Aviso: peligro de conformidad
ZOOM
GALERÍA
0 COMENTARIOS

Hay muchos factores implicados en la creación de nuestro sistema de creencias, y muy pocos provienen de nuestra propia reflexión

El peligro de no pensar por uno mismo

No es necesario irse muy lejos. Incluso los medios que más presumen de libertad de prensa cuentan con condicionantes económicos, cierta dependencia de sus sponsors que, en un momento determinado podría (este condicional actúa como presunción de inocencia mientras no se demuestre lo contrario) ponerles en la disyuntiva de elegir entre dar la noticia como es o darla como el anunciante quiere. Si hablamos de libertad de acción o de expresión, la verdad es que no tenemos que pasar un fin de semana en casa de nuestros padres (o de los suegros) para saborear en nuestras carnes la sensación de privación de libertad, tanto para hacer como para decir. Sin embargo, pensar es otra cosa, porque independientemente de que podamos hacer o decir, nadie puede impedirnos pensar lo que queramos. O, al menos, eso es lo que creemos. La verdad es muy distinta.

El funcionamiento de nuestro cerebro ya es, de por sí, engañoso. El estudio de las ilusiones ópticas y de percepción son sólo un ejemplo de esto. Tampoco podemos fiarnos mucho de nuestras primeras impresiones, ni de otros mecanismos psicológicos que tienen sentido en determinadas circunstancias pero que no han sido actualizadas evolutivamente desde hace mucho tiempo. Nuestro sistema de creencias (religiosas, políticas, artísticas, sociales o personales) se basa en miles de factores, algunos de los cuales son, simplemente perceptivos, a pesar de que sabemos que no podemos otorgarles mucha credibilidad. Otros están sometidos a prejuicios o a las valoraciones de otros, y delegamos nuestras decisiones ante ciertos eventos en el poder del número (“es que hay mucha gente que lo cree”). A pesar de todo esto, seguimos creyendo que somos los únicos responsables de nuestro pensamiento. Pero no, no lo somos.

La mala noticia es que, a pesar de que todo el mundo desea siempre mejorar, nadie quiere cambiar, porque cambiar supone un esfuerzo (ya sea físico o mental) que a la hora de la verdad pocos quieren realizar. Que nos digan lo que tenemos que pensar es mucho más cómodo que reflexionar e investigar sobre cada cuestión antes de posicionarnos sobre ella, y si nos lo envuelven en la creencia de que la idea ha sido nuestra, la posibilidad de que eche profundas y gruesas raíces en nuestra psique es extremadamente alta. La buena noticia es que, a pesar de todos los condicionantes, lo cómodo que es que te lo den todo hecho (incluso las ideas) y de los mensajes mediáticos que buscan decantar nuestra opinión, la última palabra está únicamente en nuestras manos.

DÉJATE LLEVAR

En 1951, el doctor Solomon Asch realizó un experimento que demostraba lo fácil que podía ser inducir al error a una persona. Bautizado como “experimento Asch”, el estudio consistió en proponer a un grupo de estudiantes una prueba de visión, en la que se les mostraban dos cartas. En una de ellas había una línea. En la otra carta, tres. A los participantes se les pedía que mirasen ambas cartas y señalasen la línea, en la segunda carta, que coincidía en tamaño con la línea de la primera carta. Todo el grupo de estudiantes, menos una persona, estaban compinchados para dar respuestas erróneas. Aunque la respuesta correcta era, en principio, bastante evidente, en un porcentaje bastante significativo el sujeto del experimento, después de varias rondas de cartas en las que él señalaba la respuesta acertada y los demás la errónea, acababa cediendo a la presión y eligiendo una línea incorrecta.

Imagen de las cartas usadas en el experimento Asch.Imagen de las cartas usadas en el experimento Asch.

Inspirado por Asch, en 1961 Stanley Milgram realiza otro experimento. Milgram solicitó voluntarios para un estudio sobre la memoria y el aprendizaje (la sinceridad no es el fuerte de estos experimentos, por lo que vemos), y selecciona personas de diverso nivel educativo y edades comprendidas entre los 20 y los 50 años. En cada experiencia contaba con dos sujetos, uno de ellos, cómplice de Milgram, actuaba en el rol de alumno. Al otro se le daba el rol de maestro. El alumno era atado ante los ojos del maestro, en una sala contigua, a una especie de silla eléctrica donde se le conectaban unos electrodos. El maestro tenía que mostrar pares de palabras al alumno, y el alumno debía responder adecuadamente las correspondencias cuando el maestro le preguntara. En caso de fallar (lo más seguro porque el experimento iba justo de eso), tenía que aplicar una descarga inicial del 15 voltios. Si se producía un nuevo fallo, la descarga era del doble, así hasta 30 niveles, lo que suponía un total de 450 voltios. Una descarga final que podía causar la muerte. Claro que hasta llegar ahí, el dolor y la agonía habrían sido realmente horribles. Antes de eso, maestro y alumno había probado de verdad en sus carnes lo que suponía una descarga de 45 voltios. Salvo aquella primera “chispa” de prueba, el alumno no recibiría realmente las descargas, pero de acuerdo con Milgram escenificaba los síntomas correspondientes a cada grado de descarga.

Conforme el alumno iba fallando y recibiendo las (supuestas) descargas, el maestro comenzaba (por fin) a cuestionarse la necesidad de seguir con aquello. En ese momento, Milgram les “ordenaba” que continuasen y, sorprendentemente, el 65% de los participantes, continuaron hasta el final: el 450 mortal. Y eso que desde la descarga de 300 voltios el alumno había dejado de contestar a las preguntas del maestro (¿estaría vivo?, ¿en shock?, ¿necesitaría ayuda?) y, antes, los gritos de dolor y agonía se habían repetido una y otra vez, así como los que pedían desesperadamente que le liberaran. En el 100% llegaron a 300 voltios. En el 65% de los casos no hubo piedad. 

Hace unos años, en 2009, las televisiones suiza y francesa realizaron una versión más moderna del experimento de Milgram en forma de un concurso televisivo llamado “La zona extrema” (“La zone xtrême” en el original francés). El maestro ahora era un concursante, el alumno un actor, y el papel de Milgram lo hacía una conocida presentadora de la televisión. El laboratorio tenía el aspecto de un plató de televisión con cámaras, regidores y público. Siguiendo el mismo patrón que casi 50 años antes, los resultados en esta ocasión fueron diferentes. En esta ocasión, el 81% terminó la cadena de descargas hasta apretar el último botón; el de los fatídicos 450 voltios.

DELEGAR LA PROPIA RESPONSABILIDAD ES ALTAMENTE PELIGROSO

Cuando Milgram y su equipo idearon el experimento, nunca pensaron que los resultados serían tan altos. De hecho, estaban convencidos de que en cuanto el alumno comenzara a mostrar dolor, el maestro detendría el “juego”. No fue así. De hecho, constataba tal vez uno de los temores de Milgram: los peligros de la obediencia ciega. Algo que había observado pocos meses antes de organizar el experimento. En julio de 1961 tuvo lugar el juicio de Adolf Eichmann por crímenes contra la humanidad en la Alemania nazi. De hecho, fue el responsable directo de la ejecución de la Solución final contra los judíos del régimen nazi. Durante el juicio, Eichmann, un tipo que antes de la guerra era un común ciudadano sin nada contra los judíos, alegaba continuamente que él sólo obedecía órdenes. Lo mismo que hicieron los maestros en los experimento, someterse a la autoridad y delegar la responsabilidad de sus acciones sobre otros, aún a costa de la muerte de un ser humano. La inquietud que surgió entonces en Milgram fue saber cómo, una persona normal, una persona cualquiera, puede llegar a convertirse en un asesino en masa sólo por obedecer órdenes. ¿Es realmente posible que alguien, sin tendencias psicopáticas previas, acabe con la vida de otra persona o le cause daño voluntariamente sin sentirse responsable por ello? Tal vez pienses que tú no lo harías. Los maestros que pulsaron la descarga de 450 voltios pensaban lo mismo antes de enfrentarse al experimento.

Obediencia ciega

Obediencia ciegaEn los juicios de Nuremberg, algunos de los acusados de los crímenes más atroces alegaron que, simplemente, obedecían órdenes. En los experimentos de Milgram se demostró que, realmente, cualquiera de nosotros podría haber llegado a actuar de la misma manera. El peligro de la obediencia ciega es la falta de responsabilidad que conlleva.

El experimento dejó claro que la respuesta a esta pregunta era que sí. Pero las razones profundas de esto son las que pueden. Afirmar que la causa es, sencillamente, que el ser humano es malvado por naturaleza, resulta demasiado simplista y superficial; lo peor de esta respuesta es que hace lo mismo que los sujetos del experimento de Milgram, eludir la responsabilidad personal y volcarla sobre otra cosa, en este caso sobre una de las excusas más viejas del mundo: “es así y no se puede cambiar”.

En palabras del propio Milgram: “La ironía es que las virtudes de lealtad, de disciplina de sacrificio, tan altamente apreciadas en el plano individual, son las mismas que conducen a las personas a crear en el plano de la colectividad organizada verdaderas empresas de destrucción… En su mayoría la gente hace todo lo que se le ordena sin tener en cuenta la índole del acto prescrito y sin que su conciencia constituya un freno cuando la orden parece emanar de una autoridad legítima”.

Los estudios de Milgram y Asch se conocen por tratar los peligros de la obediencia ciega y la conformidad a la mayoría. Si se rasca un poco más lo que encontraremos será algo más directo, y que nos responsabiliza directamente de nuestra decisiones y acciones: Los peligros de no pensar por uno mismo. Esa conciencia de la que habló Milgram no es algo que tengan algunas personas y otras no. Se puede desarrollar. Pero hay que querer. Cuando se cae en la comodidad de dejar que sean la obediencia ciega y la conformidad las que se responsabilicen de nuestros actos, el mayor de todos los peligros es el de convertirse en una masa inconsciente y peligrosa.

En “La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social” (1977), Elisabeth Noelle-Neumann daba otra vuelta de tuerca a los planteamientos de Asch y Milgram. En una época en la que los medios de comunicación de masas (principalmente la televisión) habían demostrado ya su capacidad de generar e inferir en la opinión pública, Noelle-Neumann plantea la idea de que las personas adaptan su comportamiento sobre lo que es correcto y lo que no a lo que se percibe como la actitud predominante por miedo a quedar aislados, fuera del conjunto. Las opiniones, desde este punto de vista, funcionan por “contagio”. Los medios de comunicación contribuirían entonces a una mayor propagación y penetración de las opiniones.

Imagen de dominio público. Wikimedia Commons.

La espiral de silencio no es una teoría, sino la explicación de un mecanismo psicológico humano que afecta a todos los humanos. Cuando una idea se presenta como mayoritariamente aceptada por la opinión pública, el miedo a estar fuera del conjunto hace que se guarde silencio aunque internamente no se esté de acuerdo. Al no haber fuerza de resistencia, la idea se hace más fuerte, al igual que el silencio.

Si pretendemos averiguar qué es y qué profundidad tiene la opinión pública, nos podemos encontrar algunas sorpresas. Por un lado, como “pensamiento o tendencia ampliamente aceptada por la mayoría de la sociedad” cabría preguntarse si eso, en el mundo en el que vivimos, es posible. Primero porque para formarse una opinión hay, antes, que informarse. Informarse es una actitud activa, no pasiva. Los grupos de interés van, evidentemente, a proporcionar al público la información en la cantidad, modo y lenguaje que ayuden a su propósito. Si la persona no se toma el trabajo de informarse adecuada y desprejuiciadamente, lo más probable es que se adhiera, inconscientemente, a la postura que menos complicaciones le reporte en ese momento, y se acoja a la comodidad del número. De alguna manera, el hecho de que exista una mayoría que defiende algo nos evita el trabajo de tener que revisar nosotros los planteamientos. A las mayorías se les suele otorgar una injustificada tendencia a tener razón. La historia ha demostrado miles de veces que, por mucha gente que asegure que la Tierra es plana, eso no hará jamás que el planeta se contraiga y estire hasta convertirse en una figura bidimensional. Sin embargo, psicológicamente, seguimos acomodándonos al número más grande.

Aparte de las conclusiones particulares que se puedan extraer de las investigaciones de Asch, Milgram y Noelle-Neumann, hay otra relacionada con una característica psicológica del ser humano: la acomodación del pensamiento. Básicamente, es más fácil dejarse llevar por el número o por la autoridad o por los medios, que pararnos en seco antes de nada y plantearnos qué es lo que realmente creemos nosotros y si estamos dispuestos a arriesgarnos para defenderlo.

TE HACEMOS LA VIDA MÁS FÁCIL

El salto del quinqué a las luz eléctrica fue, sin duda, un salto cualitativo. También el paso de lavar en el río a usar lavadora. Ni que decir tiene de los paños a las compresas, ahora con alas. Cosas que han logrado hacer nuestra vida algo más sencilla y cómoda. Con el tiempo, la idea de “hacer la vida más fácil” se ha convertido en un leitmotiv para buena parte del mundo, tanto para los usuarios como para las empresas. Ahorrar tiempo, dinero y esfuerzo (sin ahondar en para qué se quiere ahorrar ese tiempo, ese dinero y ese esfuerzo) no sólo se ha convertido en una fantasía personal, también es el slogan con el que se venden todo tipo de servicios y productos.

Desde hace siglos, el ser humano viene imaginando un mundo en el que las máquinas hagan por él los trabajos más pesados, peligrosos y rutinarios. De ahí se ha pasado a buscar la forma de que las máquinas hagan también por nosotros las cosas que no nos gustan, las que nos cuestan trabajo, las que requieren nuestra atención, las que nos obligan a memorizar, las que nos fuerzan a pensar, a caminar, a hacer colas, a tratar personalmente con un funcionario (o con un cliente). Hacer que las cosas sean más fáciles no debería ser un problema a menos que la obtención de esas facilidades se haga a costa de nuestra habilidades cognitivas. Dicho de otro modo, que nos vuelva lelos.

Botón Easy. Imagen proveniente de Wikimedia Commons. Autor: YskyflyerBotón Easy. Imagen proveniente de Wikimedia Commons. Autor: Yskyflyer

Antes de la irrupción de Internet en nuestras vidas las críticas se disparaban contra la televisión, cuyo nombre popular era “caja tonta”. Después, numerosos estudios, artículos, comentarios y demás dedos acusadores han cambiado el tercio y lo que se afirma ahora, siguiendo la estela marcada por Nicholas Carr, es que “Internet nos vuelve más tontos”. Pero que no se lo tomen a mal los internautas. También hay estudios que afirman que nos vuelve más tontos usar videojuegos, teléfonos inteligentes, comprar por Internet, el “guasap” y leer algún que otro agregador. Es como si las cosas tuvieran una especie de poder mágico que, si las tocas, te vuelven idiota. Planteado así es una barbaridad, pero es lo que anuncian los titulares. La pregunta entonces es, ¿son las cosas o somos nosotros?

Para acercarnos un poco a la posible respuesta estuvimos hablando con Carlos González Tardón, psicólogo y fundador de People & Videogames, para preguntarle sobre estas cuestiones. Según explica González Tardón, “Realmente toda interactuación nos cambia como personas y por lo tanto a nuestro cerebro. Nosotros somos animales potenciales, con un cierto grado de habilidades prefijadas en el nacimiento pero que son necesarias potenciar a través de nuestro ambiente. Lógicamente no somos animales infinitos, por lo que si reforzamos un área se debe compensar con un menor desarrollo de otras”.

En cuanto a la pregunta de si, ciertamente, existe en el ser humano una tendencia a buscar lo más cómodo, González Tardón explica que “Sin duda existe una tendencia a la automatización y la optimización de recursos, como en todos los animales, lo que pasa que hay veces que nos dejamos caer en la comodidad más que en la optimización”. Ahora bien, independientemente de que existen cosas que nos facilitan, realmente, la vida, la posibilidad de que un elemento de ayuda acabe perjudicando nuestras capacidades cognitivas dependerá de si esas cosas nos permitirán acceder a otras o no. “Uno de los efectos importantes de la segunda revolución industrial que fue la de la automatización es que el ser humano se ve liberado de las cargas más pesadas y repetitivas del trabajo, con la consiguiente liberación de recursos que teóricamente deben ser utilizados para el desarrollo de actividades creativas, investigadoras y similares con el fin de mejorar y hacerle evolucionar. Pero si es por pura comodidad puede llevar a no desarrollar todo el potencial dejando a la persona peor preparada para encarar los retos que se va a encontrar”, comenta González Tardón.

LA TECNOLOGÍA ES UNA HERRAMIENTA QUE HAY QUE SABER USAR

La forma de evitar que las personas usen la tecnología y se vuelvan idiotas por ello sería, primero, tener en cuenta que “la tecnología es una herramienta”, y que “también hay que tener cierto control sobre ella. Saber qué y cómo hacen las cosas más sencillas puede ser una buena aptitud” De esa manera, la tecnología logrará liberar recursos que luego “tendrán que ser explotados en otras áreas, no sencillamente perdidos”. Así, “una calculadora te libera de los cálculos, pero no te dice qué cálculos hay que hacer, así que los problemas de matemáticas los resuelve la persona y luego los ejecuta la calculadora, así que si no entiendes la estructura racional detrás de esos cálculos nunca lo podrás hacer. La calculadora vuelve a ser una herramienta, no un sustituto del trabajo racional humano”.

En un experimento conjunto llevado a cabo por investigadores de las universidades de Harvard, Columbia y Wisconsin (1) se hizo lo siguiente. Se pidió a un grupo de voluntarios que copiasen en un ordenador 40 datos o hechos curiosos, por ejemplo: “David Bowie tiene los ojos de diferente color, igual que los tenía Aristóteles”. También se les pidió que tratasen de recordar la información. A la mitad de los voluntarios se les dijo que el ordenador guardaría su trabajo y, a la otra mitad, que el trabajo se borraría. ¿Podríamos adivinar cuál de los dos grupos tendrá más fallos y cuál más aciertos al ser interrogado sobre sus trabajos? Claro. Los que creían que el ordenador guardaría la información se molestaron menos en tratar de memorizar. Los que pensaban que todo su esfuerzo quedaría borrado de la memoria del ordenador, se esforzaron en tratar de guardarlos en su propia memoria. El experimento trataba de demostrar hasta qué punto Internet estaba suplantando a amigos y socios para recordar temas recientes pero, lo cierto, es que el pobre ordenador aquí no pintaba nada, e Internet tampoco. Lo que demostró más bien fue que si creemos que otro hará nuestro trabajo, no nos molestaremos en hacerlo nosotros. Es lo que en teoría organizacional se resume en el cuento de “Todos, alguno, cualquiera y ninguno”.

Entonces, ¿nos vuelve Internet más tontos o no? Volviendo al antes mencionado Nicholas Carr, autor de dicha afirmación, resulta que no sólo Internet nos volvería más tontos, también las calculadoras, los GPS, las agendas digitales, guardar los teléfonos en el móvil o tirar de Wikipedia cada vez que queramos saber algo. ¿Por qué? Porque al disponer de una herramienta que podía hacerlo por nosotros, y por la tendencia entrópica a la comodidad del ser humano, hemos dejado de hacer cálculos mentales, hemos perdido la habilidad de orientarnos por no ejercitarla, hemos dejado de memorizar los números de teléfono de nuestros contactos, ya no profundizamos en los temas que nos interesan y, encima, sentimos que nuestra vida se acaba cuando nos quedamos sin red, como si hubiésemos traspasado nuestra razón de ser al objeto, en lugar de a la vida en sí. Carr llegó a decir en la BBC que “se ha demostrado que la tecnología, y específicamente la Red, provocan efectos a largo plazo sobre la mente y alteran la habilidad de llevar a cabo ciertas tareas”. No es la tecnología, es el ser humano.  

Autor: Matthew Bowden (www.digitallyrefreshing.com)

El lenguaje tiene una característica en la que pocas veces reparamos. Cada palabra es el “símbolo” de una idea. Por lo tanto, nuestras expresiones conllevan una serie de ideas que se transmiten, muchas veces de manera inconsciente, a nuestros interlocutores. Si decimos que “Internet (o la calculadora, o el móvil, o la agenda, o el videojuego) nos vuelve tontos” estamos otorgando a un objeto capacidades que sólo tienen las personas. Es como afirmar que los videojuegos son los responsables de algunos crímenes violentos. Pero son las personas, y no los objetos, las que empuñan las armas, las que golpean, las que pierden el control, las que prefieren dejarse llevar por los impulsos que aprender a manejarlos.

Usar Internet (o la calculadora, o el móvil, o la agenda, o el videojuego) no nos vuelve tontos. Lo que sí que nos puede volver tontos, pero de remate, es declinar todo esfuerzo personal sólo porque hay un chisme que lo puede hacer por nosotros. La solución no consiste en dejar de usarlo, sino en no dejar de ejercitar el coco. Mr. Carr, sería más acertado decir que es el mal uso que las personas hacen de las cosas es lo que puede provocarles efectos a largo (o corto) plazo sobre la mente y su habilidad para llevar a cabo ciertas tareas o tomar decisiones. Afortunadamente, cuando el problema está en las personas, también lo está la solución.

Sin embargo, la opinión no deja de ser una consideración subjetiva acerca de algo, basada en muchas variantes como las propias experiencias y temores, los deseos particulares y la exclusiva forma de cada uno de entender y asumir las cosas que le pasan. La opinión no es la verdad. Es, justamente, lo que hay cuando no se sabe la verdad.

ERES LIBRE, ¡ELIGE!

Hace unos años circuló por Internet un pequeño texto proveniente de una columna del diario “El Colombiano”, escrito por Ana Cristina Aristizábal Uribe, directora de la Biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana, además de comunicadora social especializada en Ética y con un máster en Filosofía. El título del mismo era “Cómo anular a una persona”. En la primera línea decía lo siguiente: “El peor daño que se le hace a una persona es darle todo. Quien quiera anular a otro solo tiene que evitarle el esfuerzo, impedirle que trabaje, que proponga, que se enfrente a los problemas (o posibilidades) de cada día, que tenga que resolver dificultades”. Aunque el artículo no estaba referido específicamente a las nuevas tecnologías, lo que expresaba era perfectamente aplicable a las circunstancia antes mencionadas. Así que nos dirigimos a ella y le preguntamos directamente por la asociación Tecnología + Comodidad. En su opinión, aunque muchas de las llamadas nuevas tecnologías nos permiten, sin duda, agilizar muchas tareas, lo que le preocupa es que “muchas tareas humanas, como la capacidad de pensar o decidir, se deleguen en las máquinas”. Además de la “tiranía de los sistemas que, cuando se caen o bloquean, ponen en jaque el desarrollo cotidiano de la vida humana”.

El peor daño que se puede causar a otro es darle todo hecho

Ante esto, Aristizábal declara que tanto el sistema educativo como los contenidos mediáticos tienen hoy la posibilidad de aportar soluciones para no caer en la comodidad de dejarnos anular o dejarnos pensar. “No podemos seguir formando seres humanos incapaces de responder por lo que hacen y señalando a otros como culpables o responsables; hay que desarrollar la capacidad de conciencia y pensamiento que nos permita vislumbrar las consecuencias de nuestras decisiones”.

Y es que para que exista libertad de decisión real, antes es necesario disponer de información veraz. Para ser sinceros, eso no es tan fácil, y menos en Internet. Escribe (2) Michael Fertik, fundador y director general de Reputation.com: “Imagine usted una Internet desde la que manos invisibles se ocupen de cuanto ocurre en su vida. Una Red en la que son terceros quienes predeterminan las noticias, los productos y los precios que va usted a ver, e incluso a las personas a las que va a conocer. Un mundo en el que usted se cree que goza de albedrío, pero donde, en realidad, sus opciones están limitadas y filtradas hasta que lo único que le hayan dejado sea la mera ilusión de que es usted quien tiene el control”.

La libertad es, en muchos aspectos, la gran falacia de nuestro tiempo. Si saliésemos a pie de calle con un micro en la mano a preguntar a la gente qué es la libertad, no nos sorprendería encontrar respuestas como “poder hacer lo que quieras cuando quieras”, “no tener ataduras”, “que nadie te diga lo que tienes que hacer”, “levantarte a la hora que quieras”, “hacer lo que me dé la gana”. Ahora bien. Imagina que quieres ser médico o bailarín. Para llegar a ser eso que quieres, tendrás que dejar de hacer otras cosas que, posiblemente, también quieras hacer, como irte de juerga la noche antes de un examen o ir de paseo en lugar de ir a clase. Estarás atado a los tiempos y trabajos que tengas que presentar, a las exposiciones que tengas que hacer y a las prácticas que debas realizar. Tendrás que ponerte, te guste o no, a las órdenes de los profesores y hacer lo que te digan y como te lo digan, para alcanzar la preparación necesaria para lograr tu propósito. Ni te podrás acostar a la hora que quieras ni te podrás levantar a la hora que te venga en gana y, por supuesto, no podrás hacer muchas de las cosas que te den la gana. ¿Convierte eso al estudiante en alguien menos libre que quien decide no prepararse los exámenes, no va a clase o que no siga las indicaciones de los profesores? Los compromisos exigen de las personas no sólo cierto grado de madurez, sino también un alto grado de libertad, porque nadie que no sea realmente libre puede ni elegir ni comprometerse.

El asunto de la libertad es, posiblemente, uno de los más controvertidos que existen. Por la libertad se mata y se muere, se lucha y se sufre, sin embargo, no todo el mundo tiene muy claro qué es ni en qué consiste eso que llama libertad.

Imagen proveniente de Wikimedia Commons. Autor: AssocreationImagen proveniente de Wikimedia Commons. Autor: Assocreation

Epícteto, un filósofo estoico del primer siglo de nuestra era decía que “la felicidad no consiste en desear cosas, sino en ser libre” pero, a la hora de explicar lo que él entendía que la libertad era la esencia de la felicidad, y que nadie que desee algo, puede ser libre, resumido en la sentencia: “Ninguna persona es libre, si no es su propio amo”. También tenía otras frases igual de tuiteables, como que “Para alcanzar la libertad sólo hay un camino: el desprecio de las cosas que no dependen de nosotros”. Y también que “Los acontecimientos no te lastiman, pero tu percepción de ellos sí puede hacerlo”, y que “No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz”. Unos consejos muy inspiradores que podrían quedar sólo para llenar sites de frases bonitas si no fuese porque buena parte de su vida la pasó como esclavo de Epafrodito, secretario de Nerón y, por demás, bastante dado a los arranques de furia y a infringir malos tratos a quienes tenía a mano, y parece que el propio Epícteto fue uno de ellos. Así que estas palabras no son sólo fruto de una feliz ocurrencia, sino de una decisión personal, que iba más allá de las circunstancias. Epícteto era esclavo, pero en sus escritos deja claro que su amo, quien no era capaz de contener su ira, era realmente el esclavo, y no él. Luego no es la libertad sólo una condición física. Puede que el cuerpo de Stephen Hawkins le aprisione más que a alguien que no esté atado a una silla de ruedas, pero su mente es mil veces más ágil, rápida y excepcional que la de buena parte de la población mundial. ¿Qué es lo que nos hace libres entonces?

La revolución francesa se construyó sobre tres grandes ideales: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Las democracias se basan también en la idea de poder elegir libremente a los representantes políticos y decidir sobre las cuestiones importantes que afecten al país por medio de referéndums. Incluso en los supermercados, la gran cantidad de variedades y marcas existentes de un mismo producto nos obliga a decantarnos por unos y no por otros. La psicología habla de que, a pesar de tener la capacidad para elegir, inconscientemente asociamos la elección con cierto riesgo, y eso genera un sentimiento de temor. Imitar a otros o seguir los consejos de quienes consideramos “expertos”, alivia el miedo, y nos hace sentir seguridad ante lo que vamos a elegir. Y esto se aplica tanto a la marca de un yogur como al partido político que votamos.

A la hora de elegir no sólo nos basamos en la opinión de otros (incluido el efecto de la publicidad -véase Paradoja Pepsi– y las noticias), también en nuestras propias experiencia anteriores, nuestra cultura, la educación recibida, las circunstancias personales o nuestras capacidades e incapacidades (es más probable que generemos rechazo hacia las matemáticas con afirmaciones como “no me gustan las matemáticas” si no se nos dan bien, que al contrario). Trabajos como el de John Bargh, profesor de Psicología en la Universidad de Yale, señalan incluso hacia un rol dominante del inconsciente a la hora de tomar todo tipo de decisiones, desde las más triviales a las más significativas como casarnos o no con una persona.

seguir a la mayoría alivia el miedo a equivocarse por uno mismo

¿Somos, entonces, libres incluso cuando creemos hacer lo que nos da la gana? Posiblemente no. A las múltiples y continuas influencias del entorno para decantar nuestra balanza hacia uno un otro elemento hay que sumarle los propios mecanismos psicológicos del ser humano. Mecanismos que tienden a facilitarnos la vida pero que, como el coxis, pueden ser funciones residuales que sirvieron en su momento y que ahora, con el mayor desarrollo de la conciencia humana y la capacidad de pensar y reflexionar sobre las cosas, tal vez habría que ir dejando atrás. O, una vez más, puede que sean la comodidad y el miedo los que nos anclan en preferir siempre lo malo conocido que lo bueno por conocer, por poca lógica que esto tenga. Algo que los nuevos iluminados del coaching han desempolvado de los más antiguos anaqueles para revender a precio de oro, como si fuese la actual panacea, bajo el nombre de “salir de la zona de confort”. El interés de estos “entrenadores” de la mente es tan desinteresado (y preocupado por tu libertad) como el de cualquier campaña de marketing que anunciara “Sé libre, bebe Cola Loca”. Curiosamente, lo mensajes que se repiten continuamente en la publicidad hablan de “dejarse llevar”, hacernos la vida “más cómoda” y la exhortación a usar nuestra libertad.

Si es en la capacidad de elección donde reside la libertad, la educación es su pilar fundamental. Si tomamos como ejemplo los sistemas democráticos, donde el Gobierno se sustenta en la elección de la mayoría, uno de los intereses fundamentales del país debería ser que la formación de sus ciudadanos garantizase la mejor de las elecciones, fomentando especialmente la educación por encima del resto de cuestiones. Porque, ¿qué sentido tiene dejar en manos del pueblo la elección del gobernante, algo vital para la buena marcha del país, si no se les enseña a tener el mejor criterio? Si esto no fuese un medio serio, metería aquí el emoticono del sarcasmo porque, justo lo que vemos que ocurre es lo contrario. El principal perjudicado acaba siendo el sistema educativo y todo lo que tenga la posibilidad de estimular el uso de nuestra capacidad para pensar por nosotros mismos.

Desde que se tienen registros históricos se ha documentado el uso del miedo como sistema de control social. En nuestros días, aparte de la incrustación en el inconsciente colectivo de la idea de que “todo va mal” o que “no te puedes fiar de nadie”, los miedos inherentes como a la soledad, la exclusión, la pérdida de la belleza y de la juventud, son explotados sistemáticamente. El miedo contribuye a generar la idea de que es necesario algo que no cambie, aumentando el conservadurismo en su expresión más inmovilista. Cuando tienes miedo de que te quiten en sitio, te aferras más aún a él. Ese miedo entre natural y generado (pero más generado que natural), es también el que fomenta los seguimientos grupales, adoptando las posturas de las mayorías sin plantearse siquiera si estas son o no correctas. Así es que, a mayor ignorancia, más miedo, y a más miedo, más masificación. A más masificación más ignorancia y, así, en una espiral que consume todo espíritu de verdadera libertad. ¿Es posible entonces salir de ahí?

EL ARTE DE PENSAR POR UNO MISMO

Ser totalmente objetivo es muy complicado tanto desde el punto de vista ontológico como epistemológico. Afortunadamente, para empezar a pensar por uno mismo no es necesario hacer un Máster, sólo pensar. Algo para lo que todo ser humano tiene capacidad, independientemente de que la use o no (la capacidad). Es como los ojos. Todo el mundo los tiene y, salvo que se tenga un problema en la visión, todo el mundo puede usarlos pero que, como le dijo Sherlock a Watson, aunque todo el mundo puede ver, pocos son los que se fijan. Así, podemos reducir el mundo a dos tipos de personas: los que hacen las cosas porque le exigen esfuerzo y las que las hacen porque no se lo exigen. Sólo los primeros estará en disposición de conquistar esa libertad que aporta el libre pensamiento.

Tres monos. Autor: Matthew Hoelscher. Fuente: Wikipedia Commons

Cuentan que en la entrada del templo de Apolo en Delfos había grabada una frase que constituye el eje de toda filosofía y, por ende, de cualquier cosa que se quiera emprender en la vida. La frase, traducida, dice “Conócete a ti mismo y conocerás el Universo y los dioses”, aunque sólo la primera parte se ha hecho ampliamente popular. Y es el eje de toda filosofía, porque una de las cosas que nos impide pensar por nosotros mismos son los prejuicios, y son como la espalda, aunque no la veamos, todos tenemos una.

Prejuicio es juzgar algo o a alguien antes de haber tenido experiencia directa acerca de ello. Prejuicios no son sólo los raciales, nacionales o de género, también mostramos nuestros prejuicios cuando decidimos comprar una determinada marca de detergente porque el anuncio publicitario nos ha inspirado confianza, cuando valoramos un libro por la cubierta o nos inclinamos por uno u otro signo político. Los prejuicios son un mecanismo psicológico de supervivencia. Si voy sola por una calle oscura y solitaria a las doce de la noche y oigo pasos tras de mí, algo instintivo activará la alarma del miedo, me hará ir más deprisa y permanecer alerta. Sin siquiera conocer a la persona que viene detrás ya lo imagino como un posible agresor y eso, posiblemente, me salve la vida, o no. Ante algo así nadie en su sano juicio se parará a charlar con el tipo para decidir entonces si es de fiar o no pero, pasado el momento de alarma, si vuelvo a encontrar a esa persona en otras circunstancias, resultaría igualmente absurdo no quitarle (aunque sea temporalmente) la etiqueta de “asesino/violador” hasta no tener más datos.

Un aliado perenne de los prejuicios es la idea de que lo que creemos es lo válido, lo correcto. Nadie está tampoco libre de esto. Cuando hablamos de la ciencia como liberadora de las barreras de la ignorancia y los dogmatismos, parece que olvidamos que, dentro de la misma ciencia se han producido también grandes y terribles prejuicios, anclados en viejos y nuevos dogmas, contra los que tuvieron que luchar investigadores inquietos y visionarios para que sus ideas llegasen hoy a ser consideradas “revolucionarias”. Newton, Darwin o Servet son nombres de otra época, pero en esta podemos encontrar a un Bruce Lipton, un Daniel Shechtman o un Rupert Sheldrake. Las cosas son como son, sí, pero es el ser humano el que instaura los dogmas. Incluso sabiendo que se caerá, un padre debe permitir a su hijo montar en bici para que aprenda por él mismo.

Volviendo al “conócete a ti mismo”, si alguien quiere realmente estar lo más libre de prejuicios posible, una de las primeras cosas que tendrá que hacer es analizar de dónde vienen sus creencias. Algunas de las cosas que defendemos obedecen a cuestiones aprendidas, otras a percepciones inconscientes y, otras, a algún tipo de experiencia previa (propia o ajena). ¿Es eso suficiente para hacer consideraciones radicales? No hay mayor ignorante que el que cree saber, diría Sócrates.

¿sabes de dónde provienen tus creencias?

Como hemos visto en las experiencias de Asch y Milgram, nuestros mecanismos psicológicos inconscientes pueden llevarnos por caminos poco deseables y fácilmente manipulables. Volvemos entonces a la Teoría de los dos sistemas, de John Bargh, cuando afirma que muchas veces son los factores ambientales los que inducen el comportamiento si que llegue a intervenir la intencionalidad consciente y sin que la persona llegue, en ningún momento, a sospechar cuáles son los verdaderos motivos que se esconden detrás de sus acciones. Y a pesar de esta ignorancia de nosotros mismos, tenemos plena confianza en la solidez de nuestras creencias. Es más, a veces, para más contradicción, pensamos una cosa y, a pesar de ello, hacemos otra distinta, también condicionados por razones que escapan a nuestro conocimiento consciente.

Es muy posible que las ideologías políticas y religiosas de nuestra familia hayan influido en la conformación de nuestras actual visión del mundo (ya sea por antagonismo o por afinidad). Imagina que odias a los coachers. Tal vez esa manía hacia los coachers proviene de una mala experiencia con un HDP sin escrúpulos, pero si nos paramos a pensarlo, de los millares de coachers que hay en el mundo, hemos establecido una regla basándonos en una muestra insignificante de la población de coachers HDP. Y quizá las razones que tenemos para que alguien nos caiga mal se basan más en las opiniones de otros que en nuestra propia experiencia con esa persona. En cualquier caso, un sistema de creencias constituye un soporte necesario para la personalidad, los pilares de nuestro edificio personal, sobre el que construimos el conjunto de nuestra vida. Pero por lo general no es algo que hayamos construido conscientemente, sino que lo hemos ido adquiriendo desde el momento del nacimiento sin haber tenido siquiera que pensar mucho en ello. Por eso, de la misma manera que hay que actualizar periódicamente los sistema operativos, no podemos pasar la vida sin revisar y actualizar nuestra base de creencias. Menos ahora que los descubrimientos en neurobiología, epigenética y ciencias de comportamiento se producen a una velocidad espectacular.

Un ejemplo de prejuicio es el referido a la política. Basta que un signo defienda una idea para que el otro la rechace, al igual que los seguidores de cada uno, sin pararse a reflexionar sobre si dicha idea es buena o no. Hay, de hecho, tendencia a asociar determinadas cuestiones a signos particulares, los antiabortistas con la derecha y los abortistas con la izquierda, por ejemplo. Así, de manera automática, cualquiera que se declare en contra del aborto será clasificado inmediatamente dentro de la derecha, y muy posiblemente se dará por sentado que también es católico, afín al Opus, defensor de las privatizaciones, amante de los toros, pijo, fascista, oyente de la COPE y lector del ABC o de La Razón. Pero no necesariamente es así.

Hay un viejo chiste que habla de un borracho que anda como loco buscando algo debajo de una farola, hasta que llega alguien y le pregunta qué hace. “Busco mis llaves”, dice el borracho. El otro, con toda su buena intención se pone también a buscar, pero tras un buen e infructuoso rato, el amigo pregunta al borracho: “Pero bueno, ¿dónde dices que has perdido las llaves?”, “Allí”, dice el borracho señalando una oscura esquina de la calle. “¿Y por qué las buscas aquí?”, le replica. “Pues porque aquí hay más luz”, replica. Indudablemente es más fácil buscar las cosas donde mejor las vemos, donde nuestra capacidad de entendimiento se encuentra cómoda. Pero las cosas no son como a nosotros nos conviene, sino que son como son. Si de verdad nos interesa mirar la realidad de cara, será mejor buscar una buena linterna y aventurarse en la oscuridad.

Imagen proveniente de Wikimedia Commons. Autor: 1997

Sacudirse los prejuicios implica un ejercicio de voluntad real de discernimiento por parte de las personas. ¿Cuántos críticos de la homeopatía se han leído los trabajos de Samuel Hahnemann? Puede que aún leyéndolos se siga pensando que es un fraude pero, ¿los leyeron?, ¿entendieron lo que quería decir realmente? ¿Cuántos detractores del catolicismo o del Islam han leído la Biblia o el Corán, a san Juan de la Cruz o a Ibn Arabi? ¿o se han informado acerca de sus diversas vertientes y derivaciones? ¿Cuántos declarados cristianos han leído libros de diversas fuentes sobre la historia de su religión, La Biblia desenterrada o Polémica entre cristianos y paganos? ¿Cuántas personas, incluso declaradamente ateas, creen que el respeto hacia el otro y la acción pacífica son necesarias para mejorar el mundo? Algo que forma parte de los fundamentos de distintas religiones pero que no por eso es exclusivo de ellas. Discernir implica distinguir lo válido de lo que no es válido, y no es algo tan sencillo de realizar, pero que tampoco es imposible.

¿Por qué no se investiga con verdadero deseo de conocer? (a esto habría que añadir por qué se está reduciendo el presupuesto para investigación científica). ¿Por qué si una idea es buena la juzgamos por las personas que la representan? Tal vez esa acomodada dificultad para conocernos a nosotros mismos según rezaba el templo de Apolo, nos dificulta el conocimiento de los demás, de esa naturaleza humana que, como decía Miss Marple “es la misma en todas partes”. Si alguna vez hemos jugado al “teléfono escacharrado” sabemos que un único mensaje acaba desvirtuándose por el paso de uno a otro oyente. Hay ateos que reniegan de la idea de Dios a causa de la irracionalidad de los dogmas de fe de las religiones, cuando los dogmas han sido creados por los hombres. Algo natural, pero limitante, porque de existir algo “divino”, se está dando credibilidad a la construcción semántica e ideológica que de esa divinidad han hecho otras personas y, a causa de ella se está negando la consideración de esa posibilidad, por lo que no se investiga qué demonios puede ser realmente eso que llaman “dios”. Y si, en lugar de decir “dios” hablamos simplemente de “primera causa” (que la tuvo que haber por cojones en algún momento de la creación), puede que nos escueza menos, pero seguirá siendo lo mismo. El lenguaje nos limita realmente mucho. Y sin embargo, la “primera causa” es también lo que buscan los físicos que estudian el Big Bang y que hablan de la teoría de la inflación. Que cada uno lo llame como quiera. La causa primera es la que es, independientemente de que haya gente a la que le guste vestirla con túnica y ponerle una larga y respetable barba. Da igual. Esto es aplicable a la religión, la política, el fútbol o la marca de champú.

Hay que buscar la verdad donde esté, no donde queremos que esté

En la tradición oriental hay un viejo símbolo que asocia la idea del discernimiento a un ave mítica, el ave Kala Hamsa. Esta era capaz de separar el agua de la leche cuando estas estaban mezcladas. ¿Es menos válida esa idea por provenir de una mitología que si estuviese en un bestseller de autoayuda? Para alcanzar a saber separar la paja del grano el mejor ejercicio es el del eclecticismo y, especialmente el aprender a separar las ideas de las personas que siguen (e interpretan) esas ideas. El concepto original de “filosofía” a lo que se refiere, a amar el conocimiento y a buscarlo allá donde pueda estar, no donde a nosotros nos gustaría que estuviera. Eclecticismo es la capacidad de aglutinar lo mejor y más válido del arte, la ciencia, las religiones y la política, porque la verdad, además de estar ahí afuera, puede estar en cualquier parte, al menos algo, una pequeña parte, de la verdad. Así, si crees en la tercera ley de Newton no puedes no creer en la ley del karma porque, básicamente, son lo mismo.

Pero, especialmente, hay que atreverse a ser consecuente con lo que se piensa. Diógenes Laercio cuenta una curiosa anécdota sobre el cínico Diógenes de Sinope (aquel que vivía en un tonel y le dijo al mismísimo Alejandro que se apartara para no taparle el Sol cuando el gran emperador se ofreció a darle lo que más quisiera). Estando el cínico en el suelo devorando unos hierbajos del suelo igual que los animales, uno que pasaba por allí le dijo: “¡Ay, Diógenes!, si aprendieras a ser más sumiso y a adular a los poderosos, no tendrías que comer las hierbas del suelo“, a lo que Diógenes, según era su costumbre, respondió: “Si tú te acostumbraras a comer las hierbas del suelo, no tendrías que someterte ni adular a los poderosos“.

Imagen de portada: Wikimedia Commons, de dominio público 

Otras imágenes: Hombre leyendo el periódico (de dominio público). Chica usando un portátil (Matthew Bowden). Tres monos (Matthew Hoelscher). Bombilla (1997). Todas de Wikimedia Commons.

No comments yet.

Deja un comentario