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Una historia que se repite demasiado

Perros abandonados: rescate en la A3

Son cerca de las dos de la madrugada. En el coche de al lado tres chicas miran fijamente al fondo del descampado. Estamos detrás de una gasolinera de la A3, a medio camino entre Madrid y Albacete. Unos metros más adelante hay otro coche. Sus ocupantes miran al mismo sitio, con un ojo en la trampa y otro en el móvil.

– La negra está ahí, ¿la habléis visto? – pregunta uno por whatsapp.
– Sí, la otra está pasando ahora a nuestro lado – contesta otro.
– No les digáis nada.
– ¡Van las dos!
– ¿Quién las ve? Se han metido entre los camiones
– Se están acercando, aguantad.
– Ha entrado una.
– ¿Y la marrón?
– ¡Está dentro!, ¡están dentro las dos!
– ¿Seguro? ¿Están dentro las dos? Las veis bien?
– Sí, cierra la trampa, ¡rápido!

Dos segundos después salimos de los coches y corremos hacia la jaula. Alguien confirma que están las dos dentro muy asustadas y sin intentar escapar, así que todos reducimos el paso para que no se asusten más. La noche aún no ha terminado, pero si todo va bien a partir de ahora puede que todos estemos en casa antes de los esperado, y dos perras abandonadas puedan comenzar a partir de ahora un proceso de recuperación que, con suerte, culminará en una adopción.

¿Qué hacemos ahora?

El pasado domingo regresaba a Madrid, después de pasar el fin de semana en un pueblo de Albacete con unos amigos. Hicimos parada a mitad de camino, en una de estas gasolineras con Autogrill donde infinidad de viajeros se detienen para repostar, hacer cola para ir al baño y lamentarse por tener que pagar el triple por un bocata que se podían haber hecho antes de salir. La norma es ponerse en marcha lo antes posible, no sea que se pille caravana de entrada a Madrid y el último recuerdo del fin de semana sean dos horas a paso de tortuga, mientras los niños berrean impacientes en el asiento de atrás.

Nos pasó entonces que vimos lo que nadie quiere ver. Un perro dormitaba a la sombra de un árbol, sin nadie cerca a quien poder decir dueño. Enseguida la mente empezó a articular respuestas:

Será de la gente de la gasolinera.
Será del camionero que está ahí echándose la siesta.
Será del hombre que vende sandías tres metros más allá.

Entonces el perro se levanta, perra para ser más exactos, y muestra una cojera acentuada y unas costillas que se marcaban tanto, que era evidente el mucho tiempo que hacía que aquel animal no era atendido ni alimentado en condiciones por nadie. Estaba abandonado y necesitaba ayuda, y aún así la mente, a la que una imagen acababa de tirar por tierra su tranquilidad, volvía a la carga con sus respuestas.

Quizá sea así de flaca.
Si es del tipo de las sandías quizá nos metamos en un lío si intentamos acercarnos a ella.
Quizá la han abandonado porque tiene una enfermedad grave, quizá contagiosa.
Quizá me ataque si me acerco.
Como nos entretengamos mucho aquí vamos a comernos todo el atasco de entrada a Madrid, mejor nos vamos ya porque seguro que alguien llega y se hace cargo.
Como diga ahora de ver de quién es el perro mis amigos se van a acordar de mi madre.
Esto deben hacerlo profesionales, gente que sepa como lidiar con esto, no nosotros.

La mente puede ser muy cabrona a veces. Sin embargo, escuchadas las respuestas de conveniencia vimos que, si no hacíamos algo, aquel animal iba a morir allí: lo atropellaría un coche, moriría de hambre o alguna de las enfermedades que ya parecía tener acabarían con ella.

Fuimos a buscar agua y pan para intentar un acercamiento, pero el tiempo que llevaba a su suerte y lo que fuera que hubiera pasado hasta ese momento, la volvían muy prudente y temerosa hacia los seres humanos. Intentamos seguirla, pero sólo conseguimos que comiera dos pedazos de pan lanzados desde lejos y que huyera hacia la maleza. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que eran dos. Había otra hembra, menos flaca y asustadiza, pero en cuanto vio a su compañera meterse en su refugio, dejó de intentar hacer tímidas zalamerías a los viajeros y corrió a esconderse con ella. Ahí las perdimos, y entonces dijo la mente:

Venga, ya lo hemos intentando, está bien, daos ya por satisfechos.
Es más de lo que habrían hecho muchos.
No todos habrían comprado una barra de pan para dárselo a un chucho desagradecido ni se hubieran metido en medio de los rastrojos, a riesgo de que le atacara una lagartija salvaje o se cortara con una lata oxidada.
Vamos ya para casa, habéis cumplido con vuestro deber.
¡Que vamos a comernos el atasco!

La verdad era que no podíamos hacer gran cosa. Si nos acercábamos se escondían, podrían ir a la carretera o sentirse acorralados. No teníamos cuerdas ni nada con lo que intentar agarrarlos, así que desconectamos la “app” de montar excusas del cerebro y dejamos activado el sistema de pensamiento práctico de verdad. Se trataba ahora de intentar contactar con quien pudiera ayudarnos aunque, para variar, las cosas nunca son como uno se las imagina.

¿Quién puede ayudarnos?

¿A quién llamas cuanto estás en mitad de la nada y tienes un problema? La Guardia Civil nos atendió con mucha atención, pero aparte de indicarnos que ellos lo más que podían hacer era pasarles a los perros el lector de chips cuando los hubiéramos cogido, no supieron darnos nombre o señal de alguna asociación o centro en las inmediaciones a quien dirigirnos.

La siguiente media hora la pasamos agotando las baterías de los móviles intentando localizar una protectora o lo que fuera que pudiera ayudarnos a cogerlos, o decirnos cómo hacerlo y a dónde llevarlos luego. Lo único que encontramos fueron páginas sueltas y mal estructuradas, muchos perfiles de Facebook, teléfonos que hacía tiempo que no estaban operativos y poca información sobre qué hacer en caso de encontrar un animal abandonado. Dado el altísimo, altísimo índice de abandonos que se producen en nuestro país, no sólo en verano, hubiera sido de esperar un teléfono centralizado que pusiera en contacto con la asociación más cercana o, en su defecto, que al menos la Benemérita supiera a quién llamar.

Creo que mucha gente no interviene en situaciones así porque piensa que esos animales son cargas indeseables que nadie quiere, y si cometen el error de coger a uno, su acto de generosidad se va a convertir en un acto de pringado y se van a tener que quedar con el animal, porque nadie va a poner las manos para continuar con la cadena que lleve a ese perro hacia un hogar seguro. O van a tener que enfrentarse a las miradas reprobatorias de una saturada protectora al decirles que lo han rescatado, pero que no se pueden hacer cargo. Pasar de héroe a abandonador de perros, tan monstruoso o más que el monstruo que les quitó el collar y los deja tirados en una gasolinera.

En ese momento, después de muchas e infructuosas llamadas, decidimos ir a Madrid y regresar con correas, comida o algún otro medio que nos permitiera una oportunidad de captura. Ya con la decisión tomada, el camino de regreso nos dio algo de inspiración, y empezamos a tirar de contactos para suplicar alguna luz. Uno de ellos fue Carlos Rodríguez, el veterinario “mascotero”, con quien hacía algunos años habíamos hablado en TnL. La sorpresa fue saber que él ya sabía lo de estas dos perras.

La casualidad (o la causalidad) quiso que ese mismo día, pero unas horas antes, un grupo de voluntarios de la asociación Dejando huella de Albacete, de camino a Madrid para asistir al programa de radio de Carlos, pararan en esa misma gasolinera y vieran a las dos perras.

A través de Carlos nos pusimos en contacto con uno de los responsables, y acordamos echar una mano cuando se decidiera el día del rescate. Ellos disponían de jaula trampa, correas y otros medios para culminar con éxito una misión de este tipo, así que nos pusimos a su disposición.

Los que rescatan

Al día siguiente, lunes, hablamos por teléfono con Antonio, de Dejando huella. Habían decidido ir esa misma noche a intentar la captura. El estado de una de las perras era preocupante y no querían esperar. Habían regresado el mismo domingo a llevarles comida y ver si descubrían dónde se ocultaban, y la habían visto cojear. Las costillas marcadas tampoco eran una buena señal.

La cita fue el lunes a las 11:30 de la noche. La decisión no obedecía a razones estratégicas. Era, sencillamente, la hora a la que todos podían porque salían tarde de trabajar. Y esa era la situación, en realidad la situación de la inmensa mayoría de los voluntarios (de los voluntarios de verdad) de nuestro país: gente que dedica su tiempo libre, sus recursos, su dinero, su esfuerzo y su buen ánimo a cubrir los huecos que el Estado no cubre, ya sea porque no puede o porque no quiere. Cuando la mayoría de la gente se va a casa a descansar después de sus ocho horas de tarea, hay otros que cuidan ancianos en residencias, atienden niños enfermos en hospitales, enseñan a los que no saben, ayudan a mujeres maltratadas, escuchan a personas que nadie escucha o atienden a los animales que otros han abandonado.

Es algo para pensar mucho, para tratar de reflexionar seriamente, porque el trabajo del voluntario es, quizá, uno de los más necesarios y de los más ingratos que existen. Porque todo el mundo opina que está muy bien que se haga tal o cual cosa, pero siempre habrá quien critique que los que dan de comer a los inmigrantes deberían gastar su esfuerzo en ayudar a los de aquí; que los que ayudan a los drogadictos y prostitutas deberían mejor ayudar a la gente de bien que lo necesita y, por supuesto, que por qué ayudar a perros y gatos habiendo tantos niños y ancianos que precisan auxilio. A eso hay que sumarle que una persona que es capaz de enfrentarse a prejuicios y dificultades por ayudar a otros, a quienes sean, están poniendo un espejo de comodidad delante de los que nos quedamos parados pensando en los atascos antes que en las necesidades de otros. No nos gusta verlo, y por eso mismo los voluntarios de acción a veces resultan tan incómodos.

Cerca de la media noche empezamos a montar la jaula. Un mamotreto de metal con el que esperábamos capturar a las dos perras a la vez. Poco a poco fuimos entendiendo por qué se necesitan al menos cinco personas para hacer aquello. No se trataba sólo de la infraestructura de la jaula, que dadas las dimensiones ya requería en sí a varias personas ayudando en el montaje. A partir de que la trampa estuviese montada sería necesario hacer guardia desde varios puntos hasta que las perras aparecieran. La noche podía llegar a ser muy larga si las perras decidían no aparecer. Los de la asociación, como veteranos que eran en estas lides, llevaban preparadas sus bolsas con café, refrescos, comida y algo de abrigo. Habíamos dejado atrás un Madrid a más de 30 grados y no pensábamos que sólo 120km más allá el cambio de temperatura fuera tan drástico. Hacía frío e íbamos en una fresca manga corta.

– Pero es que estamos en Cuenca – dijo una de las chicas riendo.

Probamos varias veces el mecanismo de la trampa y dispusimos los coches a una distancia que nos permitiera ver la jaula y accionar el mando para cerrarla. Metimos en la jaula varios recipientes con comida de olor fuerte para atraerles y nos preparamos para pasar la noche en blanco.

No sabíamos dónde se escondían, ni siquiera si todavía seguían allí, así que dimos una vuelta por el sitio intentando ubicarlas. Localizamos un camino que pasaba justo por detrás de donde las habíamos visto esconderse el día antes. Una chica y yo decidimos meternos por ahí. Caminamos unos cincuenta metros, oteando a cada rato la maleza con las linternas, cuando de pronto aparecieron las perras, ladrando nerviosas a los intrusos. Dimos media vuelta para no alterarlas más y, cuando volvimos a la zona de los coches nuestros compañeros nos avisaron de que habían salido, y que ahora se nos presentaba una buena oportunidad para atraparlas.

Ahora sí, nos metimos en los coches y comenzamos a comunicarnos a través de whatsapp para mantenernos informados de todos los movimientos que iban haciendo. Atraída por la comida primero entró la negra, la otra, más recelosa, quiso rodear todo el recinto antes de intentar volver a su cubil pero el olor, y el apetito de su compañera, acabaron atrayéndola hacia la jaula. Finalmente, cerca de las dos de la madrugada, el mecanismo de la trampa se accionó. Las dos estaban dentro. Terminaba la caza y comenzaba lo duro.

Sanar, acoger, adoptar

Hasta que no estás ahí para verlo, no puedes hacerte una idea de lo que supone que tu vida gire de lleno alrededor del rescate de animales. Posiblemente nadie que no tenga o haya tenido animales, y los haya querido, pueda entender la necesidad interior de recomponer lo que otras personas rompen con su indiferencia o crueldad. El primer animal que ayudas tiene el poder de multiplicar esa necesidad, de la misma manera que se multiplican irracionalmente los abandonos en veranos, los ahorcamientos de perros de caza, los “juegos” de niños que patean cachorros o las camadas indeseadas que acaban dentro de una bolsa plástica en el río.

Como el maltrato a los niños, el maltrato a los animales es uno de los más crueles que hay, porque es el que se ejerce desde una posición de fuerza y abuso, innecesaria, irracional, brutal, sobre la indefensión de un ser que necesita y espera el afecto, pero sobre el que se descarga toda la miseria y mierda interior del que golpea o tortura. Es la diferencia que existe entre los que ven en la “superioridad” del ser humano una licencia para hacer y deshacer a su capricho la vida de los “inferiores”, y los que traducen esa “superioridad” como un sentido de la responsabilidad que exige que quienes dependen de uno estén bien.

Con las dos perras en la jaula comenzaba la parte más complicada del proceso. Sacarlas de la jaula, llevarlas al veterinario, comprobar su estado, desparasitarlas, curarlas y conseguirles un adoptante. Y ni siquiera ese proceso tan claro es, muchas veces, así de simple.

Una de las chicas de la asociación entró en la jaula muy despacio, mientras el resto sujetábamos con fuerza la trampa para que no cediera si los animales se ponían nerviosos. No era la primera vez que reptaba por el suelo mientras unos perros asustados le hacían saber que no era bienvenida, ni la primera vez que el miedo de alguno de ellos le regalaba un buen mordisco o un desgarro en la ropa. Con una cicatriz aún abierta de una dentellada recibida el día anterior, se introdujo con cuidado y extraordinaria confianza hasta sentarse dentro del espacio. Sus compañeros le fueron acercando collares, correas y arneses, que ella fue colocando con paciencia a los animales.

Antes de abrir la jaula es esencial que estén perfectamente sujetos, porque el miedo al hombre y la necesidad de escapar hacen muchas veces que se revuelvan con furia al sacarlas de allí. Luego, a veces con pinzas y a veces directamente con la mano, ella les fue quitando todas las garrapatas que les detectábamos a simple vista. Sin pudor ni asco, sólo con un eficiente movimiento que retuerce y extrae.

Ninguna de las dos tenía chip. Toda una declaración de premeditación de abandono por parte del dueño. Ahora que las teníamos cerca vimos algunas cicatrices en la cara de la marrón que daban idea de un pasado no muy agradable. Por los dientes y las mamas eran perras jóvenes, de poco más de un año. Quizá inservibles para la caza, quizá demasiado ruidosas, quizá caras de mantener o, lo que es más seguro, animales que tuvieron la mala suerte de caer en manos de un mierdecilla.

Cumplimos con el ritual de ponerles un nombre y con la nada frívola necesidad de documentarlo todo con fotos y vídeos para las redes sociales. La marrón pasó a ser Coffee y la negra Nila, porque los nombres cortos -dicen- tienen más pegada a la hora de llamar la atención de los posibles adoptantes.

Con las dos bien sujetas comenzamos el delicado proceso de ir desmontando. Primero la red que se coloca arriba, para impedir que los más ágiles salten, a pesar de que la altura de esta trampa permite con cierta comodidad que una persona de estatura media esté de pie en ella. Después toca el turno a los enrejados y la puerta. El protocolo siempre es el mismo. Alguien ha acercado ya el coche en el que se transportarán las perras para reducir la capacidad de reacción de los animales. La primera en entrar es Coffee. Salta al maletero y se tumba con la mirada baja, con los mismos ojos que tienen los niños cuando temen un castigo en cualquier momento.

Le toca el turno a Nila, pero cuando tiran de la correa para moverla la perra se revuelve y empieza a retorcerse febrilmente para desasirse. Intenta morder, y en una de esas logra enganchar el pantalón de la chica que la sujetaba. El primer impulso de todos es ir a ayudarla, pero nos grita para que no nos acerquemos.

– Sé que parece cruel, pero por favor que alguien grabe esto -dice.

El testimonio de las cámaras es necesario a la hora de pedir ayuda en las redes sociales. La chica deja que la perra se estrangule sola con la correa y se calme, momento que aprovechamos para agarrarle los cuartos traseros con otra correa, subirla al coche, ponerle un bozal y desenredarle las correas que le presionan el cuello.

Partimos en direcciones opuestas. Ellos con las perras para Albacete y nosotros para Madrid. Al día siguiente recibimos las primeras noticias: Coffee y Nila están en el veterinario. Coffee tiene una vieja fractura en la mandíbula ya soldada que parece estar produciendo una infección en un diente, pero eso es secundario frente a lo que verdaderamente preocupa al veterinario. La ecografía ha revelado engrosamiento de intestinos, vejiga e hígado, con una leve ictericia que apunta a un problema hepático. Los test dan negativo para leishmania y otras enfermedades, pero el cuadro de la perra es muy claro para el veterinario, que ha encargado una prueba más exhaustiva, convencido de que tiene la enfermedad. De dar positivo tendrá que tomar medicación toda su vida, aunque primero deberá recuperarse física y emocionalmente antes volver a estar con humanos.

Voluntarios solitarios

La mayoría de las asociaciones de protección animal de este país están constituidas por un reducido número de personas y un equipo más o menos incondicional de voluntarios, pero muchas de ellas las constituye una única persona. Dos como mucho. Son gente que hacen de su labor una cruzada personal que nunca ve el fin. Viven achicando agua en una barca llena de agujeros. Son, a veces, las “locas de los gatos” que rescatan y acogen varias decenas de felinos en un piso, limpian sus areneros dos veces al día, les ponen agua limpia y comida y pagan de su bolsillo veterinarios y medicinas. Sacrifican familia y salidas con los amigos por atender gatos ciegos, quemados, desahuciados con leucemia o ancianos con incontinencia a los que mantienen más o menos controlados con pequeños pañales que deben ser cambiados con frecuencia. No es un trabajo agradable ni agradecido, es el trabajo que consideran que deben hacer, y lo hacen, porque saben que nadie más lo hará por ellos.

Una buena parte de estos grupos surgen de un único momento. Ese en el que descubres un vínculo en la mirada del animal. No me refiero a nada místico ni espiritual, sino al sencillo entendimiento de que el sufrimiento, soledad, miedo y dolor que siente un animal no es muy diferente del que sentimos nosotros. Igual que su sentimiento de pertenencia al grupo con el que convive, su confianza en él y su alegría cuando los tiene cerca. Cuando eso se comprende es muy difícil pasar de lado sin hacer nada.

Mi agradecimiento personal a Dejando huella Albacete por el trabajo de esa noche y por las fotos que nos han cedido.

One Response to Perros abandonados: rescate en la A3

  1. Lourdes 14 Junio, 2017 at 15:04 #

    Precioso y tristísimo artículo. Gracias por haber estado allí, y fijaros en ellas.

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