" />
ZOOM
GALERÍA
0 COMENTARIOS

Sobre el terrorismo intelectual de los cínicos

La filosofía de la desvergüenza

En el prólogo de su libro “La secta del perro”, Carlos García Gual advierte del “terrorismo intelectual” del cínico. Si hoy hablamos de cinismo evocamos lenguas afiladas y descreídas, mordaces y con cierto toque de amargura. El cinismo, sin embargo, es (o lo fue) la protesta extrema y solitaria del inconformista, pero no de un inconformismo cualquiera, sino de aquel que se desprende de cualquier dependencia física, emocional o mental como forma de llamar la atención sobre las dependencias de los demás. El mejor arma del cínico era él mismo. ¿Cómo rebatir las acusaciones de sometimiento al poder de alguien que manda al mismísimo Alejandro Magno apartarse porque le tapa el sol? Aunque esto último no es más que una anécdota sin demasiado fundamento, es una buena muestra de la enorme molestia que suponía para la sociedad ateniense tener a un Diógenes de Sinope rondando por las calles. Su propia falta de pudor para mostrar públicamente los aspectos más íntimos de su vida, le otorgaba suficiente fuero moral como para avergonzar públicamente a quien se cruzara en su camino.

Ser cínico no revestía ninguna gloria en Grecia. El cínico era un perro, vivía como un perro y se comportaba como un perro. Su nombre viene precisamente de kyon (can), pero no es una referencia a las cualidades positivas del animal, sino un insulto. Para los griegos sólo había algo peor a que te llamaran perro, y eso era “mosca de perro”. Para la sociedad ateniense era este el peor de los animales, el más impúdico, pero precisamente por eso el más sincero, el que todo lo muestra al público, el que nada esconde. Aunque curiosamente Platón, antagonista del cinismo de Diógenes, dijo en su “República” que un filósofo era como el perro, capaz de diferenciar lo propio de lo ajeno. Poco tiene que ver el perro de Platón con los perros cínicos.

nadie podía acusarles de nada oculto porque todo lo hacían en público, hasta defecar

Los cínicos vivían en la calle a la vista de todos, hacían y satisfacían sus necesidades en público, por eso nadie podía acusarles de hacer nada oculto. Lo que comían, lo que hacían, lo que decían, era un alegato vivo en favor de la verdad más cruda y desnuda, sin adornos que distrajeran ni palabras que suavizaran. Como la misma naturaleza.

Como explica García Gual, el perro “Vive junto a los hombres, pero mantiene sus hábitos naturales con total impudor. Es natural como los animales, aunque convive en un espacio humanizado. Participa de la civilización, pero desde un margen de su propia condición de bruto. […] Es familiar y hasta urbano, pero no se oculta para hacer sus necesidades ni para sus tratos sexuales, roba las carnes de los altares y se mea en las estatuas de los dioses, sin miramientos. No pretende honores ni tiene ambiciones. Sencilla vida es la vida del perro”. Esa es también una excelente definición de los cínicos.

Diógenes, ¡¡eres un perro!!

Diógenes de Sinope fue, sin duda, el más «perro» de todos los cínicos. Fue con la maliciosa intención de insultarle, pero que al de Sinope encantó, porque se ajustaba como un guante a su filosofía de la desvergüenza. Poco se le podía echar en cara al alguien que acostumbraba a reírse de todo y de todos, con increíble buen humor, incluso de él mismo.

Diógenes se refugiaba en un tonel, vivía de lo que le daba la gente que quería darle algo, y no tenía más posesiones que un cochambroso manto y un bastón. Mientras la ciudad bullía de vida en el mercado, entre los artesanos, los sofistas y la vida pública de los nobles, Diógenes contemplaba desde el púlpito del suelo a los transeúntes. No participaba ni contribuía. Sólo observaba y lanzaba con su lengua dardos de verdad para desenmascarar a los “otros cínicos”, los que se cobijaban bajo el pomposo manto de la apariencia.

Por lo demás llevaba la vida sencilla del que se regocija con lo que sea que le depare la vida, sin hacer oficio de la preocupación por el mañana. Pero como acertadamente apunta García Gual, no era una actitud espontánea, sino conscientemente asumida, y públicamente representada. No como quien hace una puesta en escena, sino como aquel que asume para sí el papel de crítico, y retira de sí todo lo que pueda comprometer su libertad de pensamiento y acción. Sin embargo, bajo la aparente indolencia con la que deambulaban por el día a día, el cuerpo de doctrina del cinismo contenía una interesante profundidad. No estaba basada en razonados discursos, sino más bien en el ejemplo de una vida fuera del sistema cuando el sistema había convertido la vida en algo artificial, falso y alienado. Si la sociedad exigía corrección para ser valorado, Diógenes mostraba el valor de la verdad desnuda con total incorrección, porque sólo el que tuviera el valor de verse como un borrego en el rebaño, podría dejar de ser borrego.

diógenes era, para la sociedad de su tiempo, como un grano en el culo

Aunque considerara el trabajo dentro del sistema social como parte de la alienación a la que somete la misma a sus ciudadanos, no trataba igual el esfuerzo. De hecho, el esfuerzo era un valor fundamental para el cínico. La integridad requiere un esfuerzo, la audacia requiere un esfuerzo, vivir como un loco a los ojos del mundo sin que eso quiebre al filósofo es un gran esfuerzo. Sus excentricidades son tomadas muchas veces por locuras, y el mismo Platón llama a Diógenes “Sócrates enloquecido”, tal vez porque la cercanía filosófica entre ambos era grande. Pero Diógenes había llevado hasta el extremo de la desfachatez y el orgullo su papel como críticos mordaces de la sociedad, sin tratar de mejorarla, sólo de destapar sus vergüenzas y exponerlas a los ojos de todos.

Pero es que el cinismo, al igual que otras muchas corrientes filosóficas, nace en plena decadencia del ideal de las polis griegas. El esplendor orgulloso de antaño se está apagando, y la nueva luz que se muestra en el horizonte griego acabará finalmente con la independencia de las ciudades. Alejandro traerá otra cosa. Traerá el imperio, pero ya no más la polis. También aquí comienza el punto de declive de la filosofía. Platón fue una cumbre. Todo lo que vino detrás trató de escalar esa cumbre, de conquistarla, de conocerla e, incluso, de derribarla, pero nadie ha podido superarla hasta la fecha. El cinismo es, por tanto, un martillo más que golpea los cimientos de una sociedad que ya se cae.

Es un pensamiento revolucionario, autárquico, feliz y libre. El mismo que siglos más tarde inspirara a los hippies, aunque estos no llegaran a tener nunca un concepto filosófico de liberación interior a costa de toda dependencia (más bien se hicieron dependientes de diversas sustancias, cosas que Diógenes criticaría afiladamente). Aunque en los tiempos de Diógenes este no era más valorado por la sociedad que un molesto grano en el culo, años más tarde, cuando las guerras y la amenaza de la pérdida de la preciada libertad y los bienes se cernió sobre la cabeza de todos, la idea de la liberación cínica comenzó a verse, casi, como un profético camino a la salvación.

La filosofía de Diógenes le preparaba para enfrentarse a cualquier embate de la vida y a los cambios caprichosos de la fortuna, según explicaba el otro Diógenes, el Laercio, que ejerció de historiador y “biógrafo” de los filósofos ilustres, entre los cuales estaba su tocayo el de Sinope. Nadie estaba salvo de acabar viviendo en la calle como un perro. La historia, como los días y las estaciones, siempre se repite. El espíritu burlón y descarado de Diógenes se manifiesta aún en nuestros días bajo formas deformadas de “antisistemas” o de “amantes de lo ultranatural”, pero sin alcanzar el radicalismo vital de este.

En ocasiones se vio a Diógenes paseando por las calles de la ciudad, a plena luz del día, con un farol en la mano buscando, según decía, a un hombre de verdad, refiriéndose a hombres virtuosos, honrados y honestos. Quizá buscaba al “aristos” platónico o al “hombre Ju” de Confucio. O tal vez sólo fuera una intrigante puesta en escena, como algunas de las actuales “performances”, una transgresión que buscaba remover algo en la conciencia del espectador.

¿De dónde vienen los perros y a dónde van?

Si bien Diógenes de Sinope fue el ejemplo del cinismo llevado al extremo, no fue su fundador. Y aunque enfrentado a Platón y en rivalidad con él (aunque no tanto al contrario), lo cierto es que ambos bebían de una misma fuente: el amado maestro de Diógenes, Antístenes, fue discípulo, al igual que Platón, de Sócrates. Sobre esta rivalidad se cuenta que en cierta ocasión que Platón recibía a unos amigos, Diógenes se puso a pisotear sus alfombras diciendo: “Pisoteo el orgullo de Platón”, a lo que Platón respondió: “Con otro orgullo, Diógenes”. Platón consideraba que, aunque en el desprecio por el mundo de los sentidos y su tendencia al desapego Diógenes estaba en el camino de la filosofía, la teatralidad histriónica con la que representaba su papel ante la ciudadanía obedecía más a la vanidad que al verdadero amor al conocimiento. Así cuentan que estando Diógenes de pie bajo el chorro de una fuente, la gente se compadecía de él, a lo que Platón respondió: “Si queréis compadeceros de él, abandonadle”.

ES justo decir que Diógenes fue el más perro de todos los perros

Antístenes, tras conocer a Sócrates y su idea de dar prioridad al alma sobre los bienes mudables de la fortuna, adoptó una vida austera y ascética, pero Diógenes, el discípulo, sobrepasó con creces su ascetismo y renuncia, de lo que alardeaba no sin cierta vanidad. Antístenes fue uno de los que acompañaron a Sócrates en el momento de su muerte, al menos así lo cita Platón en el Fedón, donde también explica de sí mismo que no pudo estar presente por encontrarse enfermo.

Mientras Antístenes buscaba la virtud a través de la renuncia, Diógenes hizo del desprecio a los bienes materiales y al placer y de la crítica agresiva de la hipocresía, su bandera. Diógenes pierde totalmente la moderación de su maestro, y aunque Antístenes no llegara a establecer una escuela a la manera platónica, el hecho de que Diógenes lo tomara como ejemplo hizo que muchos en su época tratasen de enlazar el cinismo como heredero de Sócrates.

Aunque la diferencia es notable, sí es cierto que marca una línea filosófica que conduce desde Sócrates hasta el estoicismo romano. La cadena que se establece desde Sócrates pasa a Antístenes, de ahí a Diógenes, de él vamos hasta Crates y de este a Zenón. Así el cinismo de Diógenes se depura y tranquiliza con el tiempo (pocos cínicos de verdad trataron de seguir su exacerbado ejemplo) y acaba con la formación, por parte del griego Zenón, de una de las escuelas filosóficas más importantes, el estoicismo, que florecería en Roma y en la que destacaron tres extraordinarias figuras por encima de todas las demás: el esclavo Epícteto, el senador Séneca y el emperador Marco Aurelio.

Según cuentan los chismorreos de la época, a Antístenes no le hacía demasiada gracia los excesos de su “discípulo”, y ciertamente ninguno de los cínicos que siguieron después la estela del maestro llegó a ser tan radical, provocativo, extravagante y teatral como el de Sinope. Quizá sea justo decir que fue Diógenes el más perro de todos los perros.

Los cotilleos de la historia

Diógenes no se molestó en dejar nada por escrito. No hizo falta. Su excéntrico modo de vida y su afamado sarcasmo fue suficiente para que, por toda Grecia, y durante varios siglos, corrieran de boca en boca las anécdotas acerca de la vida y obras de este “Sócrates enloquecido”. En el siglo III d.C. el historiador Diógenes Laercio se dedicó a recopilar anécdotas y escritos sobre los filósofos más importantes conocidos hasta la fecha. Uno de los muchos sobre los que escribió fue, justamente, Diógenes de Sinope, claro que no pudo más que acumular y poner por escrito todas las historietas, chismorreos y anécdotas que, desde hacía siglos, circulaban por ahí, sin entrar a valorar el fondo histórico o de realidad que el hecho narrado tuviera.

para acostumbrarse a los rigores abrazaba estatuas heladas en invierno

Se puede encontrar el equivalente oriental de Diógenes de Sinope en el Nasrudín de los sufíes. Una especie de “mulá” de chiste sobre el que el sufismo construía historias divertidas pero con un importante mensaje para la reflexión. Un antihéroe, incluso un bufón, cuyas ocurrencias tienen la virtud de servir como espejo de las debilidades humanas. De Nasrudín se cuenta que en cierta ocasión estuvo a punto de caer a un pozo pero lo salvó un hombre que andaba cerca y a quien apenas conocía. Después de eso, cada vez que el hombre se encontraba con Nasrudín le recordaba el el día que le salvó de caer a un pozo. Un poco harto de aquella situación, la siguiente vez que ambos se encontraron, Nasrudín lo llevó hasta el pozo y, una vez allí, se tiró dentro: “ Ahora estoy tan mojado como lo habría estado aquel día si no me hubieras salvado, así que déjame ya en paz”. También que una vez hallaron al maestro llorando amargamente, no pudiendo por menos que interrogarle sobre su gran pena. “Estoy triste porque mi esposa está enferma”, dijo. “Pero yo pensaba que era tu burro el que estaba enfermo”, replicó el vecino. “Y así es, pero estoy intentando acostumbrarme al impacto en etapas más llevaderas”, dijo Nasrudín.

Diógenes cuenta de Diógenes que cuando el de Sinope se encontró con Antístenes, este le rechazó varias veces, “pues no admitía a nadie en su compañía”, pero ante la insistencia de este, no le quedó más remedio que aceptarlo. De hecho, Antístenes, para convencer a este “perro” de buscarse otro amo, levantó su bastón con intención de pegarle, a lo que Diógenes le respondió: “¡Pega!, no encontrarás un palo tan duro que me aparte de ti mientras yo crea que dices algo importante”.

Para Diógenes S (según cuenta Diógenes L) era necesario acostumbrarse a los rigores para ser feliz y que nada le perturbara, así que entre otras cosas tomó la costumbre de echarse a rodar por la arena ardiente en verano y abrazar las estatuas congeladas en invierno. También recoge una anécdota, contada por el también cínico Menipo, en la que se cuenta que en cierta ocasión Diógenes fue hecho prisionero y llevado al mercado de esclavos. Allí le preguntaron qué sabía hacer, a lo que respondió sin traba: “Gobernar hombres”, y le dijo al vendedor que pregonara si alguien quería comprarse un amo”. Al vendedor no le hizo gracia la ocurrencia y lo tiró al suelo, así que Diógenes, sin perder su acostumbrado buen humor, replicó: “No importa. También los pescados se venden echados de cualquier forma”. Parece ser que fue un tal Jeníades el que finalmente adquirió aquel “pescado”, y Diógenes le decía que, aunque fuese su esclavo, era él quien debía obedecerle.

Lo curioso en este caso es que Jeníades le encargó la educación de sus hijos, y este les enseñó a cabalgar, disparar con arco, con honda y a lanzar jabalina. Les enseñó fórmulas mnemotécnicas para aprender pasajes de los poetas y a cuidar de ellos mismos, así como a llevar una vida frugal, de alimentación sencilla, llevando el pelo rapado y sin adornos, además de hacerles ir por la calle sin túnica ni zapatos pensando sólo en ellos mismos. Cuentan que los hijos de Jeníades cuidaron de Diógenes hasta su muerte, dándole sepultura boca abajo según sus propios designios, porque, según decía, “en breve va a volverse todo al revés”. Eran los tiempos en que los macedonios dominaban Grecia y los humildes se habían hecho poderosos, explica Diógenes Laercio.

Pero antes de que Diógenes de Sinope fuese enterrado de cara a la tierra, hubo muchas más anécdotas que sumar a su dilapidario arsenal de cinismos. Siendo ya un anciano la gente le exortaba a descansar ya de tantas andanzas. Su respuesta, como no podía ser de otra manera, fue con una pregunta: “Si corriera una carrera de fondo, ¿debería correr más al acercarme al final o más bien apretar más?”. Con su comportamiento exagerado, decía que imitaba a los directores de coro, que subían más la nota para que el resto captase el tono adecuado.

decía que un minusválido no es quien no puede ver, sino quien no tiene moral

Cuentan que el mismo Alejandro, a quien Diógenes mandara apartarse porque le tapaba el Sol, dijo en cierta ocasión de que no haber sido Alejandro habría querido ser Diógenes. Quizá por la libertad con la que el desvergonzado filósofo actuaba, voluntariamente ajeno a los convencionalismos y las normas básicas de educación cuando estas no obedecían a algo más importante: la ética. Por eso proclamaba a los cuatro vientos que los minusválidos no eran los que no podían oír o los que no podían ver, sino los que no tenían moral. Por eso, cuando un conocido hombre malvado de la ciudad colgó un cartel en la puerta de su casa rogando: “Que nada malo entre”, Diógenes no tardó en preguntar públicamente dónde se metería el dueño. Y criticó que en Mégara era mejor ser cordero que hijo de un megarense cuando vio que los rebaños iban protegidos del frío con pieles, mientras que algunos niños iban casi desnudos.

Perro a palos

Ni que decir tiene que Diógenes no era la persona más popular entre muchas de las gentes de la ciudad, pero Atenas lo valoraba como a una más de sus singularidades. Tal es así que cuando un muchacho le rompió la tinaja en la que solía vivir, la ciudad apaleó al muchacho y le dieron otra tinaja al filósofo.

Entre las anécdotas que se cuentan de él hay varias en las que se relata cómo, al enojar a alguno con sus comentarios, se ganó una buena somanta de palos. Claro que siendo como era cínico, y no un practicante de la “no violencia”, tampoco se alejó de sus creencias cuando fue él quien agarró el palo contra otro, aunque la mayor parte de las veces fue a él a quien dejaron más blando que a un pulpo.

En cierta ocasión dicen que uno le invitó a una mansión muy lujosa, y le advirtió de que no escupiera en el suelo, entonces Diógenes estrujó bien sus glándulas salivares y lanzó un escupitajo en la cara del anfitrión, “al no haber encontrado otro lugar más sucio para hacerlo”. Otra vez se presentó a medio afeitar en un banquete de jóvenes, y estos, ofendidos, le dieron una paliza. Diógenes se vengó escribiendo sus nombres en una tablilla y paseándose por toda la ciudad con el anuncio de lo que habían hecho colgado del cuello, hasta que fueron despreciados por su comportamiento. Porque todavía entonces, en Atenas, la ciudad que poco antes había atentado contra la filosofía matando a Sócrates, se sentía cierto respeto por los filósofos, aunque la ejemplaridad de su vida moral fuese tan extravagante como la de Diógenes.

Aunque el mundo ha cambiado, el ser humano no lo ha hecho tanto

La voz cruda de una verdad temeraria. Parece que al ser apresado tras la batalla de Queronea y conducido en presencia de Filipo, el rey le preguntó quién era, a lo que Diógenes contestó que no era otro que “un observador de tu ambición insaciable”, haciendo que el rey lo liberara admirado. Eso es lo que cuenta el estoico Dionisio, aunque lo más probable es que, de haber estado Diógenes en presencia de Filipo y haberle dicho aquellas palabras, lo hubiera liberado más por loco que por sabio, y más por sorpresa que por admiración. No debía ser del agrado de Diógenes el creciente poder macedonio sobre las polis griegas, ya que cuando llegó una misiva de Alejandro a Antípatro de Atenas, por medio de uno llamado Atlio, el sonoro comentario de Diógenes fue: “Un miserable hijo de miserable, a través de un miserable a otro miserable”.

El signo de nuestros tiempos

No son muy diferentes estos tiempos de smartphones y coches autónomos de los tiempos que vivieron Platón y Diógenes. Y no son diferentes porque aunque el mundo ha cambiado a nuestro alrededor, lo cierto es que el hombre no ha cambiado tanto. La corrupción, los excesos, la miseria y las guerras traen una y otra vez al primer plano la necesidad urgente de una vida ética.

Desde que el mundo es mundo el poder sólo ha consentido que sean los bufones los que digan la verdad. Diógenes fue ese bufón. Si no, ¿cómo es posible que lograran condenar a muerte a Sócrates y Diógenes, más molesto si cabe, viviera? Diógenes no era peligroso para el poder. Aunque hubo quien siguió su ejemplo, sus enseñanzas (o más bien sus ataques mordaces) no alcanzaron nunca la altura del maestro de su maestro. Sócrates educaba, y lo más peligroso para el poder es la educación. Qué duda cabe que esa fue la razón de su condena. Hoy las cosas siguen siendo igual que entonces. El poder deja vivir al bufón, pero nunca al que enseña a pensar por uno mismo.

No comments yet.

Deja un comentario