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A la una, a las dos y a las tres, ¡somos humanos!

De vez en cuando los hijos te plantean cuestiones bastante profundas y sesudas. No hace mucho, en una conversación con mi hija pequeña, que con 17 años tan pequeña no es, me planteaba su desencanto por el mundo y la sociedad. La gente, decía, es hipócrita, vive una vida de mentiras, acepta cosas que son injustas y se someten con agrado a la dictadura de la superficialidad con tal de no pensar por sí mismos y contemplar lo innecesario de muchas de las cosas que compran y usan.

Me sorprendió y apenó ese pensamiento, pero lo entendí. A poco que tengas algo de sensibilidad, lo que se ve alrededor no es ni agradable ni coherente. Los modelos estéticos no tienen nada que ver con la gente real, se vende continuamente la juventud eterna, la felicidad permanente y la salud perfecta, pero eso no encaja con lo que sucede de forma natural en la vida. La gente enferma, envejece y tiene momentos duros por lo que pasar en la vida. Miramos el éxito de los demás como una aspiración, pero sin pensar en todo lo que lleva de regalo el pack. Así no es de extrañar que todo el mundo viva frustrado, sin querer entender ni reconocer que habrá días en los que nos sentiremos abatidos y derrotados por el mundo, y eso no es un fracaso, es algo normal en la vida, igual que lo es recoger nuestros pedacitos y volver, pacientemente, a pegarlos para seguir adelante. No podemos ser felices porque no sabemos cómo integrar en nuestras vidas lo que no es felicidad.

Con estos pensamientos discurría la conversación cuando salió el tema de lo mal que estaba el mundo, y lo poco esperanzador de era todo. Que una persona de 17 años mire el mundo y no sienta esperanza me preocupa. Y me preocupa más saber que mi hija no es la única que está envuelta en una oscura manta de miserias humanas que no le permiten ver otra cosa y la culpa, hay que decirlo, la tienen en buena medida los medios de comunicación, títeres como muchos otros de esos “amos de la caverna” de los que hablaba Platón. El clima general es de desánimo porque así se decide, quizá inconscientemente, desde las redacciones y las tribunas. Se prima lo macabro, triste, violento, aterrador, y el enfoque que se le da a la noticias es igualmente macabro, triste, violento y aterrador. Vivimos con miedo porque lo que nos rodea es oscuro y siniestro, pero afortunadamente no es real. Ya lo sabemos, es más fácil dominar a un pueblo con miedo, pero somos tan ingenuos que no somos capaces de creer que sea un miedo orquestado.

Hay que entender cómo funciona el ser humano para sacar un poco la cabeza de este pozo de desánimo. El racismo, la xenofobia, la violencia de género, el terrorismo, la guerra… todos tienen un denominador común: el miedo. Miedo al cambio, miedo a perder, miedo a que nos sometan, miedo a que nos hagan daño, miedo a que nos quiten el trabajo, a que sean mejor que nosotros, miedo a que dios nos castigue… o a que no nos premie. Siempre miedo, y el miedo está causado por la ignorancia. Por eso es tan importante el conocimiento, y por eso el conocimiento se ha globalizado, porque es la forma más sencilla y rápida de contaminarlo y ayudar a generar un nuevo enemigo: la duda permanente, porque nunca con tanto conocimiento a la mano fue tan difícil encontrar respuestas reales.

Pusimos dos libros sobre el tablero. Ella había leído recientemente “El guardián entre el centeno”, un reflejo de ese desencanto juvenil, incapaz de entender y someterse a las hipocresías y prostituciones del mundo, pero también una idea esperanzadora: querer ser, en medio de ese mundo que distrae a los niños y los aproxima peligrosamente al abismo, el que los protege, el que los guarda del peligro, el que se desvela por cuidar que ninguno caiga por el precipicio y, finalmente, dejar de decirle que no a todo y decirle que sí a algo. Del otro libro no recuerdo el título. Era un relato de Asimov que leí hace muchos, muchos años, y que impactó en mi para siempre, porque me hizo entender el mundo en el que todos vivimos.

Hablaba de un planeta donde los robots se habían revelado, expulsando o matando a todos los humanos. En la Tierra, preocupados por eso, encargan a un agente que vaya a ese planeta a tratar de eliminar al líder de los robots. Para eso tenía que disfrazarse de robot y vivir allí como un robot, y así lo hizo. El problema es que aunque los robots no comen ni hacen sus necesidades, los humanos sí, así que el agente debía esconderse para hacer pis, asearse y alimentarse, porque si le descubrían era hombre muerto. Tan bien se escondió que tuvo la suerte de detectar a un robot que, como él, necesitaba hacer pis y comer, y se ocultaba para que los robots no lo matasen. La sorpresa fue cuando, poco a poco, descubre que todos los robots asesinos de humanos no eran otra cosa que humanos disfrazados de robot, tan aterrorizados por la idea de ser descubiertos, que actuaban como un robot más, y asesinaban sin dilación, y más agresivamente si cabe que lo que habría hecho una máquina, a todo humano que detectaban. El miedo a que no quedase clara la frialdad de hojalata de su corazón, les llevaba a matar con furor, casi apasionadamente.

Si todos hubiesen tirado de sus máscaras a la vez habrían visto que lo que tanto temían, y que les llevaba a atentar contra su propia naturaleza, no era real. No existía. Sólo había miedo. En el mundo pasa igual. Por temor a no pertenecer nos acoplamos a ideas, sentimientos y formas de actuar que, con sólo reflexionarlas un poco nos llevarían a comprender que no son nuestras. Vivimos con miedo y nos rodeamos de más miedo, y si el miedo comienza a diluirse, ahí están las noticias para recordarnos que no debemos confiarnos. Y sin embargo, estoy segura de que hay miles, millones de personas, que no están de acuerdo con lo que pasa, que no quieren guerras, que no entienden el marketing ridículo que nos rodea, ni la desvergüenza de los políticos, ni las hipocresías, ni las banalidades, ni muchas de las cosas que nos hacen sentir abatidos y tristes, que preferirían una vida menos artificial.

Hay mucha, mucha gente que hace cosas grandiosas, generosas, increíbles, valientes, que se entrega a los demás, y no salen en las noticias porque en los comités de dirección conviene más lo que asusta que lo que da esperanza… quizá de vez en cuando alguna… pero no en su dimensión real, no como para que se pueda ver que la gente que lucha por buenas causas es más y más fuerte. Saldrán antes en la tele, y más viralizados, los violentos que queman contenedores que los valientes que rescatan a la gente que rebusca en la basura. Y así, de alguna manera, caminamos pensando que somos los únicos que nos sentimos así, los únicos que sufrimos por lo que nos rodea y por el dolor ajeno, y no es así. Somos muchos, somos mayoría, somos humanos.

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