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Prohibido pisar el césped

Tengo perro desde hace 6 años y, hasta hace una semana nunca nadie me había llamado la atención por meter a los perros a un césped a que hicieran sus cosas. En menos de siete días dos personas diferentes me han instado con vehemencia a dejar de pisar el césped, para que este pueda seguir luciendo verde y lozano.

Reconozco que me molestó, pero no porque ahora tenga perro y entienda que para ellos hacer pis en el césped equivale para nosotros a ir a un baño limpio y perfumado. Hay veces en que mi perra, estando ligera de vientre, ha corrido por la calle como alma que lleva el diablo hasta encontrar algo verde sobre lo que soltar su pena. Quien haya sufrido nunca delante de un baño ocupado mientras sentía que “eso” se le caía, quizá pueda entenderlo.

Como decía, no me molestó por tener perro, sino porque siempre me ha parecido que la prohibición de pisar el césped era una de las cosas más deliberadamente inútiles que ha hecho nunca el ser humano.

Cuando éramos niños veíamos en la tele La casa de la pradera, Pipi, Sonrisas y lágrimas y un montón más de imágenes idílicas de lo maravilloso que es correr, saltar y rodar por un prado verde, fresco y maravilloso. Luego, salíamos a la calle y veíamos jardines con césped en los que estaba prohibido entrar, protegidos con un cercado como si fuese algo más valioso que el oro del Banco de España. Así que el césped era, al mismo tiempo, la promesa de una diversión y la barrera para alcanzarla.

Venir a vivir a Madrid supuso, hace ya más de 10 años, un cambio sustancial en mi vida. Una de las cosas que más me impactaron fue ir al Retiro y ver a la gente ¡pisando el césped! En serio que me sorprendió después de toda una vida aprendiendo a mantener las distancias. Y no sólo lo pisaban, ¡jugaban a la pelota, hacían pic-nic, se tumbaban a leer un libro o a pelar la pava con la pareja. ¡El césped se podía pisar y no se acababa el mundo! Es más, el césped no se moría, no dejaba de ser verde, no perdía su belleza ni su frescor… salvo porque careciera de los cuidados y riego que necesitaba, claro está.

En estos momentos me gustaría ser un Pérez Reverte para transmitir con toda crudeza la sensación de trasnoche que me producen esos rótulos de “No pisar el césped”. Igual que esas personas que compran un sofá y le dejan la funda de plástico para que no se estropee.

Una de las persona que me increparon por esto decía: “¿Qué pasaría si todo el mundo pisara el césped? No podríamos disfrutar de él”. Y yo me preguntaba, ¿para qué sirve el césped?, ¿para qué lo tenemos y lo cuidamos?, ¿sólo para tener una vista verde?, ¿para disfrutarlo en la distancia?, ¿es incompatible pisarlo y disfrutarlo?, ¿qué pasa con el fútbol?, ¿Es Laura Ingalls un mal ejemplo para los niños?

Al final lo que me cuestiono con estas cosas es si reflexionamos o no sobre lo que tenemos alrededor, sobre qué es lo importante y qué no lo es tanto, y sobre si somos capaces alguna vez de preguntarnos a qué obedecen las ideas que nos inculcaron de pequeños y que, a veces, repetimos como loros en la edad adulta porque no nos hemos parado a ver si es adecuado o no.

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