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Además de ofrecer compañía, reducen la ansiedad y se asocian a una mayor resistencia psicológica ante la adversidad

Mascotas: mucho más que compañía

Si quien tiene un amigo tiene un tesoro, cuando ese amigo es una mascota, se convierte, además, en un buen seguro sanitario. Da igual el tamaño o la especie, tener una mascota en casa es sinónimo de una mejor salud. Además de ofrecer compañía, reducen la ansiedad y el estrés, la presión arterial y el riesgo de ataques cardíacos, se asocian también con una mayor esperanza de vida, aumento de la actividad física y la estimulación sensorial, apoyo emocional, sensación de bienestar y resistencia psicológica en tiempos de adversidad.

Aunque el perro es la mascota preferida y está presente en uno de cada cinco hogares españoles, seguido del gato, que vive en uno de cada diez, todos los animales de compañía pueden aportar beneficios, según los últimos estudios, desde un canario a un hámster. Y el vínculo que se establece con ellos es tan fuerte como el que nos une a las personas, según un estudio publicado en el «British Medical Journal».

La clave de los efectos saludables que aportan las mascotas podría estar en que favorecen las interacciones con otras personas, ya sea al sacarlas a pasear o simplemente en las visitas al veterinario. Y las relaciones sociales y el ejercicio se asocian en otros estudios a una mejor salud.

De hecho, hay una evidencia empírica convincente de la importancia de las relaciones sociales y apoyo social para la salud tanto física como mental y el bienestar. Un metaanálisis de 148 estudios colocó la influencia de las relaciones sociales en el riesgo de mortalidad a la par de los factores de riesgo bien establecidos, como el tabaquismo y consumo de alcohol. Por el contrario, el aislamiento social y la soledad se han identificado como factores de riesgo de mala salud.

Ayudan a estar en forma

Según una investigación publicada en «Preventive Medicine», las personas que tienen perro conservan a los 65 años el mismo nivel de actividad que tenían cuando eran diez años más jóvenes. Y como media son un 12% más activos que otras de su misma edad que no tienen mascota.

Además, los animales de compañía ejercen un efecto tranquilizante en sus dueños, en los que logran reducir la ansiedad y la depresión. Tener una mascota obliga a quienes viven solos a pensar más allá de sí mismos y de su rutina diaria. Un animal en casa incita a levantarse más a menudo y atenderle, a jugar, hablar y sonreír con frecuencia. De esta forma consiguen que el estado de ánimo de sus dueños mejore.

Reducen el estrés

Ya sea un perro, un gato, un hámster, conejo o cualquier otra mascota, su contacto produce un aumento en los niveles del neurotransmisor serotonina, que ayuda a mantener un buen estado de ánimo. Al acariciar a los animales de compañía, disminuye el cortisol, que es la hormona del estrés. Además, se incrementa la síntesis de oxitocina, una neurohormona relacionada con los vínculos afectivos. Y la suma de ambos efectos permiten afrontar mejor el estrés en el día a día.

Mascotas como terapia

Los beneficios son tales que hay instituciones como la británica «Pets as Therapy» (las mascotas como terapia) que cuentan con un «ejército» de casi 300 canes que recorren hospitales, orfanatos, centros para niños y jóvenes en riesgo de exclusión o residencias para mayores. Iniciativas que ya empiezan a seguirse en nuestro país.

«Si nos centramos en personas mayores, aconsejamos el contacto frecuente con mascotas y a ser posible que se ocupen de su cuidado y mantenimiento», explica Miguel Ángel Maroto, psicólogo especialista en gerontología y director de Ahoracentros, en Madrid, un espacio donde se entrenan cuerpo y mente a partir de los 50.

Además de los beneficios mencionados anteriormente, se observa un aumento de la autoestima y mayor fluidez verbal en presencia de un animal de compañía. Y, algo muy importante en las personas mayores, un aumento de la movilidad que favorece la independencia en actividades de la vida diaria, condición que se asocia con una mayor longevidad.

Tampoco hay que olvidar que los estados de ánimo positivos que proporcionan las mascotas, al reducir las hormonas relacionadas con el estrés, aumentan la función inmune y promueven una recuperación más rápida del corazón después del esfuerzo.

Mejoran las habilidades sociales

No solo salvaguardan la salud, sino que pueden incluso actuar como «co-terapeutas» para mejorar deficiencias físicas o cognitivas. Según un estudio de la Universidad de Missouri, las personas con trastornos del desarrollo como el autismo parecen acelerar sus progresos si se incluye una mascota en la terapia. «Cuando comparé las habilidades sociales de los niños con autismo que vivían con perros y los que no, vi que los primeros parecían tener mayores habilidades sociales», explica Gretchen Carlisle, que dirigió el estudio.

Siempre se piensa en los perros, pero los investigadores de Missouri han comprobado que cualquier animal sirve, en especial en el caso de los niños: un gato, un hámster, un pájaro o incluso una araña. Al parecer, cualquier tipo de mascota en el hogar hace a los niños más propensos a involucrarse en comportamientos como presentarse, solicitar información o responder a las preguntas de los demás. Este tipo de habilidades normalmente son difíciles para los niños con autismo, pero este estudio mostró que la capacidad de relacionarse de forma adecuada aumenta en presencia de un animal de compañía.

Lo descubrió por primera vez de forma casual el psiquiatra Boris M. Levinson, cuando su perro, Jingles, salió a recibir a un pequeño paciente extremadamente tímido: “Jingles estaba acostado a mis pies, mientras yo escribía en mi despacho, cuando sonó el timbre de la puerta. A Jingles no le estaba permitido entrar en la consulta cuando atendía a mis pacientes, pero ese día no esperaba ninguno hasta varias horas después. Jingles me acompañó a la puerta donde recibimos a una madre y a su hijo muy alterados, varias horas antes de su visita”.

Mientras yo saludaba a la madre, Jingles corrió hacia el chico y empezó a lamerle. Ante mi sorpresa, el pequeño no se asustó, sino que lo abrazó y comenzó a acariciarlo”.

A partir de ahí, durante varias sesiones el niño jugó con el perro, aparentemente ajeno a la presencia del psiquiatra. Sin embargo, distraído con su nuevo compañero de juegos, el pequeño iba respondiendo a las preguntas del psiquiatra. El afecto que sentía por el perro, se extendió a Levinson, que logró una muy buena sintonía con el niño, lo que facilitó la intervención terapéutica. “Parte del mérito de la rehabilitación hay que dársela a Jingles, que fue un terapeuta muy entusiasta”, explicaba Levinson.

Alzheimer

Las terapias psicológicas que incluyen animales como agentes activos están en alza en nuestro país, aunque en Europa, EEUU y Canadá nos llevan la delantera. Sin embargo, cada vez hay más iniciativas. Como la de Soulcan, un centro especializado en llevar a casa o diversas instituciones los beneficios del contacto con los canes. Trabajan también el deterioro cognitivo en personas con Alzheimer. Algunos estudios señalan a la terapia asistida con animales es una opción prometedora para tratar la agitación y depresión en pacientes con demencia. Los resultados sugieren que podría incluso retrasar la progresión de los síntomas neuropsiquátricos.

Olfato clínico

Las mascotas pueden aportar su granito de arena incluso en la prevención. El considerado mejor amigo del hombre, el perro, ha demostrado ser también un cuidador excelente. Además de servir de guía a las personas que han perdido la visión, su extraordinaria capacidad de percepción le permite detectar con antelación la proximidad de una crisis epiléptica o una bajada de azúcar. Ladridos, saltos, lametones o incluso pequeños mordiscos son sus estrategias para advertir a sus dueños.

¿Cómo pueden detectar que los niveles de azúcar están rozando los 70 mg/dl que marcan la hipoglucemia? No se sabe a ciencia cierta. No parece que se guíen por cambios visibles en el comportamiento, porque pueden detectar los niveles anormales de glucosa de sus dueños incluso desde otra habitación. Todo apunta a su extraordinario olfato. Se especula que el sudor pueda cambiar su composición cuando el azúcar baja o que detecten la presencia de cuerpos cetónicos en el aliento. En cualquiera de estos supuestos, su olfato de sabueso haría saltar la alarma.

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