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Estereotipos y barreras que borran a las mujeres de las carreras técnicas

Mujeres y ciencia: una historia invisible

El pasado 4 de noviembre se inició en España uno de los juicios más sinsentido de los últimos años. Una mujer Guardia Civil se sentó en el banquillo acusada de no usar el chaleco antibalas reglamentario. En un mundo inicialmente masculino y reglado para y por ellos, los chalecos antibalas que deben usar las mujeres son los mismos que usan los hombres, pero de talla más pequeña. ¿Cuál es el problema? Que incluso los de talla más pequeña quedan holgados para algunas mujeres y, por supuesto, ninguno de adapta a las formas femeninas. No se trata de un capricho estético. Para que un chaleco antibalas haga bien eso de parar balas, tiene que adaptarse bien al torso y permitir la libre y cómoda ejecución de movimientos. ¿Qué hizo la agente? Comprar de su bolsillo un chaleco femenino. ¿Qué hicieron sus superiores? Acusarla de insubordinación y llevarla a juicio.

En este punto quiero hacer un inciso personal. Nunca me consideré feminista, y confieso que siento cierto reparo al hablar de “reivindicaciones de mujeres”, pero con el tiempo me he dado cuenta de algo: las violaciones, los abusos, los asesinatos, las limitaciones, las humillaciones, las presiones, las injusticias, las diferencias salariales y muchas otras cosas que padecen millones de mujeres en todo el mundo por la sola condición de ser mujer, sólo cesarán cuando la mentalidad de todos, hombres y mujeres, cambie. Es una educación que se tiene que hacer desde pequeños, entendiendo que las diferencias nos enriquecen a todos, que te puede gustar jugar con muñecas y estar guapa (o no), y tener una capacidad científica fuera de toda discusión; y que separar y discriminar nos vuelve a todos más pequeños y miserables. Quizá por eso ahora considero fundamental, esencial, tomar partido, no porque sea mujer, sino porque es necesario.

¿Qué está pasando?

En 2015 la Fundación L’Oreal hizo una encuesta. Los datos decían que el 63% de los españoles creían que las mujeres no pueden ocupar cargos científicos y técnicos de relevancia. Decían que las mujeres no tienen interés por la ciencia, ni una mente racional y analítica, ni perseverancia, ni espíritu crítico, ni sentido práctico. La realidad demuestra esa creencia es falsa. Una peligrosa ficción que no termina de morir y que está perjudicando gravemente a la sociedad. Más peligrosos que los actos son las falsas ideas que los sustentan. Es contra esas ideas contra las que hay que luchar.

Si hablamos de sentido práctico habría que rescatar unas declaraciones de Kevin O’leary, uno de esos empresarios hechos a sí mismos, multimillonario y presidente de O’leary Funds. O’leary dijo en una entrevista a la CNN: “La mayor parte de mis beneficios proceden de empresas, bien propiedad de mujeres o bien dirigidas por ellas. No estoy en la guerra de los géneros. No me interesa. Yo le daría dinero a una cabra si pudiera ganar dinero con ella“. O’leary hizo su propia encuesta dentro de su grupo de compañías, y así fue como vio que, a pesar de lo que piensa la gente, las empresas dirigidas por mujeres eran más rentables que las dirigidas por hombres. En su opinión porque se trazan metas alcanzables, buscan precisamente los proyectos que pueden cumplir y que, al mismo tiempo, son rentables para la compañía. En cualquier diccionario eso sería un ejemplo de sentido práctico y mente analítica.

Hay un problema cultural innegable. Las barreras mentales a las que hay que enfrentarse comienzan en la infancia, y muchas niñas sucumben ahí. Los estereotipos, así como los modelos, se gestan a una edad muy temprana y nacen del entorno, de lo que se ve en casa y en el colegio. La parte perversa es que se ha generado todo un debate acerca del aspecto de deben y no deben tener las mujeres que quieren ser tomadas en serio, así como sobre las cosas con las que deben y no deben jugar las niñas para evitar el sesgo sexista.

Recientemente, durante la celebración en Madrid del Google Diversity Day se dijo algo de lo que habitualmente se elude hablar: las diferencias entre niños y niñas. En la discusión estaban María Benjumea, presidenta de Spain Startup, y Digna Couso, directora del Centre de Recerca per a l’Educació Científica i Matemàtica, de la UAB. En su experiencia como madre y abuela Benjumea confesaba que, a pesar de que siempre había procurado que los juguetes y entornos de sus hijos y nietos no tuviera condicionantes de sexo, lo cierto era que tenía que reconocer que a las niñas (por lo general) les gustan otras cosas, les gustan las muñecas, los vestidos, jugar a peinar y maquillar… pero en ningún momento eso suponía un límite para sus capacidades de estudio o trabajo. Para Couso, efectivamente, estamos ante algo que hay que asumir: chicos y chicas son diferentes en cuanto a intereses y gustos, pero no en cuanto a capacidades.

De alguna perversa manera se ha asociado lo femenino, con sus características particulares, a la debilidad o a la incapacidad para asumir ciertos estudios o trabajos; mientras que lo masculino y sus características han prevalecido como idea general de la inventiva, el liderazgo y la excelencia. En ese sentido Couso hablaba de “percepción de autocapacidad errónea” debida a la identificación con determinados estereotipos, que contribuye a la alienación de las chicas jóvenes respecto a la tecnología. Así, un chico con un 6 en mates y un 4 en inglés se considera a sí mismo bueno en mates, mientras que una chica con un 6 en mates y un 8 en inglés se cree muy mala en mates. A los 10 años las chicas ya se creen menos capaces que los chicos en las cosas que tienen que ver con la tecnología, y romper ese círculo vicioso es difícil, pero necesario.

Una de las diferencias generales entre hombres y mujeres tiene que ver con las motivaciones. Couso coincide con otra de las personas relacionada directamente con la formación de futuras ingenieras. Lorena Martín, responsable en España de Technovation: lo que atrae a las mujeres a la tecnología es la aplicación social, lo que tiene utilidad para mejorar el mundo, por eso proyectos como Technovation logran atraer a las chicas jóvenes, porque plantean la necesidad de encontrar soluciones a problemas reales de sus comunidades. “El interés de chicos y chicas es muy diferente – dice Couso – y conforme la tecnología va desarrollando y haciendo cosas sociales, de ayuda, va atrayendo más a las mujeres“. Aún así, el problema de los estereotipos y las percepciones sigue siendo una barrera a derribar, y “una cosas es lo que las chicas creen que son capaces de hacer y otra lo que realmente son capaces de hacer“.

Ellas, las invisibles

No es tan difícil tirar del hilo para encontrar el punto donde las mujeres pasan a ser la parte invisible de la humanidad. Y lamentablemente lo que encontramos en ese punto son la religión. No, para ser más concretos no la religión, sino las personas que la crearon. Quizá no sepamos qué es Dios o qué no es, incluso puede que tengamos nuestras dudas sobre si existe o no existe, pero lo que no se puede hacer ya a estas alturas de la historia es confundir espiritualidad con religión. Y ha sido la forma en la que se ha entendido la relación con lo misterioso, y todo lo que se ha creado para intentar influir o torcer las leyes de la Naturaleza, lo que ha marcado también las diferencias sociales y de género.

La parte curiosa es que aunque ahora hablemos de avances en la ruptura de diferencias y en igualdad, lo cierto es que aún estamos muy lejos de los logros de algunas civilizaciones que distan miles de años de nosotros. Si la evolución fuera lineal, en estos momentos estaríamos ya pasados de rosca. Por poner un ejemplo, la mujer en el antiguo Egipto vivió una igualdad jurídica dentro de la sociedad hasta el punto de que hay aspectos en los que todavía no han sido superados. En la antigua Grecia las mujeres eran consideradas menores de edad durante toda su vida y se las alejaba de cualquier toma de decisión dentro de la ciudad. En este caso era la clase política la que limitaba el papel de las mujeres, y sólo las sacerdotisas tenían cierta independencia y poder. A pesar de las circunstancias de su tiempo y su polis, Platón se atrevió a plantear en su “República” que las únicas diferencias entre hombres y mujeres las pondrían sus capacidades, y que si una mujer tenía en su alma las virtudes necesarias para ser una guardiana, no permitirlo sería ir en contra de los intereses de la ciudad. Platón escribió su “República” después de su estancia en Egipto.

En el mundo occidental que conocemos, la alianza entre intereses políticos (por la legitimidad de sangre de los reyes) y los religiosos, que hicieron de la mujer la culpable de los males del mundo (ya fuese con Eva en los mitos bíblicos como en el mito griego de Pandora). Desde entonces la sociedad ha avanzado en la medida en la que ha sido capaz de romper los duros muros de intolerancia que ha levantado durante siglos, pero por el camino muchas mujeres que brillaron con luz propia fueron apagadas y ocultadas de la historia. Una forma perversa de evitar que cundiera el ejemplo. Así, mientras somos capaces de nombrar al menos una docena de científicos e ingenieros famosos, recordaremos a duras penas a Marie Curie y, luego, a ninguna más. ¿Acaso no las ha habido o su papel en la ciencia ha sido secundario o lateral? Todo lo contrario.

Algunos de los grandes hitos científicos de la historia han estado en manos de mujeres, pero esos nombres apenas se mencionan en los libros de historia y, si bien es cierto que es materialmente imposible enumerar a todos los que hicieron algo, esa falta de modelos femeninos es una de las causas de que la sociedad en general, y las chicas en particular, perciban la ingeniería y la ciencia como algo eminentemente masculino.

María Margarethe Winkelman-Kirch tuvo la suerte de tener un padre convencido de que a mujeres y a hombres había que darles la misma educación. Estábamos en el siglo XVII, en Leipzing (Alemania). Su interés por la astronomía la llevó a convertirse en aprendiz y ayudante de Christopher Arnold, gracias al cual conoció a quien luego sería su marido, el también astrónomo Gottfried Kirch. Ambos realizaron importantes estudios astronómicos. A Kirch lo nombraron astrónomo oficial de la Academia de las Ciencias en Berlín y ella mantuvo su puesto de ayudante extraoficial, primero de su marido y luego de su hijo. Los esposos calculaban las trayectorias con las que elaborar calendarios y almanaques, ambos realizaban el mismo trabajo, y ambos eran conocidos en el mundo académico, llegando a publicar, ella en particular, varias obras de importancia. Fue, incluso, la primera mujer en descubrir un cometa, a principios del siglo XVIII. Sin embargo, cuando solicitó el puesto de astrónomo asistente en la Academia de Berlín, la rechazaron justamente por ser mujer y por el mal precedente de contratar a una mujer para un puesto como ese.

Mientras que el nombre de Tycho Brahe es altamente conocido y estudiado, su hermana Sophia Brahe forma parte del anecdotario sobre la vida del astrónomo danés. Al ver que su hermana pequeña mostraba inclinaciones por la astronomía y la química y trataba de estudiar por sí misma, Tycho la tomó como ayudante y comenzó a enseñarle buena parte de lo que sabía sobre astronomía. Aún así Sophia fue autodidacta en muchos aspectos, y no perdía ocasión de estudiar cuanto libro sobre el firmamento, la química y la horticultura caía en sus manos. Gracias a esos conocimientos elaboró medicamentos alquímicos con bastante buen resultado que, dicen, vendía entre la alta sociedad y regalaba entre los pobres. Tycho nunca dejó de manifestar la admiración que sentía por la mente de su hermana. No es posible saber hasta dónde habrían podido llegar su curiosidad y sus conocimientos de haber nacido varón o, quizá, en una sociedad más igualitaria.

Caroline Lucretia Herschel, nacida en 1750, tuvo tifus siendo muy pequeña, lo que le causó una malformación que, para bien o para mal determinó su vida. Su condición física hizo que no se casara nunca. De alguna manera eso le concedió una independencia que quizá no habría obtenido de otro modo. Bajo la tutela de su hermano Frederick William se convirtió en una destacada soprano, pero cuando Frederick se convirtió en el astrónomo del rey Jorge III de Inglaterra, Caroline dejó la música para pasar a trabajar como su ayudante con un sueldo. Caroline llegó a descubrir ocho cometas, varias nebulosas, galaxias y estrellas. En total llegó a catalogar más de 2.500 objetos celestes, trabajo que le valió el reconocimiento de los científicos de su tiempo. Ya siendo anciana recibió la medalla de oro de la Royal Astromonical Society, con 85 años, dicha sociedad la admitió como miembro honorario y, con 96, el rey de Prusia le concedió la Medalla de Oro de la Ciencia. Un asteroide se llama Lucretia en su honor, y hay un cráter en la Luna que lleva su nombre, es el cráter C. Herschel. Cualquiera que no conozca a Caroline y vea su nombre en los mapas de la Luna, podría pensar que algún importante astrónomo bautizó ese relieve con el nombre de su amada para dedicárselo a ella.

Así siguen muchos más nombres: Carmenta, Teano de Crotona e Hipatia de Alejandría en el siglo VII a.C., María Sibylla Merian, Marie-Sophie Germain, Mary Somerville, Ada Lovelace María Mitchell, Nettie Stevens, Lise Meiter, Sofya Kovalecskaya, Emily Warren Roebling, Antonia Maury, Mary Leakey, Hedy Lamarr, Margaret Hamilton, Elsie MacGill, Grace Murray Hopper, Emmy Noether, Bárbara McClintock, Jocelyn Bell, Rosalind Franklin, Dorothy Hodgkin, Esther Lederberg, Ida Tacke, Chien-Shiung Wu, Henrietta Leavitt, Rachel Carson, María Gaetana Agnesi, Laura Bassi, Alessandra Gilliani, Hildegarda de Bingen, Jane Marcet, Florence Nightingale, Ellen Ochoa, Margarita Salas, María Vallet-Regí, Rita Levi-Montalcini, Irène Joliot-Curie, Maria Goeppter-Mayer… No son casos aislados en una corte de varones, todas ellas ganaron sus méritos duramente, algunos de los cuales son lo suficientemente importantes como para que la humanidad entera deba agradecerles el logro, y sin embargo siguen siendo modelos invisibles. Los niños y niñas no los estudian en sus libros de texto, ni a las escritoras, pintoras, exploradoras, políticas, humanistas, compositoras, matemáticas, bioquímicas, educadoras, guerreras, pioneras, aviadoras, ingenieras, astronautas, marineras, médicos, inventoras, pensadoras… y cuando al llegar a la edad adulta alguno se tropieza con ellas, la expresión es de incredulidad, y comenta con sorpresa en las reuniones de amigos que una mujer estuvo detrás de la invención del lenguaje COBOL. ¿por qué nos asombra tanto?

La ingeniería

Si se echa un vistazo a la lista de las mujeres que han ganado un premio Nobel, la lista está copada por los galardones de Literatura, Paz y Medicina. Un dato que apunta en el sentido que señalaban Digna Couso y Lorena Martín: las mujeres buscan la utilidad social, aquello que visiblemente permite ayudar a su comunidad. ¿Quién puede negar la utilidad social de la ingeniería? Sin embargo, la visión que se tiene de los ingenieros y de las ingenierías dista mucho de ser social, y está más centrada en los buenos sueldos, el prestigio y el poder.

Según un informe publicado en 2014 por la revista Forbes, en EE.UU. científicos e ingenieros están dentro de la lista de las 10 profesiones más prestigiosas, en cuarta y sexta posición respectivamente. La ingeniería tiene una de las tasas de paro más bajas y una de las listas de salidas más altas y diversas. Para Gabriel González, director de la Politécnica de Algeciras, en una entrevista publicada en 2014 en la Revista de Ingeniería: “Los actuales estudios de Ingeniería Industrial conforman una de las titulaciones con más reconocido prestigio a nivel nacional e internacional”. Así es que, a pesar de que pocas profesiones tienen una vertiente tan social como la ingeniería, lo cierto es que este aspecto queda opacado por el relativo al reconocimiento y el estatus.

A pesar del prestigio que aún tiene y de las salidas profesionales, lo cierto es que los estudios de ingeniería están atravesando una importante crisis, con un descenso en las matriculaciones y una todavía escasa presencia femenina. Los datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (2014) señalan que, aunque la mayoría de los titulados universitarios y los estudiantes de master son mujeres, en las titulaciones técnicas como ingeniería y arquitectura el porcentaje de estudiantes es sólo del 26,1% y del 30,6% en los master. Incluso después de salvar todos estos escalones hay otro dato que repercute negativamente en la actividad profesional de las mujeres: una brecha salarial media del 19% entre hombres y mujeres.

Las razones por las que no hay más mujeres en las carreras técnicas parece estar en una confluencia de circunstancias. Por un lado están los estereotipos de género sobre lo que se considera propio de chicos y propio de chicas; los mismos estereotipos que también están presentes en las familias, donde las expectativas sobre la profesión de los hijos, y el apoyo que los padres dan para sus estudios, pueden varias entre chicos y chicas, aunque el rendimiento académico sea el mismo.

Otro factor, que ya hemos mencionado antes, es el de la utilidad social de la carrera. De alguna forma, aunque hay pocas profesiones con una proyección social tan relevante como la ingeniería, es casi tan invisible como las propias mujeres.

En ingeniería se da una de las paradojas más curiosas, aunque todo el mundo usa y disfruta de los desarrollos de la ingeniería, muy poca gente sabe explicar qué es la ingeniería y a qué se dedica. Ya ni hablemos de citar aunque sea a 10 ingenieros famosos. Y aún más curioso, si hiciésemos una lista de ingenieros famosos, veríamos sorprendidos que a muchos de ellos los conocemos, pero no sabíamos que lo que hacían era ingeniería. Luego están los sorprendentes casos de personajes famosos por cualquier otra cosa como Alfred Hitchcock, Dolph Lundgren, Pedro Armendáriz, José Luis Perales y Rowan Atkinson, que estudiaron ingeniería. ¿Cómo vas a querer dedicarte a algo que desconoces?

Si hablamos de esa visibilidad de la aplicación social de la ingeniería, es quizá la parte que más afecta a las mujeres. Lina Nilsson, directora de Innovación en el Centro Blum para Economías en Desarrollo de la Universidad de California, explicaba para The New York Times que “si el contenido y la imagen de las ingenierías tuviera un sentido más social, se matricularían muchísimas más mujeres“. Básicamente se trata de cambiar el paradigma tradicional de la ingeniería, enfocada a construcciones civiles, militares o de exploración, y acercarla más a las soluciones para las necesidades diarias de la gente que más lo necesita. Ella defiende que las mujeres “sí se sienten atraídas por aquellos proyectos de ingeniería que persiguen el bien social“, y no debe andar desencaminada porque, como profesora, Nilsson logró tener un 50% de alumnas cuando introdujo un doctorado en Ingeniería para el Desarrollo, destinado a ayudar a poblaciones pobres a conseguir agua potable o a mejorar los sistemas de diagnóstico en el caso de enfermedades tropicales. Es el mismo caso de Technovation.

Llegamos al punto más significativo: la falta de referentes femeninos hace que las chicas no encuentren el vínculo que les identifique con la profesión. No sólo es necesario hacer visible ante la sociedad el importante papel de los ingenieros y resaltar que Larry Page, Sergei Brin, Enzo Ferrari, Yuri Gagarin y Edward Snowden o Camilo Olivetti fueron ingenieros; es fundamental que se hagan visibles todas esas mujeres invisibles, y que ellas sean las que vayan sentando los referentes hacia los que se dirijan las ingenieras del futuro.

Mujer e ingeniería

En los últimos años se han sucedido diversos proyectos enfocados a acercar la ingeniería a las mujeres y las mujeres a la ingeniería. Uno de ellos es Mujer e ingeniería, promovido por la Real Academia de Ingeniería (RAI) y en el que este medio está directamente implicado, entre otras cosas con la realización de vídeos, reportajes y otros materiales para dar a conocer el proyecto entre la sociedad.

Hace casi un año la RAI nos encargó la realización de un vídeo que sirviese para presentar el proyecto en sociedad. Eso nos dio la oportunidad de tomar contacto con alumnos y alumnas de ESO y Bachillerato, estudiantes de ingeniería y profesionales que habían desarrollado sus carreras profesionales desde el estudio de la ingeniería.

Durante una intensa semana estuvimos grabando a chicos y chicas a partir de 8 años y hasta los 18, la Politécnica de Madrid nos cedió durante unas horas la sala de la máquina de la Escuela de Industriales para entrevistar a niñas, madres, profesoras y estudiantes. También nos desplazamos hasta la sede de Microsoft para hablar con Ana Alonso, hasta las instalaciones de Siemens para entrevistar a algunas de las ingenieras que ocupan puestos ejecutivos y de consejeras en nuestro país, gracias a la colaboración de Ejecon y, finalmente, hasta la Facultad de Farmacia de la Complutense para contar con las palabras de María Vallet-Regí.

Aunque la duración del vídeo y su enfoque no permitió incluir todo el material que llegamos a grabar, y hubo que emprender la ingrata tarea de seleccionar, lo cierto es que las aportaciones de todos y cada uno de los entrevistados fueron de una enorme valía, y pudimos comprobar en persona la situación de la ingeniería en los distintos escalones de la educación y la formación.

De los más de 60 chicos y chicas a los que entrevistamos, sólo unos pocos supieron decir qué era la ingeniería y a qué se dedicaba, y muchos menos mencionar a algún ingeniero famoso, aunque algunos confundían a científicos conocidos como Einstein con ingenieros. Sólo una chica señaló a una ingeniera famosa, concretamente a Hedy Lamarr. Curiosamente, la mayor parte de los chicos y chicas que supieron hablar de ingeniería y que, incluso, afirmaron querer ser ingenieros de mayores, eran hijos o nietos de ingenieros o ingenieras. Así que, básicamente conocían la ingeniería porque la tenían en casa, y donde la madre era ingeniera, las chicas también querían ser ingenieras.

Estos datos no tienen valor de encuesta porque las entrevistas no se hicieron con esa intención, ni se recogió la información de forma exhaustiva, pero sirve para ilustrar que no nos encontramos nada diferente de lo que ya se ha señalado anteriormente.

Cuando llegamos a las estudiantes y jóvenes ingenieras les preguntamos quién había sido su referente para estudiar ingeniería. Aquí las respuestas fueron diversas, había desde familiares ingenieros hasta profesores que habían ayudado a salvar el bache de las matemáticas en Bachillerato. También les preguntamos si consideraban que el apoyo de sus familias había sido importante. En todos los casos la respuesta fue un rotundo sí: no habrían podido hacerlo si sus familias no les hubiesen apoyado en su decisión y, en algunos casos, incluso animado.

Cuando preguntamos por las diferencias de trato entre hombres y mujeres, las estudiantes veían que quizá el entorno era muy masculino, pero ninguna de ellas se había sentido discriminada o relegada respecto a sus compañeros hombres por el hecho de ser mujer. En el caso de las profesionales, aunque a veces sí que habían tenido alguna experiencia en la que se dio claramente preferencia al hombre sobre ellas, veían que era algo que estaba cambiando, y que estaba comenzando a ser, al menos en sus entornos de trabajo, más anecdótico que regular.

Al llegar a las ingenieras “senior”, mujeres que ya se habían labrado una carrera dentro de alguna corporación, ocupando puestos ejecutivos, directivos o como consejeras, valoraban fundamentalmente las enormes satisfacciones de haber podido desempeñar en sus vidas un trabajo tan interesante y completo como la ingeniería. En algunos casos lo habían tenido más “fácil” para llegar a donde estaban y, en otros, el proceso fue más bastante duro, con sacrificios que quizá ni habrían tenido que plantearse de haber nacido chicos, pero lo que fue unánime, en todos y cada una de las mujeres entrevistadas, es que estudiar ingeniería merecía la pena. Sin duda merece la pena.

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