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¿En qué consiste el Derecho espacial y qué regula?

La ley del espacio

Románticos, soñadores, poetas y locos. Con miles de satélites orbitando alrededor de la Tierra, la capacidad para llevar sondas y robots a Marte y la aspiración científica y comercial de construir colonias humanas estables tanto en suelo marciano como en el de nuestro satélite, el bello sueño de atravesar el firmamento, llegar a la Luna y tocar las estrellas ha pasado a un terreno mucho más prosaico, el de la legislación. El comienzo de la carrera espacial en 1957 se convirtió en una partida de ajedrez, donde sólo dos jugadores se disputaban el dominio de «todo sobre el cielo». La perrita Laika, el Sputnik, la llegada a la Luna o las fotografías del Curiosity de la superficie de Marte han ido señalando hitos, al tiempo que planteaban otras cuestiones, como la de la propiedad o derechos de explotación de lo que se derive de la exploración espacial. Con el tiempo se han sumado muchos más jugadores a la partida. Todos quieren tener un pedacito, sea lo que sea lo que suponga poner un pie dentro de la conquista de los territorios ultraterrestres. Tal vez en previsión de lo que podía llegar a pasar, ya en la década de los 50 las Naciones Unidas empezaron a plantear la necesidad de alcanzar una serie de acuerdos sobe el espacio que hoy están plasmados en una serie de tratados sobre los que se construye algo que se ha dado en llamar Derecho espacial.

El riesgo de que exista un vacío legal acerca del uso del espacio ultraterrestre podría ser aprovechado tanto por gobiernos como por grandes empresas, para tomar iniciativas en beneficio propio, aún a costa de otros o del medio ambiente (que sería lo mismo) que podrían considerarse poco éticas. Sin querer pecar de desconfiados, lo cierto es que no sería la primera vez, sino todo lo contrario. Por esta y otras razones, contar con una legislación y unos acuerdos en materia espacial que comprometan a todos los posibles actores, se hace, más que nunca, necesario. Para saber más, TnL estuvo hablando con Juan Manuel de Faramiñán Gilbert, catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad de Jaén, miembro del Broad of the European Centre of the Space Law (ESA), miembro vocal del la Junta Directiva del Centro Español de Derecho Espacial Institute of Space Law (International Astronautical Federation)Sub-Commission on the Ethics or Outer Space of the World Commission on the Ethics of Scientific Knowledge and Techonology (COMEST) de la UNESCO.

BREVE PERFIL

Un derecho necesarioEl profesor Juan Manuel de Faramiñán Gilber, además de los cargos ya mencionados, es miembro de la Asociación Española de profesores de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales (desde 1979), del Centro Español de Derecho del Espacio (Escuela Diplomática), de la Asociación Atlántica Española (OTAN) y del Capítulo español de El Club de Roma, entre otras muchas actividades.

Ha recibido diversos premios y becas por su labor académica y docente y acumula una amplia actividad investigadora, que se ha traducido en diversas publicaciones que han tocado temas desde lo puramente jurídico a lo histórico, poético y filosófico.

Según nos explica Faramiñán, fue a partir de la década de los cincuenta, coincidiendo con el Año geofísico Internacional (de julio de 1957 a diciembre de 1958), las Naciones Unidas fueron tomando conciencia de que el espacio ultraterrestre «dejaba de ser un ámbito de la ciencia ficción para convertirse en una realidad importante desde el punto de vista político y económico».  Ahora, el rápido desarrollo de la tecnología y el creciente interés de gobiernos y empresas por emprender proyectos de diferentes propósitos sobre los planetas vecinos, convierte en necesaria la creación de una Organización Mundial del Espacio, «antes de que la exploración y utilización del espacio ultraterrestre siga avanzando hacia límites, por el momento insospechados, que cuando sean rebasados ya será tarde para intentar evitar deterioros lamentables, a los que ya nos tienen acostumbrados ciertas grandes potencias o empresas multinacionales».

la ley espacial intenta evitar deterioros lamentables

La organización holandesa Mars One propuso recientemente crear una especie de colonia permanente en Marte, y lanzó una convocatoria para reclutar aspirantes, con la aclaración de que se trataría de un viaje sin retorno. También la NASA, la ESA y, ahora, China, han comunicado sus intenciones de construir una base estable habitada en suelo lunar, lo que supondría el germen de futuras colonias humanas fuera de las fronteras de nuestro planeta. Ante esto, Faramiñán señala que la Estación Espacial Internacional será «un punto de apoyo en el espacio y una escala para futuras aventuras espaciales hacia la Luna y Marte» pero, de momento, lo que ya está siendo es un lugar excepcional para «conocer y profundizar en el comportamiento humano en el espacio».

Qué es el Derecho espacial

Por el momento, lo que existen son una serie de tratados acerca del espacio ultraterrestre, consensuados en el marco de las Naciones Unidas. En total son cinco los tratados que constituyen el Corpus Iuris Spatialis, a los que se han adherido los principales Estados del mundo, junto a las obligaciones ineludibles que ello conlleva. Esos cinco tratados consisten en lo siguiente:

  1. El tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, llamado también, «Tratado del espacio».
  2. El acuerdo sobre el salvamento y devolución de astronautas y restitución de objetos lanzados al espacio ultraterrestre.
  3. El convenio sobre la responsabilidad internacional por los daños causados por objetos espaciales.
  4. El convenio sobre el registro de objetos lanzados al espacio ultraterrestre.
  5. El acuerdo que debe regir las actividades de los Estados en la Luna y otros cuerpos celestes.

Sin embargo, las personas que están trabajando en el desarrollo del Derecho espacial, tal y como señala Faramiñan, deben tener en cuenta «a anticipación tecnológica para «ser visionarios, tener capacidad de crear, anticipar los eventuales problema que podrían acarrear los avances tecnológicos» y la «cautela» o, lo que es lo mismo, una cierta flexibilidad jurídica. Hoy por hoy, el Derecho Internacional público del espacio ultraterrestre se legisla dentro de las Naciones Unidas, dentro del COPUOS, un comité establecido ex profeso dedicado a regular el «Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre» que cuenta, a su vez, con dos subcomités, uno jurídico y otro de carácter técnico.

En el caso de que uno de los países firmantes de alguno de los tratados lo incumpliese, tendría que atenerse a las obligaciones a las que se comprometió de la misma manera que sucede con cualquier otro acuerdo regulado por el Derecho Internacional.

Juan Manuel de Faramiñán junto con el astronauta español Pedro Duque, durante la 19th ECSL Summer Course on Space law and Policy, en 2010.Juan Manuel de Faramiñán junto con el astronauta español Pedro Duque, durante la 19th ECSL Summer Course on Space law and Policy, en 2010.

Los acuerdos no sólo comprometen a los Estados, también las empresas deben atenerse a ellos. Así, en el supuesto caso de que una multinacional con suficientes recursos quisiera montar su propio negocio en la Luna o Marte, no podría hacerlo sin atenerse al tratado específico sobre la Luna de 1979. «El problema es que no ha sido ratificado por los Estados más importantes. No obstante, este es el acuerdo que debe regir las actividades de los Estados en la Luna y en otros cuerpos celestes, donde ya se regula la futura explotación y exploración de los recursos naturales que allí se encuentren.

En órbita

Puede que no seamos muy conscientes de ello, pero en estos momentos, sobre nuestras cabezas, el órbita alrededor de nuestro planeta, puede haber perfectamente unos ocho mil satélites. De todos esos, sólo unos 560 se mantienen operativos. El resto serían poco más que chatarra espacial.  Dentro de las órbitas posibles alrededor de nuestro planeta existe una de suma importancia: la órbita geoestacionaria de la Tierra, situada a 35.871 kilómetros por encima de la Tierra sobre la línea del ecuador.

La particularidad de esta órbita es que cualquier satélite que siga la órbita geoestacionaria tendrá un periodo de rotación sincrónico (similar al periodo de rotación de la Tierra alrededor de su eje). Esto permite al satélite permanecer estacionario en el cielo cuando se observa desde la Tierra, por lo que es, a la vez, sincrónico y estacionario. «Un satélite artificial colocado en esta órbita ofrece una gran utilidad en materia de comunicaciones, radiodifusión, observación de la Tierra, etc. y, en este sentido, la órbita geoestacionaria de la Tierra se convierte en un recurso natural inigualable, pero con una capacidad obviamente limitada para albergar la ingente cantidad de satélites artificiales que, en los últimos años, se han colocado», señala Faramiñán.

Karen Nyberg realizando experimentos de capilaridad en microgravedad.

La órbita geoestacionaria ofrece grandes posibilidades para el desarrollo de las telecomunicaciones, precisamente por que completa su órbita en 24 horas, al mismo tiempo que la Tierra. Desde el punto de vista de un observador situado en la Tierra, el satélite estaría colocado en una situación de inmovilidad. Gracias a eso, con sólo tres satélites equipados con una antena repetidora, sería posible cerrar un circuito completo de comunicaciones a partir de la Tierra, salvando la curvatura terrestre. «Por esta misma razón, con el fin de evitar interferencias entre estos satélites, el número de los que pueden funcionar simultáneamente en ella es, por lógica, limitado», explica.

No todos los puntos de la órbita geoestacionaria ofrecen las mismas prestaciones, «dado que interesan más los segmentos de la órbita que se encuentran sobre zonas habitadas -indica Faramiñán- que aquellos que son suprayacentes a las zonas oceánicas o menos pobladas, y para evitar una explotación irracional de esta órbita, la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) establece en su Constitución que, en relación a la utilización del espectro de frecuencias radioeléctricas y de la órbita de satélites geoestacionarios, los Estados miembros deberán esforzarse en limitar el uso de las frecuencias y extensión del espectro».

¿A quién le toca sacar la basura (espacial)?

Otro tema es el de la basura espacial. Los desechos espaciales son el resultado más notorio de la contaminación espacial. Según explica Faramiñán se trata de «uno de los mayores problemas con los que se enfrenta, en estos momentos, la exploración e investigación en el espacio ultraterrestre». Hace algunos años, los miembros de la tripulación de la Estación Espacial Internacional (ISS) tuvieron que refugiarse en la Soyuz, una nave acoplada a la ISS -recuerda Faramiñán- con el fin de poder abandonar la ISS con destino a la Tierra si se producía la emergencia de un choque de restos de satélites que amenazaban con colisionar contra la Estación y que, afortunadamente, pasaron cerca pero no impactaron, algo que ilustra muy bien la película Gravity.

Futura basura

Futura basuraObjetos como este, el módulo Nauka de la NASA, pueden sufrir daños ocasionados por los restos de otras misiones. Placas, tornillos, restos de pintura, tubos… flotan a grandes velocidades y pueden impactar contra otros objetos (naves, astronautas, estaciones…) causando muchos daños. Igualmente, los flamantes dispositivos que ahora desarrollan sus misiones en el espacio, se convertirán, tarde o temprano, en basura.

Faramiñán detalla que, «la Subcomisión Científico-Técnica de la COPUOS, con el fin de analizar esos objetos, se ocupó del tema y adoptó un informe sobre la materia en marzo de 1999«. Estos desechos, generalmente metálicos, de origen artificial, son el resultado de la desintegración o el abandono de objetos espaciales que, sin embargo, permanecen en órbita desplazándose a gran velocidad, pudiendo provocar colisiones con otros objetos espaciales. Además de que la ingente cantidad de estos desechos puede llegar a saturar las posibilidades de uso, en particular, de las órbitas bajas (entre 200 a 900 km de la Tierra donde, en la actualidad, los más peligrosos son los que no superan los 50 mm de tamaño) y, sin duda preocupantes, en la órbita geoestacionaria, situada a 35.871 km del planeta, sobre la línea del ecuador, por sus características estratégicas.

la basura espacial es uno de los mayores problemas que enfrenta la investigación

La ITU, en una recomendación de 1993, invita a los Estados a evitar la producción de desechos y a implicarse en la tarea de limpiar la órbita geoestacionaria de satélites en desuso. En 1982, la NASA, con la idea de reducir la producción de desechos espaciales, implementó un sistema de mayor control de los combustibles utilizados a fin de evitar posibles explosiones en el espacio. Incluso se ha pensado -cuenta Faramiñán- en la utilización de «órbitas cementerio» con el propósito de enviar a órbitas más altas aquellos satélites que han terminado su vida activa. «Así, el satélite de observación canadiense RADARSAT-1 fue una de las primeras naves espaciales para cuyo diseño se tuvo en cuenta el problema que analizamos, el mismo modo que para el diseño del RADARSAT-2 se le ha dotado de tales características que le permitirán proteger el satélite contra los daños causados por el impacto de los desechos espaciales, así como un propulsor para la salida de órbita«. La idea es que este propulsor se ponga en marcha al final de su vida activa para evitar que la propia nave espacial se convierta en desecho espacial, aunque lo cierto (y esta es mi opinión) es que seguirá siendo un desecho, sólo que en un lugar donde no será un problema para los nuevos satélites (que a su vez serán futuros desechos) y se podrá cerrar los ojos un tiempo más a la cuestión ineludible de que lo que se tira, hay que recogerlo, y si no tienes capacidad para recogerlo, la cosa es tan sencilla como no tirarlo (cierro mi opinión).

Una casita en la Luna

El desarrollo de nuevos materiales ha hecho que la NASA, la ESA, Rusia y, hasta China, se hayan planteado como factible la posibilidad de establecer una base fija en la Luna. Las intenciones argumentadas siempre son científicas y, posiblemente, de extracción de minerales y otros elementos valiosos, como el Helio 3, recurso abundante en la Luna y que es de gran importancia en las investigaciones sobre la fusión nuclear. En cualquier caso, Juan Manuel de Faramiñán señala que habrá que atenerse a lo dispuesto en el Tratado de la Luna de 1979, «donde se especifica que este satélite natural será considerado zona desmilitarizada y desnuclearizada, por lo que queda terminantemente prohibido establecer bases o instalaciones militares, poner en órbita ni en trayectoria hacia ella objetos portadores de armas nucleares ni otro tipo de armas de destrucción masiva». De esta forma, la exploración y utilización de la Luna «incumbirá a toda la humanidad, por lo que deberá efectuarse en provecho e interés de todos los países, sea cual sea su grado de desarrollo económico y científico», concluye.

Imagen figurada de una posible (y futura) base lunar estable, recreada por la NASA.Imagen figurada de una posible (y futura) base lunar estable, recreada por la NASA.

Bajo el Tratado de la Luna, es preciso detallar exhaustivamente cualquier misión que se quiera llevar a cabo en la Luna (fechas, objetivos, localizaciones, parámetros orbitales, duración de la misión, información sobre los resultados y, más particularmente, los resultados científicos). Cuando la misión tenga una duración superior a sesenta días, será imprescindible facilitar información a intervalos de treinta días. Si dicha misión supera los seis meses, sólo será necesario comunicar posteriormente los datos informativos más significativos. «Los Estados se comprometen a informar sobre cualquier fenómeno que descubra, no sólo en la Luna, sino en el espacio ultraterrestre como cualquier indicio de vida orgánica o fenómenos que puedan poner en peligro la vida o la salud humanas«, dice Faramiñán.

Sobre la posibilidad de situar en la Luna cualquier tipo de base, ya sea habitada o no habitada, el artículo 9 del Acuerdo -señala- recoge que la instalación deberá ser comunicada al Secretario General de la ONU, y deberá estar dispuesta de tal modo que no entorpezca el libre acceso a todas las zonas de la Luna del personal, los vehículos y el equipo de otros Estados partes. Aunque las actividades podrán desarrollarse tanto sobre la superficie lunar como bajo ella, el Acuerdo regula la posibilidad de que los equipos de cualquier otro país puedan circular y acceder libremente a las mismas zonas.

Las personas que, en un futuro, desarrollen su labor temporal o permanentemente en suelo lunar, deben adoptar las medidas que sean practicables a fin de proteger su vida y su salud, ya que a todos los efectos se les considerará dentro de la misma categoría del artículo V del Tratado del espacio, esto es, como astronautas, «enviados de la humanidad en el espacio ultraterrestre, por lo cual, las estaciones, instalaciones y vehículos espaciales deberán servir como refugio para aquellas personas que se encuentren en peligro«, afirma.

De todos y para todos

Establecer una colonia humana en la Luna no tendría, inicialmente, ningún reclamo urbanístico en plan: «Las mejores vistas del planeta». Uno de los intereses más fuertes a la hora de invertir millones de dólares en ir a la Luna es la de sus posibilidades de explotación, de la misma manera que se plantea respecto a otros cuerpos celestes sobre los que también se proyecta una posible intervención humana. Las disposiciones del Acuerdo de la Luna no sólo se han pensado para nuestro satélite natural, también son válidas para otros cuerpos celestes del Sistema Solar distintos a la Tierra y la Luna, «siempre que sobre alguno de ellos no se hayan regulado normas jurídicas específicas».

En su artículo 11, apartado primero, el Acuerdo de la Luna reconoce que «la Luna y sus recursos naturales son patrimonio común de la humanidad», por lo que su exploración y explotación se tendrían que realizar conforme al Derecho Internacional, específicamente sobre la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración sobre los principios del Derecho Internacional referentes a las relaciones de amistad y a la cooperación entre los Estados de 1970, «en interés del mantenimiento de la Paz y la Seguridad internacionales, así como del fomento de la Cooperación internacional y la comprensión recíproca, sin olvidar los respectivos intereses de los Estados partes, que sólo podrán utilizar la Luna para fines pacíficos«, explica.

la luna y sus recursos son patrimonio de la humanidad

Basándonos en todo esto, la Luna no podrá nunca ser objeto de apropiación nacional, ya sea mediante reclamaciones de soberanía, por medio del uso o la ocupación ni por ningún otro medio, según detalla Faramiñán. «Tampoco serán sus recursos naturales propiedad de ningún Estado, organización internacional intergubernamental o no gubernamental, organización nacional o entidad gubernamental, ni de persona física alguna (malas noticias para los que registraron la propiedad del Sol). Ni las instalaciones sobre la superficie o bajo la superficie de la Luna podrán crear ningún derecho de propiedad sobre ninguna parte de la Luna«, especifica.

En este mismo sentido, los apartados 5, 6 y 7 del mismo Artículo prevén el compromiso de establecer un «régimen internacional que rija la explotación de los recursos naturales de la Luna», en la intención de llevar a cabo un desarrollo ordenado, racional y seguro de todos estos recursos. Igualmente en lo que se refiere a la búsqueda de oportunidades para usar estos recursos y, lo más importante, para la participación equitativa de todos los Estados partes en los beneficios obtenidos a través de estos recursos, teniendo especialmente en cuenta los intereses y las necesidades de los países en desarrollo, sin olvidar los esfuerzos de aquellos países que hayan contribuido, directa o indirectamente con la exploración de la Luna.

En contra de lo que algunos podrían llegar a pensar, una legislación fuerte no tiene, en ningún caso, que suponer un freno para el desarrollo de la investigación y la ciencia. De hecho, todas las investigaciones del espacio ultraterrestre están avaladas por el COPUOS y las Naciones Unidas, y son un referente importante en las actividades espaciales.  «Otra cosa diferente serán las actividades de carácter económico que se están desarrollando y seguirán desarrollándose en el futuro, y que deberán ser reguladas con un criterio de protección del medio ambiente del espacio«, concluye Faramiñán.

Imágenes: Puestas en dominio público por la NASA: (Portada: Buzz Aldrin. Dentro: Karen Nyberg realizando experimentos de capilaridad en microgravedad. Módulo NAUKA y recreación de una posible estación lunar). Facilitadas por J.M. de Faramiñán: Imagen para «Breve perfil» y Cursos de verano con el astronauta Pedro Duque.

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