta qué punto estaba preparado y hasta dónde fue fruto de una mezcla de rabia y frustración interna, como testigo de unos hechos que dan vergüenza. El caso es que era, sencillamente, una verdad como un castillo. Nos echamos las manos a la cabeza cuando nuestros hijos se pelean, y poco nos duele más que cuando son peleas entre hermanos. Y eso es lo que somos, hermanos peleándonos por gilipolleces, y lo peor es que esas gilipolleces ni siquiera las hemos valorado ni elegido por nosotros mismos.

Si la Historia enseña algo es que los Estados, como los gobiernos, van y vienen. Hace milenios que se crean y se destruyen imperios, los países que otrora se escindieron de otros ahora pelean afanosamente por anexionarse otros territorios. Las fronteras se mueven a golpe de sangre para beneficio de unos pocos: locos, ambiciosos o ambas cosas. La dialéctica se usa desde las tribunas para generar resentimiento, desconfianza, miedo y, finalmente, odio. Y sin embargo, algo tan incierto y artificial como una frontera, que no es otra cosa que una línea de tiza pintada sobre la tierra y destinada a dificultar el paso, se convierte en algo esencial para mucha gente, más importante incluso que la amistad o la familia. Lo de Cataluña es grave porque muestra hasta qué punto hacen bien su trabajo los que manipulan las ideas y los pensamientos, muestra lo ciegos que estamos y los dispuestos que nos sentimos a coger una antorcha y una soga, amparados por una multitud de gente que sólo sabe gritar, para empezar el linchamiento. Cuando ambos se comportan igual no hay bandos buenos.

Lo importante no es que Cataluña se quiera separar o que España no quiera que lo haga. Lo importante tampoco es el idioma, ni la cultura, ni las tradiciones, ni demás cosas heredadas, que no son realmente nuestras porque, sencillamente, de haber nacido en otro lugar, serían otras muy distintas y estaríamos defendiendo o atacando a saber qué. Algo tan subjetivo no puede nunca ser real. Lo importante es que las cosas que nos unen deben estar siempre por encima de las que nos separan. Debe ser prioridad actuar así, poniendo el acento en esas cosas y haciendo el esfuerzo por remarcarlas, y no al revés. Si no aprendemos a ver nuestros puntos comunes como seres humanos y a valorarlos como superiores a todos los demás aspectos de la vida, ¿con qué cara de hormigón armado (como decía Berto Romero) le decimos a nuestros hijos que no peleen? ¿Cómo les enseñamos a pensar en un futuro en Paz y no en uno donde la guerra, la contienda, la batalla y la muerte den inicio a una espiral de odio y venganza de la que no puedan salir?

A riesgo de caer en la ñoñez, y para finalizar, diré que nuestros puntos en común no los encontraremos ni en la historia, ni en la cultura, ni en el idioma, ni en el país. Todo eso hay que conocerlo y valorarlo, pero no es lo esencial. Nada de eso es realmente común ni, seamos realistas, nos une, al contrario, nos está separando porque lo hemos puesto por delante de todo lo demás. Los puntos en común a los que me refiero, tal cual expresara Shakespeare en “El mercader de Venecia”, son que todos sentimos, todos sufrimos, todos amamos, todos tenemos miedos parecidos y nos alegran cosas similares. Si nuestra naturaleza humana no hace diferencias, ¿por qué nosotros sí?

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