" />
ZOOM
GALERÍA
0 COMENTARIOS

Historia de una confusión

De la primera observación de Marte a los hombrecillos verdes

Un 5 de septiembre de 1877 Giovanni Schiaparelli estaba en Milán, mirando por su telescopio en el Observatorio Astronómico de Brera. Aquel era un día especial, el de la gran oposición, lo que haría que Marte estuviera realmente cerca de la Tierra. Era una buena oportunidad para hacer observaciones del planeta rojo, y eso es lo que Schiaparelli se proponía.

Después de dedicarle muchas horas a mirar a través de la lente, Schiaparelli afirmó que sobre la superficie marciana podían verse unos canales dobles, por los que quizá (por qué no), discurría o había discurrido el agua, igual que lo hace a través de los ríos.

La verdad es que hacía tiempo que Marte se prestaba a toda clase de especulaciones científicas y fantásticas, y como lo que se sabía del planeta era tan poco, resultaba muy fácil imaginar todo tipo de posibilidades como que estuviera habitada por curiosas civilizaciones.

Marte es uno de los planetas del Sistema Solar que se conocen desde la antigüedad, pero no fue hasta la invención del telescopio que fantasía y ciencia no comenzaron su gran idilio con el planeta rojo. A principios del siglo XVII Galileo lo observó por primera vez al telescopio. Unos años más tarde, Francesco Fontana y Niccolo Zuchi lograron observar algunas manchas oscuras sobre la superficie de planeta y realizan los primeros bosquejos de su geografía. La mancha resultó ser un defecto de la lente, pero conforme la óptica fue perfeccionándose comenzaron a observarse algunos elementos que atrajeron poderosamente la atención de los investigadores.

A mediados del siglo XVII, el astrónomo holandés Christiaan Huygens (que, por cierto, era amigo de Baruch Spinoza, el cual trabajaba para su familia puliendo las lentes para los telescopios), logra fabricar un telescopio de 50 aumentos y, a partir de ahí, telescopios cada vez más grandes y precisos. Fue con uno de ellos que Huygens logró vislumbrar una curiosa mancha sobre la superficie del planeta, a la que se llamó Horologium o «Reloj de arena», gracias a la cual pudo determinar su periodo de rotación. También descubrió una curiosa mancha negra en forma de «V», conocida como Syrtis Major. Hoy se sabe que el cráter que da forma al «Reloj de arena» es una señal de que la superficie del planeta estuvo cubierta de glaciares hace millones de años.

¿Hay vida allá afuera?

Poco antes de que Galileo pronunciara su famoso «Eppur si muove», el nolano Giordano Bruno se había atrevido a asegurar que la Tierra giraba alrededor del Sol, que el Universo era infinito, que las estrellas que observamos en el cielo eran soles como el nuestro y que, a su alrededor giraban otros planetas como la Tierra que, por qué no, podrían estar habitados.

El 17 de febrero de 1600 Bruno fue quemado en la hoguera por hereje. Sus atrevidas ideas acerca del Universo eran pecata minuta en comparación con sus opiniones teológicas, pero tuvieron su peso a la hora de sentenciarle a muerte. Su ejecución pública, aparte de una vengonzosa demostración de la estulticia y el miedo de la Iglesia ante los avances de la ciencia y pensamiento libre, supuso un freno para los investigadores de la época. No hay duda de que algo tuvo que influir en la decisión de Galileo de retractarse, especialmente después de que la inquisición no lograra que Bruno abjurase de una sola de sus afirmaciones, a pesar de 8 años de prisión y torturas. La Iglesia no estaba dispuesta a volver a quedar como la inepta dogmática que era, y muchos filósofos y científicos prefirieron mantener una estrategia más prudente.

Afortunadamente, la historia ha alumbrado gente con más amor por el conocimiento que por sus propias vidas, y visiones como la de Bruno se difundieron a pesar de las amenazas eclesiásticas y dogmáticas. Las obras de Giordano Bruno fueron, por ejemplo, algunas de las que unos años más tarde, ayudaron a forjar el pensamiento de Spinoza.

Igual que Bruno sostenía que

Hay un solo espacio general, una vasta inmensidad única a la que podemos llamar libremente vacío: en él están los orbes innumerables como éste en el que vivimos y crecemos, declaramos que este espacio es infinito, ya que ninguna razón, conveniencia, percepción sensorial ni naturaleza le asigna un límite»

Spinoza también criticaba que

Muchos filósofos se han creído que fuera del pequeño campo del globito terráqueo, donde ellos están, no existe ningún otro, puesto que ellos no lo observan»

La reflexión y el uso de la razón llevaron a muchas personas de todas las épocas a preguntarse si habría más gente ahí fuera, aunque muy pocos se atrevieron a decirlo en voz alta como Bruno o Spinoza. Sin embargo, cuando Huygens observó su reloj de arena sobre la rojiza superficie de Marte, inevitablemente la idea de la vida en otros planetas caló entre los científicos y filósofos, y algunos quisieron ver en las caprichosas formas marcianas algo más que geografía. Parece ser que el mismo Huygens, poco antes de morir (que era cuando se podían decir esas cosas sin demasiado miedo a las consecuencias), dijo que las señales observadas eran prueba de que había vida vegetal y animal en Marte, que estaría indudablemente adaptada a las frías temperaturas del planeta.

reloj-de-arenaEl reloj de arena de Marte.

El tiempo le ha dado la razón a Bruno y Spinoza en cuanto a la magnitud del Universo y la insensatez de los dogmas, y ha desmontado las ideas acerca de un planeta Marte poblado por algún tipo de vida similar a lo que comúnmente entendemos por vida. Aún así no deja de ser curioso ver cómo la posibilidad de observar el planeta rojo más de cerca acabó desembocando en la idea de los hombrecillos verdes.

Con un telescopio y mucha imaginación

Ahí tenemos a Huygens en 1659, mirando por su prodigioso telescopio, diseñado para eliminar las aberraciones de la lente, quizá con el recuerdo de alguna pasada conversación con su amigo Spinoza sobre la posibilidad de que no sea laTierra el único lugar habitado del Universo. Hoy estamos acostumbrados a ver imágenes de nuestro planeta desde el espacio, igual que del resto de planetas del Sistema Solar. Hemos pisado la Luna, recogido muestras y mirado debajo de cada una de sus piedras, y también en Marte, pero en aquellas épocas lo único que había era un telescopio sencillo y mucha, mucha imaginación. Ni siquiera había fotografías que enseñar en los congresos y analizar. El que quisiera ver el cielo, tenía que mirar él mismo por el telescopio.

Pocos años después de que Huygens divisara sus manchas, el astrónomo francés Jacques Philippe Maraldi, que era además sobrino de Cassini (descubridor de la gran mancha roja de Júpiter), se dedicó entre otras cosas a estudiar Marte desde el observatorio de París, que contaba con un telescopio de 10,4 metros. Estamos en el año 1672. Maraldi identificó una zona más clara que asoció inmediatamente a un casquete polar marciano, así como algunas otras zonas oscuras en diversas partes del planeta. Aprovechando las oposiciones de 1701 y 1719 pudo describir con cierto detalle algunas manchas antes indefinidas, y gracias a las variaciones de estas manchas pudo determinar con exactitud la rotación del planeta en 24 horas y 40 minutos.

Maraldi, sin embargo, creyó ver que algunas de las cosas que observaba no eran fijas, sino que variaban ligeramente; a veces las manchas eran más grandes y otras más pequeñas, y pensó que podía tratarse de nubes, pero sin querer entrar en mayores debates.

Nos adentramos ahora en el tiempo hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Friedrich Wilhelm Herschel abandona Alemania para trasladarse a Londres. Siguiendo la tradición familiar trabaja como organista y dando clases particulares de música. Así se ganó la vida durante varios años, al tiempo que comenzaba a crecer en él una curiosa afición por la astronomía, y comenzó a ahorrar para conseguir un buen telescopio.

Hasta aquel momento los telescopios que se había usado eran refractores (objetivo convexo y ocular cóncavo), pero llegados un punto, estos telescopios no podía aumentar más de tamaño sin producir graves aberraciones. Los telescopios llegaban a tener un largo tal que eran imposibles de manejar. Por suerte Isaac Newton decidió que, en lugar de tratar de resolver los complicados problemas de los dispositivos refractores, había que ir por otro camino, y trabajó en la fabricación de un telescopio reflector, con un juego de espejos que dirigían la luz hacia el tubo, donde la imagen captada podía ampliarse desde el ocular. Una de las ventajas de la idea de Newton es que permitía evitar las aberraciones cromáticas.

hershelAsí era el enorme telescopio construido por Herschel.

Herschel vio los problemas de manejo que presentaban los refractores, y después de alquilar un reflector decidió que ese era el que quería. Desde luego su precio no estaba en aquellos momentos al alcance de sus posibilidades, así que decidió fabricarse el suyo propio, con tan buenos resultados que llegó a obtener reflectores de hasta 2,7 metros, que empleaba para mirar al cielo desde el patio de su casa. Así fue como definió claramente los dos casquetes polares de Marte. Algún tiempo después construyó un telescopio monstruoso de más de 6 metros con el que gustaba especialmente de observar el planeta rojo, anotando todo lo que veía en un bloc. Una noche, mientras miraba el cielo con uno de sus telescopios más pequeños, vio algo sorprendente que cambió su vida: descubrió un nuevo planeta del Sistema Solar, el primero desde la época antigua. El planeta, que en un primer momento se llamó Georgium Sidus (la estrella de Jorge en honor al rey Jorge III, que le concedió una pensión vitalicia para dedicarse en exclusiva a la astronomía), acabó siendo conocida con el nombre de Urano. Sin duda un nombre que encaja mejor entre los dioses del cielo.

Aunque Urano consumió inevitablemente parte del tiempo de Herschel, todavía tuvo tiempo de regresar de vez en cuando a las vistas de Marte. Observaba y medía, observaba y medía, y gracias a esas mediciones se dio cuenta de que, como en la Tierra, el polo geográfico no coincidía con la zona más fría, y tenía igualmente cierta inclinación axial en su eje que, curiosamente, era casi como la nuestra. Por ende, Herschel pensó que las estaciones marcianas debían ser, también, como las terrestres (aunque más largas, eso sí).

No somos tan diferentes

Por primera vez el mundo se dio cuenta de las muchas similitudes que tenían la Tierra y Marte: el día duraba casi lo mismo, la inclinación del eje, los polos helados, el paso de las estaciones, montañas… ¿Qué impedía creer que el Sol calentaría periódicamente la atmósfera marciana y el deshielo de los polos haría crecer los ríos que, probablemente, había en su superficie? Marte es el planeta más cercano a la Tierra, y el trabajo de Herschel había ratificado la presencia fija de muchas estructuras, algunas ya observadas como el reloj de arena y otras muchas nuevas. Pero también se dio cuenta de que había otras cosas que no siempre eran iguales o no siempre estaban ahí. Había movimiento. Quizá la supuesta densidad de su atmósfera tuviera algo que ver, pero Herschel no tardó en demostrar que la atmósfera marciana era mucho más liviana de lo que supuso Cassini años atrás. Había atmósfera, pero no densa, sino quizá más parecida a la nuestra, y era la causante de las variaciones observadas en algunas de las formaciones del planeta, como también sospechó Maraldi.

La curiosa conclusión dada por Herschel en su publicación “On the remarkable Appearances at the Polar Regions of the Planet Mars, the Inclination of its Axis, the Position of its Poles, and its spheroidical Figure; with a few Hints relating to its real Diameter and Atmosphere”, menciona que los habitantes de Marte vivían en unas condiciones muy similares a las nuestras, aunque quizá más secas, debido a la pequeña extensión de sus mares, que apenas llegaban al 25% de la superficie del planeta. En cierto modo no se equivocaba sobre la sequedad de Marte, pero eso no lo supimos hasta muchos años después.

Mapas

Marte fue el foco principal de atención de muchos astrónomos y de la sociedad, que no dudaba en especular sobre cómo serían los habitantes del planeta vecino, así como sus ciudades, ciencia e industria. Como todavía los hermanos Wright no le habían dado alas a la idea de volar, especular con la posibilidad de ir hasta allí o que ellos vinieran era poco más que una loca ensoñación. El relevo de Herschel en el estudio de Marte lo toma Johann Hieronymus Schroeter, un astrónomo alemán adicto a la compra de telescopios. Logró probar las variaciones atmosféricas del planeta rojo, pero se le fue un poco de las manos, y llegó a creer que todo lo que se veía de Marte eran, únicamente, nubes, nunca parte de su superficie.

La irrupción de las guerras napoleónicas supuso un tremendo golpe para Schroeter, que vio cómo los soldados franceses destruían sus telescopios y relojes, y metía fuego a sus escritos. Aunque casi todo lo relativo a Marte se salvó, estos trabajos no se dieron a conocer hasta 1873. A la muerte de Schroeter su familia paralizó la publicación de sus dibujos y textos, hasta que un joven aficionado a Marte, François Terby, dio con el rastro de uno de los sobrinos de Schroeter y, por consiguiente, de sus manuscritos. Consiguió reunirlos y publicarlos en 1881. Para entonces sus observaciones no aportaban ya nada nuevo a lo que se conocía de Marte, pero sus dibujos resultaban tremendamente valiosos porque, aunque pensaba que todo lo que veía eran nubes móviles, representó fielmente los elementos fijos de su geografía. Quizá no pudiera explicar por qué había manchas que eran siempre iguales, pero estaba claro que los prejuicios no influyeron en sus descripciones gráficas.

La mayor capacidad de los telescopios y las correcciones ópticas permitieron acercarse con más definición al planeta rojo. Proliferaban las descripciones de manchas, nubes, colores  y accidentes geográficos; a partir de ahí quedaba un importante trabajo por hacer, que era el de dibujar un mapa de Marte. Entramos en la época de la geografía. En 1830 Wilhelm Beer y Johan Heinrich Mädler emplean un telescopio refractor con objetivo acromático y comienzan el proceso de establecer los meridianos y paralelos del planeta, y a colocar de forma precisa todos los relieves y datos observados hasta la fecha. Su mapa se publicaría en 1840.

Perdidos en la traducción

Angelo Secchi era jesuita y director del Observatorio del Colegio Romano. En 1858 usó por primera vez una palabra italiana para describir una parte del reloj de arena, pensando que si Marte y la Tierra eran tan parecidos, bien podía establecer la misma separación entre hemisferios norte y sur, y la denomina «canale atlantico». El problema estaba en el empleo de la palabra «canale», que en la traducción al inglés pasó de referirse a canalizaciones naturales de agua como son los ríos, a canalizaciones artificiales creadas por «alguien». Secchi estaba convencido de que algunos de los brillos que observaba en la distancia eran mares y agua. Muchos de los observadores que vinieron después como es el caso de Norman Lockyer, estaban convencidos de que los tonos verdosos eran los mares, y los más rojizos la tierra firme, por lo que la idea de que Marte y la Tierra eran muy similares estaba prácticamente generalizada en buena parte de la comunidad científica.

mapa-de-marte-por-schiaparelli-en-1877Mapa de Shiaparelli de 1877.

El geólogo de Oxford John Phillips era de los pocos que dudaba de que lo que estaban viendo fuera agua, y planteó que si realmente era así, debía observarse la reflexión especular del Sol sobre la superficie de aquellos mares. No era así, obviamente, pero durante muchos años a partir de entonces los científicos determinaban todavía el lugar exacto donde debía verse ese reflejo como si estuviera allí, a pesar de que nunca nadie lo vio. Así de convencidos estaban de que debía ser agua. En 1865 el francés Emmanuel Liais dijo, desde el Observatorio Imperial de Río de Janeiro, que lo que se creía agua no era tal, sino vegetación, y por eso no se veía los reflejos del Sol. No le hicieron demasiado caso.

Así es que, volviendo al principio de este artículo, un 5 de septiembre de 1877, Giovanni Schiaparelli estaba Milán, mirando por su telescopio en el Observatorio Astronómico de Brera, cuando se dio cuenta de que algunos de los «canale» de los que hablaba Secchi (italiano como él) eran dobles. Denominó el fenómeno «germinación», y a lo largo de los años llegó a descubrir sobre la superficie de Marte más de 20 casos. El descubrimiento de Schiaparelli extendió como un reguero de pólvora la idea de que Marte no sólo era como la Tierra, no sólo albergaba vida, sino que esa vida era lo suficientemente inteligente como para haber construido canales de gran complejidad. Las ganas y la imaginación hicieron el resto.

En la revista «Madrid Científico» llegaron a publicarse diversos artículos a finales del siglo XIX dando por sentado que Marte tenía tanto vegetación como vida inteligente. En el número 174 (1898) un artículo se refiere al descubrimiento de los canales de Schiaparelli y dice:

Aquellas líneas son, ni más ni menos, que grandes canales de riego, que cruzan en una y otra dirección la superficie del planeta, utilizando de este modo el líquido depositado en los mares y lagos. Sólo ocurre la dificultad de que, si las aguas de los mares de Marte son saladas como la de los nuestros, no son muy a propósito para regar los campos. ¡Lastima que no sepamos aprovecharnos más del ejemplo que nos dan nuestros vecinos, imitando en la Tierra un sistema tan beneficioso como la canalización de las aguas de nuestros ríos y estanques naturales»

La idea era tremendamente tentadora. En pleno auge de la ciencia, nada podía resultar más atrayente que contradecir tan notoriamente la palabra de las Sagradas Escrituras sobre la creación. Algunos de ellos volcaron su vida a partir de entonces en demostrar como fuera la existencia de esa vida inteligente en Marte. Fue el caso de Percival Lowell, un astrónomo enormemente emocionado de pensar en los marcianos. Escribió tres libros entre 1895 y 1908 planteando sus ideas al respecto, de donde surge ya la primera imagen de los «hombrecillos de Marte». Fundamentalmente defendía que los canales de Schiaparelli eran auténticas y magníficas obras de ingeniería hidráulica. Aquello era demasiado.

Para entonces la teoría de John Phillips se había tomado en serio, y después de comprobar que «jamás se ha visto tal fenómeno a pesar de las constantes observaciones que sobre Marte se verifican» (Madrid Científico, nº 175), comenzó a calar más fuerte la creencia de que no había agua en Marte, al menos no como mares, ríos y lagos. Lowell no tenía mucho que hacer, salvo en el mundo de la ciencia ficción. Inspirado sin duda por todas las elucubraciones de la época (en especial las de Lowell), Edgar Rice Burroughs comenzó a escribir en 1912 una extensa serie de relatos sobre Marte, protagonizadas por su versión marciana de Tarzán, John Carter; en otros mencionaba ya a los marcianos como seres de color verde.

Marte no tendrá agua, pero sí mucho cuento

Rice Burroughs fue prolífico en la creación literaria sobre Marte, y ya puestos también sobre la Luna y Venus. Pocos años después una desconocida mujer dio un nuevo impulso a la ciencia ficción publicando relatos sobre Marte en la revista Planet Stories, fundada en 1955. Hablamos de Leigh Douglas Brackett. Por si alguien no la ubica que mire los títulos de crédito de Star Wars: el Imperio contraataca, y verá su nombre junto al de Lawrence Kasdan como guionista.

Estos fueron, quizá, los tiempos dorados de las historias de marcianos. Brackett fue una de las firmas más prolíficas de Planet Stories, la otra era Ray Bradbury con la serie «Crónicas marcianas». Pero no se puede olvidar que aquí también escribieron Isaac Asimov, Philip K. Dick y Clifford D. Simak.

A partir de que la aviación cobró importancia y se demostró que un objeto más pesado que el aire podía volar, se empezó a creer en la posibilidad de ir al espacio, pero hacía algún tiempo que se había empezado a fantasear con ello. Mucho se ha hablado de Julio Verne como visionario. Él publicó «De la Tierra a la Luna» en 1870. En 1902 George Méliès presentó «Viaje a la Luna», y el 1903 los hermanos Wright hicieron su primer vuelo en avión.

La juventud de la época de Planet Stories se alimentaba ansiosamente de ciencia ficción. Eran, posiblemente, los relatos más buscados y las noticias más estremecedoras. Recordemos que fue allá por 1947 cuando un piloto norteamericano, llamado Kenneth Arnold, describió por primera vez una curiosa visión sobre el cielo de Washington, visión que los medios bautizaron como «platillo volante». De pronto habíamos pasado de imaginar Marte como un planeta similar al nuestro, habitado por gente más o menos como nosotros, a pensar en el planeta como una posible amenaza a nuestra seguridad. Si el planeta rojo está habitado por seres inteligentes y encima carecen de agua, ¿no podrían usar su tecnología para venir a quitarnos nuestros recursos?, ¿invadir nuestro planeta?, ¿abusar de nuestras mujeres?

En 1898, cuando eso de volar era todavía imposible, H.G. Wells publicó «La guerra de los mundos». Sus marcianos eran terroríficos seres de grandes cabezas y tentáculos, sin emociones ni sentimientos como los humanos. Pero como la esperanza también exige su espacio, en 1934 se publicaron una serie de historias en las que el mismísimo Edison dirigía a los terrícolas en una ofensiva para conquistar Marte.

Aquello no comenzó a dar miedo hasta que Orson Welles hizo su adaptación para radio de «La guerra de los mundos» en 1938, provocando el pánico en Nueva York y Nueva Jersey. La película llegaría en 1953. De alguna forma el ambiente era ya un buen caldo de cultivo para alimentar la creencia de una amenaza extraterrestre.

En 1962 se popularizó un juego coleccionable de cromos lanzado por Topps. Se llamaba Mars Attacks, y contaban una truculenta historia de unos malvados y verdosos marcianos que invaden la Tierra (conspiración del Gobierno incluida), historia no exenta de escenas muy gore y bastante macabras, con altas dosis sexo, lo que las convirtió en un verdadero fenómeno para los niños. Claro está que no duraron mucho tiempo en el mercado, debido a acaloradas protestas sobre lo adecuado de aquellos contenidos. En la década de los 80 hubo una reedición, pero los ejemplares de los 60 son hoy verdaderas joyas de colección que se pagan a precio de oro. Que nadie se sorprenda de encontrar cierto aire familiar entre los marcianos de Topps y los de Tim Burton en 1996.

mars-attacks-12Definitivamente no era un contenido apto para todos los públicos.

No se sabe a ciencia cierta por qué se llegó a identificar a los marcianos con hombrecillos verdes. Algunos estudiosos de la mitología y los relatos antiguos han sido capaces de encontrar referencias a niños o seres verdes provenientes de otros mundos. En esos casos los «otros mundos» son una forma vaga de referirse al mundo de las hadas o algún fantástico y mágico país, pero de alguna forma la idea estaba en el inconsciente. Como idea, «los hombrecillos verdes» expresan la creencia en seres de corte fantástico y extraño, por eso quizá, cualquiera que en adelante jugara a mantener una conversación sobre marcianos, podía perfectamente acabar diciendo que aquello era como hablar de hombrecillos verdes.

Si Schiaparelli levantara la cabeza…

No comments yet.

Deja un comentario