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¿Por qué se divide un país?

Los que me conocen saben que no suelo hablar de política, y también que cuando lo hago es para defender la visión platónica de la política. Y no me refiero a una visión idealizada y poco real de lo que es la política.

Cuando somos adultos y la vida nos ha vapuleado lo suficiente, haciéndonos experimentar el engaño, la falsedad y  las traiciones, solemos caer en el insano regodeo de decir a los más jóvenes, a esos que creen sin reservas que un mundo mejor es posible, que eso lo piensan porque aún no saben cómo es el mundo, que las cosas no funcionan así sino asá, que los idealismos no le darán de comer y que tiene que ser práctico y pensar en su futuro. El que asoció lo platónico a lo utópico, a lo fantasioso, a los ideales inalcanzables, estaba intentando arrojar lejos de sí y del mundo la posibilidad real de que las cosas cambien, de que el mundo sea un lugar mejor.

Cierto que hay cosas en los escritos de Platón que pueden chocar, provocar rechazo o resultar oscuros, pero también que la inmensa mayoría encierran reflexiones que, de ser tenidas en cuenta, podrían cambiar radicalmente la forma de entender cosas como, por ejemplo, la política. Hoy sólo hablaré de una de esas cosas: ¿Por qué se divide un país?

¿Mejor en grupo?

Creo que en estos tiempos que corren sería importante dar una lectura a “La república” de Platón, para entender la importancia de una educación enfocada a sacar lo mejor de nosotros mismos como personas, y no en adoctrinarnos en el borreguismo más demencial. Un borreguismo tan obtuso que logra que la gente se pierda lo superficial y no llegue nunca a las raíces profundas de las cosas. 

En los últimos años no hago otra cosa que oír hablar en los medios y en la calle a gente de todo tipo y condición hablando de que España se divide. Se habla de gente radicalizada, no sólo de los que causaron los atentados de Barcelona, sino también de los que están tratando de abrir brechas de odio dentro de la sociedad. Se habla también del referéndum de Cataluña, de los que se quieren separar y los que no quieren que se separen. Se habla del fútbol, de los que ganan los partidos, de los que los pierden y de los que no quieren poner pantallas gigantes en la calle. Se habla de los que aceptan inmigrantes y de los que no los aceptan. De los que ven Juego de Tronos y de los que no lo ven. De los que tienen Android y los que usan iOS.

Me llama la atención esa tendencia a parcelarnos, a ponernos límites a nosotros mismos. Da igual que se trate de cuestiones importantes o banales, queremos posicionarnos desesperadamente y, al hacerlo, ocupamos un bando que, irremediablemente debe estar enfrentado al contrario.

La mayoría de las veces nos posicionamos sin pensar antes ni hacer la más mínima reflexión”

Creo que la mayoría de las veces nos posicionamos sin pensar antes y, sobre todo, nos enfrentamos al contrario sin hacer la más mínima reflexión sobre sus motivos, sus razones y sus impulsos. Y creo que no lo hacemos porque no queremos hacerlo. Porque tenemos miedo de que ese conocimiento nos lleve a comprender al otro. Porque si el otro no es un contrario y no es un enemigo, resultará que yo no tengo bando, y si no tengo bando no tengo lugar, no tengo posición, no tengo partido, ni parte, ni grupo, ni identidad. Librarnos del corsé ideológico de los grupos supone estar fuera, no formar parte del juego, y a nadie le gusta ser un paria.

Hay una parte de “La república” en la que Platón habla de lo que pasa cuando se divide un país. La descripción encaja a la perfección con lo que estamos viviendo ahora, lo que tendría que llevarnos a pensar que cuando peleamos y discutimos por mantener la unidad del país es que hace tiempo que esa unidad no existe. Esto podría derivar en otra estéril discusión sobre de quién es la culpa de que estemos divididos. Aunque la respuesta será en todos los casos igual de contundente: ¡la culpa es del otro!

¿Por qué?

Echar la culpa a los demás es siempre un callejón sin salida. Una respuesta que nos lleva eternamente de vuelta a la casilla de salida. Para salir de ahí lo primero es querer encontrar respuestas y, lo segundo, ser lo bastante humilde como para entender que buscamos respuestas porque no las tenemos, porque no sabemos. Ahora sí, libres de los condicionamientos de la manada podemos empezar a indagar en el por qué, e ir todo lo atrás que sea necesario hasta encontrar la raíz misma del problema.

La Justicia debe ser capaz de dar a cada uno lo que le corresponde según su consciencia”

Cuando en “La república” Platón comienza a levantar esa ciudad imaginaria, lo hace poniendo como premisa un Gobierno y unos gobernantes que buscan, por encima de todo (incluidos ellos mismos) la Justicia para todos. Una Justicia que sea capaz de dar a cada uno lo que le corresponde según su consciencia. Una justicia que se asegure de que todos los ciudadanos son útiles para sí mismos y los demás, y que eso les reporta felicidad y conocimiento de ellos mismos. Una Justicia que ponga límites a la ambición insana y el egoísmo, educando a todos los ciudadanos en los mismos valores de generosidad y ayuda mutua.

Quizá por eso para Platón es vital que los gobernantes sean los ciudadanos más ejemplares en cuanto a formación y comportamiento ético, porque para él la responsabilidad de lo que pasa en una ciudad es del que la gobierna. Si alguien muere por falta de asistencia médica, si hay odio, si hay violencia, si hay ladrones, si hay corrupción, si hay gente que maltrata a los animales, la responsabilidad es siempre de quien gobierna, porque el deber de la política es conducir a los ciudadanos hacia lo mejor de ellos mismos, y si no son buenos, es porque él no ha sido el mejor.

Cuando el Gobierno se pervierte y empieza a fallar, cuando permite que la ambición personal del gobernante le haga desear los honores en lugar de asumir su servicio a la ciudad como un deber, entonces empieza un camino de difícil retorno: el de la división.

Si el que gobierna no es realmente ejemplar, todo el sistema se derrumba”

Platón explica algo que me parece tan obvio que casi pasa inadvertido. El momento en que se permite que entre la riqueza en la ciudad, esto es, en el momento en que se permite que alguien tenga más de lo que necesita para vivir dignamente, en ese justo momento la ciudad está condenada a morir. Lo que antes era una ciudad se va a convertir en dos: una ciudad de ricos y otra de pobres. Ambas ciudades se enfrentarán y odiarán entre sí y, de ese rencor, junto con el aumento del egoísmo en ambos bandos, darán lugar a todas las demás grietas y fisuras que, poco a poco, destruirán la ciudad desde dentro.

Luego, la raíz de toda división, de todo odio, de toda corrupción y todo mal es, y será siempre, el egoísmo. Ese sería el único enemigo contra el que habría que luchar y la única cabeza que habría que cercenar. Si de verdad queremos acabar con las divisiones, no hay más camino que ese ni más arma que la reflexión.

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