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Me llamo Earl
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Todo lo que siempre quisiste saber sobre el karma pero nunca te atreviste a preguntar

Esa extraña ley llamada karma

Cualquiera que haya oído mencionar la palabra ‘karma’ y se haya ido a San Google a ver qué es eso, habrá encontrado desde una entrada en la Wikipedia que lo describe como «una energía trascendente (invisible e inmensurable) que se deriva de los actos de las personas«, hasta páginas que ofrecen sencillos consejos para limpiar el karma en nueve días con técnicas razonables y lógicas como, y cito literalmente: «Haz una comida fuerte al día, sin carne o pescados, sólo frutas o vegetales, toma mucho agua natural. Esto puede producir alguna hipoglucemia, la cual te puede ayudar a eliminar toda clase de reacciones emocionales» (sí, es lo que pasa cuando te desmayas, que no reaccionas y, por ende, no generas karma. Sabio sin duda). Otros prometen ayudar a limpiar el karma negativo para evitar el sufrimiento, o te regalan oraciones o mantras con los que, básicamente, aprendes a recitar de memoria unas frases en un idioma que no conoces para «cortar la oscuridad que te rodea».

Claro que si hablamos de un usuario de Meneame, la idea que tendrá del karma será otra muy diferente, relacionada con las valoraciones del resto de usuarios y con la propia interacción en el portal. Luego están aquellos que han leído «Maldito karma», de David Safier, que se habrán hecho una idea bastante zoomórfica de los terribles castigos que el karma infringe a los que se preocupan más por ellos mismos que por los demás. Y qué decir de «Me llamo Earl» y su concienzuda lista de malas acciones que subsanar para compensar el desajuste kármico. Sea como sea, la idea que se puede llegar a tener de lo que es el karma con cualquiera de estas aproximaciones no aclara gran cosa. Y como somos gente abierta y dispuesta a conocer otras ideas, a la que no le gusta hablar de las cosas sin conocerlas, y menos juzgarlas por fuentes tan fidedignas como el programa de Sandro Rey, queremos entender si esto del karma tiene algún sentido o es otra chorrada cuevera de las que anuncian la salvación en cómodas cuotas mensuales.

Korg Karma LCD 1, autor Keith Rowley. Wikimedia Commons

Qué es karma, qué no es karma

Karma es el nombre en sánscrito de la tercera ley de Newton. Es la ley de acción y reacción. Ya está. No hay energías místicas, ni señores azules de multiplicados brazos aplicando castigos. Toda acción tiene su consiguiente reacción. Otra forma de decir que todo lo que se hace (y lo que no se hace) tiene consecuencias. Ahora bien, ¿qué implica todo esto? Como ley que es, debe poder aplicarse a todos los ámbitos de la vida. En lo físico y tangible es relativamente fácil comprobarlo. Si lanzo una pelota contra la pared, la misma fuerza que se imprime en lanzarla es la que aplica la pared para devolverla. Si golpeo una mesa con el puño, la misma fuerza que empleo en el golpe es la que ejerce la mesa contra mi puño. No veré cómo la mesa me devuelve el golpe, pero mis nudillos lo sentirán. No es mágico, es el efecto aplicado de una ley universal.

Pero no somos sólo un cuerpo y ya está, porque si no no nos diferenciaríamos mucho de una piedra o de un maniquí. Además de sangre, órganos, huesos, músculos y piel tenemos esa cosa que se denomina vida, una cierta energía vital (no confundir con la onda vital) que nos permite movernos y actuar. ¿Qué pasará si estamos dos días sin dormir? Nos sentiremos cansados, irritables, dispersos… ¿no son consecuencias de un acto? Si pasamos al ámbito emocional, no hay mucho misterio en constatar que si alguien anda todo el día de mal humor y tratando a la gente a patadas no será nunca miss popularidad. ¿A quién sorprenderá descubrir un día, que es incapaz de recordar como antes el teléfono de su primo Manolo, desde que metió todos los números en la agenda del móvil? ¿O que alguien que se alimenta a base de bacon, patatas fritas y cerveza, sin hacer más ejercicio que el necesario para cambiar de canal, acabe teniendo todas las papeletas para un infarto? Toda acción provoca una reacción. Eso es karma. No es magia, no es una energía mística, no es un castigo. Es, simple y llanamente, una consecuencia. Lo que pasa es que en ocasiones esas consecuencias pueden ser evidentes y, otras, no serlo tanto.

Confesamos que no hemos sido del todo sinceros. Aunque el mecanismo es básicamente ese, en la filosofía oriental se convierte en algo un poco más complejo, porque la idea del karma se asocia allí con la teoría de la reencarnación, y eso ya tiene otra enjundia. Pero vayamos por pasos. Ahora toca hablar de eso que llaman karma positivo y karma negativo. Esto está basado en la idea, expresada de forma muy simple, de que las malas acciones generan malas consecuencias y las buenas acciones buenas consecuencias. Algunos os habréis preguntado ya por qué si eso es así, hay gente muy buena a la que sólo le pasan desgracias, y verdaderos capullos a los que les toca la lotería. La explicación de esto, según la filosofía oriental, está en que el karma no siempre es inmediato. Como en los forecast de las empresas, hay karma a corto plazo, a medio plazo y a largo plazo. El de corto plazo puede ser tan rápido como el calambre cuando metes los dedos en un enchufe. El de medio plazo puede tardar en llegar lo que tarda en formarse una úlcera a causa del estrés y las preocupaciones. Finalmente, al hablar del karma a largo plazo tenemos que volver a dirigirnos a la teoría de la reencarnación, pero eso lo contamos luego.

Volviendo al karma negativo y positivo, esto funcionaría como un saldo bancario. Las buenas acciones cuentan como un haber en nuestra cuenta kármica, y las malas como un debe. Pero en ambos casos se trata de deudas, dinero que debemos, dinero que nos deben. Buenas o malas consecuencias que tienen que tratar de ajustar nuestra cuenta a cero porque, aunque tengamos en la mente la idea de que lo negativo es malo y lo positivo es bueno y, por lo tanto hay que evitar lo negativo y buscar lo positivo, en realidad esto tiene un poco de trampa, porque mientras haya deudas pendientes, tengamos que pagarlas o tengan que abonárnoslas a nosotros, estamos atados a la vida y, por lo tanto, hay que reencarnar. Esto, que puede parecer o una gilipuertez o una chulada, en la idea oriental, en especial en el budismo, no tiene nada de bueno (lo de tener que reencarnar).

¿Sirve para algo?

En teoría, sí. Otra palabreja que se suele mencionar junto a la de karma es dharma. Y aunque estuvo muy bien que (viene spoiler) Jack se cargara al humo negro metido en la piel de Locke, este dharma no es el de Perdidos. Dharma es el camino correcto, el sentido de la evolución. Hay que aclarar que si bien la evolución de las especies es una forma de dharma, no es el Dharma. El Dharma con mayúsculas se refiere al sentido de la evolución profunda del ser humano. Existe, evidentemente, una evolución física, también una evolución artística, una evolución social y una evolución tecnológica, por decir algunas. La evolución en el sentido del dharma y el karma es la de los valores humanos. La ética. Es que la persona que tiene miedo se vuelva valiente, la egoísta generosa, el que no controla su ira que se vuelva templado, el que no es comprensivo que sea capaz de comprender a otros, que el intolerante tolere, que el que no respeta, respete.

Dalia de la variedad Karma Corona.Dalia de la variedad Karma Corona.

El Dharma es la razón de que el ser humano esté en la Tierra. Sí, sí, esta filosofía parte de la idea de que existe una razón para que estemos en este mundo, y cree que no existe la casualidad, sino la causalidad. El dharma es el sentido y es un «camino». Hay, según esto, un camino correcto para desarrollar esa evolución profunda (si alguien quiere llamarla espiritual, es lo mismo). Sin tener que usar una jerga llena de espíritus resplandecientes o videncias extremas, esa evolución no es otra cosa que creer que por mucha tecnología que seamos capaces de crear y por muchos planetas que lleguemos a explotar, mientras exista explotación de unas personas por otras, torturas, abusos, guerras estúpidas y ambición desmedida, el ser humano no habrá avanzado un pimiento.

La bueno es que, aunque como camino tiene unos límites, tiene cierta anchura, la suficiente para permitir el libre albedrío (que es un tema muy bonito) de las personas. De hecho, para entender a qué se refieren, podríamos imaginarlo como un camino ancho en el que nuestras acciones nos llevan a un punto o a otro del camino y, en un momento determinado, si no se ajustan al sentido de la evolución interior, empezaremos peligrosamente a salirnos de ese camino. Cuanta más fuerza hagamos para tratar de salir, más fuerza acumularán esos límites para devolvernos de un golpe al interior. Eso sería el karma, la fuerza que actúa para devolvernos al buen camino. Por eso, explican, cuanto más egoísta, cobarde, intolerante, iracunda e incomprensiva es una persona, más sufre. La razón de ser del karma es, desde este punto de vista, hacer que el ser humano tenga las experiencias vitales necesarias para aprender esto, y dejar de sufrir.

Es muy distinto entender el karma como un sistema de premio y castigo, que hacerlo como una oportunidad que nos da la vida para aprender algo que necesitamos, que tiene más que ver con la idea de Justicia (con mayúsculas). Nuestra mentalidad judeocristiana nos inclina hacia el premio-castigo, pero el sentido budista no lo entiende así. Al final todos podemos aprender a montar una radio o a manejar un móvil con el manual adecuado y unas cuantas indicaciones. Pero para aprender a tolerar a otro, a menos que uno tome la iniciativa por propia voluntad, hay que sufrir la intolerancia en las propias carnes o, al menos, muy de cerca. Como dicen, nadie escarmienta en cabeza ajena, que es otra forma de entender lo que explica el budismo, que el dolor es vehículo de conciencia. No necesariamente habría que sufrir para aprender (si no fuésemos tan duros de mollera entiendo), pero sí que viene a decir que si no se aprende por uno mismo se sufre más.

Ahora bien, como decíamos antes, hay una trampa. En este concepto de la vida no se trata de cambiar el karma negativo por el positivo. No estamos diciendo que no haya que realizar buenas acciones, sino que no son las buenas acciones las que nos liberan del karma, sino las acciones inegoístas. La liberación del karma es uno de los pilares fundamentales del budismo, y tiene que ver con ese sufrimiento al que hacíamos referencia. ¿A qué se refiere exactamente?

Liberación

Para explicar esto contaremos antes una pequeña historia. Según cuentan las tradiciones, en el pequeño reino de Kapilavastu, al norte de la India, casi en el Tibet, nació un niño al que llamaron Sidharta y que era hijo del rey. Aunque existen constancia histórica de todo esto, como en todos los relatos de personajes de este calibre, se mezclan lo histórico y lo mítico, y ambas cosas pueden aportar conocimientos cercanos a la realidad, ya sea de forma concreta o simbólica. En este caso, la historia-mito sigue contando que los oráculos habían vaticinado que aquel niño podría ser un gran rey, siempre y cuando no se convirtiera en lo que los astros marcaban para él, ser el liberador de la humanidad. Al padre de la criatura no le hacía mucha gracia eso de la liberación, así que se propuso educar al niño de manera que no tuviese muchas ganas de convertirse en asceta, santón o algo por el estilo. Así que le rodeó de lujo, belleza y juventud, y trató de evitarle la visión y conocimiento de las miserias de la vida.

El príncipe Sidharta creció y, como buen hijo del rey era un buen mozo, guapo, fuerte y valiente. Guerrero excepcional, con un increíble manejo del arco y disfrutando de los placeres de la vida. Tenía a su bellísima esposa Yasodara y a su hijo Rajula, ¿qué más se podía pedir? Pues un buen día se le ocurrió salir del palacio para conocer su futuro reino. El padre se acongojó un poco recordando la profecía, así que preparó bien la visita a la plebe, escondiendo todo lo que pudiera ofender o extrañar la vista del joven príncipe, pero el destino entró en acción e hizo que en su camino se cruzaran tres cosas que, hasta entonces, nunca había visto: un enfermo, un anciano y un cortejo fúnebre. Parece ser que aquello fue suficiente para salir de los algodones, porque empezó a preguntarse qué era aquello y, cuando lo supo, que él también pasaría por eso, tendría que enfermar, envejecer y morir, se preocupó un poco. Entonces cayó en la cuenta del gran sufrimiento que eso ocasionaba a los hombres en general, y se propuso encontrar una manera de librarse de ese dolor y que sirviera a todos los seres humanos. Así es que a pesar del disgusto que le iba a dar a su padre, abandonó el palacio, a su mujer, a su hijo (por cierto, Rajula significa «cadena») y se fue al bosque, a vivir como los ascetas más ascéticos de la India. La decisión no fue fácil porque amaba con locura a su mujer e hijo, pero entendía que el mejor bien que podía hacer por ellos era librarles del dolor.

Efectivamente, se trataba de un grupo bastante radical que buscaban la renuncia total del mundo de los sentidos y practicaba severos ayunos y mortificaciones de todo tipo. La intensidad con que Sidharta se aplicaba a esos renuncios fue tal que no tardó mucho en ser el más rígido y extremista practicante de todos cuantos estaban allí. Algo así no podía durar mucho tiempo. Llegó el momento en el que la falta de alimentos hizo que estuviese al borde de la muerte, pero en ese momento, de nuevo ese entrometido destino hizo entrada en escena. A punto de palmarla por exagerado, por el río junto al que se mortificaban aquellos ascetas pasó una barca en la que viajaba un músico. Este llevaba una especie de lira y cantaba una canción que decía algo así como que cuando las cuerdas están demasiado flojas el instrumento no suena, pero cuando están demasiado tensas se rompen. Y eso fue lo que le hizo entender y empezar a elaborar su doctrina del Justo medio. Mientras vivió en el palacio él fue un instrumento incapaz de sonar a causa de la excesiva comodidad, pero cuando se entregó a los ayunos y demás, cayó en otro exceso, y eso estaba a punto de romperle. De forma oportuna, un muchacho le aproximó un cuenco de arroz y ante las miradas horrorizadas de sus escuálidos admiradores, se lo comió y salió de aquel bosque.

Hasta aquí más o menos el cuento. Ahora viene la parte que enlaza con el karma y que tan importante para el budismo. El cuerpo de doctrina tiene unos nombres curiosos, pero no se puede juzgar un libro por el título. Si no, toda la saga de «Los hombres que no amaban a las mujeres» o «El curioso incidente del perro a medianoche» no se habrían comido un rosco. Bueno, los nombres son «Las cuatro nobles verdades» y el «Noble óctuple sendero». Esas son las herramientas para lograr la liberación, que no es otra cosa que eliminar el karma para siempre y, con ello, la obligación de tener que renacer una y otra vez en este mundo.

Te diré cuatro verdades

La primera de las cuatro nobles verdades puede parecer de perogrullo, pero la realidad confirma que no es así. Esta verdad afirma que el dolor existe y es parte de la vida. ¿Evidente? ¿Entonces por qué tratamos de evitarlo continuamente y tenemos metido en lo profundo del seso que tenemos que ser felices las 24 horas del día, los 7 días de la semana y los 365 días del año?  Pero sufrimos. Las relaciones, el trabajo, la familia, nuestros miedos e incapacidades, todo eso nos genera momentos de alegría, pero también de dolor. Verlo como una parte más de la existencia es el primer paso.

Cara sonriente del BudhaCara sonriente del Budha.

La segunda de estas nobles verdades se refiere a la causa del dolor. ¿Por qué sufrimos? La respuesta es por el apego. Nos apegamos a cosas que están condenadas a desaparecer, a cambiar, a no mantenerse igual. Por un lado queremos que las cosas que amamos no cambien nunca, pero al mismo tiempo nos negamos a asumir que eso es imposible, y nos duele. Nos duele cuando se nos rompe ese libro que tanto nos gustaba, cuando se agrieta la casa, cuando cambian nuestras relaciones con otras personas y cuando el perro se muere. Tenemos ansiedad de eternidad, pero la ponemos en cosas que no lo son, y cuando nuestros ojos contemplan la desaparición de lo que tanto amamos, sufrimos. Eso no quiere decir que no amemos nada, lo que quiere decir es que no nos apeguemos, que no sintamos que son nuestras porque no lo son. Nada es nuestro, sigue su propio curso, sólo se cruza en nuestro camino durante un periodo más o menos largo de tiempo. Apegarse es poner una parte de nuestra felicidad en lo temporal. Así es imposible mantener esa felicidad. Y eso también es una consecuencia de nuestra conducta. Karma en estado puro.

La tercera noble verdad dice, simplemente, que para que no haya dolor, hay que desapegarse. No darles tanta importancia, entender que son cosas pasajeras, que hoy están y mañana puede que no. Y quererlas, pero no hasta el punto de que cuando ya no estén nuestra vida se detenga. Es el mismo sentido de la ataraxia estoica.

La cuarta noble verdad es el manual de instrucciones. Qué es lo que hay que hacer para aprender a no sufrir tanto. Y sorprendentemente no menciona las operaciones de lustre de karma, ni los rituales con velas, ni las bolas de cristal o los viajes astrales. La cuarta verdad es justamente el noble óctuple sendero que, como su propio nombre indica, tiene ocho elementos:

  • Recto conocimiento
  • Rectas opiniones
  • Recto esfuerzo
  • Recta palabra
  • Rectos medios de vida
  • Recta acción
  • Recta atención
  • Recta concentración

No nos vamos a detener mucho en esto porque no es el tema, pero básicamente entiéndase que cuanto más nos esforzamos en hacer, pensar, decir, saber y trabajar lo correcto por encima de lo que nos gusta o lo que nos disgusta, más cerca estamos de esa liberación. ¿Por qué?

El karma ata

Esa es la cuestión. Sea positivo o negativo, el karma ata. El karma es lo que, entienden los budistas, nos obliga a tener que nacer una y otra vez para saldar deudas, ya sea que debamos o que nos deban. Evidentemente no se trata de dejar de hacer tanto lo bueno como lo malo. Es otra cosa. La cuestión no está en las cosas que se hacen, sino en por qué se hacen. Su causa profunda o no tan profunda. Hacer las cosas sin el deseo de que nuestros actos nos reporten algún tipo de beneficio, sea el que sea. Dar dinero para que se construyan pozos en África está muy bien, es una buena acción, pero si lo hago porque quiero sentirme mejor conmigo mismo, o para poder decir que soy solidario, o para que me admiren, se crea karma. Positivo, pero karma al fin y al cabo. Y mientras hay karma, hay que volver.

Evidentemente eso no quiere decir que si nuestros motivos son egoístas mejor no dar dinero a una ONG o cederle el asiento en el bus a las abuelitas. Mejor hacer algo bueno que no hacerlo, aunque sea por interés, pero si lo hacemos porque es lo correcto y no nos importa el posible beneficio que pueda reportarnos, eso es mejor. Eso no genera karma. Cuando no hay karma, estamos haciendo que nuestra cuenta se quede a cero. Si no hay deuda, no hay que volver a nacer.

Y volver, volver, volver…

Reencarnación. Platón ya hablaba de ella en su teoría de la transmigración de las almas, incluso el cristianismo primitivo lo admitía, hasta que el concilio de Nicea decidió suprimir todas las referencias y e ideas acerca de la reencarnación que había en sus textos sagrados, el mismo concilio en el que se asumió el 25 de diciembre, fecha de la festividad de Mitra y el Sol Invicto, como fecha de celebración del nacimiento de Jesús. Cuando en el Fedón Sócrates habla a sus amigos y discípulos antes de tomar la cicuta, les habla acerca de la inmortalidad del alma y pregunta; ¿De dónde vienen los muertos?, -De los vivos, le responden. Entonces, ¿de dónde vendrán los vivos si no es de los muertos?, replica. También menciona la reencarnación en el Mito de Er, al final de La república.

La idea no es ni nueva ni exclusiva de Oriente. Pero sería absurdo afirmar que sólo porque una idea esté generalizada es cierta. Pero mejor no poner ejemplos de esto para no deprimirnos. Para esta doctrina el mundo de mueve gracias a un juego de opuestos: hay noche y día, hombres y mujeres, luz y oscuridad, madridistas y culés, mortalidad e inmortalidad, materia y espíritu.

La personalidad sería de naturaleza material, desde el cuerpo físico a nuestra vitalidad, y nuestros sentimientos y emociones y nuestros pensamientos. Y todo lo que se mueve en el mundo de lo material es egoísta. Por tanto, todo lo que sea generoso pertenece al ámbito de lo espiritual, de lo eterno e inmutable, por la sencilla razón de que no mira sólo hacia uno de los muchos millones de los seres de la creación, y eso no se gasta ni se acaba cuando uno finaliza su vida, porque el acto generoso es como un cordel que une a unas personas con otras, y con los animalitos, y con las plantas y los bichitos, y ese cordel sigue existiendo y creando interconexiones y vínculos aunque los seres implicados dejen su cuerpo, porque pertenece al espíritu y eso, como hemos dicho, no muere.

Para estas doctrinas hay que entender cuál es la idea que tienen del ser humano y de la realidad. Básicamente, cualquier cosa que muera, desaparezca, se rompa, se gaste o cambie, es irreal. No es cierta, es una ilusión con apariencia de realidad. Reales y verdaderas sólo pueden ser las cosas inmutables, las que no se ven afectadas por el paso del tiempo, ni por los elementos, ni por la percepción de nuestros sentidos. Así es que la materia es ilusoria y lo espiritual es lo real. Dado que el cuerpo y todos los elementos asociados son mutables y perecederos, el desgaste del tiempo acaba, inevitablemente, causando su muerte de una manera o de otra. Pero hemos generado deudas, karma. ¿Qué pasa si morimos antes de que hayamos aprendido lo que el dharma y la evolución (en el sentido que hemos hablado antes) estén ajustados y el karma en saldo cero? Pues hay que volver a nacer y continuar donde los dejamos, con las cosas y las experiencias que nos han quedado por aprender.

El papel del karma en este caso sería el de proveer al alma (que no es lo mismo que el espíritu) de las experiencias necesarias para aprender lo que le queda por aprender. Como decíamos, no es un premio ni un castigo, es una experiencia necesaria. Todos tenemos una opinión más o menos benévola de nosotros mismos y de nuestras virtudes, pero hasta que no las ponemos a prueba frente a otros, realmente no podemos saber (ni demostrar) la clase de persona que somos.

Oportunidades para aprender hay muchas, desde que te toque la lotería hasta nacer miserablemente. En parte tendría que ver con esas deudas kármicas generadas con anterioridad, pero también con la mejor forma de aprender y tomar experiencia de algo bueno para nosotros. Lo cierto es que aquí nuestros juicios de valor sobre lo que es bueno y lo que es malo se van al garete. Que nos toque el gordo de Navidad puede parecernos un karma cojonudo, y llegar a pensar que algo muy bueno tenemos que haber hecho para merecernos eso tan fabuloso. Pero lo cierto es que no sabemos las consecuencias que puede llegar a tener y, lo que es peor, no medimos nuestra propia capacidad para gestionar esa oportunidad y convertirlo de bueno en mejor. Puede que nacer en unas más que humildes circunstancias nos haga pensar en lo mal que nos hemos debido de portar en otras vidas, pero qué habría sido del mundo sin tantas y tantas personas que han luchado contra sus circunstancias hasta brillar universalmente. Como dice un viejo texto hindú, «el karma ajeno está lleno de peligros», así que mejor no juzgar, porque no sabemos. Aunque el karma fuese una ficción el consejo sigue siendo muy recomendable.  El que nace con dinero tiene en sus manos una oportunidad para hacer cosas que otros no tienen. De su capacidad para usar su ventaja de forma beneficiosa para todos dependerán sus circunstancias futuras.

El cuerpo, entonces, no sería más que un traje, como la escafandra de un buzo, que el espíritu necesita para poder desarrollar experiencia en este mundo, y cuando ese traje se rompe, toma otro y sigue su trabajo. No recordamos esas vidas pasadas (entre otras cosas) porque la mente, que también es mortal, desaparece con todo lo demás, pero sí que volvemos con las habilidades interiores y los valores que ya hayamos conquistado. Razón, dicen, de que vengamos con una serie de cosas aprendidas y de que haya otras que somos capaces de entender sin que nadie nos las haya explicado.

El caso, como decimos, independientemente de que se crea o no en todo esto, es conocer a qué se refieren y qué son estas cosas. Porque cada vez las vamos a oír mencionar más y, asociadas habitualmente al perfil estrafalario de algunos adivinadores de tres al cuarto, y eso desvirtúa todo el valor que este conocimiento pueda aportarnos, aunque sólo sea por entender qué es lo que piensan otros y por qué. Si sabemos hacer esto estaremos verdaderamente cerca de aprender, al menos, a respetar al otro, y eso es válido para todas lar religiones, ateísmos, signos políticos o equipos de fútbol.

POST ESCRIPTUM: Después de releer con mi hija Laura, un día después, este tocho, me di cuenta de que había cometido algunas faltas e incorrecciones (ya corregidas) por las prisas. La muy listilla no tardó ni medio segundo en recordarme que hacía dos semanas me había metido con ella porque se había comido una hache en una redacción, por las prisas también. Así que se ha reído un rato a mi costa diciendo: «¡Karma!»

Aprovecho este P.S. para aclarar un par de cosas que se me han quedado en el tintero. Una de ellas es sobre esas maldiciones que se oyen algunas veces en pelis viejas que dicen: «¡Ojalá te reencarnes en una babosa!» Eso no puede pasar. El ser humano es el ser humano y los animalillos y los vegetales no entran dentro de las opciones de reencarnación. Por muy malo que sea alguien, por regla general, seguirá siendo humano. Sólo variarán los mecanismos kármicos que se pondrán en marcha para hacer que esa persona entienda.

La otra cosa es que no hemos hablado de qué pasa cuando el karma está a cero. Por chunga que pueda ser la vida, es lo único de lo que tenemos conciencia, y a nadie le hace gracia perderla. La idea de volver a vivir puede resultar atractiva (a mi, desde luego, no me hace ninguna gracia, pero por alguna razón me cuadra más que otras teorías), pero también tendría un punto final. Para la mayoría de las filosofías mistéricas (incluido el budismo), el ser humano no es el culmen de la evolución. No es el punto final. Es un curso más dentro de esta extraña carrera vital. La siguiente etapa del ser humano sería convertirse en eso a lo que algunas religiones llaman «dioses», pero con algunos matices, señores.

 

Imagen portada: Serie «Me llamo Earl». Earl y su hermano Randy

Otras imágenes: Korg Karma LCD 1. Autor: Keith Rowley; Dahlia «Karma Corona» created by Verwer (Nederlands) in 2001. Autor: Loïc Evanno; Cara del Budha en Shwesandaw Paya, Twante, Myammar. Autor: YashiWong

 

 

 

 

One Response to Esa extraña ley llamada karma

  1. Lluís 7 abril, 2014 at 10:14 #

    Buen post, con una buena, razonable y razonada exposición de que és y que no és karma… \r\n\r\nEl pero -desde mi propia sensación, obviamente- lo pondría en el tono acido de la primera parte del escrito. Me pregunto si es absolutamente necesario escribir «contra» la ignorancia, utilizar el desconocimiento o las interpretaciones personales de otros para confrontarlos con la mía. Algo así como… «¡Que no tontorrones, que no es eso! ¡Que no os enterais de nada!» \r\n\r\nEntiendo que tenemos derecho a ser ignorantes, es más, probablemente sea la condición natural del ser humano. Como dijo alguien alguna vez: Todos somos ignorantes aunque no todos ignaramos las mismas cosas. Y desde esta premisa, cuando me cruzo con personas que ignoran lo que yo se -o creo saber- se me presenta una fantastica oportunidad de practicar el respeto, la comprensión, la empatía y todas esas virtudes y/o caracteristicas humanas que habitan en el espiritu y que conforman nuestra realidad espiritual inmortal. \r\n\r\nAunque es bien cierto que la tentación de aleccionar a los demás muchas veces me puede y, escondo, bajo la intención de ayudar a despertar a mis semejantes, mis anhelos, mis apegos y el alimento de mi egoismo y sigo generando karma y, por ende, renovando mi paso por este plano de la existencia… \r\n\r\nEn fin, muchas gracias por compartir conocimientos y perspectiva. He pasado un rato enriquecedor leyendo el post y me ha abierto a nuevas formas de ver y entender aspectos de mi vida.\r\n\r\nUn abrazo y FELIZ MOMENTO\r\n\r\nLluís

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