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"Si no hay cultura científica, lo que queda es la superstición"

La mandarina de Newton o cómo crear cultura científica

Hay una pregunta que demuestra hasta qué punto está errado el enfoque educativo: “¿Ciencias o Letras?” Cuando te obligan a elegir entre ellas se establece automáticamente una distinción y una exclusión. O eres niño o eres niña, o eres pez o eres liebre, o eres de ciencias o eres de letras. Sin embargo, el propio mundo se está encargando de demostrar que esta tradicional separación es tan errónea como nociva. ¿Por qué no puede interesarle la poesía o el arte a un científico? ¿Por qué no podría gustarle la ciencia a un filólogo? ¿Acaso una pintura no puede inspirar un teorema? ¿No hay estructura y patrones en la comunicación? Quizá por algo el MIT ha comenzado a hacer campaña a favor de que sus alumnos cursen materias de Humanidades.

Al separar ciencias de letras, además, surge otro problema, el de relegar el pensamiento científico y el conocimiento de lo científico para los científicos, a pesar de que la Ciencia (como la Historia y la Literatura) está tan metida en nuestras vidas que no podríamos separarla sin volver a las cavernas. ? Y si eliminamos la parte humanística? Nos quedaríamos sin la capacidad para hacernos preguntas y saber comunicar las respuestas. Existe un fino puente que une ambos mundos, y uno de los ladrillos que componen ese puente es la cultura científica.

Desde el principio

Entre 2008 y 2009 nació La Mandarina de Newton. Al principio se trataba sólo de un blog de ciencia que, al poco tiempo, obtiene cierto éxito. Detrás de aquel blog estaba Irene Lapuente, una licenciada en Física que entró a trabajar en la Comunicación Científica del departamento de Ciencias de la UPC. Poco después, junto con Ramón Sangüesa, profesor en la UPC, dan un paso más allá y se proponen “montar algo” capaz de hacer de la ciencia algo participativo, que uniera al experto con el no experto y dejase de tratar al público como algo “vacío” y comenzase a verlo como lo que complementa.

Fue Irene Lapuente la que continuó con el proyecto, siempre desde una perspectiva global y englobadora. En su bio aparece una idea: “La intersección de las formas de aprendizaje de la ciencia con otras formas de conocimiento“, y quizá esa sea la principal tarea que se autoencomendó La Mandarina de Newton. Ella misma es física, pero también una apasionada de la danza contemporánea, con una titulación de la Royal Academy of Dance de Londres. ¿Cómo no establecer vínculos entre todos los campos que influyen en el aprendizaje, la creatividad y la cultura?

la ciencia debe dejar de ser unidireccional

Un ejemplo de todo esto son las exposiciones co creadas. La cosa comenzó con una iniciativa de la mandarina en 2010: Science of the city, un proyecto que apoyaba entonces El Heraldo de Aragón y que contó con la financiación de FECYT y Fundación “la Caixa” con el objetivo de invitar a la gente a buscar la ciencia por su ciudad y hacer un vídeo de 2-3 minutos sobre ello. “Era algo que fomentaba mucho la participación, que empoderaba a la gente para que la ciencia dejara de ser unidireccional y de hacer los discursos para sí misma“, nos cuenta Lapuente.

A través de este proyecto se han desarrollado diversos trabajos, no sólo expositivos, sino también de investigación. El primer año, con el material recibido se montó una exposición en colaboración con un grupo de artistas, el segundo año se hizo un taller con la ayuda de unos investigadores holandeses, porque los alumnos de un instituto planteaban que las paredes feas y tristes afectaban negativamente el aprendizaje. Con la ayuda de expertos neurocientíficos, se investigó la propuesta de los chavales y se publicaron los resultados en una revista científica. En una tercera edición de Science of the City se llegó a generar un programa de ciencia para la red de teles locales.

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Ahora, La Mandarina de Newton es una parte esencial de las actividades culturales y científicas del país, y cuentan entre sus clientes con entidades del peso de la Fundación Santander, Telefónica, CSIC, La Obra Social de la Caixa, BMW Motorrad, WWF, la Universidad de Barcelona, el Grupo SM y otros muchos. Con un arsenal de actividades capaces de tocar de cerca a todo tipo de instituciones y ciudadanos.

Co de colaborativo

A la hora de divulgar ciencia lo habitual es que sea el divulgador el que elige los contenidos que quiere tratar, en las exposiciones el comisario elige hablar de redes o de código binario, por ejemplo. Ante esto, el planteamiento de la Mandarina es sencillo e innovador: “¿Cómo sería crear un proceso para que las exposiciones fuesen de otra manera?” La propuesta es trabajar directamente con el público en talleres presenciales, a través de los cuales se hacen diversas actividades enfocadas a que ellos planteen diversos temas, y ver los que más se repiten: Internet, los recuerdos, la memoria, la seguridad, la distancia, el trabajo colaborativo… con los temas elegidos, y la colaboración de una socióloga, la Mandarina hizo un trabajo de diseño, se subió a Second Life y, en colaboración con el Tech Virtual Museum of Innovation de San José, en EE.UU. se trabajaba in situ con las ideas en los talleres para convertirlos en módulos expositivos. Las distintas propuestas se sometieron a votación y, las elegidas tomaron forma de recorrido gracias a la estructura diseñada por un arquitecto.

¿Ciencia para mujeres?

En Amazon hay a la venta muchos juegos científicos para niños. Entre ellos llama la atención una caja, calificada como “juguete científico y educativo” bajo la denominación Science4you. Se trata de una fábrica de pintalabios. Pero si alguien quiere que su hija aprenda más ciencia también tiene la fábrica de jabones, la de perfumes, la de velas, la ciencia en la cocina y el imprescindible “Mi primer spa”.

En una línea parecida existe un vídeo promocionado por la Comisión Europea para decir, ¡Eh!, “Science: It’s a girl thing”. Un derroche de rosa y brillo labial para convencer a las chicas (suponemos), de que la ciencia es cool.

https://www.youtube.com/watch?v=zj–FFzngUk

Los estereotipos siguen siendo uno de los mayores obstáculos a la hora de facilitar el acceso de las mujeres a la ciencia. Después de varios años de experiencia montando talleres científicos para niños y niñas y hablando con los padres de los chicos, Irene Lapuente tiene una idea bastante clara de las razones reales que acaban alejando a las chicas de las ciencias. “Me interesa mucho el tema. Yo estudié ciencias, y sigue habiendo carreras que son de chicas y otras de chicos“, dice, y recuerda cómo en su clase había pocas chicas. En los talleres que imparte las cosas no son muy diferentes.

la ciencia para mujeres no es la ciencia del pintalabios

Tengo una especial sensibilidad con el tema. La distribución no es equitativa, aunque este último año parece que las cosas están cambiando“. Lapuente nos explica que lo habitual, con un cupo máximo de 12 niños, era tener una relación de 10 chicos y 2 chicas, 11-1, 9-3…Sin embargo este verano el porcentaje ha sido de 6-6, toda una sorpresa.

La mandarina es una empresa donde la mayoría de los integrantes son chicas. Irene es física, y el resto del equipo actual está conformado por una informática multimedia, una bióloga, una experta en medio ambiente y un único chico, físico como Irene. La empresa cuida con mucho mimo la estética con la que se presentan. El nombre es femenino, son más mujeres que hombres y el diseño está pensado para que tenga un aspecto lo más neutro posible, algo a lo que no suele prestar atención la divulgación científica. “Tengo tendencia a creer que en la parte visual nos fijamos más las mujeres que los hombres, incluso ponemos títulos a los talleres que son de tecnología creativa en lugar de programación, y me sorprendía que no vinieran más niñas“, explica. Un ejemplo que recomienda Lapuente en cuanto a una divulgación de estética neutra es la revista Principia.

ordenadores

En opinión de Lapuente, los formatos y la representación que se emplean en las distintas facultades y escuelas “hacen que la gente se vaya“, y esa es una de las razones de que crea que esos formatos ahuyentan especialmente a las chicas, a pesar de que “se nos educa para desconfiar de nosotras“. Una contradicción que acaba perjudicando la correcta canalización del talento científico, tenga el sexo que tenga. Aunque queramos creer que no, Lapuente confiesa que sigue escuchando cómo se repiten los mismos clichés: “Las chicas no son listas, pero sí muy trabajadoras“, mientras que “los chicos son unos gandules, pero inteligentes“. Entonces esas chicas se asustan y se van.

A través de su página de Facebook aprovecha algunas veces para hablar y comentar las experiencias que tiene con los padres y madres de los niños que acuden a los talleres.

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La cuestión es que si los padres no llevan a sus hijas a talleres de este tipo porque no muestran interés, ¿cómo lo van a desarrollar? Para Lapuente es necesario llevarlas, porque es la única forma de que en algunas de ellas se produzca la reacción esperada, y que el taller actúe como el catalizador de una cadena de reacciones que lleven a esa chica a descubrir todo un mundo dentro de la ciencia.

para que las niñas reaccionen ante la ciencia hay que llevarlas a actividades científicas

Cuenta el caso de un taller en la Fábrica del Sol que hicieron en cierta ocasión y en la que sólo había una niña en un grupo de 12: “La niña se sintió intimidada. Hubo un momento en el que había que apretar tornillos y ella dijo que no. Hasta que su madre y yo no nos pusimos delante de ella a apretar tornillos no se puso ella a hacerlo. A una niña no se le suele dedicar tiempo para enseñarle cómo apretar tornillos, pero luego llegan los estudios y los experimentos y sacan conclusiones deformadas sobre el interés o la capacidad de las niñas por la ciencia. En este sentido creo que hay una parte cultural muy grande, y habría que coger a los niños y a las niñas y desmitificarlos totalmente, porque estamos muy contaminados“, asegura Lapuente.

Cuestión de cultura

Cuando se echa un vistazo a las actividades de la Mandarina se ven exposiciones, arte, música, danza, juegos, pero tras todas ellas siempre hay ciencia. A pesar de esa contaminación de la que habla Lapuente, ella opina que todos los chicos y chicas que llegan a los talleres de la mandarina “vienen porque tienen interés por la ciencia“. La Mandarina de Newton ofrece actividades de ciencia en dos colegios de Cataluña. Incluso después de que las horas de ciencias se redujeron una hora, varias AMPAs se organizaron para que esa hora se impartiera igualmente durante todo el año a todos los alumnos. “Mi percepción es que el interés existe, y no es que no les guste la ciencia, sino que les cuesta la formalización de la ciencia“, explica Lapuente.

Por formalización se entiende la forma rígida que hay de enseñar las materias. Entre los niños hay curiosidad, ganas de ver y de hacer, sin embargo en el colegio todo hay que hacerlo en una libreta, y la libreta es el objeto que se evalúa, “no se presupuestan otras cosas y no se deja espacio para preguntar“, lamenta Lapuente. A veces se preguntan cosas que no están en el temario, no forman parte de lo que hay que dar en clase, pero son muestras de la curiosidad y la reflexión de los niños. En muchos casos las exigencias del temario son las herramientas que amputan el interés de los chicos, en lugar de servir de acicate, según comenta Lapuente.

No quiero fomentar vocaciones científicas, sino que la cultura científica esté generalizada

La desmotivación no está sólo entre los más pequeños. Otro de los tópicos habla de carreras muy difíciles. “La ciencia requiere un esfuerzo, pero te gusta tanto y te produce tal placer que hacerlo te recompensa, así que no hay que temerle tanto, hay que hacer que los niños lo vean y lo hagan“, dice Lapuente. En cuanto a los investigadores, “muchos dependen de las becas, son precarios, y eso desmotiva. Vale que hay que lograr más vocaciones, pero hay que mejorar las condiciones laborales de los científicos“, apunta.

Niños, niñas, ciencia, arte… el objetivo de la mandarina va un poco más allá de todo lo aparente, e implica a todos los sectores y actores de la sociedad: “No quiero fomentar vocaciones científicas, sino que la cultura científica esté generalizada“, dice Lapuente.

¿Por qué la gente puede decir tranquilamente que no sabe lo que es un átomo? ¿O cuáles son las partes fundamentales de una célula? ¿O los planetas del Sistema Solar? “Hace falta, que la cultura científica sea parte indispensable de la cultura, porque muchas de las decisiones que toman los políticos pasan por la ciencia, como los transgénicos o la energía solar. Si no hay cultura científica, ¿cómo pueden ellos tomar decisiones?, ¿cómo podemos tomarlas nosotros? Si no hay cultura científica, lo que queda es la superstición”, concluye.

Fotos: La mandarina de Newton

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